Martín Rivas

de
Alberto Blest Gana

Al Señor Don Manuel Antonio Matta

Mi querido Manuel:

Por más de un titulo te corresponde la dedicatoria de esta novela: ella ha visto la luz pública en las columnas de un periódico fundado por tus esfuerzas y dirigido por tu decisión y constancia a la propagación y defensa de los principios liberales; su protagonista ofrece el tipo, digno de imitarse, de los que consagran un culto inalterable a las nobles virtudes del corazón, y, finalmente, mi amistad quiere aprovechar esta ocasión de darte un testimonio de que al cariño nacido en la infancia se une ahora el profundo aprecio que inspiran la hidalguía y el patriotismo puestos al servicio de una buena causa con entero desinterés.

Recibe, pues, esta dedicatoria como una prenda de la amistad sincera y del aprecio distinguido que te profesa tu afectísimo

ALBERTO BLEST GANA

1

A principios del mes de julio de 1850 atravesaba la puerta de calle de una hermosa casa de Santiago un joven de veintidós a veintitrés años.

Su traje y sus maneras estaban muy distantes de asemejarse a las maneras y al traje de nuestros elegantes de la capital. Todo en aquel joven revelaba al provinciano que viene por primera vez a Santiago. Sus pantalones negros, embotinados por medio de anchas trabillas de becerro, a la usanza de los años de 1842 y 43; su levita de mangas cortas y angostas; su chaleco de raso negro con largos picos abiertos, formando un ángulo agudo, cuya bisectriz era la línea que marca la tapa del pantalón; su sombrero de extraña forma y sus botines abrochados sobre los tobillos por medio de cordones negros componían un traje que recordaba antiguas modas, que sólo los provincianos hacen ver de tiempo en tiempo, por las calles de la capital.

El modo como aquel joven se acercó a un criado que se balanceaba, mirándole, apoyado en el umbral de una puerta que daba al primer patio, manifestaba también la timidez del que penetra en un lugar desconocido y recela de la acogida que le espera.

Cuando el provinciano se halló bastante cerca del criado, que continuaba observándole, se detuvo e hizo un saludo, al que el otro contestó con aire protector, inspirado tal vez por la triste catadura del joven.

—¿Será ésta la casa del señor don Dámaso Encina? —preguntó éste con voz en la que parecía reprimirse apenas el disgusto que aquel saludo insolente pareció causarle.

—Aquí es —contestó el criado.

—¿Podría usted decirle que un caballero desea hablar con él?

A la palabra caballero, el criado pareció rechazar una sonrisa burlona que se dibujaba en sus labios.

—¿Y cómo se llama usted? —preguntó con voz seca.

—Martín Rivas —contestó el provinciano, tratando de dominar su impaciencia, que no dejó por esto de reflejarse en sus ojos.

—Espérese, pues —díjole el criado; y entró con paso lento a las habitaciones del interior.

Daban en ese instante las doce del día.

Nosotros aprovechamos la ausencia del criado para dar a conocer más ampliamente al que acababa de decir llamarse Martín Rivas.

Era un joven de regular estatura y bien proporcionadas formas. Sus ojos negros, sin ser grandes, llamaban la atención por el aire de melancolía que comunicaban a su rostro. Eran dos ojos de mirar apagado y pensativo, sombreados por grandes ojeras que guardaban armonía con la palidez de las mejillas. Un pequeño bigote negro, que cubría el labio superior y la línea un poco saliente del inferior, le daba el aspecto de la resolución, aspecto que contribuía a aumentar lo erguido de la cabeza, cubierta por una abundante cabellera color castaño, a juzgar por lo que se dejaba ver bajo el ala del sombrero. El conjunto de su persona tenía cierto aire de distinción que contrastaba con la pobreza del traje y hacía ver que aquel joven, estando vestido con elegancia, podía pasar por un buen mozo a los ojos de los que no hacen consistir únicamente la belleza física en lo rosado de la tez y regularidad perfecta de las facciones.

Martín se había quedado en el mismo lugar en que se detuvo para hablar con el criado, y dejó pasar dos minutos sin moverse, contemplando las paredes del patio pintadas al óleo y las ventanas que ostentaban sus molduras doradas a través de las vidrieras. Mas luego, pareció impacientarse con la tardanza del que esperaba, y sus ojos vagaron de un lugar a otro sin fijarse en nada.

Por fin, se abrió una puerta y apareció el mismo criado con quien Martín acababa de hablar.

—Que pase para adentro —dijo al joven.

Martín siguió al criado hasta una puerta, en la que éste se detuvo.

—Aquí está el patrón —dijo, señalándole la puerta.

El joven pasó el umbral y se encontró con un hombre que, por su aspecto, parecía hallarse, según la significativa expresión francesa, entre dos edades. Es decir, que rayaba en la vejez sin haber entrado aún en ella. Su traje negro, su cuello bien almidonado, el lustre de sus botas de becerro, indicaban al hombre metódico, que somete su persona, como su vida, a reglas invariables. Su semblante nada revelaba: no había en él ninguno de esos rasgos característicos, tan prominentes en ciertas fisonomías, por los cuales un observador adivina en gran parte el carácter de algunos individuos. Perfectamente afeitado y peinado, el rostro y el pelo de aquel hombre manifestaban que el aseo era una de sus reglas de conducta.

Al ver a Martín, se quitó una gorra con que se hallaba cubierto y se adelantó con una de esas miradas que equivalen a una pregunta. El joven la interpretó así, e hizo un ligero saludo, diciendo:

—¿El señor don Dámaso Encina?

—Yo, señor, un servidor de usted —contestó el preguntado.

Martín sacó del bolsillo de la levita una carta que puso en manos de don Dámaso, con estas palabras:

—Tenga usted la bondad de leer esta carta.

—Ah, es usted Martín exclamó el señor Encina, al leer la firma, después de haber roto el sello, sin apresurarse—. Y su padre de usted, ¿cómo está?

—Ha muerto contestó Martín, con tristeza.

—¡Muerto! —repitió, con asombro, el caballero.

Luego, como preocupado de una idea repentina, añadió:

—Siéntese, Martín; dispénseme que no le haya ofrecido asiento; ¿y esta carta?...

—Tenga usted la bondad de leerla contestó Martín.

Don Dámaso se acercó a una mesa de escritorio, puso sobre ella la carta, tomó unos anteojos que limpió cuidadosamente con su pañuelo y colocó sobre sus narices. Al sentarse dirigió la vista sobre el joven.

—No puedo leer sin anteojos —le dijo a manera de satisfacción por el tiempo que había empleado en prepararse.

Luego principió la lectura de la carta, que decía lo siguiente:

Mi estimado y respetado señor:

Me siento gravemente enfermo y deseo, antes que Dios me llame a su divino tribunal, recomendarle a mi hijo, que en breve será el único apoyo de mi desgraciada familia. Tengo muy cortos recursos, y he hecho mis últimas disposiciones para que después de mi muerte puedan mi mujer y mis hijos aprovecharlas lo mejor posible. Con los intereses de mi pequeño caudal tendrá mi familia que subsistir pobremente para poder dar a Martín lo necesario hasta que concluya en Santiago sus estudios de abogado. Según mis cálculos, sólo podrá recibir veinte pesos al mes, y como le sería imposible con tan módica suma satisfacer sus estrictas necesidades, me he acordado de usted y atrevido a pedirle el servicio de que le hospede en su casa hasta que pueda por sí solo ganar su subsistencia.

Este muchacho es mi única esperanza, y si usted le hace la gracia que para él humildemente solicito, tendrá usted las bendiciones de su santa madre en la tierra y las mías en el cielo, si Dios me concede su eterna gloria después de mi muerte.

Mande a su seguro servidor, que sus plantas besa.

JOSE RIVAS

Don Dámaso se quitó los anteojos con el mismo cuidado que había empleado para ponérselos y los colocó en el mismo lugar que antes ocupaban.

—¿Usted sabe lo que su padre me pide en esta carta? —preguntó, levantándose de su asiento.

—Sí, señor contestó Martín.

—¿Y cómo se ha venido usted de Copiapó?

—Sobre la cubierta del vapor —contestó el joven, como con orgullo.

—Amigo —dijo el señor Encina—, su padre era un buen hombre y le debo algunos servicios que me alegraré de pagarle en su hijo. Tengo en los altos dos piezas desocupadas y están a la disposición de usted. ¿Trae usted equipaje?

—Sí, señor.

—¿Dónde está?

—En la posada de Santo Domingo.

—El criado irá a traerlo; usted le dará las señas.

Martín se levantó de su asiento y don Dámaso llamó al criado.

—Anda con este caballero y traerás lo que él te dé —le dijo.

—Señor —dijo Martín—, no hallo cómo dar a usted las gracias por su bondad.

—Bueno, Martín, bueno —contestó don Dámaso; está usted en su casa. Traiga usted su equipaje y arréglese allá arriba. Yo como a las cinco: véngase un poquito antes para presentarle a la señora.

Martín dijo algunas palabras de agradecimiento y se retiró.

—Juana, Juana —gritó don Dámaso, tratando de hacer pasar su voz a una pieza vecina—; que me traigan los periódicos.

2

La casa en donde hemos visto presentarse a Martín Rivas estaba habitada por una familia compuesta de don Dámaso Encina, su mujer, una hija de diecinueve años, un hijo de veintitrés y tres hijos menores, que por entonces recibían su educación en el colegio de los padres franceses.

Don Dámaso se había casado a los veinticuatro años con doña Engracia Núñez, más bien por especulación que por amor. Doña Engracia, en ese tiempo, carecía de belleza, pero poseía una herencia de treinta mil pesos, que inflamó la pasión del joven Encina hasta el punto de hacerle solicitar su mano. Don Dámaso era dependiente de una casa de comercio en Valparaíso y no tenía más bienes de fortuna que su escaso sueldo. Al día siguiente de su matrimonio podía girar con treinta mil pesos. Su ambición desde este momento no tuvo límites. Enviado por asuntos de la casa en que servía, don Dámaso llegó a Copiapó un mes después de casarse. Su buena suerte quiso que, al cobrar un documento de muy poco valor que su patrón le había endosado, Encina se encontrase con un hombre de bien que le dijo lo siguiente:

—Usted puede ejecutarme: no tengo con qué pagar. Mas, si en lugar de cobrarme quiere usted arriesgar algunos medios, le firmaré a usted un documento por valor doble que el de esa letra y cederé a usted la mitad de una mina que poseo y que estoy seguro hará un gran alcance en un mes de trabajo.

Don Dámaso era hombre de reposo y se volvió a su casa sin haber dado ninguna respuesta en pro ni en contra. Consultóse con varias personas, y todas ellas le dijeron que don José Rivas, su deudor, era un loco que había perdido toda su fortuna persiguiendo una veta imaginaria.

Encina pesó los informes y las palabras de Rivas, cuya buena fe había dejado en su ánimo una impresión favorable.

—Veremos la mina —le dijo al día siguiente.

Pusiéronse en marcha y llegaron al lugar a donde se dirigían conversando de minas. Don Dámaso Encina veía flotar ante sus ojos, durante aquella conversación, las vetas, los mantos, los farellones, los panizos, como otros tantos depósitos de inagotable riqueza, sin comprender la diferencia que existe en el significado de aquellas voces. Don José Rivas tenía toda la elocuencia del minero a quien acompaña la fe después de haber perdido su caudal, y a su voz veía Encina brillar la plata hasta en las piedras del camino.

Mas, a pesar de esta preocupación, tuvo don Dámaso suficiente tiempo de arreglar en su imaginación la propuesta que debía hacer a Rivas en caso de que la mina le agradase. Después de examinarla, y dejándose llevar de su inspiración, Encina comenzó su ataque:

—Yo no entiendo nada de esto dijo—; pero no me desagradan las minas en general. Cédame usted doce barras y obtengo de mi patrón nuevos plazos para su deuda y quita de algunos intereses. Trabajaremos la mina a medias y haremos un contratito en el cual usted se obligue a pagarme el uno y medio por los capitales que yo invierta en la explotación y a preferirme por el tanto cuando usted quiera vender su parte o algunas barras.

Don José se hallaba amenazado de ir a la cárcel, dejando en el más completo abandono a su mujer y a su hijo Martín, de un año de edad.

Antes de aceptar aquella propuesta, hizo, sin embargo, algunas objeciones inútiles, porque Encina se mantuvo en los términos de su proposición y fue preciso firmar el contrato bajo las bases que éste había propuesto.

Desde entonces don Dámaso se estableció en Copiapó como agente de la casa de comercio de Valparaíso, en la que había servido y administró por su cuenta algunos otros negocios que aumentaron su capital. Durante un año la mina costeó sus gastos y don Dámaso compró poco a poco a Rivas toda su parte, quedando éste en calidad de administrador. Seis meses después de comprada la última barra. sobrevino un gran alcance, y pocos años más tarde don Dámaso Encina compraba un valioso fundo de campo cerca de Santiago y la casa en que le hemos visto recibir al hijo del hombre a quien debía su riqueza.

Gracias a ésta, la familia de don Dámaso era considerada como una de las más aristocráticas de Santiago. Entre nosotros el dinero ha hecho desaparecer más preocupaciones de familia que en las viejas sociedades europeas. En éstas hay lo que llaman aristocracia de dinero, que jamás alcanza con su poder y su fausto a hacer olvidar enteramente la oscuridad de la cuna: al paso que en Chile vemos que todo va cediendo su puesto a la riqueza, la que ha hecho palidecer con su brillo el orgulloso desdén con que antes eran tratados los advenedizos sociales. Dudamos mucho de que éste sea un paso dado hacia la democracia, porque los que cifran su vanidad en los favores ciegos de la fortuna afectan ordinariamente una insolencia, con la que creen ocultar su nulidad, que les hace mirar con menosprecio a los que no pueden, como ellos, comprar la consideración con el lujo o con la fama de sus caudales.

La familia de don Dámaso Encina era noble en Santiago por derecho pecuniario y, como tal, gozaba de los miramientos sociales por la causa que acabarnos de apuntar. Se distinguía por el gusto hacia el lujo, que por entonces principiaba a apoderarse de nuestra sociedad, y aumentaba su prestigio con la solidez del crédito de don Dámaso, que tenía por principal negocio el de la usura en grande escala, tan común entre los capitalistas chilenos.

Magnífico cuadro formaba aquel lujo a la belleza de Leonor, la hija predilecta de don Dámaso y de doña Engracia. Cualquiera que hubiese visto a aquella niña de diecinueve años en una pobre habitación habría acusado de caprichosa a la suerte por no haber dado a tanta hermosura un marco correspondiente. Así es que al verla reclinada sobre un magnífico sofá forrado en brocatel celeste, al mirar reproducida su imagen en un lindo espejo al estilo de la Edad Media, y al observar su pie, de una pequeñez admirable, rozarse descuidado sobre una alfombra finísima, el mismo observador habría admirado la prodigidad de la naturaleza en tan feliz acuerdo con los favores del destino. Leonor resplandecía rodeada de ese lujo como un brillante entre el oro y pedrenas de un rico aderezo. El color un poco moreno de su cutis y la fuerza de expresión de sus grandes ojos verdes, guarnecidos de largas pestañas; los labios húmedos y rosados, la frente pequeña, limitada por abundantes y bien plantados cabellos negros; las arqueadas cejas, y los dientes, para los cuales parecía hecha a propósito la comparación tan usada con las perlas; todas sus facciones, en fin, con el óvalo delicado del rostro, formaban en su conjunto una belleza ideal, de las que hacen bullir la imaginación de los jóvenes y revivir el cuadro de pasadas dichas en la de los viejos.

Don Dámaso y doña Engracia tenían por Leonor la predilección de casi todos los padres por el más hermoso de sus hijos. Y ella, mimada desde temprano, se había acostumbrado a mirar sus perfecciones como un arma de absoluto dominio entre los que la rodeaban, llevando su orgullo hasta oponer sus caprichos al carácter y autoridad de su madre.

Doña Engracia, en efecto, nacida voluntariosa y dominante, enorgullecida en su matrimonio por los treinta mil pesos, origen de la riqueza de que ahora disfrutaba la familia, se había visto poco a poco caer bajo el ascendiente de su hija, hasta el punto de mirar con indiferencia al resto de su familia y no salvar incólume, de aquella silenciosa y prolongada lucha doméstica, más que su amor a los perritos falderos y su aversión hacia todo abrigo, hija de su temperamento sanguíneo.

En la época en que principia esta historia, la familia Encina acababa de celebrar con un magnífico baile la llegada de Europa del joven Agustín, que había traído del Viejo Mundo gran acopio de ropa y alhajas, en cambio de los conocimientos que no se había cuidado de adquirir en su viaje. Su pelo rizado, la gracia de su persona y su perfecta elegancia hacían olvidar lo vacío de su cabeza y los treinta mil pesos invertidos en hacer pasear la persona del joven Agustín por los enlosados de las principales ciudades europeas.

Además de este joven y de Leonor, don Dámaso tenía otros hijos, de cuya descripción nos abstendremos por su poca importancia en esta historia.

La llegada de Agustín y algunos buenos negocios habían predispuesto el ánimo de don Dámaso hacia la benevolencia con que le hemos visto acoger a Martín Rivas y hospedarle en su casa. Estas circunstancias le habían hecho también olvidar su constante preocupación de la higiene, con la que pretendía conservar su salud y entregarse con entera libertad de espíritu a las ideas de política que, bajo la forma de un vehemente deseo de ocupar un lugar en el Senado, inflamaban al patriotismo de este capitalista.

Por esta razón había pedido los periódicos después de la benévola acogida que acababa de hacer al joven provinciano.

3

Martín Rivas había abandonado la casa de sus padres en momentos de dolor y de luto para él y su familia. Con la muerte de su padre no le quedaban en la tierra más personas queridas que doña Catalina Salazar, su madre, y Matilde, su única hermana. El y estas dos mujeres había velado durante quince días a la cabecera de don José, moribundo. En aquellos supremos instantes, en que el dolor parece estrechar los lazos que unen a las personas de una misma familia, los tres habían tenido igual valor y sostenídose mutuamente por una energía fingida, con la que cada cual disfrazaba su angustia a los otros dos.

Un día don José conoció que su fin se acercaba y llamó a su mujer y a sus dos hijos.

—Este es mi testamento —les dijo, mostrándoles el que había hecho extender el día anterior—, y aquí hay una carta que Martín llevará en persona a don Dámaso Encina, que vive en Santiago.

Luego, tomando una mano a su hijo:

—De ti va a depender en adelante —le dijo la suerte de tu madre y de tu hermana: ve a Santiago y estudia con empeño. Dios premiará tu constancia y tu trabajo.

Ocho días después de la muerte de don José, la separación de Martín renovó el dolor de la familia, en la que el llanto resignado había sucedido a la desesperación. Martín tomó pasaje en la cubierta del vapor y llegó a Valparaíso, animado del deseo del estudio. Nada de lo que vio en aquel puerto ni en la capital llamó su atención. Sólo pensaba en su madre y en su hermana, y le parecía oír en el aire las últimas y sencillas palabras de su padre. De altivo carácter y concentrada imaginación, Martín había vivido, hasta entonces, aislado por su pobreza y separado de su familia, en casa de un viejo tío que residía en Coquimbo, donde el joven había hecho sus estudios mediante la protección de aquel pariente. Los únicos días de felicidad eran los que las vacaciones le permitían pasar al lado de su familia. En ese aislamiento, todos sus afectos se habían concentrado en ésta, y al llegar a Santiago juró regresar de abogado a Copiapó y cambiar la suerte de los que cifraban en él sus esperanzas.

—Dios premiará mi constancia y mi trabajo decía, repitiéndose las palabras llenas de fe con que su padre se había despedido.

Con tales ideas arreglaba Martín su modesto equipaje en las piezas de los altos de la hermosa casa de don Dámaso Encina.

A las cuatro de la tarde de ese mismo día, el primogénito de don Dámaso golpeaba a una puerta de las piezas de Leonor. El joven iba vestido con una levita azul abrochada sobre un pantalón claro que caía sobre un par de botas de charol, en cuyos tacones se veían dos espuelitas doradas. En su mano izquierda tenía una huasca con puño de marfil y en la derecha, un enorme cigarro habano, consumido a medias.

Golpeó, como dijimos, a la puerta, y oyó la voz de su hermana que preguntaba:

—¿Quién es?

—¿Puedo entrar? —preguntó Agustín, entreabriendo la puerta.

No esperó la contestación y entró en la pieza con aire de elegancia suma.

Leonor se peinaba delante de un espejo, y volvió su rostro con una sonrisa hacia su hermano.

—¡Ah! —exclamo— ¡ya vienes con tu cigarro!

—No me obligues a botarlo, hermanita dijo el elegante—, es un imperial de a doscientos pesos el mil.

—Podías haberlo concluido antes de venir a verme.

—Así lo quise hacer, y me fui a conversar con mamá; pero ésta me despidió, so pretexto de que el humo la sofocaba.

—¿Has andado a caballo? —preguntó Leonor.

—Sí, y en pago de tu complacencia para dejarme mi cigarro, te contaré algo que te agradará.

—¿Qué cosa?

—Anduve con Clemente Valencia.

—¿Y qué más?

—Me habló de ti con entusiasmo.

Leonor hizo con los labios una ligera señal de desprecio.

—Vamos —exclamó Agustín—, no seas hipócrita. Clemente no te desagrada.

—Como muchos otros.

—Tal vez; pero hay pocos como él.

—¿Por qué?

—Porque tiene trescientos mil pesos.

—Sí; pero no es buen mozo.

—Nadie es feo con capital, hermanita.

Leonor se sonrió; mas, habría sido imposible decir si fue de la máxima de su hermano o de satisfacción por el arte con que había arreglado una parte de sus cabellos.

—En estos tiempos, hijita —continuó el elegante, reclinándose en una poltrona—, la plata es la mejor recomendación.

—O la belleza —replicó Leonor.

—Es decir, que te gusta más Emilio Mendoza porque es buen mozo: fi, ma belle!

—Yo no digo tal cosa.

—Vamos, ábreme tu corazón; ya sabes que te adoro.

—Te lo abriría en vano: no amo a nadie.

—Estás intratable. Hablaremos de otra cosa. ¿Sabes que tenemos un alojado?

—Así he sabido: un jovencito de Copiapó: ¿qué tal es?

—Pobrísimo —dijo Agustín, con un gesto de desprecio.

—Quiero decir de figura.

—No le he visto; será algún provinciano rubicundo y tostado por el sol.

En ese momento Leonor había concluido de peinarse y se volvió hacia su hermano.

—Estás charmante —le dijo Agustín, que, aunque no había aprendido muy bien el francés en su viaje a Europa, usaba una profusión de galicismos y palabras sueltas de aquel idioma para hacer creer que lo conocía perfectamente.

—Pero tengo que vestirme —replicó Leonor.

—Es decir, que me despides: bueno, me voy. Un baiser, ma chérie —añadió, acercándose a la niña y besándola en la frente. Luego, al tiempo de tomar la puerta, volvióse de nuevo hacia Leonor—: De modo que desprecias a ese pobre Clemente.

—¿Y qué hacerle? contestó con fingida tristeza la niña.

—Mira, trescientos mil pesos, no te olvides. Podrías irte a París y volver aquí a ser la reina de la moda. Yo te doy ma parole d'honneur que harías de Clemente cire et pabile dijo, queriendo afrancesar una expresión vulgar con que pintamos al individuo obediente, sobre todo en amores.

Leonor, que conocía el francés mejor que su hermano, se rió a carcajadas de la fatuidad con que Agustín había dicho su disparate al cerrar la puerta. y se entregó de nuevo a su tocador.

Los dos jóvenes que Agustín había nombrado se distinguían entre los más asiduos pretendientes de la hija de don Dámaso Encina; pero la voz de la chismografía social no designaba hasta entonces cuál de los dos se hubiera conquistado la preferencia de Leonor.

Como hemos visto. Los títulos con que cada uno de ellos se presentaba en la arena de la galantería eran diversos.

Clemente Valencia era un joven de veintiocho años, de figura ordinaria, a pesar del lujo que ostentaba en su traje, gracias a los trescientos mil pesos que tanto recomendaba Agustín a su hermana. Por aquel tiempo, es decir, en 1850, los solteros elegantes no habían adoptado aún la moda de presentarse en la Alameda en coupés o caleches como acontece en el día. Contentábanse, los que aspiraban al título de leones, con un cabriolé más o menos elegante, que hacían tirar por postillones a la Daumont en los días del Dieciocho y grandes festivales. Clemente Valencia había encargado uno a Europa, que le servía de pedestal para mostrar al vulgo su grandeza pecuniaria, que llamaba la atención de las niñas y despertaba la crítica de los viejos, los que miran con desprecio todo gasto superfluo, desde algún sofá predilecto, donde forman sus diarios corrillos en el paseo de las Delicias. Mas Clemente se cuidaba muy poco de aquella crítica y lograba su objeto de llamar la atención de las mujeres, que, al contrario de aquellos respetables varones, rara vez consideran como inútiles los gastos de ostentación. Así es que el joven capitalista era recibido en todas partes con el acatamiento que se debe al dinero, el ídolo del día. Las madres le ofrecían la mejor poltrona en sus salones; las hijas le mostraban gustosas el hermoso esmalte de sus dientes y tenían para él ciertas miradas lánguidas, patrimonio de los elegidos; al paso que los padres le consultaban con deferencia sus negocios y tomaban su voto en consideración, como el de un hombre que en caso necesario puede prestar su fianza para una especulación importante.

Emilio Mendoza, el segundo galán nombrado por Agustín Encina en la conversación que precede, brillaba por la belleza que faltaba a Clemente y carecía de lo que a éste servía de pasaporte en los más aristocráticos salones de la capital. Era buen mozo y pobre. Empero, esta pobreza no le impedía presentarse con elegancia entre los leones, bien que sus recursos no le permitían el uso del cabriolé en que su rival paseaba en la Alameda su satisfecho individuo. Emilio pertenecía a una de esas familias que han descubierto en la política una lucrativa especulación y, plegándose desde temprano a los gobiernos, había gozado siempre de buenos sueldos en varios empleos públicos.

En aquella época ocupaba un puesto con tres mil pesos de sueldo, mediante lo cual podía ostentar, en su camisa, joyas y bordados de valor que apenas eclipsaba su poderoso adversario.

Ambos, además de su amor por la hija de don Dámaso, eran impulsados por la misma ambición. Clemente Valencia quería aumentar su caudal con la herencia probable de Leonor y Emilio Mendoza sabía que, casándose con ella, además de la herencia que vendría más tarde, la protección de don Dámaso le sería de inmensa utilidad en su carrera política.

Entre estos dos jóvenes había, por consiguiente, dos puntos importantes de rivalidad: conquistar el corazón de la niña y ganarse las simpatías del padre. Lo primero y lo segundo eran dos graves escollos que presentaban seria resistencia por la índole de Leonor y el carácter de don Dámaso. Este fluctuaba entre el ministerio y la oposición a merced de los consejos de los amigos y de los editoriales de la prensa de ambos partidos; y Leonor, según la opinión general, tenía tan alta idea de su belleza, que no encontraba ningún hombre digno de su corazón ni de su mano. Mientras que don Dámaso, preocupado del deseo de ser senador, se inclinaba del lado en que creía ver el triunfo, su hija daba y quitaba a cada uno de ellos las esperanzas con que en la noche anterior se habían mecido al dormirse.

Así es que Clemente Valencia, opositor por relaciones de familia más bien que por convicciones, de las cuales carecía, encontraba a don Dámaso enteramente convertido a las ideas conservadoras, al día siguiente de haberse despedido de acuerdo con él sobre las faltas del Gobierno y la necesidad de atacarlo. Así también hallaba la sonrisa en los labios de Leonor, cuando se acercaba a ella, casi persuadido de que Emilio Mendoza había triunfado en su corazón.

Igual cosa acontecía a su rival, que trabajaba para hacer divisar a don Dámaso el sillón de senador únicamente en la ciega adhesión a la autoridad, y sufría los desdenes de la hija cuando ya se creía seguro de su amor.

Tales eran los encontrados intereses que se disputaban la victoria en casa de don Dámaso Encina.

4

Entregado a profunda meditación se hallaba Martín Rivas, después de arreglar su reducido equipaje en los altos que debía a la hospitalidad de don Dámaso. Al encontrarse en la capital, de la que tanto había oído hablar en Copiapó; al verse separado de su familia, que divisaba en el luto y la pobreza; al pensar en la acaudalada familia en cuyo seno se veía admitido tan repentinamente, disputábanse el paso sus ideas en su imaginación y tan pronto se oprimía de dolor su pecho con el recuerdo de las lágrimas de los que había dejado, como palpitaba a la idea de presentarse ante gentes ricas y acostumbradas a las grandezas del lujo, con su modesto traje y sus maneras encogidas por el temor y la pobreza. En ese momento habían desaparecido para él hasta las esperanzas que acompañan a las almas jóvenes en sus continuas peregrinaciones al porvenir. Sabía, por el criado, que la casa era de las más lujosas de Santiago; que en la familia había una niña y un joven, tipos de gracia y de elegancia; y pensaba que él, pobre provinciano, tendría que sentarse al lado de esas personas acostumbradas al refinamiento de la riqueza. Esta perspectiva hería el nativo orgullo de su corazón y le hacía perder de vista el juramento que hiciera al llegar a Santiago y las promesas de la esperanza que su voluntad se proponía realizar.

A las cuatro y media de la tarde, un criado se presentó ante el joven y le anunció que su patrón le esperaba en la cuadra. Martín se miró maquinalmente a un espejo que había sobre un lavatorio de caoba, y se encontró pálido y feo; pero antes que su pueril desaliento le abatiese el espíritu, su energía le despertó como avergonzado y la voluntad le habló el lenguaje de la razón.

Al entrar en la pieza en que se hallaba la familia, la palidez que le había entristecido un momento antes desapareció bajo el más vivo encarnado.

Don Dámaso le presentó a su mujer y a Leonor, que le hiciera un ligero saludo. En ese momento entró Agustín, a quien su padre presentó también al joven Rivas, que recibió del elegante una pequeña inclinación de cabeza. Esta fría acogida bastó para desconcertar al provinciano, que permanecía de pie, sin saber cómo colocar sus brazos ni encontrar una actitud parecida a la de Agustín, que pasaba sus manos entre su perfumada cabellera. La voz de don Dámaso, que le ofrecía un asiento, le sacó de la tortura en que se hallaba, y mirando al suelo, tomó una silla distante del grupo que formaban doña Engracia, Leonor y Agustín, que se había puesto a hablar de su paseo a caballo y de las excelentes cualidades del animal en que cabalgaba.

Martín envidiaba de todo corazón aquella insípida locuacidad mezclada con palabras francesas y vulgares observaciones, dichas con ridícula afectación. Admiraba además. al mismo tiempo, la riqueza de los muebles, desconocida para él hasta entonces; la profusión de los dorados, la majestad de las cortinas que pendían delante de las ventanas, y la variedad de objetos que cubrían las mesas de arrimo. Su inexperiencia le hizo considerar cuanto veía como los atributos de la grandeza y de la superioridad verdaderas, y despertó en su naturaleza entusiasta esa aspiración hacia el lujo, que parece sobre todo el patrimonio de la juventud.

Al principio, Martín hizo aquellas observaciones levantando los ojos a hurtadillas, pues, sin conciencia de la timidez que le dominaba, cedía a su poder repentino, sin ocurrírsele combatirlo, como acababa de hacer al bajar de su habitación.

Don Dámaso, que era hablador, le dirigió la palabra para informarse de las minas de Copiapó. Martín vio, al contestar, dirigidos hacia él los ojos de la señora y sus hijos. Y esta circunstancia, lejos de aumentar su turbación, pareció infundirle una seguridad y aplomo repentinos, porque contestó con acierto y voz entera, fijando con tranquilidad su vista en las personas que le observaban como a un objeto curioso.

Mientras hablaba, volvía también la serenidad a su espíritu, gracias a los esfuerzos de su voluntad, naturalmente inclinada a luchar con las dificultades. Y pudo, sólo entonces, observar a las personas que le escuchaban.

En el rincón más oscuro de la pieza divisó a doña Engracia, que se colocaba siempre en el punto menos alumbrado para evitar la sofocación. Esta señora tenía en sus faldas una perrita blanca, de largo y rizado pelo, por el cual se veía que acababa de pasar un peine, tal era lo vaporoso de sus rizos. La perrita levantaba la cabeza de cuando en cuando y fijaba sus luminosos ojos en Martín con un ligero gruñido, al que contestaba cada vez doña Engracia, diciéndole por lo bajo:

—¡Diamela! ¡Diamela!

Y acompañaba esta amonestación con ligeros golpes de cariño parecidos a los que se dan a un niño regalón después que ha hecho alguna gracia.

Pero Martín se fijó un poco en la señora y en las señales de descontento de Diamela, y dejó también de admirar las pretenciosas maneras del elegante, para detener con avidez la vista sobre Leonor. La belleza de esta niña produjo en su alma una admiración indecible. Lo que experimenta un viajero contemplando la catarata del Niágara o un artista delante del grandioso cuadro de Rafael "La transfiguración" dará, bien explicado, una idea de las sensaciones súbitas y extrañas que surgieron del alma de Martín en presencia de la belleza sublime de Leonor. Ella vestía una bata blanca con el cinturón suelto como el de las elegantes romanas, sobre un delantal bordado. En cuya parte baja, llena de calados primorosos, se veía la franja de valenciennes de una riquísima enagua. El corpiño, que hacía un pequeño ángulo de escote, dejaba ver una garganta de puros contornos y hacía sospechar la majestuosa perfección de su seno. Aquel traje, sencillo en apariencia, y de gran valor en realidad, parecía realizar una cosa imposible: la de aumentar la hermosura de Leonor, sobre la cual fijó Martín con tan distraída obstinación la vista, que la niña volvió hacia otro lado la suya, con una ligera señal de impaciencia.

Un criado se presentó anunciando que la comida estaba en la mesa cuando Agustín estaba haciendo una descripción del Boulevard de París a su madre, al mismo tiempo que don Dámaso, que en aquel día se inclinaba a la oposición, ponía en práctica sus principios republicanos, tratando a Martín con familiaridad y atención.

Agustín ofreció el brazo izquierdo a su madre, tratando de agarrar a Diamela con la mano derecha.

—¡Cuidado, cuidado, niño! exclamó la señora, al ver la poca reverencia con que su primogénito trataba a su perra favorita—; vas a lastimarla.

—No lo crea, mamá contestó el elegante—. Cómo la había de hacer mal cuando encuentro esta perrita charmante.

Don Dámaso ofreció su brazo a Leonor, y volviéndose hacia Martín:

—Vamos a comer, amigo —le dijo, siguiendo tras su esposa y su hijo.

Aquella palabra "amigo", con que don Dámaso le convidaba, manifestó a Martín la inmensa distancia que había entre él y la familia de su huésped.

Un nuevo desaliento se apoderó de su corazón al dirigirse al comedor en tan humilde figura, cuando veía al elegante Agustín asentar su charolada bota sobre la alfombra con tan arrogante donaire, y la erguida frente de Leonor resplandecer con todo el orgullo de su hermosura y de la riqueza.

Mientras tomaban la sopa sólo se oyó la voz de Agustín:

—En los Freres provençaux comía diariamente una sopa de tortuga deliciosa decía, limpiándose el bozo que sombreaba su labio superior—. ¡Oh, el pan de París! —añadía, al romper uno de los llamados franceses entre nosotros—, es un pan divino mirobolante.

—¿Y en cuánto tiempo aprendiste el francés? —le preguntó doña Engracia, dando una cucharada de sopa a Diamela y mirando con orgullo a Martín, como para manifestarle la superioridad de su hijo.

Mas, sea que con este movimiento no pusiera bien la cuchara en el querido hocico de Diamela, sea que la temperatura elevada de la sopa ofendiese sus delicados labios, la perra lanzó un aullido que hizo dar un salto sobre su silla a doña Engracia; y su movimiento fue tan rápido, que echó a rodar por el mantel el plato que tenía por delante y el líquido que contenía.

—¡No ves, no ves!, ¿qué es lo que te digo? Eso sale por traer perros a la mesa —exclamó don Dámaso.

—Pobrecita de mi alma —decía, sin escucharle, doña Engracia, dando fuertes apretones de ternura a Diamela, que ésta aullaba desesperada.

—Vamos, cállate polissonne —dijo Agustín a la perra, que, viéndose un instante libre de los abrazos de la señora, se calló repentinamente.

Doña Engracia alzó los ojos al cielo como admirando el poder del Creador y, bajándolos sobre su marido, díjole con acento de ternura:

—¡Mira, hijo, ya entiende francés esta monada!

—¡Oh!, el perro es un animal lleno de inteligencia exclamó Agustín—; en París los llamaba en español y me seguían cuando les mostraba un pedazo de pan.

Un nuevo plato de sopa hizo cesar el descontento de Diamela y dejó restablecerse el orden en la mesa.

—¿Y qué dicen de política en el norte? —preguntó a Martín el dueño de casa.

—Yo he vivido lejos de las poblaciones, señor, con la enfermedad de mi padre —contestó el joven—; de modo que ignoro el espíritu que allí reinaba.

—En París hay muchos colores políticos dijo Agustín—; los orleanistas, los de la brancha de los Borbones y los republicanos.

—¿La brancha? —preguntó don Dámaso.

—Es decir, la rama de los Borbones —repuso Agustín.

—Pero en el norte todos son opositores dijo don Dámaso, dirigiéndose otra vez a Martín.

—Creo que es lo más general —respondió éste.

—La política gata los espíritus observó, sentenciosamente, el primogénito de la familia.

—¡Cómo es eso de gato! —preguntó su padre, con admiración.

—Quiero decir que vicia el espíritu contestó el joven.

—Sin embargo —repuso don Dámaso—, todo ciudadano debe ocuparse de la cosa pública, y los derechos de los pueblos son sagrados.

Don Dámaso, que, como dijimos, era opositor aquel día, dijo con gran énfasis esta frase que acababa de leer en un diario liberal.

—Mamá, ¿qué confiture es ésa? —preguntó Agustín, señalando una dulcera, para cortar la conversación de política, que le fastidiaba.

—Y los derechos del pueblo continuó diciendo don Dámaso, sin atender el descontento de su hijo están consignados en el Evangelio.

—Son albaricoques, hijo —decía al mismo tiempo doña Engracia, contestando a la pregunta de Agustín.

—¡Cómo, albaricoques! —exclamó don Dámaso creyendo que su mujer calificaba con esa palabra los derechos de los pueblos.

—No, hijo; digo que aquel es dulce de albaricoques contestó doña Engracia.

Confiture d'habricots —dijo Agustín, con el énfasis de un predicador que cita un texto latino.

Durante este diálogo, Martín dirigía sus miradas a Leonor, la que aparentaba la mayor indiferencia, sin tomar parte en la conversación de la familia.

Terminada la comida, todos salieron del comedor en el orden en que habían entrado, y en el salón continuó cada cual con su tema favorito.

Agustín hablaba a su madre del café que tomaba en Tortoni después de comer; don Dámaso citaba a Martín, dándolas por suyas, las frases liberales que había aprendido por la mañana en los periódicos, y Leonor hojeaba con distracción un libro de grabados ingleses al lado de una mesa. A las siete pudo Martín libertarse de los discursos republicanos de su anfitrión y retirarse del salón.

5

Martín se sentó al lado de una mesa con el aire de un hombre cansado por una larga marcha. Las emociones de su llegada a Santiago, de la presentación en una familia rica, la impresión que le había causado la elegancia de Agustín Encina, y la belleza sorprendente de Leonor, todo, pasando confusamente en su espíritu, como las incoherentes visiones de un sueño, le habían rendido de cansancio.

Aquella desdeñosa hermosura, que no se dignaba tomar parte en las conversaciones de la familia, le humillaba con su elegancia y su riqueza. ¿Era tan vulgar su inteligencia como la de sus padres y la de su hermano, y ésta la causa de su silencio? Martín se hizo esta pregunta maquinalmente y como para combatir la angustia que oprimía su pecho al considerar la imposibilidad de llamar la atención de una criatura como Leonor. Pensando en ella, entrevió por primera vez el amor, como se divisa a su edad: un paraíso de felicidad indefinida ardiente como la esperanza de la juventud, dorado como los sueños de la poesía, esta inseparable compañera del corazón que ama o desea amar.

Un repentino recuerdo de su familia disipó por un instante sus tristes ideas y sacó a su corazón del círculo de fuego en que principiaba a internarse. Tomó su sombrero y bajó a la calle. El deseo de conocer la población, el movimiento de ésta, le devolvió la tranquilidad. Además, deseaba comprar algunos libros, y preguntó por una librería al primero que encontró al paso. Dirigiéndose por las indicaciones que acababa de recibir, Martín llegó a la Plaza de Armas.

En 1850, la pila de la plaza no estaba rodeada de un hermoso jardín como en el día, ni presentaba al transeúnte que se detenía a mirarla más asiento que su borde de losa, ocupado siempre en la noche por gente del pueblo. Entre éstos se veían corrillos de oficiales de zapatería que ofrecían un par de botines o de botas a todo el que por allí pasaba a esas horas.

Martín, llevado de la curiosidad de ver la pila, se dirigió de la esquina de la calle de Monjitas, en donde se había detenido a contemplar la plaza, por el medio de ella. Al llegar a la pila, y cuando fijaba la vista en las dos figuras de mármol que la coronan, un hombre se acercó a él, diciéndole:

—Un par de botines de charol, patrón.

Estas palabras despertaron en su memoria el recuerdo del lustroso calzado de Agustín y sus recientes ideas que le habían hecho salir de la casa. Penso que con un par de botines de charol haría mejor figura en la elegante familia que le admitía en su seno; era joven y no se arredró con esta consideración ante la escasez de su bolsillo. Detúvose mirando al hombre que le acababa de dirigir la palabra, y éste que ya se retiraba, volvió al instante hacia él.

—A ver los botines dijo Martín.

—Aquí están, patroncito —contestó el hombre, mostrándole el calzado cuyos reflejos acabaron de acallar los escrúpulos del joven.

—Vea —añadió el vendedor, tendiendo un pañuelo al borde de la pila—, siéntese aquí y se los prueba.

Rivas se sentó lleno de confianza y se despojó de su tosco botín, tomando uno de los que el hombre le presentaba. Mas no fue pequeño su asombro cuando, al hacer esfuerzos para meter el pie, se vio rodeado de seis individuos, de los cuales cada uno le ofrecía un par de calzado, hablándole todos a un tiempo. Martín, más confuso que el capitán de la ronda cuando se ve rodeado de los que encuentra en casa de don Bartolo, en "El Barbero de Sevilla", oía las distintas voces y forcejeaba en vano para entrar el botín.

—Vea, patrón, éstos le están mejor —le decía uno.

—Póngase éstos, señor; vea qué trabajo; de lo fino no más —añadía otro, colocándole un par de botines bajo las narices.

—Aquí tiene unos pa toa la vía —le murmuraba un tercero al oído.

Y los demás hacían el elogio de su mercancía en parecidos términos, confundiendo al pobre mozo con tan extraña manera de vender.

El primer par fue desechado por estrecho, el segundo por ancho, y por muy caro el tercero.

Entretanto, el número de zapateros había aumentado considerablemente en derredor del joven que, cansado de la porfiada insistencia de tanto vendedor reunido, se puso su viejo botín y se incorporó diciendo que compara en otra ocasión. En el instante vio tornarse en áspero lenguaje la oficiosidad con que un minuto hacía le acosaban y oyó al primero de los vendedores decirle:

—Si no tiene ganas de comprar, ¿pa qué está embromando?

Y a otro añadir, como por vía de apéndice a lo de éste:

—Pal caso, que tal vez ni tiene plata.

Y luego un tercero replicar:

—¡Y como que tiene traza de futre pobre, hombre!

Martín, recién llegado a la capital, ignoraba la insolencia de sus compatriotas obreros de esta ciudad, y sintió el despecho apoderarse de su paciencia.

—Yo a nadie he insultado dijo, dirigiéndose al grupo—, y no permitiré que me insulten tampoco.

—¿Y por qué lo insultan, porque le dicen pobre? Noshotros somos pobres también —contesto una voz.

—¡Entonhes le iremos ques rico, pue! —dijo otro, acercándose al joven.

—Y si es tan rico, ¿por qué no compró, pues? —añadió el primero que había hablado, acercándosele aún más que el anterior.

Rivas acabó con esto de perder la paciencia, y empujó con tal fuerza al hombre, que éste fue a caer al pie de sus compañeros.

¿Y dejái que te pegue un futre? —le dijo uno.

—Levántate hom, no seái falso dijo otro.

El zapatero se levantó, en efecto, y arremetió al joven con furia. Una riña de pugilato se trabó entonces entre ambos, con gran alegría de los otros, que aplaudían y animaban, elogiando con imparcialidad los golpes que cada cual asestaba con felicidad a su adversario.

Cáscale fuerte en las narices decía uno.

—Sácale chocolate al futre —agregaba otro.

—Pégale fuerte y feo exclamaba el tercero.

De súbito se oyó una voz que hizo dispersarse el grupo como por encanto, y dejar solos a los combatientes.

—Allí viene el pelto dijeron, corriendo dos o tres.

Y fueron seguidos por los otros, al mismo tiempo que un policial tomó a Martín de un brazo y al zapatero de otro, diciéndoles:

—Los dos van pa entro cortitos.

Rivas volvió del aturdimiento que aquella riña le había causado cuando sintió esta voz y vio el uniforme del que le detenía.

—Yo no he tenido la culpa de este pleito dijo, suélteme usted.

Pa entro, pa entro, ande no más contestó el policial. Y principió a llamar con el pito.

En vano quiso Martín explicarle el origen de lo acaecido, el policial nada oía, y siguió llamando con su pito hasta que se presentó un cabo seguido de otro soldado. Con éstos, su elocuencia fracasó del mismo modo. El cabo oyó impasible la relación que se le hacía, y sólo contestó con la frase sacramental del cuerpo de seguridad urbana:

Páselos pa entro.

Ante tan uniforme modo de discutir, Rivas conoció que era mejor resignarse, y se dejó conducir con su adversario hasta el cuartel de policía.

Al llegar, esperó Martín que el oficial de guardia, ante quien fue presentado, hiciera más racional justicia a su causa, pero éste oyó su relación y dio la orden de hacerle entrar hasta la llegada del mayor.

6

A la misma hora en que Martín Rivas era llevado preso, el salón de don Dámaso Encina resplandecía de luces que alumbraban a la diaria concurrencia de tertulianos.

En un sofá conversaba doña Engracia con una señora, hermana de don Dámaso y madre de una niña que ocupaba otro sofá con Leonor y el elegante Agustín. En un rincón de la pieza vecina rodeaban una mesa de malilla don Dámaso y tres caballeros de aspecto respetable y encanecidos cabellos. Al lado de la mesa se hallaba como observador el joven Mendoza, uno de los adoradores de Leonor.

Doña Engracia conversaba con su cuñada, doña Francisca Encina, sobre las habilidades de Diamela y sus progresos en la lengua de Vaugelas, y de Voltaire, mientras que un hijo de doña Francisca, perteneciente a la categoría de los niños regalones, se divertía en tirar la cola y las orejas de la favorita de su tía.

La niña que conversaba con Leonor formaba con ella un contraste notable por su fisonomía. Al ver su rubio cabello, su blanca tez y sus ojos azules, un extranjero habría creído que no podía pertenecer a la misma raza que la joven algo morena y de negros cabellos que se hallaba a su lado, y mucho menos que entre Leonor y su prima, Matilde Elías, existiese tan estrecho parentesco. La fisonomía de esta niña revelaba, además, cierta languidez melancólica, que contrastaba con la orgullosa altivez de Leonor, y, aunque la elegancia de su vestido no era menos que la del de ésta, la belleza de Matilde se veía apagada a primera vista al lado de la de su prima.

Las dos niñas tenían sus manos afectuosamente entrelazadas cuando entró al salón Clemente Valencia.

—¡Ah!, ya viene este hombre con sus cadenas de reloj y sus brillantes que huelen a capitalista de mal gusto dijo Leonor.

El joven no se atrevió a quedarse al lado de las dos primas por el frío saludo con que la hija de don Dámaso contestó al suyo, y fue a sentarse al lado de las mamás.

—¿Sabes que te corren casamiento con él? —dijo Matilde a su prima.

—¡Jesús! contestó ésta—, ¿porque es rico?

—Y porque creen que tú le amas.

—Ni a él ni a nadie —replicó Leonor, con acento desdeñoso.

—¿A nadie? ¿Y a Mendoza? —preguntó Matilde.

—La verdad, Matilde, ¿tú has estado enamorada alguna vez? —dijo Leonor, mirando fijamente a su prima.

Esta se ruborizó en extremo, y no contestó.

Cuando te ibas a casar, ¿sentías por Adriano ese amor de que hablan las novelas? continuó su prima.

—No contestó ésta.

—¿Y por Rafael San Luis?

Matilde volvió a ruborizarse sin contestar.

—Mira, nunca me había atrevido a hacerte esta pregunta. Tú me dijiste hace tiempo que amabas a Rafael; luego te negaste a toda confidencia, y después te vi preparar tus vestidos de novia para casarte con Adriano. ¿A cuál de los dos amabas? A ver, cuéntame lo que ha sucedido. Ya hace más de un año que murió tu novio y me parece que es bastante tiempo para que estés haciendo papel de viuda sin serlo y el de reservada con tu mejor amiga. ¿Me dices que no amabas a Adriano?

—No.

—Entonces no habías olvidado a Rafael.

—¿Podía olvidarle?, ¿y puedo acaso ahora mismo? contestó Matilde, en cuyos párpados asomaron dos lágrimas que ella trató de reprimir

—¿Y por qué le abandonaste entonces?

—Tú conoces la severidad de mi padre.

—¡Ah!, a mí no me obligaría nadie exclamó Leonor, con orgullo y menos amando a otro.

—Si no hubieres amado nunca, como sostienes, no dirías esto último —replicó Matilde.

—Es verdad; nunca he amado, a lo menos, según la idea que tengo del amor. A veces me ha gustado un joven; pero nunca por mucho tiempo. Ese empeño con que los hombres exigen que se les corresponda me fastidia. Encuentro en ello algo de la superioridad que pretenden tener sobre nosotras. y esta idea hace replegarse mi corazón. Aún no he encontrado al hombre que tenga bastante altivez para despreciar el prestigio del dinero y bastante orgullo para no rendirse ante la belleza.

—Yo jamás me he hecho reflexiones sobre esto —dijo Matilde —: amé a Rafael desde que le vi y le amo todavía.

—¿Y has hablado con él después que la muerte de Adriano te dejó libre?

—No, ni me atrevería a hablarle. No tuve fuerzas para desobedecer a mi padre y así tiene derecho para despreciarme. A veces le he encontrado en la calle; está pálido y buen mozo como siempre. Te aseguro que me he sentido desfallecer a su vista, y él ha pasado sin mirarme, con esa frente altanera que lleva con tanta gracia.

Leonor oía con placer la exaltación con que su prima hablaba de sus amores, y pensaba que debía ser muy dulce para el alma ese culto entusiasta y poético que llena todo el corazón.

—De modo que crees que ya no te ama —dijo.

—Así lo creo contestó Matilde, dando un suspiro.

—¡Pobre Matilde! Mira, yo quisiera amar como tú, aunque fuera sufriendo así.

—¡Ah, tú no has sufrido! No lo desees.

—Yo preferiría mil veces ese tormento a la vida insípida que llevo. A veces he llorado, creyéndome inferior a las demás mujeres. Todas mis amigas tienen amores y yo nunca he pensado dos días seguidos en el mismo hombre.

—Así serás feliz.

—¡Quién sabe! —murmuró Leonor, pensativa.

Un criado anunció que el té estaba pronto, y todos se dirigieron a una pieza contigua a la que ocupaban los jugadores de malilla.

Dijimos que éstos eran tres con el dueño de la casa. Los otros dos eran un amigo de don Dámaso, llamado don Simón Arenal, y el padre de Matilde, don Fidel Elías.

Estos últimos eran el tipo del hombre parásito en política, que vive siempre al arrimo de la autoridad y no profesa más credo político que su conveniencia particular y una ciega adhesión a la gran palabra Orden, realizada en sus más restrictivas consecuencias. La arena política de nuestro país está empedrada con esta clase de personajes, como pretenden algunos que lo está el infierno, con buenas intenciones, sin que intentemos por esto establecer un símil entre nuestra política y el infierno, por más que les encontremos muchos puntos de semejanza. Don Simón Arenal y don Fidel Elías aprobaban sin examen todo golpe de autoridad, y calificaban con desdeñosos títulos de revolucionarios y demagogos a los que, sin estar constituidos en autoridad, se ocupaban de la cosa pública. Hombres serios, ante todo, no aprobaban que la autoridad permitiese la existencia de la prensa de oposición y llamaban a la opinión pública una majadería de "pipiolos", comprendiendo bajo este dictado a todo el que se atrevía a levantar la voz sin tener casa ni hacienda ni capital a interés.

Estas opiniones autoritarias, que los dos amigos profesaban en virtud de su conveniencia, habían acarreado algunos disgustos domésticos a don Fidel Elías. Doña Francisca Encina, su mujer, había leído algunos libros y pretendía pensar por sí sola, violando así los principios sociales de su marido, que miraba todo libro como inútil, cuando no como pernicioso. En su cualidad de letrada, doña Francisca era liberal en política y fomentaba esta tendencia de su hermano, a quien don Fidel y don Simón no habían aún podido conquistar enteramente para el partido del orden, que algunos han llamado con cierta gracia, en tiempos posteriores, el partido de los energistas.

Sentados a la mesa del té todos estos personajes, la conversación tomó distinto giro en cada uno de los grupos que componían, según sus gustos y edades.

Doña Engracia citaba a su cuñada la escena de la comida, para probar que Diamela entendía el francés, a lo cual contestaba doña Francisca citando algunos autores que hablaban de la habilidad de la raza canina.

Leonor y su prima formaban otro grupo con los jóvenes, y don Dámaso ocupaba la cabecera de la mesa con su amigo y su cuñado.

—Convéncete, Dámaso —decíale don Fidel—, esta Sociedad de la Igualdad es una pandilla de descamisados que quieren repartirse nuestras fortunas.

—Y, sobre todo decía don Simón, a quien el Gobierno nombraba siempre para diversas comisiones—, los que hacen oposición es porque quieren empleo.

—Pero hombre —replicaba don Dámaso, ¿y las escuelas que funda esa sociedad para educar al pueblo?

—¡Qué pueblo, ni qué pueblo! contestaba don Fidel—. Es el peor mal que pueden hacer, estar enseñando a ser caballeros a esa pandilla de rotos.

—Si yo fuese gobierno —dijo don Simón—, no los dejaba reunirse nunca. ¿Adónde vamos a parar con que todos se metan en política?

—¡Pero si son tan ciudadanos como nosotros! —replicó don Dámaso.

—Sí, pero ciudadanos sin un centavo, ciudadanos hambrientos —repuso don Fidel.

—Y entonces, ¿para qué estamos en República? dijo doña Francisca, mezclándose en la conversación.

—Ojalá no lo estuviéramos contestó su marido.

—¡Jesús! exclamó escandalizada la señora.

—Mira, hija, las mujeres no deben hablar de política dijo, sentenciosamente, don Fidel.

Esta máxima fue aprobada por el grave don Simón, que hizo con la cabeza una señal afirmativa.

—A las mujeres, las flores y la tualeta, querida tía —le dijo Agustín, que oyó la máxima de don Fidel.

—Este niño ha vuelto más tonto de Europa —murmuró, picada, la literata.

—En días pasados dijo don Simón a don Dámaso un ministro me hablaba de usted, preguntándome si era opositor.

—¡Yo, opositor! —exclamó don Dámaso, nunca lo he sido; yo soy independiente.

—Era para darle, según creo, una comisión.

Don Dámaso se quedó pensativo, arrepintiéndose de su respuesta.

—¿Y qué comisión era? —preguntó.

—No recuerdo ahora contestó don Simón—; usted sabe que el Gobierno busca la gente de valer para ocuparla y...

—Y tiene razón dijo don Dámaso—; es el modo de establecer la autoridad.

—Mira, Leonor; ya están conquistando a tu papá —dijo doña Francisca.

—No, a mí no me conquistan, hija —replicó don Dámaso—; siempre he dicho que los gobiernos deben emplear gente conocida.

—Yo no pierdo la esperanza de verte de senador dijo don Fidel.

—No aspiro a eso —repuso don Dámaso—; pero si los pueblos me eligen...

—Aquí los que eligen son los gobiernos —observó doña Francisca.

—Y así debe ser —replicó don Fidel—; de otro modo no se podría gobernar.

—Para gobernar así, mejor sería que nos dejasen en paz dijo doña Francisca.

—Pero mujer —replicó su marido—; ya te he dicho que ustedes no deben ocuparse en política.

Don Simón aprobó por segunda vez, y doña Francisca se volvió con desesperación hacia su cuñada.

Después del té, la tertulia volvió al salón, donde siguieron la conversación política los papás, y los jóvenes rodearon a Leonor, que se sentó al lado de una mesa. Sobre ésta se veía un hermoso libro con tapas incrustadas de nácar.

—Mira, Leonor —le dijo su hermano—, ya te han aportado tu álbum, que me dijiste habías prestado.

—¿No lo tenía usted? —preguntó Leonor, con indiferencia, a Emilio Mendoza.

—Lo he traído esta noche, señorita, como había prometido a usted.

—¿Lo llevó usted para ponerle versos? —preguntó Clemente Valencia a su rival—; yo nunca he podido aguantar los versos —añadió el capitalista, haciendo sonar la cadena de su reloj.

—Ni moi tampoco —dijo Agustín.

—A ver el álbum dijo doña Francisca, abriendo el libro.

—Tía, si son morsoes literarios exclamó Agustín—, mejor sería que hiciesen un poco de música.

—Lea, mamá dijo Matilde—; hay mayoría por lo que mi primo llama morsoes literarios.

Doña Francisca abrió en una página.

—Aquí hay unos versos —dijo—, y son del señor Mendoza.

—¿Tú haces versos, querido? —le dijo Agustín—, ¿,que estás enamorado?

Emilio se puso colorado y lanzó una mirada a Leonor, que pareció no haberla visto.

—Es una composición corta dijo doña Francisca, que ardía en deseos de que la oyesen leer.

—Parta, pues, tía —le dijo Agustín. Doña Francisca, con voz afectada y acento sentimental, leyó:



A LOS OJOS DE...

Más dulces habéis de ser
Si me volvéis a mirar,
Porque es malicia a mi ver;
Siendo fuente de placer,
Causarme tanto pesar.

De seso me tiene ajeno
El que en suerte tan cruel
Sea ese mirar sereno
Sólo para mi veneno,
Siendo para todos miel.

Si amando os puedo ofender,
Venganza podéis tomar,
Pues es fuerza os haga ver
Que, o no os dejo de querer,
O me acabáis de matar.

Si es la venganza medida
Por mi amor, a tal rigor
El alma siento rendida;
Porque es muy poco una vida
Para vengar tanto amor.

EMILIO MENDOZA

Al concluir esta lectura, Emilio Mendoza dirigió una lánguida mirada a Leonor, como diciéndole: "Usted es la diosa de mi inspiración".

—Y ¿en cuánto tiempo ha hecho usted estos versos? —le dijo doña Francisca.

—Esta mañana los he concluido contestó Mendoza, con afectada modestia, cuidándose muy bien de decir que sólo había tenido el trabajo de copiarlos de una composición del poeta español Campoamor, entonces poco conocido en Chile.

—Aquí hay algo en prosa dijo doña Francisca:

"La humanidad camina hacia el progreso, girando en un círculo que se llama amor y que tiene por centro el ángel que apellidan mujer."

—¡Qué lindo pensamiento! —dijo con aire vaporoso doña Francisca.

—Sí, para el que lo entienda —replicó Clemente Valencia.

Continuó por algún tiempo doña Francisca hojeando el libro en cuyas páginas, llenas de frases vacías o de estrofas que concluían pidiendo un poco de amor a la dueña del álbum, ella se detenía con entusiasmo.

—Si dejan a mi tía con el libro, es capaz de trasnochar —dijo Agustín a su amigo Valencia.

Don Fidel dio la señal de retirada, tomando su sombrero.

—¿Sabes que Dámaso me ha dado a entender que le gustaría que su hijo se aficionase a Matilde? —dijo a dona Francisca, cuando estuvieron en la calle—. Agustín es un magnífico partido.

—Es un muchacho tan insignificante contestó doña Francisca, recordando la poca afición de su sobrino a la poesía.

—¿Cómo? Insignificante, y su padre tiene cerca de un millón de pesos —replicó con calor el marido.

Doña Francisca no contestó a la positivista opinión de su esposo.

—Un casamiento entre Matilde y Agustín sería para nosotros una gran felicidad —prosiguió don Fidel—. Figúrate, hija, que el año entrante termina el arriendo que tengo de "El Roble", y que su dueño no quiere prorrogarme este arriendo.

—Hasta ahora, la tal hacienda de "El Roble" no te ha dado mucho dijo doña Francisca.

—Esta no es la cuestión —replicó don Fidel—; yo me pongo en el caso de que termine el arriendo. Casando a Matilde con Agustín, además que aseguramos la suerte de nuestra hija, Dámaso no me negará su fianza, como ya lo ha hecho, para cualquier negocio.

—En fin, tú sabrás lo que haces —contestó con enfado la señora, indignada del prosaico cálculo de su marido.

Lo restante del camino lo hicieron en silencio hasta llegar a la casa que habitaban.

Volveremos nosotros a don Dámaso y a su familia, que quedaron solos en el salón.

—Y nuestro alojado, ¿qué se habrá hecho? —preguntó el caballero.

Un criado, a quien se llamó para hacer esta pregunta, contestó que no había llegado aún.

—No será mucho que se haya perdido dijo don Dámaso.

—¡En Santiago! —exclamó Agustín con admiración—, en París sí que es fácil egerarse.

—He pensado dijo don Dámaso a su mujer— que Martín puede servirme mucho, porque necesito una persona que lleve mis libros.

—Parece un buen jovencito y me gusta, porque no fuma —respondió doña Engracia.

Martín, en efecto, había dicho que no fumaba, cuando, después de comer, don Dámaso le ofreció un cigarro en un rapto de republicanismo. Mas, al despedirse, sus amigos le dejaban medio curado ya de sus impulsos igualitarios con la noticia de que un ministro se había ocupado de él para encomendarle una comisión.

"Después de todo —pensaba al acostarse don Dámaso—, ¡estos liberales son tan exagerados!"

7

Al concluir esta lectura, Emilio Mendoza dirigió una lánguida mirada a Leonor, como diciéndole: "Usted es la diosa de mi inspiración".

—Y ¿en cuánto tiempo ha hecho usted estos versos? —le dijo doña Francisca.

—Esta mañana los he concluido contestó Mendoza, con afectada modestia, cuidándose muy bien de decir que sólo había tenido el trabajo de copiarlos de una composición del poeta español Campoamor, entonces poco conocido en Chile.

—Aquí hay algo en prosa dijo doña Francisca:

"La humanidad camina hacia el progreso, girando en un círculo que se llama amor y que tiene por centro el ángel que apellidan mujer."

—¡Qué lindo pensamiento! —dijo con aire vaporoso doña Francisca.

—Sí, para el que lo entienda —replicó Clemente Valencia.

Continuó por algún tiempo doña Francisca hojeando el libro en cuyas páginas, llenas de frases vacías o de estrofas que concluían pidiendo un poco de amor a la dueña del álbum, ella se detenía con entusiasmo.

—Si dejan a mi tía con el libro, es capaz de trasnochar —dijo Agustín a su amigo Valencia.

Don Fidel dio la señal de retirada, tomando su sombrero.

—¿Sabes que Dámaso me ha dado a entender que le gustaría que su hijo se aficionase a Matilde? —dijo a dona Francisca, cuando estuvieron en la calle—. Agustín es un magnífico partido.

—Es un muchacho tan insignificante contestó doña Francisca, recordando la poca afición de su sobrino a la poesía.

—¿Cómo? Insignificante, y su padre tiene cerca de un millón de pesos —replicó con calor el marido.

Doña Francisca no contestó a la positivista opinión de su esposo.

—Un casamiento entre Matilde y Agustín sería para nosotros una gran felicidad —prosiguió don Fidel—. Figúrate, hija, que el año entrante termina el arriendo que tengo de "El Roble", y que su dueño no quiere prorrogarme este arriendo.

—Hasta ahora, la tal hacienda de "El Roble" no te ha dado mucho dijo doña Francisca.

—Esta no es la cuestión —replicó don Fidel—; yo me pongo en el caso de que termine el arriendo. Casando a Matilde con Agustín, además que aseguramos la suerte de nuestra hija, Dámaso no me negará su fianza, como ya lo ha hecho, para cualquier negocio.

—En fin, tú sabrás lo que haces —contestó con enfado la señora, indignada del prosaico cálculo de su marido.

Lo restante del camino lo hicieron en silencio hasta llegar a la casa que habitaban.

Volveremos nosotros a don Dámaso y a su familia, que quedaron solos en el salón.

—Y nuestro alojado, ¿qué se habrá hecho? —preguntó el caballero.

Un criado, a quien se llamó para hacer esta pregunta, contestó que no había llegado aún.

—No será mucho que se haya perdido dijo don Dámaso.

—¡En Santiago! —exclamó Agustín con admiración—, en París sí que es fácil egerarse.

—He pensado dijo don Dámaso a su mujer— que Martín puede servirme mucho, porque necesito una persona que lleve mis libros.

—Parece un buen jovencito y me gusta, porque no fuma —respondió doña Engracia.

Martín, en efecto, había dicho que no fumaba, cuando, después de comer, don Dámaso le ofreció un cigarro en un rapto de republicanismo. Mas, al despedirse, sus amigos le dejaban medio curado ya de sus impulsos igualitarios con la noticia de que un ministro se había ocupado de él para encomendarle una comisión.

"Después de todo —pensaba al acostarse don Dámaso—, ¡estos liberales son tan exagerados!"

8

Desde el día siguiente principió Martín sus tareas con el empeño del joven que vive convencido de que el estudio es la única base de un porvenir feliz cuando la suerte le ha negado la riqueza.

El pobre y anticuado traje provinciano llamó desde el primer día la atención de sus condiscípulos, la mayor parte jóvenes elegantes que llegaban a la clase con los recuerdos de un baile de la víspera o de las emociones de una visita mucho más frescos en la memoria que los preceptos de las Siete Partidas o del Prontuario de los Juicios. Martín se encontró por esta causa aislado de todos. Entre nuestra juventud, el hombre que no principia a mostrar su superioridad por la elegancia del traje, tiene que luchar con mucha indiferencia, y acaso con un poco de desprecio, antes de conquistarse las simpatías de los demás. Todos miraron a Rivas como a un pobre diablo que no merecía más atención que su raída catadura, y se guardaron muy bien de tenderle una mano amiga. Martín conoció lo que podría muy propiamente llamarse el orgullo de la ropa, y se mantuvo digno en su aislamiento, sin más satisfacción que la de manifestar sus buenas aptitudes para el estudio cada vez que la ocasión se le presentaba.

Una circunstancia había llamado su atención, y era la ausencia de un individuo a quien los demás nombraban con frecuencia.

—¿Rafael San Luis no ha venido? —oía preguntar casi todos los días.

Y sobre la respuesta negativa, oía también variados comentarios sobre la ausencia del que llevaba aquel nombre, y que, a juzgar por la insistencia con que se recordaba, debía ejercer cierta superioridad entre los otros que así se ocupaban de él.

Dos meses después de su incorporación a la clase, notó Martín la presencia de un alumno a quien todos saludaban cordialmente, dándole el nombre que había oído ya. Era un joven de veintitrés o veinticuatro años, de pálido semblante y de facciones de una finura casi femenil, que ponían en relieve la fina curva de un bigote negro y lustroso. Una abundante cabellera, dividida en la mitad de la frente, realzaba la majestad de ésta y dejaba caer, tras dos pequeñas y rosadas orejas, sus hebras negras y relucientes. Sus ojos, sin ser grandes, parecían brillar con los destellos de una inteligencia poderosa y con el fuego de un corazón elevado y varonil. Esta expresión enérgica de su mirada cuadraba muy bien con las elegantes proporciones de un cuerpo de regular estatura y de simétricas y bien proporcionadas formas.

Al principio de la clase, Rivas fijó con interés su vista en aquel joven, hasta que éste habló a un compañero después de mirarle. En ese momento, el profesor pidió a Martín su opinión sobre un cuestión jurídica que se debatía, y después de darla recibió una contestación destemplada del alumno a quien acababa de corregir. Martín replicó con energía y altivez, dejando la razón de su parte, lo que hizo enrojecer de despecho a su adversario.

Entre el joven que había llamado la atención de Martín y el que estaba a su lado había mediado la siguiente conversación:

—¿Quién es ése? —preguntó Rafael, al ver la atención con que le observaba Rivas.

—Es un recién incorporado —contestó el compañero—. Por la traza parece provinciano y pobre. No conoce a nadie y sólo habla en clase cuando le preguntan algo. No parece nada tonto.

Rafael observó a Rivas durante algunos instantes y pareció tomar interés en la cuestión que éste debatía con su adversario.

Al salir de clase, el que había manifestado su despecho al verse vencido por Martín se le acercó con ademán arrogante:

—Bien está que usted corrija —le dijo, mirándolo con orgullo; pero no vuelva a emplear el tono que ha usado hoy.

—No sufriré la arrogancia de nadie y responderé siempre en el tono que usen conmigo —dijo Martín—, y ya que usted se ha dirigido a mí —añadió—, le advertiré que aquí sólo admito lecciones de mi profesor, únicamente en lo que concierne al estudio.

—Tiene razón este caballero exclamó Rafael San Luis, adelantándose—; tú, Miguel, has contestado al señor con aspereza, cuando él sólo cumplía con su obligación corrigiéndote. Además, el señor está recién llegado y le debemos a lo menos las consideraciones de la hospitalidad.

La discusión terminó con estas palabras, que el joven San Luis había pronunciado sin afectación ni dogmatismo.

Martín se acercó a él con aire tímido.

Creo que debo dar a usted las gracias por lo que acaba de decir en favor mío —le dijo—, y le ruego las acepte con la sinceridad con que se las ofrezco.

—Así lo hago —le contestó Rafael, tendiéndole la mano con franca cordialidad.

—Y ya que usted se ha dignado hablar en mi favor —continuó Rivas—, le suplico que cuando pueda me guíe con sus consejos. Hace muy poco tiempo que habito en Santiago e ignoro las costumbres de aquí.

—Por lo que acabo de ver —contestó Rafael—, usted poco necesita de consejos. Lo que predomina en Santiago es el orgullo, y usted parece tener la suficiente energía para ponerlo a raya. Ya que hablamos sobre esto, le confesaré a usted que intercedí hace poco en su favor, porque me dijeron que era pobre y no conocía a ninguno de nuestros condiscípulos. Aquí la gente se paga mucho de las exterioridades, cosa con la cual no convengo. La pobreza y el aislamiento de usted me han inspirado simpatía, por ciertas razones que nada tienen que ver con este asunto.

—Me felicito por tales simpatías dijo Martín—, y me alegraré mucho si usted me permite cultivar su amistad.

—Tendrá usted un triste amigo —replicó San Luis con una sonrisa melancólica—; pero no me falta cierta experiencia que acaso pueda aprovecharle. En fin, eso lo dirá el tiempo; hasta mañana.

Con estas palabras se despidió dejando una extraña impresión en el ánimo de Martín Rivas, que se quedó pensativo, mirándole alejarse.

Había, en verdad, cierto aire de misterio en torno de aquel joven, cuya poética belleza llamaba la atención a primera vista. Martín observó con curiosidad sus maneras, en las que resaltaba la dignidad en medio de la sencillez, y la vaga melancolía de su voz le inspiró al instante una poderosa simpatía. Llamó la atención de Rivas el traje de Rafael, en el que parecían reinar el capricho y un absoluto desprecio a la moda que uniformaba a casi todos los otros alumnos de la clase. Su cuello vuelto contrastaba con la rigidez de los que llevaban los demás, y su corbata negra, anudada con descuido, dejaba ver una garganta, cuyos suaves alineamientos traían a la memoria la que los escultores han dado al busto de Byron. Martín vio, además, en las últimas palabras de aquel joven, una ligera analogía con su situación, complaciéndose en aumentarla con la idea de que sería como él un hijo desheredado de la fortuna. Este pensamiento le hizo acercarse a Rafael al día siguiente y reanudar con él la conversación interrumpida el anterior.

—Cuando usted quiera —le dijo San Luis—, véngase a comer conmigo a un hotel de pobre apariencia que suelo frecuentar, y allí conversaremos más amigablemente. ¿Dónde vive usted?

—En casa de don Dámaso Encina.

—¡En casa de don Dámaso! —exclamó con admiración—; ¿es usted su pariente?

—No; he traído un carta de mi padre para él, y me ha hospedado en su casa. ¿Usted le conoce?

—Algo —contestó San Luis con disimulada turbación.

Los dos jóvenes permanecieron silenciosos algunos instantes, hasta que Rafael rompió el silencio hablando de asuntos indiferentes y muy distintos del que les acababa de ocupar.

Al salir de la clase, San Luis convidó a almorzar a Martín, y se dirigieron a un hotel de pobre apariencia, como lo había calificado el primero.

Una botella estableció más franqueza en la conversación de los dos jóvenes.

—Aquí no comerá usted con el hijo de don Dámaso —dijo Rafael—, pero sí con más libertad.

—¿Ha visitado usted su casa? —preguntó Rivas, a quien había picado la curiosidad y turbación de su nuevo amigo al hablar de su protector.

—Sí; en mejores tiempos contestó este—. ¿Y su hija?

—Oh, está lindísima —dijo Martín con entusiasmo.

—¡Cuidado: esa respuesta revela una admiración que puede a usted serle fatal —observó San Luis, poniéndose serio.

—¿Por qué? —preguntó Rivas.

—Porque lo peor que puede suceder a un joven pobre como usted es el enamorarse de una niña rica. Adiós estudios, porvenir, esperanzas exclamó San Luis, empinando con febril entusiasmo un vaso de vino—. Usted me pidió consejos ayer; pues bien, ahí tiene usted uno, y es de los más cuerdos. El amor, para un joven estudiante, debe ser como la manzana del paraíso: fruto vedado. Si usted quiere ser algo, Martín, y le digo esto porque usted parece dotado de la noble ambición que forma los hombres distinguidos, rodee su corazón de una capa de indiferencia tan impenetrable como una roca.

—No pienso enamorarme —contestó Martín—, y tengo para ello muy poderosas razones: entre ellas, la que usted acaba de apuntar.

San Luis cambió entonces de conversación y habló sobre tan distintas materias y con tal verbosidad, que parecía tener empeño en hacer olvidar a Martín las primeras palabras que había dicho aconsejándole.

En casa de don Dámaso habló Martín de su nuevo amigo, a quien Agustín había nombrado.

—Ese mocito es muy intrigante dijo don Dámaso, y busca niña con buena dote.

—Pero, papá —replicó Leonor—, es necesario no ser injusto; yo tengo mejor idea de San Luis.

—Es un parvenido —dijo Agustín—, papá tiene razón. A la época donde estamos, todos quieren plata.

—Y hacen bien, cuando hay pobres que la merecen más que muchos ricos exclamó Leonor.

Estas pocas palabras arrojaron la duda en el espíritu de Rivas. La energía con que Leonor defendía a Rafael de los ataques de su padre y de su hermano, y las palabras de su amigo sobre el amor, hicieron brillar de repente cierta luz a sus ojos, que hirió su corazón con un malestar desconocido. No podía pensar sino que San Luis había amado a Leonor y que su pasión había sido condenada por don Dámaso. Semejante descubrimiento le desazonó como si acabase de recibir alguna triste noticia, y se entregó al trabajo sin explicarse el descontento que le hacía mirar el porvenir bajo un prisma sombrío.

Cuando hubo despachado la correspondencia de don Dámaso, su pensamiento, después de dar mil vueltas a la misma idea, no había llegado más que a esta conclusión, que le llenaba de desconsuelo: "No hay duda de que se han amado, y puesto que Leonor le defiende, debe amarle todavía".

9

La idea de que Leonor amase a su nuevo amigo, infundió a Rivas cierta reserva para con éste, a pesar de la viva simpatía que hacia él le arrastraba. Durante varios días trató en vano de aclarar sus sospechas en sus conversaciones con Rafael San Luis. Las confidencias no vinieron jamás a satisfacerle.

Una tarde, después de comer en casa de don Dámaso, se retiraba Martín, como de costumbre, antes que hubiese llegado la hora de las visitas.

—¿Es usted aficionado a la música? —le dijo Leonor, cuando él había tomado su sombrero.

Martín sintió que la turbación se apoderaba de su pecho al responder. Le parecía tan extraño que la orgullosa niña le dirigiese la palabra, que al oír su voz se figuró estar bajo la alucinación de un sueño. Con esta impresión se había vuelto hacia Leonor sin responderle y como creyendo haber oído mal.

Leonor repitió su pregunta con una pequeña sonrisa.

—Señorita contestó Rivas, conmovido—, he oído tan poco, que no puedo calificar de gusto la afición que tengo por ella.

—No importa dijo la niña con tono imperativo—; oirá usted lo que voy a tocarle, y siéntese al lado del piano, porque tengo que hablar con usted.

Martín siguió a Leonor abismado de admiración.

Don Dámaso, su mujer y Agustín jugaban al juego francés llamado patience, que el joven les enseñaba.

Leonor principió a tocar la introducción de un vals después de mostrar a Rivas un asiento muy cerca de ella. El joven la miraba extasiado en su belleza y dudando de la realidad de aquella situación que no se habría atrevido a imaginar un momento antes.

Leonor tocó la introducción y los primeros compases del vals sin dirigirle la palabra. Y cuando Martín empezaba a figurarse que era el juguete de un capricho de la niña, ésta fijó en él su mirada altanera.

—¿Usted conoce a Rafael San Luis? —le preguntó.

—Sí, señorita contestó Rivas, mirando en esta pregunta la confirmación de sus sospechas que le atormentaban.

—¿Le ha hablado a usted de alguien de mi familia? —volvió a preguntarle Leonor.

—Muy poco; le creo muy reservado —contestó él.

—¿Usted es amigo suyo?

—Muy reciente; le he conocido en el colegio hace pocos días.

—Pero, en fin, usted ha hablado con él.

—Casi todos los días desde que hicimos amistad.

—¿Y nada de particular le ha dicho a usted sobre alguien de mi familia?

—Nada; ah, sí, me preguntó una vez por usted.

Martín añadió la segunda parte de esta contestación con la esperanza de leer en el rostro de la niña la confirmación de la sospecha que aumentaba en su espíritu.

—¡Ah! —dijo Leonor—. ¿Y nada más?

—Nada más. señorita contestó el joven, desesperado de la majestuosa impasibilidad de aquel rostro lindísimo.

Leonor siguió tocando algunos instantes, sin decir una palabra.

Martín se sentía sofocado, inquieto, descontento ante la arrogancia de aquella niña que sólo se dignaba dirigirle la palabra para hablar de un hombre a quien tal vez amaba. Su amor propio le infundía violentos deseos de poseer una belleza singular, una inmensa fortuna o una celebridad; algo, en fin, que le pusiese a la altura de Leonor, para arrastrar su atención y ocupar su espíritu, que acaso en este instante se olvidaba de él como de los muebles que había en torno suyo. Humillábanle más que nunca su oscuridad y su pobreza, y se sentía capaz de un crimen para ocupar los pensamientos de la niña, aunque fuera con el temor.

Al cabo de cortos momentos, ella le miró de nuevo.

—Pero, en fin —dijo, anudando la conversación interrumpida—, usted debe saber lo que ese joven hace o adonde visita.

—Siento en el alma, señorita, no poder satisfacer la curiosidad que usted me manifiesta contestó Martín con cierta dureza de acento—. No he recibido de San Luis ninguna confidencia ni sé absolutamente las casas que visite; sólo nos vemos en el colegio.

Leonor dejó de tocar, hojeó algunas piezas de música y se levantó.

—¿Ya están ustedes muy diestros en ese juego? —dijo, acercándose a la mesa en que jugaban sus padres y su hermano.

—Tan diestros como yo dijo Agustín.

Rivas se puso rojo de vergüenza y de despecho. Leonor no le había dirigido ni una sola palabra, ni una sola mirada. Se había retirado como si él no estuviese allí por orden suya.

—¿Usted no entiende este juego? —le preguntó por fin Leonor, como acordándose sólo entonces de que le había dejado junto al piano.

—No, señorita contestó él.

Y salió al cabo de algunos minutos, que empleó en buscar la manera de hacerlo sin llamar la atención.

Martín entró en su cuarto con el corazón despedazado. Su angustia le impedía el explicarse los encontrados y violentos sentimientos que le agitaban. Mudas imprecaciones contra su destino y el orgullo de los ricos, locos proyectos de venganza, un desaliento sin límites al mirar hacia el porvenir, arrebatos de conquistarse un nombre que le atrajese la admiración de todos, mil ideas confusas, hiriendo, como otros tantos rayos, su cerebro, haciendo dilatarse su corazón, agitando la velocidad de su sangre, destrozándole el pecho, arrancándole lágrimas de fuego he aquí lo que le hacía retorcerse desesperado sobre una silla, mirarse con ojos espantados al espejo; y, como un relámpago en medio de una deshecha tempestad, aparecía en su mente a cada instante y cortando la ilación de sus demás ideas, ésta, que sus labios no formulaban, pero que hacía estremecérsele el corazón: "¡Ah, y ser tan bella!, ¡tan bella!".

La calma sobrevino poco a poco, haciéndole pasar a los encantados idilios del amor primero. ¡Había perdonado! Leonor descubría de repente los tesoros de su corazón virgen y fogoso; aceptaba un amor lleno de sumisión y de ternura, ¡se dejaba adorar! Martín recorrió así un mundo fantástico, oyendo la música celestial de un vals a cuyos compases se repetían él y Leonor los juramentos para toda la vida. Juramentos que ignoran los días de la vejez y piden una tumba para renacer juntos en la mansión de la vida infinita. Vio que puede de repente nacer en el pecho una pasión que pisotea al orgullo, que encuentra en la tierra los elementos de una felicidad reputada como quimérica, y se acostó distraído, olvidándose de la verdad.

Mientras Rivas pasaba por esta crisis, en la que al fin se dibujó radiante su amor, como aparece en el fondo de un crisol la plata que la acción del fuego hace desprenderse del metal, Leonor se retiraba con Matilde a un sofá apartado del gran salón en que conversaban algunas visitas.

Como te dije el otro día —principió por decir Leonor, estrechando una mano de su prima—, Martín habló en la mesa de Rafael San Luis, a quien yo defendí de los ataques de mi padre.

Matilde apretó la mano de Leonor con reconocimiento, y ésta continuó.

—Esta tarde llamé a Martín junto al piano y le hice varias preguntas sobre San Luis. Es amigo de él, pero de poco tiempo a esta parte. Nada me ha podido informar sobre la vida que lleva, pues Rafael parece no haberle confiado aún ninguna cosa que revele el estado de su corazón, pero te prometo que yo lo averiguaré. Rivas es inteligente, y espero que pronto se captará su entera confianza. Así sabremos si todavía te ama.

Las dos niñas continuaron su conversación hasta que Emilio Mendoza ocupó un asiento del lado de Leonor y comenzó a hablarle de su amor, sin que ella manifestase el menor desagrado ni diese tampoco ninguna contestación propia para alentar las esperanzas de aquel joven.

Al día siguiente, Martín recibió con frialdad el saludo de su amigo. Este, que había concebido por él un cariño verdadero, notó al instante su reserva.

—¿Qué tienes? —le preguntó, empleando por primera vez aquel tono familiar—: te veo triste.

Martín se sintió desarmado en presencia de la cordialidad que San Luis le manifestaba, cuando le había visto tratar a todos sus condiscípulos con la mayor indiferencia. Se hizo, además, la reflexión de que Rafael no tenía ninguna culpa de lo que le atormentaba, y tuvo bastante razón para conocer la ridiculez de sus celos.

—Es verdad —dijo, estrechando la mano que San Luis le había presentado—, anoche sufrí mucho.

—¿Puedo saber la causa? —preguntó Rafael.

—¿Para qué? —respondió Rivas—. Nada podrías hacer para darme la felicidad.

—¡Cuidado, Martín!, no olvides mi consejo. El amor, para un estudiante pobre, debe ser como la manzana del paraíso: si lo pruebas, te perderás.

—Y ¿qué puedo hacer cuando...?

San Luis no le dejó terminar.

—No quiero saber nada —le dijo; hay ciertos sentimientos que aumentan en el alma cuando se confían, y el amor es uno de ellos. No me digas nada. Pero tengo por ti un verdadero interés y quiero curarte antes de que el mal haya echado raíces. La soledad es un consejero fatal y tú vives muy solo. Es necesario que te distraigas —añadió, viendo que Martín se quedaba pensativo, y yo me encargo de hacerlo.

—Difícil me parece dijo Martín, que se sentía bajo la impresión de la escena de la víspera.

—No importa; haremos un ensayo, nada se pierde. Vente a mi casa mañana a las ocho de la noche y te llevaré a ver cierta gente que te divertirán.

Los dos amigos se separaron, dirigiéndose Martín a casa de don Dámaso.

10

La idea de que Leonor amase a su nuevo amigo, infundió a Rivas cierta reserva para con éste, a pesar de la viva simpatía que hacia él le arrastraba. Durante varios días trató en vano de aclarar sus sospechas en sus conversaciones con Rafael San Luis. Las confidencias no vinieron jamás a satisfacerle.

Una tarde, después de comer en casa de don Dámaso, se retiraba Martín, como de costumbre, antes que hubiese llegado la hora de las visitas.

—¿Es usted aficionado a la música? —le dijo Leonor, cuando él había tomado su sombrero.

Martín sintió que la turbación se apoderaba de su pecho al responder. Le parecía tan extraño que la orgullosa niña le dirigiese la palabra, que al oír su voz se figuró estar bajo la alucinación de un sueño. Con esta impresión se había vuelto hacia Leonor sin responderle y como creyendo haber oído mal.

Leonor repitió su pregunta con una pequeña sonrisa.

—Señorita contestó Rivas, conmovido—, he oído tan poco, que no puedo calificar de gusto la afición que tengo por ella.

—No importa dijo la niña con tono imperativo—; oirá usted lo que voy a tocarle, y siéntese al lado del piano, porque tengo que hablar con usted.

Martín siguió a Leonor abismado de admiración.

Don Dámaso, su mujer y Agustín jugaban al juego francés llamado patience, que el joven les enseñaba.

Leonor principió a tocar la introducción de un vals después de mostrar a Rivas un asiento muy cerca de ella. El joven la miraba extasiado en su belleza y dudando de la realidad de aquella situación que no se habría atrevido a imaginar un momento antes.

Leonor tocó la introducción y los primeros compases del vals sin dirigirle la palabra. Y cuando Martín empezaba a figurarse que era el juguete de un capricho de la niña, ésta fijó en él su mirada altanera.

—¿Usted conoce a Rafael San Luis? —le preguntó.

—Sí, señorita contestó Rivas, mirando en esta pregunta la confirmación de sus sospechas que le atormentaban.

—¿Le ha hablado a usted de alguien de mi familia? —volvió a preguntarle Leonor.

—Muy poco; le creo muy reservado —contestó él.

—¿Usted es amigo suyo?

—Muy reciente; le he conocido en el colegio hace pocos días.

—Pero, en fin, usted ha hablado con él.

—Casi todos los días desde que hicimos amistad.

—¿Y nada de particular le ha dicho a usted sobre alguien de mi familia?

—Nada; ah, sí, me preguntó una vez por usted.

Martín añadió la segunda parte de esta contestación con la esperanza de leer en el rostro de la niña la confirmación de la sospecha que aumentaba en su espíritu.

—¡Ah! —dijo Leonor—. ¿Y nada más?

—Nada más. señorita contestó el joven, desesperado de la majestuosa impasibilidad de aquel rostro lindísimo.

Leonor siguió tocando algunos instantes, sin decir una palabra.

Martín se sentía sofocado, inquieto, descontento ante la arrogancia de aquella niña que sólo se dignaba dirigirle la palabra para hablar de un hombre a quien tal vez amaba. Su amor propio le infundía violentos deseos de poseer una belleza singular, una inmensa fortuna o una celebridad; algo, en fin, que le pusiese a la altura de Leonor, para arrastrar su atención y ocupar su espíritu, que acaso en este instante se olvidaba de él como de los muebles que había en torno suyo. Humillábanle más que nunca su oscuridad y su pobreza, y se sentía capaz de un crimen para ocupar los pensamientos de la niña, aunque fuera con el temor.

Al cabo de cortos momentos, ella le miró de nuevo.

—Pero, en fin —dijo, anudando la conversación interrumpida—, usted debe saber lo que ese joven hace o adonde visita.

—Siento en el alma, señorita, no poder satisfacer la curiosidad que usted me manifiesta contestó Martín con cierta dureza de acento—. No he recibido de San Luis ninguna confidencia ni sé absolutamente las casas que visite; sólo nos vemos en el colegio.

Leonor dejó de tocar, hojeó algunas piezas de música y se levantó.

—¿Ya están ustedes muy diestros en ese juego? —dijo, acercándose a la mesa en que jugaban sus padres y su hermano.

—Tan diestros como yo dijo Agustín.

Rivas se puso rojo de vergüenza y de despecho. Leonor no le había dirigido ni una sola palabra, ni una sola mirada. Se había retirado como si él no estuviese allí por orden suya.

—¿Usted no entiende este juego? —le preguntó por fin Leonor, como acordándose sólo entonces de que le había dejado junto al piano.

—No, señorita contestó él.

Y salió al cabo de algunos minutos, que empleó en buscar la manera de hacerlo sin llamar la atención.

Martín entró en su cuarto con el corazón despedazado. Su angustia le impedía el explicarse los encontrados y violentos sentimientos que le agitaban. Mudas imprecaciones contra su destino y el orgullo de los ricos, locos proyectos de venganza, un desaliento sin límites al mirar hacia el porvenir, arrebatos de conquistarse un nombre que le atrajese la admiración de todos, mil ideas confusas, hiriendo, como otros tantos rayos, su cerebro, haciendo dilatarse su corazón, agitando la velocidad de su sangre, destrozándole el pecho, arrancándole lágrimas de fuego he aquí lo que le hacía retorcerse desesperado sobre una silla, mirarse con ojos espantados al espejo; y, como un relámpago en medio de una deshecha tempestad, aparecía en su mente a cada instante y cortando la ilación de sus demás ideas, ésta, que sus labios no formulaban, pero que hacía estremecérsele el corazón: "¡Ah, y ser tan bella!, ¡tan bella!".

La calma sobrevino poco a poco, haciéndole pasar a los encantados idilios del amor primero. ¡Había perdonado! Leonor descubría de repente los tesoros de su corazón virgen y fogoso; aceptaba un amor lleno de sumisión y de ternura, ¡se dejaba adorar! Martín recorrió así un mundo fantástico, oyendo la música celestial de un vals a cuyos compases se repetían él y Leonor los juramentos para toda la vida. Juramentos que ignoran los días de la vejez y piden una tumba para renacer juntos en la mansión de la vida infinita. Vio que puede de repente nacer en el pecho una pasión que pisotea al orgullo, que encuentra en la tierra los elementos de una felicidad reputada como quimérica, y se acostó distraído, olvidándose de la verdad.

Mientras Rivas pasaba por esta crisis, en la que al fin se dibujó radiante su amor, como aparece en el fondo de un crisol la plata que la acción del fuego hace desprenderse del metal, Leonor se retiraba con Matilde a un sofá apartado del gran salón en que conversaban algunas visitas.

Como te dije el otro día —principió por decir Leonor, estrechando una mano de su prima—, Martín habló en la mesa de Rafael San Luis, a quien yo defendí de los ataques de mi padre.

Matilde apretó la mano de Leonor con reconocimiento, y ésta continuó.

—Esta tarde llamé a Martín junto al piano y le hice varias preguntas sobre San Luis. Es amigo de él, pero de poco tiempo a esta parte. Nada me ha podido informar sobre la vida que lleva, pues Rafael parece no haberle confiado aún ninguna cosa que revele el estado de su corazón, pero te prometo que yo lo averiguaré. Rivas es inteligente, y espero que pronto se captará su entera confianza. Así sabremos si todavía te ama.

Las dos niñas continuaron su conversación hasta que Emilio Mendoza ocupó un asiento del lado de Leonor y comenzó a hablarle de su amor, sin que ella manifestase el menor desagrado ni diese tampoco ninguna contestación propia para alentar las esperanzas de aquel joven.

Al día siguiente, Martín recibió con frialdad el saludo de su amigo. Este, que había concebido por él un cariño verdadero, notó al instante su reserva.

—¿Qué tienes? —le preguntó, empleando por primera vez aquel tono familiar—: te veo triste.

Martín se sintió desarmado en presencia de la cordialidad que San Luis le manifestaba, cuando le había visto tratar a todos sus condiscípulos con la mayor indiferencia. Se hizo, además, la reflexión de que Rafael no tenía ninguna culpa de lo que le atormentaba, y tuvo bastante razón para conocer la ridiculez de sus celos.

—Es verdad —dijo, estrechando la mano que San Luis le había presentado—, anoche sufrí mucho.

—¿Puedo saber la causa? —preguntó Rafael.

—¿Para qué? —respondió Rivas—. Nada podrías hacer para darme la felicidad.

—¡Cuidado, Martín!, no olvides mi consejo. El amor, para un estudiante pobre, debe ser como la manzana del paraíso: si lo pruebas, te perderás.

—Y ¿qué puedo hacer cuando...?

San Luis no le dejó terminar.

—No quiero saber nada —le dijo; hay ciertos sentimientos que aumentan en el alma cuando se confían, y el amor es uno de ellos. No me digas nada. Pero tengo por ti un verdadero interés y quiero curarte antes de que el mal haya echado raíces. La soledad es un consejero fatal y tú vives muy solo. Es necesario que te distraigas —añadió, viendo que Martín se quedaba pensativo, y yo me encargo de hacerlo.

—Difícil me parece dijo Martín, que se sentía bajo la impresión de la escena de la víspera.

—No importa; haremos un ensayo, nada se pierde. Vente a mi casa mañana a las ocho de la noche y te llevaré a ver cierta gente que te divertirán.

Los dos amigos se separaron, dirigiéndose Martín a casa de don Dámaso.

11

Reinaba, como dijimos, grande animación entre las personas que componían la tertulia ordinaria de don Dámaso Encina.

Era la noche del 19 de agosto, y desde algún tiempo circulaba la noticia de que la Sociedad de la Igualdad sería disuelta por orden del Gobierno. Citábase como prueba el ataque de cuatro hombres armados, hecho en una de las noches anteriores, al tiempo de instalarse en la Chimba el grupo número 7 de los que componían esa sociedad.

Martín se sentó después de ser presentado por don Dámaso a las personas de su tertulia, y la conversación, interrumpida un momento, siguió de nuevo.

—La autoridad —dijo don Fidel Elías, respondiendo a una objeción que se le acababa de hacer— está en su derecho de disolver esa reunión de demagogos, porque ¿qué se llama autoridad? El derecho de mando; luego, mandando disolver, está, como dije, en su derecho.

Doña Francisca, mujer del opinante, se cubrió el rostro, horrorizada de aquella lógica autoritaria.

—Además —repuso don Simón Arenal, viejo solterón que presumía de hombre de importancia—, un buen pueblo debe contentarse con el derecho de divertirse en las festividades públicas y no meterse en lo que no entiende. Si cada artesano da su opinión en política, no veo la utilidad de estudiar.

Don Dámaso, que tenía perdida la esperanza de ser comisionado por el Gobierno, como se le había hecho esperar, se hallaba en aquella noche bajo la influencia de los periódicos liberales, cuyos artículos recordaba perfectamente.

—El derecho de asociación —dijo— es sagrado. Es una de las conquistas de la civilización sobre la barbarie. Prohibirlo es hacer estéril la sangre de los mártires de la libertad y además...

—Yo te viera hablar de mártires y de libertad cuando te vengan a quitar tu fortuna —exclamó interrumpiéndole don Fidel.

—Aquí no se trata de atacar la propiedad —replicó don Dámaso.

—Se equivoca usted dijo don Simón Arenal—. ¿Cree usted que ese título es tomado sin premeditación? Sociedad de la Igualdad quiere decir que trabajará para establecer la igualdad, y como lo que más se opone a ella es la diferencia de fortunas, claro es que los ricos serán los patos de la boda.

—Eso es: les canards des noces —dijo el elegante Agustín.

—Sobre eso no hay duda, señor —le dijo también Emilio Mendoza, que había aprobado hasta entonces con la cabeza.

Don Dámaso se quedó pensativo. Aquellos argumentos contra la seguridad de su fortuna, con que por entonces se trataba de intimidar a todo rico que se presentaba con tendencias al liberalismo, le dejaron perplejo y taciturno.

—Los hombres de valor como usted —le dijo Emilio— deben aprovechar esta oportunidad para ofrecer su apoyo al Gobierno.

Claro —repuso don Fidel con su afición a los silogismos—: es el deber de todo buen patriota, porque la patria está representada por el Gobierno; luego, apoyándolo es el modo de manifestarse patriota.

—Pero, hijo —replicó doña Francisca—, tu proposición es falsa porque...

—Ta, ta, ta, —interrumpió don Fidel—, las mujeres no entienden de política; ¿no es así, caballero? —añadió dirigiéndose a Martín, que era el más próximo que tenía.

—No es ésa mi opinión, señor —respondió Rivas con modestia.

Don Fidel le miró con espanto.

—¡Cómo! —exclamó.

Luego, cual si una idea súbita le iluminase:

—¿Es usted soltero? —le preguntó.

—Si, señor.

—Ah, por eso, pues hombre; no hablemos más.

En este momento entró Clemente Valencia, que siempre llegaba más tarde que los demás.

—Vengo de la calle de las Monjitas —dijo—, donde me detuvo un tropel de gente.

—¿Qué es revolución? —preguntaron a un tiempo palideciendo don Fidel y don Simón.

—No es revolución; pero si la hay, el Gobierno tiene la culpa contestó Valencia, causando con esta frase gran admiración a los que le oían, porque estaban acostumbrados a la dificultad con que el capitalista hilvanaba una frase.

—Creo que con política, hasta los tontos se ponen elocuentes —dijo doña Francisca a Leonor, que tenía a su lado.

—Vamos, hombre, ¿qué hay?, estás esuflado —dijo Agustín a Valencia, que se calló cuando todos esperaban en silencio la explicación de aquellas palabras.

—Si, ¿qué es lo que hay? —dijeron los demás.

—Había sesión general en la Sociedad de la Igualdad —contestó Clemente.

—Eso ya lo sabíamos.

—La sesión concluyó a las diez.

—Gran noticia —dijo doña Francisca por lo bajo.

—Esto es lo que me contaron en la calle —añadió el joven.

—¿Y qué más? —preguntó Agustín—, ¿qué arribó después?

—Entraron unos hombres al salón donde quedaban algunos socios y cargaron a palos con ellos.

—¡A palos! —dijeron hombres y mujeres.

—¡A golpes de bastones! —exclamó Agustín con acento afrancesado.

—Es una atrocidad —dijo indignada doña Francisca—; parece que no estuviéramos en país civilizado.

—¡Mujer, mujer! —replicó don Fidel—, el Gobierno sabe lo que hace; ¡no te metas en política!

—Si pero esto es muy fuerte —dijo Agustín—, esto depasa los límites.

—El deber de la autoridad —exclamó don Simón— es velar por la tranquilidad, y esta asociación de revoltosos la amenazaba directamente.

—¡Pero eso es exasperar! objetó exaltada doña Francisca.

—¡Qué importa; el Gobierno tiene la fuerza!

—Bien hecho, bien hecho, que les den duro —dijo don Fidel—; ¿no les gusta meterse en lo que no deben?

—Pero esto puede traer una revolución —dijo don Dámaso.

—Ríase de eso —le contestó don Simón—; es la manera de hacerse respetar. Todo Gobierno debe manifestarse fuerte ante los pueblos; es el modo de gobernar.

—Pero eso es apalear y no gobernar —replicó Martín, cuyo buen sentido y generosos instintos se rebelaban contra la argumentación de los autoritarios.

—Dice bien el señor don Simón —replicó Emilio Mendoza—; al enemigo, con lo más duro.

—Extraña teoría caballero —repuso Martín, picado—; hasta ahora había creído que la nobleza consistía en la generosidad para con el enemigo.

—Con otra clase de enemigos; pero no con los liberales —contestó Mendoza con desprecio.

Rivas se acercó a una mesa, reprimiendo su despecho.

—No discuta usted, porque no oirá otras razones —le dijo doña Francisca.

Continuó la conversación política entre los hombres, y las señoras se acercaron a una mesa, sobre la cual un criado acababa de poner una bandeja con tazas de chocolate.

Martín observó a Leonor durante todo el tiempo que duró la visita y le fue imposible conocer la opinión de la niña respecto de las diversas opiniones emitidas. Otro tanto le sucedió cuando quiso averiguar si Leonor daba la preferencia a alguno de sus dos galanes, con cada uno de los cuales la vio conversar alternativamente, sin que en su rostro se pintase más que una amabilidad de etiqueta, muy distinta de la turbación que retrata el rostro de la mujer cuando escucha palabras a las que responde su corazón. Mas este descubrimiento, lejos de alegrar a Martín, le dio un profundo desconsuelo.

Pensó que si Leonor miraba con indiferencia al empleado elegante y al fastuoso capitalista, nunca su atención podría fijarse en él; que no contaba con ningún medio de seducción capaz de competir con los que poseían los que ya reputaba como sus rivales. Y al mismo tiempo sentía cada vez más avasallado el corazón por la altanera belleza que su amor rodeaba con una aureola divina. Cada uno de sus pensamientos eran, en ese instante, otros tantos idilios sentimentales de los que nacen en la mente de todo enamorado sin esperanzas, y se le figuraba, por momentos, que Leonor era demasiado hermosa para rebajarse hasta sentir amor hacia ningún hombre.

Mientras Rivas luchaba para no dirigir sus ojos sobre Leonor, temiendo que los demás adivinasen lo que pasaba en su corazón, Matilde y su prima se habían separado de la mesa.

—Este joven es el amigo de Rafael —dijo Leonor.

—¿Sabes que es interesante? —contestó Matilde.

—Tu opinión no es imparcial —repuso Leonor, sonriendo.

—¿Le has vuelto a preguntar algo sobre Rafael?

—No, porque mis preguntas le hicieron creer que era yo la enamorada y además se ofendió porque sólo le llamaba para hacerle esas preguntas.

—¡Ah, es orgulloso!

—Mucho, y me extraña que haya venido esta noche aquí, porque jamás lo había hecho. En la mesa habla rara vez sin que le dirijan la palabra y, cuando lo hace, es para manifestar su desprecio por las opiniones vulgares.

—Veo que lo has estudiado con detención —dijo Matilde en tono de malicia a su prima—, y creo que te estás ocupando de él más que de todos los jóvenes que vienen aquí.

—¡Qué ocurrencia! —contestó Leonor, volviendo desdeñosamente la cabeza.

La observación de Matilde había, sin embargo, hecho pensar a Leonor que Martín, sin saberlo ella misma, preocupaba su pensamiento más que lo que ordinariamente lo hacían los otros jóvenes de que en todas partes se veía rodeada. Esta idea introdujo una extraña turbación en su espíritu e hizo cubrirse de rubor sus mejillas al recordar que ella coincidía con el pensamiento que le ocurrió al ver la alegría con que el joven había recibido antes su disculpa sobre el motivo de sus preguntas acerca de su amigo San Luis. Esa turbación y ese rubor en la que desdeñaba el homenaje de los más elegantes jóvenes de la capital se explican perfectamente en el carácter de una niña mimada por sus padres y por la naturaleza. Por más que Leonor había manifestado a su prima el deseo de amar, se veía que gran parte de su orgullo estaba cifrado en la indiferencia con que trataba a los jóvenes más admirados por sus amigas. Así es que la idea de haber fijado su atención en uno que miraba como insignificante la disgustó consigo misma, e hizo formar el propósito de poner a prueba su voluntad para triunfar de lo que ella calificó de involuntaria debilidad. El corazón de la mujer es aficionado especialmente a esta clase de pruebas, en las que encuentra un pasatiempo para disipar el hastío de la indiferencia. Leonor miró a Rivas desde ese instante como a un adversario, sin advertir que su propósito la obligaba a caer en la falta que acababa de reprocharse como una debilidad; es decir, a ocuparse de él.

Martín, mientras ella formaba esa resolución, se retiró desesperado. Como todo el que ama por primera vez, no trataba de combatir su pasión, sino que se complacía en las penas que ella despertaba en su alma. Hallábase bajo el imperio de la dolorosa poesía que encierran los primeros sufrimientos del corazón y saboreaba su tormento encontrando un placer desconocido en abultarse su magnitud. El amor, en estos casos, produce en el alma el vértigo que experimenta el que divisa el vacío bajo sus plantas desde una altura considerable. Rivas divisó ese vacío de toda esperanza para su alma y la lanzó a estrellarse contra la imposibilidad de ser amado.

Estas sensaciones le hicieron olvidar la cita que Rafael le había dado para el día siguiente, y sólo pensó en ella cuando su amigo le dijo al salir de clase:

—No olvides que debes venir esta noche a casa.

—¿A dónde vas a llevarme? —preguntó él.

—No faltes y lo verás; quiero ensayar una curación.

—¿Con quién?

—Contigo; te veo con síntomas muy alarmantes.

—Creo que es inútil —dijo Martín con tristeza, estrechando la mano de San Luis, que se despedía.

Este nada contestó, y a dos pasos de Rivas dio un suspiro que desmentía el contento con que acababa de hablar para infundir alegres esperanzas a su amigo.

12

A las ocho de la noche entró Martín en una casa vieja de la calle de la Ceniza, que ocupaba San Luis.

Este salió a recibirle y le hizo entrar en una pieza que llamó la atención de Rivas por la elegancia con que estaba amueblada.

—Aquí tienes mi nido —díjole Rafael, ofreciéndole una poltrona de tafilete verde.

—Al pasar por esta calle —dijo Rivas— no se sospecharía la existencia de un cuarto tan lujosamente amueblado como éste.

—Los recuerdos de mejores tiempos es lo que ves en torno tuyo —contestó Rafael—. Entre muchas cosas que he perdido —añadió con acento triste—, me queda aún el gusto por el bienestar y he conservado estos muebles... Pero hablemos de otra cosa, porque quiero que estés alegre, para estarlo yo también. ¿Sabes a dónde voy a llevarte?

—No, por cierto.

—Pues voy a decírtelo, mientras me afeito.

Rafael sacó un estuche, preparó espuma de jabón y se sentó delante de un espejo redondo, susceptible de bajar y subir. Hecho esto empezó la operación, hablando según ella se lo permitía.

—Te diré, pues, que te voy a presentar en un casa en donde hay niñas y que vas a asistir a lo que en términos técnicos se llama un picholeo. Si conoces la significación de esta palabra, inferirás que no es al seno de la aristocracia de Santiago a donde vas a penetrar. Las personas que te recibirán pertenecen a las que otra palabra social chilena llama gente de medio pelo.

—Y las niñas, ¿qué tales son? —preguntó Rivas para llenar una pausa que hizo Rafael.

—Ya te lo diré; pero vamos por partes. La familia se compone de una viuda, un varón y dos hijas. Daremos primero el paso al bello sexo por orden de fechas. La viuda se llama doña Bernarda Cordero de Molina. Tiene cincuenta años mal contados y se diferencia de muchas mujeres por su afición inmoderada al juego, en lo que también se parece a ciertas otras. Las hijas se llaman Adelaida y Edelmira. La primera debe su nombre a su padrino, y la segunda. a su madre, que la llevaba en el seno cuando vio representar "Otelo" y quiso darle un nombre que le recordase las impresiones de una noche de teatro. Ya la oirás hablar de esos recuerdos artísticos. Adelaida cultiva en su pecho una ambición digna de una aventurera de drama: quiere casarse con un caballero. Para la gente de medio pelo, que no conocen nuestros salones, un caballero o, como ellas dicen, un hijo de familia, es el tipo de la perfección, porque juzgan al monje por el hábito. La segunda hermana, Edelmira, es una niña suave y romántica como una heroína de algunas novelas de las que ha leído en folletines de periódicos que le presta un tendero aficionado a las letras. Las dos hermanas se parecen un poco: ambas tienen pelo castaño, tez blanca, ojos pardos y bonitos dientes; pero la expresión de cada una de ellas revela los tesoros de ambición que guarda el pecho de Adelaida y los que atesora el de Edelmira, de amor y de desinterés. El corazón de ésta es, como ha dicho Balzac de una de sus heroínas, una esponja a la que haría dilatarse la menor gota de sentimiento.

"Nos queda el varón, que tiene veintiséis años de edad y ni un adarme de juicio en el cerebro. Es el tipo de lo que todos conocen con el nombre de siútico, y para aditamento le regalaron en la pila el de Amador. Lleva el bigote y la perilla correspondientes a su empleo y dice vida mía cuando canta en guitarra. Es un curioso objeto de estudio; ya lo verás.

"Ahora, decirte cómo vive esta familia, sin más apoyo que un mozo calavera, es lo que sólo puede hacerse por conjeturas. Don Damián Molina, marido de doña Bernarda, pretendía ser de buena familia, como lo verás por los recuerdos de la señora. Vivió pobre casi toda su vida y dejó, según me han contado, un pequeño capitalito de ocho mil pesos, con el cual la familia se ha librado de la miseria. El primogénito, después de derrochar su haber paterno, vive a expensas de la madre y costea con los naipes sus menudos gastos. En tiempos de elecciones es un activo patriota si la oposición le paga mejor que el Gobierno, y conservador neto si éste gratifica su actividad; a veces lleva su filosofía hasta servir a los dos partidos a un tiempo, porque, como él dice, todos son compatriotas.

"Con dos chicas bonitas era imposible que el amor no buscase allí un techo hospitalario, y así lo ha hecho.

—Pero apenas lo creerás cuando te nombre el amartelado galán de Adelaida.

—¿Quién es? —preguntó Martín.

—El elegante hijo de tu protector.

—¡Agustín!

—El mismo. Poco tiempo después de llegar de Europa, le llevó allí un amigo suyo. Al principio creyó enamorar a Adelaida con su traje y sus galicismos, y fue tomando serias proporciones su afición a la chica a medida que encontró más enérgica resistencia que la que esperaba.

"Si la muchacha le hubiese amado, creo que él no habría tenido escrúpulos de perderla y abandonarla: mas con la resistencia, su capricho va tomando el colorido de una verdadera pasión.

—Y la otra, ¿a quién quiere?

—Ahora a nadie, a pesar de los rendidos suspiros de un oficial de policía que le ofrece seriamente su mano. Edelmira ha soñado, tal vez, algo más poético en armonía con los héroes de folletín, porque desdeña los homenajes de este hijo menor de Marte que se desespera dentro de un uniforme como si se tratase de una perpetua postergación en su carrera.

Al decir estas palabras, Rafael había concluido de vestirse y daba la última mano a su peinado. En ese momento, y como había dejado de hablar, fijó la vista Rivas en un retrato de daguerrotipo que había colocado sobre una mesa de escritorio.

—¡Hombre —dijo—, esta cara la he visto en alguna parte!

—¿Sí? Quién sabe —contestó San Luis, alejando la luz—. ¿Quieres que nos vayamos? —añadió, apagando una de las velas y tomando la otra como para salir.

—Vamos —respondió Martín, saliendo junto con su amigo.

Dirigiéronse de casa de San Luis a una casa de la calle del Colegio, cuya puerta de calle estaba cerrada, como se acostumbra entre ciertas gente en sus festividades privadas.

Rafael dio fuertes golpes a la puerta, hasta que una criada vino a abrirla.

Dar una idea de aquella criada, tipo de la sirviente de casa pobre, con su traje sucio y raído y su fuerte olor a cocina, sería martirizar la atención del lector. Hay figuras que la pluma se resiste a pintar, prefiriendo dejar su producción al pincel de algún artista: allí está en prueba el "Niño Mendigo", de Murillo, cuya descripción no tendría nada de pintoresco ni agradable.

—Estamos en pleno picholeo —dijo Rafael a Rivas, deteniéndose delante de una ventana que daba al estrecho patio a que acababan de entrar.

—Veo —contestó Martín— muchas más personas que las que me has descrito.

—Esas son las amigas y las amigas de éstas, convidadas a la tertulia. Mira: allí tienes a la ambiciosa Adelaida. ¿Qué tal te parece'?

—Muy bonita— pero hay algo duro en su ceño que revela un carácter calculador y que rechaza toda confianza. Este juicio es tal vez un resultado de la descripción que me has hecho de ella.

—No, no: todo eso retrata la fisonomía de Adelaida, tienes razón, pero a los ojos del vulgo esa dureza de expresión es majestad. Tu Conocido Agustín Encina dice que se le figura una reina disfrazada. Mira, no obstante, lo que se parece con su hermana, ¡qué inmensa diferencia hay entre ella y Edelmira, que está allí cerca! ¡Quítale un poco de esa languidez que el romanticismo da a sus ojos y tendrás una criatura adorable!

—Tienes razón —contestó Rivas—; la encuentro más bonita que la hermana.

—Mira, mira —dijo San Luis, asiendo el brazo de Martín—, allí va Amador el hermano; ése que lleva un vaso de ponche, llamado en estas reuniones chicolito. ¿No encuentras que Amador es soberbio en su especie? Ese chaleco de raso blanco, bordado de colores por alguna querida prolija, es de un mérito elocuentísimo. La corbata tiene dos listas lacres que dan un colorido especial a su persona, y el pelo encrespado, como el de un ángel de procesión, tiene la muda elocuencia del más hábil pincel, porque caracteriza perfectamente al personaje. Míralo, está en su elemento con el vaso de licor que ofrece a una niña.

En ese instante un joven se acercó al que así ocupaba la atención de los dos amigos y le dijo algunas palabras al oído.

Amador salió de la pieza a otra que daba al patio, y por ésta, al lugar en que San Luis y Rivas se habían detenido.

—Caballeros —dijo, acercándose—, ¿que no me harán ustedes la gracia de entrar a la cuadra?

—Estamos poniéndonos los guantes —contestó Rafael—; ya íbamos a entrar.

Luego, señalando a su amigo.

—Don Amador —le dijo—, tengo el gusto de presentarle al señor Martín Rivas.

—El señor don Amador Molina —dijo a Martín.

—Un criado de usted, para que mande dijo Amador, recibiendo el saludo del joven Rivas.

Los tres entraron entonces a la pieza contigua a la que Amador había llamado la cuadra.

13

Las miradas de los concurrentes se dirigieron hacia los que llegaban precedidos por Amador. Los jóvenes les saludaron con amaneramiento y recelo, las niñas hablándose al oído, después que les eran presentados.

El bullicio que reinaba en aquella reunión cuando Rivas y San Luis se detuvieron en el patio cesó repentinamente apenas ellos entraron. En medio de este silencio se oyó una voz sonora de mujer que lo interrumpió con estas palabras:

Ei es, ya se quedaron como muertos; como si nunca hubieran visto gente.

Era la voz de doña Bernarda, que, puesta en jarras en medio del salón, animaba con el gesto a los tertulianos.

Las niñas se sonrieron bajando la vista y los jóvenes parecieron volver en sí con tan elocuente exhortación.

—Dice bien misiá Bernardita —exclamó uno—, vamos bailando cuadrillas, pues.

—Cuadrillas, cuadrillas —repitieron los demás, siguiendo el ejemplo de éste.

Un amigo de la casa se acercó al piano, que él mismo había hecho llevar allí por la mañana, y comenzó a tocar unas cuadrillas, mientras se ponían de pie las parejas que iban a bailarlas. Entre éstas no había distinción de edades ni condiciones, hallándose una madre, que rayaba en los cincuenta, frente a la hija de catorce años que hacía esfuerzos por alargarse el vestido y parecer grande a riesgo de romper la pretina.

—Anda, rompete el vestido con tanto tirón —le decía la primera, causando la desesperación de su compañero, que afectaba las maneras del buen tono en presencia de Rivas y de su amigo.

En otro punto, un joven hacía requiebros en voz alta a su compañera para manifestar que no tenía vergüenza delante de los recién llegados.

—Señorita —le decía—, le digo que es ladrona, porque usted anda robando corazones.

A lo que ella contestaba en voz baja y con el rubor en las mejillas.

—Favor que usted me hace, caballero.

Doña Bernarda recorría, como dueña de casa, el espacio encerrado por las parejas, diciendo a su manera un cumplido a cada cual. Al llegar frente a la mamá que hacía vis à vis con su hija, principió a mirarla, meneando la cabeza con aire de malicia.

—¡Mira la vieja cómo se anima también! —exclamó—; ¡y con un buen mozo, además! ¡Eso es, hijita, no hay que recular!

—Por supuesto, pues —contestó ésta—, ¿que las niñas no más se han de divertir?

Amador se agitaba en todas direcciones buscando una pareja que faltaba.

—Y usted, señorita dijo a una niña, después de haber recibido las excusas de otras—, ¿no me hará el merecimiento de acompañarme?

—No he bailado nunca cuadrillas —respondió ella con voz chillona—, ¿si quiere porca?

—Sale no más, Mariquita —le dijo doña Bernarda—; aquí te enseñarán, no pensis que es tan rudo.

Al cabo de algunas instancias, Mariquita se decidió a bailar, y la cuadrilla dio principio al compás de los desacordes sonidos del piano, sobre cuyo pedal el tocador hacía esfuerzos inauditos, agitándose en el banquillo, que con tales movimientos sonaba casi tanto como el instrumento.

No contribuía poco también la algazara de los danzantes y espectadores a sofocar los apagados sonidos del piano, porque Mariquita y la niña de catorce años se equivocaban a cada instante en las figuras y recibían lecciones de tres o cuatro a un tiempo.

—Por aquí, Mariquita —decía uno.

—Eso es, ahora un saludo —añadía otro.

—Por acá, por acá —gritaba una voz.

—Míreme a mí y haga lo mismo —le decía Amador contoneándose al hacer adelante y atrás con su vis à vis.

—No griten tanto, pues —vociferaba el del piano—, así no se oye la música.

Toma un traguito de mistela para la calor —le dijo doña Bernarda, pasándole una copa, mientras que Amador daba fuertes palmadas para indicar al del piano el cambio de figura.

En la segunda, la niña de catorce años quiso hacer lo mismo que en la primera, turbando también al que bailaba a su frente e introduciendo general confusión porque todos querían principar a un tiempo para corregir a los equivocados y restablecer el orden a fuerza de explicaciones. Este desorden, que desesperaba a los jóvenes y a las niñas que pretendían dar a la reunión el aspecto de una tertulia de buen tono, regocijaba en extremo a doña Bernarda, que con una copa de mistela en mano aplaudía las equivocaciones de los danzantes y repetía de cuando en cuando, llena de alborozo por lo animado de la reunión:

—¡Vaya con la liona que arman para bailar!

Rafael San Luis era, con gran sorpresa de Rivas, uno de los que más alegría manifestaban, contribuyendo, por su parte, en cuanto podía, a embrollar el muy enmarañado nudo de la cuadrilla, haciendo a veces oír su voz sobre todas las otras y aprovechando la confusión para quitar a alguno su compañera y principiar con ella otra figura, lo que perturbaba la tranquilidad apenas daba visos de restablecerse.

Martín observaba a su amigo desde aquel nuevo punto de vista, que contrastaba con la melancólica seriedad que siempre había notado en él, y creía divisar algo de forzado en el empeño que San Luis manifestaba por aparentar una alegría sin igual. |

—Su amigo es el regalón de la casa —le dijo, acercándose, doña Bernarda.

—No le creía de tan buen humor —contestó Rivas.

—Así es siempre, gritón y mete bulla; pero tiene un corazón de serafín

—¿No le ha contado lo que hizo conmigo?

—No, nunca me ha dicho nada.

—Esa es otra cosa que tiene. A nadie le cuenta las obras de caridad que hace; pero yo se lo contaré para que lo conozca mejor. El año pasado estuve a la muerte, y después de sanar, cuando quise pagar al médico y al boticario, me encontré con que no les debía nada, porque él ya los había pagado. ¡Ah, es un buen muchacho!

El profundo agradecimiento con que doña Bernarda pronunció aquellas palabras hizo una fuerte impresión en el ánimo de Rivas, llamando su atención de nuevo sobre la loca alegría de San Luis, que en ese momento había hecho llegar a su colmo la confusión y algazara de los de la cuadrilla.

Al verse observado por su amigo, Rafael vino hacia a él. En el corto espacio que recorrió para llegar hasta Martín su rostro había dejado la expresión de contento que lo cubría por la serena tristeza que revelaba ordinariamente.

—Esto principia no más —le dijo—; a medida que nos pierdan la vergüenza nos divertiremos mejor.

—¿Y realmente te diviertes? —le preguntó Martín.

—Real o fingido, poco importa —contestó San Luis con cierta exaltación—, lo principal es aturdirse.

Y se alejó después de estas palabras, dejando a Rivas en el mismo lugar.

Iba éste a salir a la pieza contigua cuando se halló frente a frente con Agustín Encina, que llegaba deslumbrante de elegancia. Los dos jóvenes se miraron un momento indecisos, y un ligero encarnado cubrió sus rostros al mismo tiempo.

—¡Usted por aquí, amigo Rivas! —exclamó el elegante.

—Ya lo ve usted —contestó Martín—, y no adivino por qué se admira, cuando usted frecuenta la casa.

—Admirarme, eso no; lo decía porque como usted es hombre tan retirado... yo vengo porque esto me recuerda algo las grisetas de París, y luego en Santiago no hay amuzamientos para los jóvenes.

Agustín se fue, después de esto, a saludar a la dueña de casa que, por mostrarle su amabilidad, le señaló tres dientes que le quedaban de sus perdidos encantos.

En este momento Rafael, que acababa de divisar al joven Encina, tomo del brazo a Rivas y se adelantó hacia él.

—¿Has saludado —le dijo, estrechando la mano de Agustín— a este elegante? Aquí todas las chicas se mueren por él

—Estás de buen humor, querido —le contestó Encina, poniéndose ligeramente encarnado—; mucho me alegro.

Y pasó al salón, ostentando una gruesa cadena de reloj con la que esperaba subyugar a la desdeñosa Adelaida.

Terminada la cuadrilla, doña Bernarda llamó a algunos de sus amigos.

—Vamos, al montecito —les dijo—; es preciso que nosotros también nos divirtamos.

Varias personas rodearon una mesa sobre la cual doña Bernarda colocó un naipe, y las restantes, con Rivas y San Luis, entraron al salón, donde se oía el sonido de una guitarra.

Tocábala Amador, sentado en una silla baja y dirigiendo miradas a la concurrencia, mientras que la criada que había abierto la puerta a Rafael pasaba una bandeja con copas de mistela.

Hombres y mujeres acogieron el licor con agrado, y Amador, deja do la guitarra, presentó un vaso a Rivas y otro a Rafael, obligándoles a apurar todo su contenido. A esta libación sucedieron varias otras aumentaron la alegría pintada en todos los semblantes e hicieron acoger con entusiasmo la voz de uno que resonó diciendo:

—¡Cueca, cueca, vamos a la cueca!

Agitáronse al aire varios pañuelos; y Rivas vio, con no poco asombro, salir al medio de la pieza a una niña que daba la mano al mismo oficial que le había recibido en la policía la noche de su prisión

—Este es el oficial que estaba de guardia cuando me llevaron preso —dijo a Rafael.

—Y el mismo enamorado de Edelmira —le contestó éste—, acaba o llegar, por eso no le habías visto.

Resonó en esto la alegre música de la zamacueca bajo los dedos de Amador, y se lanzo la pareja en las vueltas y movimientos de este baile, junto con la voz del hijo de doña Bernarda, que cantó elevando los ojos al techo, el siguiente verso, tan viejo, tal vez, como la invención de este baile:

Antenoche soñé un sueño
Que dos negros me mataban,
Y eran tus hermosos ojos
Que enojados me miraban

Seguían muchos de los espectadores, palmoteando, el compás del baile y animando otros a las parejas con descomunales voces.

—¡Ay, morena! —gritaba una voz, haciendo un largo suspiro con la primera palabra.

—¡Ah, aah! —decía otra al mismo tiempo.

—¡Ofrécele, chico!

—¡No la dejes parar!

—¡Bornéale el pañuelo!

—¡Echale más guara, oficialito!

Eran voces que se sucedían y repetían, mientras que Amador cantaba:

A dos niñas bonitas
Queriendo me hallo;
Si feliz es el hombre,
Más lo es el gallo.

Al terminar la repetición de estas últimas palabras, un bravo general acogió la vieja galantería que usó el oficial, poniéndose de rodillas delante de su compañera al terminar la última vuelta.

Continuaron entonces la libaciones, aumentando el entusiasmo de los concurrentes, que lanzaban amanerados requiebros a las bellas y bromas de problemática moralidad a los galanes. Al estiramiento con que al principio se habían mostrado para copiar los usos de la sociedad de gran tono, sucedía esta mezcla de confianza y alambicada urbanidad que da un colorido peculiar a esta clase de reuniones. Colocada la gente que llamamos de medio pelo entre la democracia, que desprecia, y las buenas familias a las que ordinariamente envidia y quiere copiar sus costumbres, presentan una amalgama curiosa, en las que se ven adulteradas con la presunción las costumbres populares y hasta cierto punto en caricatura las de la primera jerarquía social, que oculta sus ridiculeces bajo el oropel de la riqueza y de las buenas maneras.

Rafael hacía a Rivas estas observaciones, mientras huían de uno que se empeñaba en hacerles apurar un vaso de ponche.

—Por esto decía San Luis—, entre estas gentes, los amores avanzan con más celebridad que por medio de los estudiados preliminares que en los grandes salones emplean los enamorados para llegar a la primera declaración. El uso de las ojeadas, recurso de los amantes tímidos y de los amantes tontos, es aquí casi superfluo. ¿Te gusta una niña? Se lo dice sin rodeos: no creas que obtienes tan franca contestación como podías figurarte. Aquí, y en materia que toque al corazón la mujer es como en todas partes: quiere que la obliguen, y no te responderá sino a medias.

—Te confieso, Rafael —dijo Rivas—, que no puedo divertirme aquí.

—Eh, yo no te obligo a divertirte —replicó San Luis—, pero te declaro perdido si no te distraes siquiera con la escena que vas a ver. Te voy a mostrar un espectáculo que tú no conoces.

—¿Cuál?

—El de un rico presuntuoso a merced de la pasión, como el más infeliz: espérate.

Rafael llamó al joven Encina, que multiplicaba sus protestas de amor al lado de Adelaida. El rostro del joven estaba encendido por el vapor de la mistela y por la desesperación que le causaba la frialdad con que la niña recibía sus declaraciones.

—¿Cómo están los amores? —le preguntó San Luis.

—Así, así —contestó Agustín, contoneándose.

—¿Quiere usted que le diga una verdad?

—Vamos.

—Al paso que va usted no será nunca amado.

—¿Por qué?

—Porque usted está haciendo la corte a Adelaida como si fuera una gran señora. Es preciso, para agradar a estas gentes, mostrarse igual a ellas y no darse el tono que usted se da.

—Pero, ¿cómo?

—¿Ha bailado usted?

—No.

—Pues saque a bailar a Adelaida zamacueca, y ella verá entonces que usted no se desdeña de bailar con ella.

—¿Cree usted que surta buen efecto eso?

—Estoy seguro.

Agustín, cuyas ideas no estaban muy lúcidas con las libaciones halló muy lógica la argumentación que oía; pero tuvo una objeción.

—Lo peor es que yo no sé bailar zamacueca.

—¿Pero qué importa? ¿No dice usted que en Francia ha bailado lo que llaman can-can?

—¡Oh, eso sí!

—Pues bien, es lo mismo con corta diferencia.

Agustín se decidió con aquel consejo y solicitó de Adelaida una zamacueca.

Un bravo acogió la aparición de la nueva pareja: Rafael puso la guitarra en manos de Amador, que cantó, improvisando, con voz que la mistela había puesto más sonora:

Sufriendo estoy, vida mida,
De mi suerte los rigores,
Mientras que, ingrata, tirana,
Tú ríes de mis dolores.

Agustín animado por San Luis, se lanzó desde las primeras palabras del canto con tal ímpetu, que dio un traspié y se tambaleó por algunos segundos a las plantas de Adelaida. Gritaron entonces todos los que palmoteaban, dirigiendo cada cual su chuscada al malhadado elegante.

—¡Allá va el pinganilla!

—¡Venga, hijito, para levantarlo!

—No se asuste que cae en blando.

—Pásenle la balanza que está en la cuerda.

Enderezóse, sin embargo, Agustín y continuó su baile, haciendo tales cabriolas y moviendo el cuerpo, que la grita aumentaba lejos de disminuir, y Amador, fingiendo voz de tiple, cantaba, con gran regocijo de los oyentes:

Al saltar una acequia,
Dijo una coja;
Agárrenme la pata,
Que se me moja.

Repitiendo todas estas últimas palabras, hasta que el elegante creyó que las voces que oía las arrancaba el entusiasmo, cayó de rodillas a los pies de su compañera, para imitar a los que le habían precedido.

Adelaida recibió aquella muestra de galantería con una franca carcajada, corriendo hacia su asiento, y los demás repitieron los ecos de su risa, al ver al joven que había quedado de rodillas en medio de la pieza.

Rafael siguió a Rivas al cuarto vecino. Este parecía descontento con el papel que acababa de ver representar al hijo de su protector.

—Es un fatuo redomado —contestó San Luis a una observación que él hizo en este sentido, y se figura, como nuestros ricos, en general, que su dinero le pone a cubierto del ridículo. Además, es tan grande el acatamiento que nuestra sociedad dispensa a los que cubren con oro su impertinencia, que bien puedo reírme de uno de ellos.

Rivas se separó de su amigo, que se había detenido junto a la mesa en que doña Bernarda jugaba al monte.

Una silla había al lado de Edelmira, y Martín se sentó en ella.

—Poca parte le he visto tomar en la diversión —le dijo la niña.

—Soy poco amigo del ruido, señorita —contestó él.

—De manera que usted habrá estado descontento.

—No; pero veo que no tengo humor para estas diversiones.

—Tiene usted razón: yo que las he visto tanto, no he podido aún acostumbrarme a ellas.

—¿Por qué? —preguntó Martín, sintiendo picada su curiosidad por aquellas palabras.

—Porque creo que nosotras perdemos en ellas nuestra dignidad y los jóvenes que, como usted y su amigo San Luis, vienen aquí, nos mirar; sólo como una entretención, y no como a personas dignas de ustedes

—En esto creo que usted se equivoca, a lo menos por lo que a mí respecta, y ya que usted me habla con tanta franqueza, le diré que hace poco rato, mirándola a usted, creí adivinar en su semblante lo que usted acaba de decirme.

—¡Ah!, ¿lo notó usted?

—Sí, y confieso que me agradó ese disgusto, y pensé, con sentimiento, que usted tal vez sufría por su situación.

—Jamás, como dije a usted, he podido acostumbrarme a estas reuniones de que gustan mi madre y mi hermano. Entre jóvenes como usted, y nosotros, hay demasiada distancia para que puedan existir relaciones desinteresadas y francas.

"¡Pobre niña!", pensó Rivas, al encontrar otro corazón herido, como el suyo, por el anatema de pobreza.

A esta idea unió Martín la de su amor para imaginarse que tal vez Edelmira, amaba, como él, sin consuelo.

—No comprendo —le dijo el desaliento con que usted se expresa, al pensar en que usted es joven y bella. No crea usted que sea ésta un lisonja —añadió, viendo que Edelmira bajaba la vista con tristeza—, mi observación nace de la probabilidad con que puedo pensar que usted debe haber sido amada y haya podido ser feliz.

—A nosotras contestó Edelmira con tristeza— no se nos ama como a las ricas; tal vez las personas en quienes tenemos la locura de fijarnos son las que más nos ofenden con su amor y nos hagan conocer la desgracia de no poder contentarnos con lo que nos rodea.

—¿De modo que usted no cree poder hallar un corazón que comprenda el suyo?

—Puede ser, mas nunca encontraré uno que me ame bastante para olvidar la posición que ocupo en la sociedad.

—Siento no poseer aún la confianza de usted para combatir esa idea —dijo Rivas.

—Y yo le hablo con esa franqueza —repuso ella— porque ya su amigo me había hablado de usted, y porque usted ha justificado en parte lo que él dice.

—¡Cómo!

—Porque usted ha hablado sin hacerme la corte, lo que casi todos los jóvenes hacen cuando quieren pasar el tiempo con nosotras.

Varios de los concurrentes trataron de hacer bailar zamacuecas a Rivas con Edelmira, a lo que ambos se negaron con obstinación. Mas no habrían podido libertarse de las exigencias que les rodeaban si Rafael no hubiese socorrido a su amigo, asegurando que jamás había bailado.

14

Entretanto, la animación iba cobrando por momentos mayores proporciones, y los vapores espirituosos de la mistela, apoderándose del cerebro de los bebedores en grado visible y alarmante. Cada cual, como en casos tales acontece, elevaba su voz para hacerla oír sobre las otras, y los que al principio se mostraban callados, y circunspectos, desplegaron poco a poco una locuacidad que sólo se detenía en algunas palabras a causa del entorpecimiento comunicado a las lenguas por el licor.

Un arpa se había agregado a la guitarra y hecho desdeñar el uso del piano como superfluo. Tocaban de concierto aquellos dos instrumentos, y a la voz nasal de la cantora, que a dúo se elevaban con la de Amador, se unía el coro de animadas voces con que los demás trataban de entonar su acompañamiento con el estribillo de una tonada todo lo cual hacía levantar, de cuando en cuando, la cabeza a doña Bernarda y exclamar para restablecer el orden:

—¡Adiós, ya se volvió merienda de negros!

El oficial de policía, a quien llamaban por el nombre de Ricardo Castaños, aprovechándose del momento en que Rivas se puso de pie para libertarse de la zamacueca, se había sentado junto a Edelmira y le daba queja por la conversación que acababa de tener, mientras que Agustín olvidado de su aristocrática dignidad, bebía todo el contenido de un vaso en el que Adelaida había mojado sus labios.

—Y si usted no lo quiere —decía el oficial a Edelmira—, ¿por qué deja que le hable al oído?

—Mi corazón es todo a usted —decía en otro punto Agustín—, yo se lo doy todo entero.

La del arpa y Amador cantaban:

Me voy, pero voy contigo,
Te llevo en mi corazón;
Si quieres otro lugar,
No permite otro el amor.

Y todos los que por ambas piezas vagaban con vaso en mano, repetían con descompasadas voces:

No permite otro el amor.

Y Rivas, entretanto, oía la última palabra, que despertaba en su pecho la amarga melancolía de su aislamiento, haciéndole pensar que tal vez no vería nunca realizada la magnífica dicha que ella promete a los corazones jóvenes y puros. Hostigábale por eso el ruido y oprimía su pecho la facilidad con que los otros rendían sus corazones a un amor improvisado por los vapores del licor.

Mientras hacía estas reflexiones, Rafael llamaba a los concurrentes al patio y prendían allí voladores, que, al estallar por los aires, arrancaban frenéticos aplausos y vivas prolongados a doña Bernarda, dueña del Santo.

La voz de Amador llamó a los convidados al interior.

—Ahora, muchachos dijo—, vamos a cenar.

—¡A cenar —exclamaron algunos—, ése sí que es lujo!

—¿Y qué estaban pensando, pues? —replicó el hijo de doña Bernarda—; aquí se hacen las cosas en regla.

La bulliciosa gente invadió una pequeña pieza blanqueada, en la que se había preparado una mesa. Cada cual buscó colocación al lado de la dama de su preferencia, y atrás de ellas quedaron de pie los que no encontraron asiento alrededor de la mesa.

—Hijitos —exclamó doña Bernarda—, aquí el que no tenga trinche se bota a pie y se rasca con sus uñas.

Esa advertencia preliminar fue celebrada con nuevos aplausos y dio la señal del ataque a las viandas, que todos emprendieron con denuedo.

Frente a doña Bernarda, que ocupaba la cabecera de la mesa, ostentaba su cuero, dorado por el calor del horno, el pavo que figuraba como un bocado clásico en la cena de Chile, cualquiera que sea la condición del que la ofrece. El pescado frito y la ensalada daban a la mesa su valor característico y lucían junto al chancho arrollado y a una fuente de aceitunas, que doña Bernarda contaba a sus convidados haber recibido, por la mañana, de parte de una prima suya, monja de las Agustinas. Para facilitar la digestión de tan nutritivos alimentos, se habían puesto algunos jarros de la famosa cosecha baya de García Pica, y una sopera de ponche, en la que cada convidado tenía derecho a llenar su vaso, con la condición de no mojar en el líquido los dedos, según la prevención hecha por Amador al llenar el suyo y apurarlo entero para dar su opinión sobre su sabor.

Los galanes iniciaron con las niñas una serie de atenciones y finezas olvidadas en los mejores textos de urbanidad. Un joven ofrecía a la que cortejaba, la parte del pavo donde nacen las plumas de la cola, y al pasar esta presa clavada en el tenedor, lanzaba un requiebro en que figuraba su corazón atravesado por la saeta de Cupido. El oficial de policía se negaba a beber en otro vaso que el que los labios de Edelmira habían tocado, y Amador amenazaba destruirse para siempre la salud bebiendo grandes vasos de chicha a la de una joven que tenía al lado. Agustín, al mismo tiempo, habiendo agotado ya su elocuencia amatoria con Adelaida, refería sus recuerdos sobre las cenas de París y hablaba de la suprema de volalla, engullendo un supremo trozo de chancho arrollado.

Las frecuentes libaciones comenzaron por fin a desarrollar su maléfica influencia en el cerebro del oficial, que quiso probar su amor dando un beso a Edelmira, que lanzo un grito. A esta voz, la dignidad maternal de doña Bernarda le hizo levantarse de su silla y lanzar al agresor una reprimenda en la que figuraba la abuela del oficial, que en este caso era tuerta, como bien puede pensarse. Amador quiso castigar Este suceso suspendió por un momento la alegría general mas; no el efecto de la mezcla de licores en el estómago de Agustín. quien fue llevado por otros como un herido en una batalla, al mismo tiempo que el oficial principió a dar voces de mando, cual si se encontrase al frente de su tropa. Otros, entretanto, a fuerza de beber, se habían enternecido y referían sus cuitas a las paredes con el rostro bañado en lágrimas, mientras que en algún rincón había grupos de jóvenes que se juraban, abrazándose, eterna amistad, y muchos otros que repetían hasta el cansancio a doña Bernarda que no debía enojarse porque besaban a Edelmira. Estos diversos cuadros, en los que cada personaje se movía a influjos del licor, y no de la voluntad, tenían todo el grotesco aspecto de esas pinturas favoritas de la escuela flamenca, en las que el artista traslada al lienzo, sin rebozo, las consecuencias de lo que, en los términos de la gente que describimos, se llama borrachera. Anunciaban también esos cuadros la decadencia del picholeo con la inutilidad física de los actores de los cuales la mayor parte recibía socorros de las bellas, para calmar sufrimientos capaces de destruir la más acendrada pasión.

Los pocos que quedaban en pie, sin embargo, no daban por terminada la fiesta, y mantenían escondida la llave de la puerta de calle para no dejar salir a Rivas y a San Luis, que querían retirarse. Allí tuvo lugar, como escena final, una discusión de un cuarto de hora, en la que tomaron parte todas las personas que querían salir y los obstinados en prolongar la diversión. Por fin, los ruegos de doña Bernarda hicieron desistir de su propósito a los que guardaban la puerta, que dio paso a los concurrentes que habían quedado con fuerzas para trasladarse a sus habitaciones por sus propios pies.

Doña Bernarda y sus hijas volvieron al campo donde yacía por tierra el oficial y otro de los convidados, a los que se les cubrió con frazadas. El joven heredero de don Dámaso Encina dormía profundamente en la cama de Amador, a donde le habían llevado sin sentido.

Doña Bernarda se retiró con sus hijas a una pieza que servía a las tres de dormitorio, Apenas se hallaron en ella, apareció Amador, que, más aguerrido que los demás en esta clase de campañas, había recobrado un tanto sus sentidos.

—Vaya, hermana —dijo a Adelaida—, ya creo que el mocito está enamorado hasta las patas.

—¡Y esta otra tonta —dijo doña Bernarda, señalando a Edelmira—, que se lleva haciendo la dengosa con el oficialito! ¡Podía aprender de su hermana!

—Pero, madre, yo no quiero casarme —contestó la niña.

—¿Y qué, estáis pensando que yo te voy a mantener toda la vida?. Las niñas se deben casar.

—Mira, el oficialito tiene buen sueldo, y el sargento, que es pariente de la criada, me dijo que lo iban a ascender.

—No todas encuentran marqueses como ésta —repuso Amador, dirigiendo la vista hacia Adelaida.

—Pero cuidado, pues —exclamó la madre—, andarse con tiento; estos hijos de rico sólo quieren embromar; Adelaida, la que pestañea pierde.

—Si no habla de casamiento, allí está Amador para echarlo de aquí — contestó Adelaida.

—Déjenmelo, a mí no más —repuso Amador—. Antes de un año, madre, hemos de estar emparentados con esos ricachos.

Con esto se dieron las buenas noches encargando la dueña de casa que despertasen temprano a los inválidos de la fiesta, para que pudieran irse antes de que ellas saliesen a misa.

Mientras tanto, Agustín roncaba como su estado de embriaguez lo exigía, sin saber los caritativos proyectos de sus huéspedes para acogerlo en el seno de la familia.

15

Rafael y Martín llegaron a casa del primero poco tiempo después de salir de la de doña Bernarda.

Eran ya cerca de las tres de la mañana cuando los jóvenes llegaron a la casa de la calle de la Ceniza que ocupaba San Luis.

—Ya es muy tarde para que te vayas —dijo éste a Rivas—, y mejor me parece que te quedes conmigo. Agustín no se encuentra en estado de moverse, de modo que nadie entrará y no notarán tu ausencia.

Al decir estas palabras, encendía Rafael dos luces y presentaba a Rivas una poltrona.

—¿Nada te has divertido? —le preguntó.

—Poco —dijo Martín, reclinándose caviloso en la poltrona.

—Te vi un momento conversar con Edelmira. Es una pobre muchacha desgraciada, porque se avergüenza de los suyos y aspira a gentes que la valgan, a lo menos por el lado del corazón.

—Lo que he adivinado de sus sentimientos en la corta conversación que tuvimos me inspiró lástima —dijo Martín—. ¡Pobre muchacha!

—¿La compadeces?

—Sí, tiene sentimientos delicados, y parece sufrir.

—Es verdad; pero ¡qué hacer! Será un corazón más que se queme por acercarse a la luz de la felicidad —dijo Rafael, suspirando.

Luego añadió, pasando los dedos entre sus cabellos:

—Es la historia de las mariposas, Martín; las que no mueren, conservan para siempre las señales del fuego que les quemó las alas. ¡Vaya, parece que estoy poetizando; es el licor que habla!

—Sigue —díjole Rivas, a quien, por el estado de su alma, cuadraba el acento oíste con que San Luis había pronunciado aquellas palabras.

—Esa maldita mistela me ha puesto la cabeza como fuego. Tomemos té y conversemos; los vapores del licor desatan la lengua y ponen expansivo el corazón

Encendió un anafre con espíritu de vino, y un cigarro en el papel con que acababa de comunicar la luz al licor.

—No te has divertido, según he visto —dijo, tendiéndose en un sofá.

—Es cierto.

—Tienes un defecto grave, Martín.

—¿Cuál?

—Tomas la vida muy temprano por el lado serio.

—¿Por qué?

—Porque te has enamorado de veras. Tienes razón.

—A ver, hagamos una cuenta, porque en todo es preciso calcular: ¿en qué proporción aprecias tus esperanzas?

—¿Esperanzas de qué?

—De ser amado por Leonor, porque a Leonor es a quien amas.

—En nada; no las tengo.

—Vamos, no eres tan desgraciado —exclamó Rafael, levantándose. Rivas lo miró con asombro, porque creía que amar sin esperanzas era la mayor desgracia imaginable.

—Es decir —prosiguió San Luis—, que ni una ojeada, ni una de esas señales casi imperceptibles con que las mujeres hablan al corazón.

—No, ninguna.

—¡Tanto mejor!

—¿Conoces a Leonor? —le preguntó Martín, cada vez más admirado. —Sí, es lindísima.

—Entonces no te comprendo.

—Voy a explicarme. Supongo que ella te ame.

—¡Oh, jamás lo hará!

—Es una suposición. Me confesarás que un amor correspondido tiene mil veces más fuerza para aferrarse al corazón que el que vive de suspiros y sin esperanza. Está dicho: ella te ama. Has conquistado el mundo entero, y para afianzar la conquista quieres casarte con ella. Esta es la vida, y tú bendices al cielo hasta el momento en que vas a pedirla a los padres. Tu amor y el de tu ángel, que te eleva a tus propios ojos a la altura de un semidiós, te han hecho olvidar que eres pobre, y la realidad, bajo la forma de los padres te pone el dedo en la llaga. ¡Estás leproso, y te arrojan de la casa como a un perro! Esta historia, querido, no pierde su desgarradora verdad por repetirse todos los días en lo que llamamos sociedades civilizadas. ¿Quieres ser el héroe de ella?

Martín vio que San Luis se había ido exaltando hasta concluir aquellas palabras con una risa sofocada y trabajosa.

—¡Pobre Martín! —repuso San Luis, preparando el té—. Créeme, tengo experiencia en mis cortos años, y te lo voy a probar con mi propia historia. A nadie he hablado de ella; pero en este momento su recuerdo me ahoga y quiero confiártela para que te sirva de lección. Te he estudiado desde que te conozco, y si busqué tu amistad fue porque eres bueno y noble: ¡no quisiera verte desgraciado!

—Gracias contestó Martín— a tu amistad debo la poca alegría que he tenido en Santiago.

San Luis sirvió dos tazas de té, aproximó una pequeña mesa junto a Rivas y se colocó a su frente.

—Óyeme, pues —le dijo. No es una novela estupenda lo que voy a contarte. Es la historia de mi corazón. Si no te hallases enamorado, me guardaría bien de referírtela, porque no la comprenderías, a pesar de su sencillez. Me veo obligado a empezar, como dicen, por el principio, porque jamás nada te he dicho de mi vida. Mi madre murió cuando yo sólo tenía seis años; el sueño me trae a veces su imagen, divinizada por un cariño de huérfano; pero despierto apenas recuerdo su fisonomía. Me crié de interno en un colegio, al que mi padre venía a verme con frecuencia. ¡Pasó la infancia, llevándose su alegría inocente, y vino la pubertad! Yo había sido un niño puro y continué siéndolo cuando la reflexión comenzó a tener parte en mis acciones. A los dieciocho años me gustaba la poesía, y rimé con ese calor en el pecho de que habla Descartes cuando describe el amor. A esa edad conocía a la dueña de ese retrato.

Martín miró el daguerrotipo que Rafael le presentaba. Era el mismo que había llamado su atención algunas horas antes.

—¿Es Matilde, la prima de Leonor? —preguntó, fijándose bien en el retrato.

—La misma —contestó San Luis, sin mirarlo.

—La vi anoche en casa de don Dámaso.

—Ese amor —continuó Rafael— llenó mi corazón y me puso a cubierto de los desarreglos a que el despertar de las pasiones arroja a la juventud. Amé a Matilde dos años sin decírselo. Nuestros corazones hablaron mucho tiempo antes que nuestras lenguas. A los veinte años supe que ella me amaba también hacía dos. Me encontré, pues, en esa situación que califiqué hace poco diciéndote que habías conquistado el mundo: ese mundo, para un joven de veinte años, lo presenta con todas sus glorias el corazón de un mujer amante.

Rafael hizo una pausa para encender su cigarro, que había dejado apagarse.

—Hasta aquí eres muy feliz —dijo Rivas, que pensaba que la dicha de ser amado una vez sería bastante para quitar el acíbar de todas las desgracias ulteriores. Viví hasta los veintidós años en un mundo rosado —continuó San Luis—. Los padres de Matilde me acariciaban porque el mío era rico y especulaban en grande escala. Ella, siempre tierna, me hacía bendecir la vida. Era como acabas de decirlo, muy feliz. Los más lindos días de primavera se nublan de repente, y Matilde y yo nos encontrábamos en la estación florida de la existencia. Tuve un rival: joven, rico y buen mozo. El mundo de color de rosa tomaba a veces un tinte gris que me hacía sufrir de los nervios, y luego mi almohada me guardaba para la noche visiones que oprimían mi corazón. Después de luchar con los celos por algún tiempo, mi orgullo transigió con mi amor, ¡tenía celos!. No hay dignidad delante de una pasión verdadera, y la mía lo era tanto, que vivirá cuanto yo viva. Matilde me descubrió una parte del cielo, jurándome que jamás había dejado de amarme, y yo vi cambiarse mi amor en una pasión sin límites cuando creí reconquistar su corazón. Los nublados se despejan y vuelven. Así vi lucir el sol y ocultarse otra vez tras nuevas dudas. En esta batalla pasó un año.

"Mi padre me llamó un día a su cuarto y al entrar se arrojó en mis brazos. Mis propias preocupaciones me habían impedido ver que su rostro estaba marchito y desencajado hacía tiempo. Sus primeras palabras fueron éstas:

"—¡Rafael, todo lo he perdido!

Le miré con asombro, porque la sociedad le creía rico

"—Pago mis deudas —me dijo—, y sólo nos queda con que vivir pobremente.

"—Y así viviremos —le contesté con cariño—. ¿Por qué se aflige usted? Yo trabajaré.

—Explicarte la ruina de mi padre sería referirte una historia que se repite todos los días en el comercio: buques perdidos con grandes cargamentos, trigo malbaratado en California, ¡esa mina de pocos y ruina de tantos! En fin, los percances de las especulaciones mercantiles. Aquella noticia me entristeció por mi padre. Para mí fue como hablar al emperador de la China de la muerte de uno de sus súbditos. ¡Yo poseía sesenta millones de felicidad, porque Matilde me amaba! ¿Qué podía importarme la pérdida de quinientos o seiscientos mil pesos?

—¿Ella te amaba, a pesar de tu pobreza? —dijo Rivas, con su idea fija.

—Todavía. Seguí visitando en casa de Matilde, hablando de amor con ella y de letras con su padre. Tú sabes que el amor tiene una venda en los ojos. Esta venda me impedía ver la frialdad con que don Fidel reemplazó de repente las atenciones que me prodigaba. Una noche llegué a casa de Matilde y encontré solo a don Dámaso, tu protector. No sé por qué sentí helarse mi sangre al recibir su saludo.

"—Me hallo encargado —me dijo— de una comisión desagradable, y que espero que usted acogerá con la moderación de un caballero.

"—Señor —le contesté—, puede usted hablar: en el colegio recibí las lecciones de urbanidad de que necesito, y no ha menester que me las recuerden.

"—Usted no ignora —repuso don Dámaso— que la situación de un niña soltera es siempre delicada, y que sus padres se hallan en el deber de alejar de ella todo lo que pueda comprometerla. Mi cuñado Elías ha sabido que la sociedad se ocupa mucho de las repetidas visitas de usted a su casa y teme que la reputación de Matilde puede sufrir con esto.

"La punta del puñal había entrado en medio de mi pecho, y sentí un dolor que estuvo a punto de privarme del conocimiento.

"—¡Es decir —le dije—, que don Fidel me despide de su casa!

"—Le ruega que suspenda sus visitas —me contestó don Dámaso.

"Mi bravata sobre la urbanidad resultó ser completamente falsa, porque, ciego de cólera, me arrojé sobre don Dámaso y lo tomé de la garganta. Aquí debo advertirte que un amigo me había referido que este caballero, acosado por Adriano, el otro pretendiente de Matilde, para el pago de una gran cantidad, cuyo importe le perjudicaba cubrir, había obtenido un plazo, comprometiéndose a conseguir con su cuñado la mano de Matilde para su acreedor. Me había negado antes a creerlo; pero mis dudas a este respecto se desvanecieron cuando le vi encargado de arrojarme de la casa de don Fidel, y la rabia me hizo olvidar toda moderación.

"Al ver enrojecerse el semblante de don Dámaso bajo la furiosa presión de mis dedos en su garganta, y espantado por la sofocación de su voz, le solté, arrojándole contra un sofá, y salí desesperado de la casa.

"En la mía hallé a mi padre en cama tomando un sudorífico. Mi tía Clara, con la que vivo aquí, se hallaba a su lado, y sólo se despidió cuando le vio dormirse. Yo me senté a la cabecera de su cama y velé toda la noche.

"Hubo momentos en que quise leer; pero me fue imposible: el dolor me ahogaba, y mis ojos hacían vanos esfuerzos para hacerse cargo de las palabras del libro, porque en mi imaginación ardía un volcán. En dos horas sufrí un martirio imposible de describir. La respiración trabajosa de mi padre, en vez de inspirarme algún cuidado, me parecía la de don Dámaso, a quien castigaba por la noticia temible con que tronchaba para siempre mi felicidad. Al fin, mi padre principió a toser con tal fuerza, que el dolor se suspendió de mi pecho para dar lugar al temor de la enfermedad. Al día siguiente, el médico declaró que mi padre se hallaba atacado de una fuerte pulmonía. La violencia del mal era tan grande, que en tres días le arrebató la vida. Yo no me separé un momento de su lecho, velando con mi tía, que vino a vivir en la casa. En el día nos acompañaba también otro hermano de mi padre que entonces era pobre y se ha enriquecido después. ¡Mi pobre padre expiró en mis brazos, bendiciéndome! ¡Ya ves que tuve necesidad de una fuerza sobrehumana para resistir a tanto dolor!

"Cuando después de un mes salí a pagar algunas visitas de pésame supe que Matilde y Adriano debían casarse pronto. El mundo rosado se cambió sombrío para mí desde entonces. ¿Sufrir lo que he sufrido sin contar con la muerte de mi padre, no te parece demasiado?"

—Es verdad —dijo Martín.

—Por eso te decía que tu mal no es irreparable, puesto que no eres amado; todavía puedes olvidar.

—¡Olvidar cuando el amor principia no es fácil! —exclamó Rivas —prefiero sufrir.

—Trata de amar a otra, entonces.

—No podría. Además, mi pobreza me cierra las puertas de la sociedad o a lo menos me enajena su consideración

—Fue lo que me sucedió —dijo Rafael—. Después de un año de pesares, renegué de mi virtud y quise hacerme libertino. La desesperación me arrogaba a los abismos del desenfreno, en cuyo fondo me figuraba encontrar el olvido. Emprendí la realización de este nuevo designio con esa amargura, que no carece de aliciente, del que se venga de la desgracia cometiendo alguna mala acción contra sí mismo. Parecíame que el sacrificio de alguna niña pobre no era nada comparado con las torturas que mi abandono me imponía. Desde entonces descuidé mis estudios, que había cursado con ejemplar aplicación para casarme con Matilde al recibir mi título de abogado. En lugar de asistir a las clases frecuenté los cafés y maté horas enteras tratando de aficionarme al billar. Allí contraje amistad con algunos jóvenes de esos que gritan a los sirvientes y hacen oír su voz cual si quisieran ocupar a todos de lo que dicen. ''Mi reputación de tunante principiaba a cimentarse, sin que hubiese perdido ni la virtud ni el punzante recuerdo de mis amores perdidos, cuando paseándome una tarde de procesión del Señor de Mayo por la Plaza de Armas con uno de mis nuevos amigos, llamó mi atención un grupo de tres mujeres, de ese tipo especial que parece mostrarse con preferencia en las procesiones. Una de ellas entrada en años; jóvenes y bellas las otras dos. Había en ellas ese no sé qué con que distingue un buen santiaguino a la gente de medio pelo.

—Bonitas muchachas —dije al que me acompañaba.

"—¿No las conoces? —me preguntó él—. Son las Molina, hijas de la vieja que está con ellas.

"—¿Tú las visitas? —le pregunté.

"—Cómo no; en casa de ellas hemos tenido magníficos picholeos —me respondió.

"—Adelaida, sobre todo, llamó mi atención por la gracia particular de su belleza. Sus labios frescos y rosados me prometían de antemano el olvido de mis pesares. Sus ojos de mirar ardiente y decidido, sus negras y acentuadas cejas, el negro pelo que alcanzaba a ver fuera del mantón, su gallarda estatura, me ofrecieron una conquista digna de mis nuevos propósitos. Fiado en mi buena cara y en la osadía que juré desplegar en mi calidad de calavera, híceme presentar en la casa y hablé de amor a Adelaida desde la primera visita.

"—No miré la procesión ni a las bellezas que había en la plaza por verla a usted —dije poco después de hallarme a su lado.

"Este cumplido de mala ley no pareció disgustarla: mi introductor en la casa había dicho que yo era rico y esto me rodeaba de una aureola que en todas partes fascina. En la noche, al acostarme, mis ojos buscaron un retrato de Matilde. Su frente pura y su mirada tranquila me hicieron avergonzarme del género de vida que quería adoptar; pero los celos tuvieron más imperio que aquella recriminación de la conciencia. Seguí visitando en casa de Adelaida y aparenté una alegría loca en las diversiones para perder la memoria. Hay gentes que se niegan a creer que una pasión desgraciada puede desesperar a un joven en pleno siglo XIX, sin pensar que el corazón de la humanidad no puede envejecerse. Yo he cargado con el sentimiento de mi desdicha en medio del bullicio de la orgía y he oído la voz de Matilde en los juramentos de Adelaida, porque al cabo de un mes ella me amaba. Muchas veces quise retroceder ante la villanía de mi conducta; pero cedía a la fatal aberración que hace divisar la venganza de los engaños de una mujer en el sacrificio de otra. Además, la desgracia, Martín, destruye la pureza de los sentimientos nobles del alma; y de todos los desengaños que buscan el olvido en una existencia desordenada, los de amor son los primeros. ¡Ah, en ese pacto solemne de dos corazones que cambian su ser para vivir de la existencia de otro, el que traiciona no sabe que al retirarse priva de su atmósfera vital al que deja abandonado! Yo debí también hacerme esa reflexión antes de perder a Adelaida pero la desesperación me había cegado. Las pocas personas que conocía me contaban con bárbara prolijidad los detalles de la próxima unión de Matilde con Adriano. Una señora, antigua amiga de mi familia, me ponderaba la felicidad de Matilde, diciéndome que le habían regalado tres mil pesos en alhajas. Después de todo, yo estoy muy lejos de tener la virtud de José, y me creía con derecho a pisotear la moral, ya que el destino había pisoteado con tanta crueldad mi corazón.

"Muy poco tiempo bastó para convencerme de que el único medio de hacer frente a la desgracia es la resignación, porque me vi luego más infeliz que antes. La vida impura de un seductor sin conciencia me hizo avergonzarme ante la mía, y los placeres ilícitos en que me había lanzado, lejos de curarme de mi mal, me dieron la conciencia de mi bajeza, haciéndome considerar indigno del amor de Matilde, al que siempre aspiré después de perdida la esperanza. Hace pocos meses, mis obligaciones con la familia de esa muchacha se hicieron más serias porque tenía un hijo. Desde entonces empleé todos mis recursos pecuniarios en mejorar la condición material de la familia de doña Bernarda y formé la resolución de cortar las relaciones con Adelaida. Ella recibió esta declaración con una frialdad admirable. Su corazón, al que siempre noté cierta dureza, pareció quedar impasible a lo que yo decía, y cuando concluí de hablar no me dio una sola queja.

"Desde ese día me ha tratado como si jamás una palabra de amor hubiese mediado entre nosotros. ¿Me ama todavía o me odia? No lo sé.

"Ahora me preguntarás por qué te he llevado a esa casa y si no he pensado en que podía sucederte lo mismo que a mí."

—Es cierto —dijo Martín.

—Tengo la experiencia adquirida a costa de muchos remordimientos —repuso San Luis—, y sólo he querido distraerte. Te veo lanzado en un vía funesta y deseo salvarte; por eso te ofrecí una distracción y te refiero al mismo tiempo lo que he hecho. Si hubiese visto en ti el carácter generalmente ligero de los jóvenes, me habría guardado muy bien de llevarte a esa casa.

—Tienes razón y me has juzgado bien —contestó Martín—: para mi, ¡Leonor o nada! Yo no tengo derecho a quejarme, porque ella nada ha hecho para inspirarme amor. Pero hablemos del tuyo. ¿Qué dirías si yo te volviese el amor de Matilde?

Rafael dio un salto sobre su silla.

—¿Tú? —le dijo—. ¿Y cómo?

—No sé: pero puede ser.

San Luis dejó caer la frente sobre los brazos, que apoyó en la mesa.

—Es imposible —murmuró—. Su novio ha muerto, es verdad, pero yo soy siempre pobre.

Levantóse después de decir estas palabras y empleó algunos momentos en preparar una cama sobre un sofá.

—Aquí puedes dormir, Martín —dijo—. Buenas noches.

Y se arrojó sin desnudarse sobre su cama.

16

Con el atentado del 19 contra la Sociedad de la Igualdad, la política ocupaba la atención de todas las tertulias, en las que sucedían las más acaloradas discusiones.

Así acontecía en casa de don Dámaso Encina, en donde se encontraban reunidas las personas que de costumbre frecuentaban la tertulia. Era la noche del 21 de agosto y la conversación rodaba sobre los rumores propalados desde la víspera de que Santiago sería declarado en estado de sitio.

—El Gobierno debía tomar esta medida cuanto antes —dijo don Fidel Elías, el padre de Matilde.

—Sería una ridiculez —replicó su mujer.

—Francisca —contestó exaltado don Fidel—, ¿hasta cuándo te repetiré, hija, que las mujeres no entienden de política?

—Me parece que la de Chile no es tan oscura para que no pueda entenderla —replicó la señora.

—Vea, comadre —le dijo don Simón, que era padrino de Matilde—, mi compadre tiene razón: usted no puede entender lo que es estado de sitio, porque es necesario para eso haber estudiado la Constitución.

Este caballero, considerado como un hombre de capacidad en la familia por lo dogmático de sus frases y la elocuencia de su silencio, decidía, en general, sobre las discusiones frecuentes que doña Francisca trataba con su marido.

—Por supuesto —repuso don Fidel—, y la Constitución es la carta fundamental, de modo que sin ella no puede haber razón de fundamento.

Don Dámaso, mientras tanto, no se atrevía a salir en defensa de su hermana, porque sus amigos le habían hecho inclinarse al Gobierno con el temor de una revolución.

—Tú podías defenderme —le dijo doña Francisca—: ¡ah!, bien dice Jorge Sand que la mujer es una esclava.

—Pero, hija, si hay temor de revolución, yo creo que sería prudente...

—Don Jorge Sand puede decir lo que le parezca —repuso don Fidel, Consultando la aprobación de su compadre—; pero lo cierto del caso es que sin estado de sitio, los liberales se nos vienen encima. ¿No es así, compadre?

—Parece por lo que ustedes les temen —exclamó doña Francisca—, que esos pobres liberales fueran como los bárbaros del Norte de la Edad Media.

—Peores son que las siete plagas de Egipto —dijo con tono doctoral don Simón.

—Yo no sé a la verdad lo que temería más —exclamó don Fidel—, si a los liberales o los bárbaros araucanos, porque la Francisca se está equivocando cuando dice que son del Norte.

—He dicho que son los bárbaros de la Edad Media —replicó la señora, enfadada con la petulante ignorancia de su marido.

—No, no dijo don Fidel—, yo no hablo de edades, y entre los araucanos habrá viejos y niños como entre los liberales: pero todos son buenos pillos: y si yo fuese Gobierno, les plantaría el estado de sitio.

—El estado de sitio es la base de la tranquilidad doméstica, amigo don Dámaso dijo don Simón, viendo que el dueño de la casa no se defendía francamente.

—Eso sí, yo estoy por los gobiernos que nos aseguran la tranquilidad dijo don Dámaso.

—Pero, señor —exclamó Clemente Valencia, mordiendo su bastón de puño dorado—, nos quieren dar la tranquilidad a palos.

A golpes de bastones —dijo Agustín.

—Así debe ser —replicó Emilio Mendoza, que, como dijimos, pertenecía a los autoritarios—: es preciso que el Gobierno se muestre enérgico.

—Y si no, mañana atropellan la Constitución —dijo don Fidel.

—Pero yo creo que la Constitución no habla de palos —observó doña Francisca, que no podía resistir a la tentación de replicar a su marido.

—¡Mujer, mujer! —exclamó don Fidel—: ya te he dicho que...

—Pero compadre dijo don Simón, interrumpiéndole—, la Constitución tiene sus leyes suplementarias y una de ellas es la ordenanza militar, y la ordenanza habla de palos.

—¿No ves? ¿qué te decía yo? —repuso don Fidel—; ¿has leído la ordenanza?

—Pero la ordenanza es para los militares —objetó doña Francisca.

—Todo conato de oposición a la autoridad —dijo en tono dogmático don Simón— debe ser considerado como delito militar; porque para resistir a la autoridad tienen necesidad de armas, y en este caso los que resisten están constituidos en militares.

—¿No ves? —dijo don Fidel, pasmado con la lógica de su compadre. Doña Francisca se volvió a doña Engracia, que acariciaba a Diamela.

—Disputar con estos políticos es para acalorarse no más —le dijo.

—Así es, hija, ya están principiando los calores —contestó doña Engracia, que, como antes dijimos, padecía de sofocaciones.

—Digo que estas disputas acaloran —replicó doña Francisca, maldiciendo en su interior contra la estupidez de su cuñada.

—Y yo, pues, hija —añadió ésta—, que sin disputar paso el día con la cabeza caliente y los pies como nieve.

Doña Francisca se puso, para calmarse, a hojear el álbum de Leonor.

Esta se había retirado con Matilde a un rincón de la pieza cuando Martín dejaba su sombrero en la vecina, llamada dormitorio en nuestro lenguaje familiar.

Agustín se adelantó hacia Rivas inmediatamente que le vio aparecer.

—No diga usted nada de lo de anoche —le dijo, antes que Martín entrase en el salón—, en casa no saben que no nos recogimos.

Al mismo tiempo, Leonor decía a Matilde.

—Esta noche veré si puedo vencer su discreción para que me dé más noticias de Rafael.

Una circunstancia muy natural vino a favorecer pronto el proyecto de Leonor, porque un criado entró trayendo unos cortes de vestido que doña Engracia había mandado a buscar a una tienda. A la vista de los vestidos, doña Francisca perdió su mal humor y dejó de pensar en política, para entrar con su cuñada en una larga disertación de modas, mientras que don Dámaso y sus amigos discutían con calor sobre los destinos de la patria con esa argumentación de gran número de políticos, de la cual llevamos apuntadas algunas muestras. Además, Agustín, cansado de la política, se sentó al lado de Matilde para hablarle de París, y los otros jóvenes siguieron la discusión, porque no se atrevieron a atravesar la sala para ir a mezclarse en el grupo de las niñas.

Al anunciar Leonor a su prima que hablaría con Rivas, no solamente lo hacía para explicar a ésta lo que iba a hacer, sino que buscaba también algo que la disculpase a sus propios ojos de lo que su conciencia calificaba de debilidad.

La ausencia de Martín y su propósito de ensayar sus fuerzas contra un hombre que un instante había llamado su atención, eran ideas cuyo predominio se negaba a confesarse ella misma; así es que buscó un pretexto que disculpase a su juicio el deseo que la arrastraba a hablar con el joven. Leonor, de este modo, daba el primer paso en esa escaramuza preliminar de la guerra amorosa, que tan poéticamente ha designado la conocida expresión de jugar con fuego. Su presuntuoso corazón quería triunfar en lo que había visto sucumbir a muchas de sus amigas, y entraba en la liza con el orgullo de su belleza por arma principal.

Martín buscó los ojos de Leonor y los halló fijos en él. Al dirigirse al salón de don Dámaso, venía también, como Leonor, buscando aunque por causa distinta, una disculpa para la debilidad que le arrastraba a los pies de una niña que su amor revestía de divinidad. Esta disculpa se fundaba en el deseo de servir a su amigo, dando a Leonor sobre él más amplios informes que en su última conversación.

Vio que los ojos de la niña le ordenaban acercarse y fue a ocupar un asiento a su lado con la reverencia de un súbdito que llega a presentarse ante su soberano.

La emoción con que Martín se había acercado turbó a su pesar el pecho de Leonor, que hizo un ligero movimiento impacientada con su corazón que aceleraba sus latidos contra los mandatos de su voluntad.

Este ligero movimiento persuadió a Martín de que se había equivocado al interpretar la mirada de la niña. Con esta persuasión habría querido hallarse a mil leguas de aquel lugar, y maldecía su torpeza, dejando conocer en el semblante la desesperación que le agitaba.

Por fin cuando Leonor se creyó segura de sí misma, volvió la vista hacia Rivas, poniendo término al eterno instante en que el joven juraba huir para siempre de aquella casa.



17

—Nuestra conversación de anteayer —le dijo fue interrumpida por mi mamá y yo lo sentí mucho.

Rivas no halló nada que responder, ni tampoco cómo explicarse la última parte de la frase de Leonor; la que, después de esperar una contestación, continuó:

—Lo sentí, porque quedé con el temor de no haberme explicado bien sobre las preguntas que hice a usted sobre su amigo San Luis.

Desvanecida su idea de haberse equivocado cometiendo una ridiculez al sentarse al lado de la niña, Martín se sintió más sereno.

—Se explicó usted perfectamente, señorita —contestó.

—¿Comprendió usted que lo hacía por mí?

—Lo comprendí entonces y conozco ahora el objeto con que usted lo hacía.

—¡Ah! —exclamó Leonor—, ¿usted ha descubierto algo de nuevo?

—Como usted lo dice, he descubierto el fin de las preguntas que usted me hizo.

—¿Y ese fin es...?

—Según creo, servir a una amiga.

—A ver, cuénteme usted lo que sabe.

—Esa amiga tiene interés por Rafael.

—¿Y... qué más?

—Ciertas circunstancias los han separado.

—Ya veo que usted ha recibido confidencias.

—Es verdad.

—Y ahora se decide usted a ser comunicativo —dijo Leonor, con acento de reproche.

—Sólo ayer recibí esas confidencias —contestó Martín, que brillaba de alegría al verse en tan familiar conversación con la que un día antes le desesperaba.

—Por consiguiente —replicó Leonor—, usted puede contestarme. Creo que si.

—Ya que usted parece enterado de todo, comprenderá que el objeto principal de mis preguntas era averiguar un solo punto: ¿su amigo ama todavía a Matilde?

—Con toda el alma.

—¿De veras?

—Lo creo firmemente. El entusiasmo con que me ha hablado de sus amores, la tristeza que el desengaño ha dejado en su alma y el desaliento con que mira el porvenir, me parecen confirmar mi opinión.

Martín había dicho estas palabras con tanto calor como si abogase por su propia causa. Su tono arrancó a Leonor esta observación:

—Habla usted como si se tratase de su propio corazón.

—Creo en el amor, señorita —dijo Rivas, con cierta melancolía.

La niña vio un peligro en aquella respuesta y tuvo instintivamente deseos de callar, pero su orgullo la hizo avergonzarse de ese temor y le sugirió una pregunta que no habría dirigido a ningún hombre en circunstancias ordinarias.

—¿Está usted enamorado?

Martín no pudo ocultar la sorpresa que semejante pregunta le causaba, ni tampoco el deseo irresistible que le arrastró a manifestar a Leonor que en el pecho de un pobre y oscuro joven de provincia podía alentar un corazón digno de los elegantes que siempre la habían rodeado.

—Una persona en mi posición —dijo— no tiene derecho a estarlo; pero sí puede creer en el amor como en una esperanza que le dé fuerza para la lucha a que la suerte le destina.

—Veo que el desencanto que usted dice sufre su amigo le ha contagiado a usted también.

—No, señorita; pero la especie de admiración con que usted me dirigió su pregunta me ha hecho volver en mí, principio a creer, por lo poco que conozco Santiago, que aquí se considera el amor como un pasatiempo de lujo, y mal puede gustarlo aquel para quien el tiempo es de un inmenso valor.

—Pero dicen —replicó Leonor— que nadie puede imponer leyes al corazón.

—En este punto tengo poca experiencia —contestó Martín.

—¿De dónde nace entonces la fe que usted acaba de manifestar? Usted dice que cree en el amor.

—Mi fe se funda en mi propio corazón; hay algo que me dice con frecuencia que no está formado para latir únicamente por el curso regular de la sangre; que la vida tiene un lado menos material que las especulaciones con que todos buscan el dinero; que en los paseos, en el teatro, en las tertulias, el alma del joven va buscando otro placer que el de mirar, que el de oír o que el de conversaciones más o menos insípidas.

—Y ese placer, ese algo desconocido lo llama usted amor. ¿No es así?

—Y creo que el que desconoce su existencia— replicó Martín con cierto orgullo—, o ha nacido con una organización incompleta, o es más feliz que los demás.

—¡Más feliz!, ¿por qué?

—Tendrá menos que sufrir, señorita.

—Es decir, que el amor es una desgracia.

—Cada cual puede considerarlo según su posición en la vida; a mí, por ejemplo, creo que me toca considerarlo como tal.

—Luego, usted está enamorado, puesto que tiene ideas tan fijas en esta materia.

Estas palabras resonaron con un tono burlón que hizo encenderse las mejillas de Rivas. Su carácter impetuoso le hizo olvidar el temor que le sobrecogía al lado de la niña.

—Supongo —dijo— que este punto no le interesa a usted tan vivamente que desee una contestación sincera de mi parte; pero no tengo dificultad para dársela; y puesto que me toca considerar el amor como una desgracia, estoy resuelto a sobreponerme a su influjo.

—Es decir, que usted se considera superior a los demás.

—Seré egoísta y nada más; no creo que haya gran mérito en seguir el camino que se juzgue más ventajoso.

Leonor, que esperaba dominar a su antojo, se veía contrariada por la aparente humildad con que Rivas manifestaba una energía que ella se propuso vencer. Apeló entonces a su altanera mirada y al tono imperativo que empleaba generalmente con los hombres.

—Usted se ha separado mucho del objeto de esta conversación —dijo, acentuando estas duras palabras para manifestar su desagrado.

—Si usted tiene algo más que preguntarme —contestó Martín, aparentando no haberse fijado en la intención de las palabras de Leonor—, estoy pronto, señorita, a satisfacer su curiosidad o a retirarme si usted lo ordena.

—Hablábamos de su amigo —repuso Leonor, con tono seco.

—Rafael ama y es desgraciado, señorita.

—Podía usted enseñarle su filosofía de resignación.

—Es que él mismo me ha enseñado que cuando deben sobrevenir desengaños es más prudente no buscar correspondencia.

—Usted cuenta siempre con los desengaños.

—Esa es una prueba de que no me creo superior, como usted suponía, y manifiesto que tengo bastante modestia para calificar mi valimiento.

—Hay modestias que se parecen mucho al orgullo, caballero —dijo Leonor—, y en tal caso la suya probaría todo lo contrario de lo que usted dice. No sea que entre sus lecciones su amigo haya olvidado decirle que el orgullo debe buscar un punto de apoyo para poder manifestarse.

No esperó la contestación del joven y abandonó su asiento sin mirarle. Por la primera vez en su vida se sentía Leonor humillada en una lucha que ella misma había provocado. En lugar de los banales y rendidos galanteos de los elegantes con quienes había jugado hasta entonces esta clase de juego de vanidad, hallaba la orgullosa sumisión de un hombre oscuro y pobre que no quería doblar la rodilla ante la majestad de su amor propio y le confesaba sin afectación ninguna que no aspiraba a tener la dicha de agradarla. Aquella conversación la hacía pensar que se había equivocado suponiendo que Rivas la amaba, por la alegría que creyó ver en su semblante cuando le dijo que no tenía interés por Rafael San Luis. Y este desengaño, que burlaba su creencia en el supremo poder de su belleza, irritó su vanidad, que contaba ya con un nuevo esclavo atado al carro de sus numerosos triunfos. Al abandonar su asiento, no pensaba en entretenerse a costa de Martín, ensayando el poder de su voluntad en la lid amorosa, sino que se prometía vengar su desengaño inspirando un amor violento del que se jactaba de tener suficiente fuerza para huir.

Martín, al mismo tiempo, quedaba entregado a la tristeza que cada una de sus conversaciones con Leonor dejaba en su alma. Persuadíase cada vez más de que era el juguete de aquella niña, que, para distraerse algunos momentos, se entretenía en burlarse del amor que él había dejado confesar a sus ojos en su primera conversación. Apenas la vio alejarse recorrió en la memoria cuanto había hablado, y maldijo su torpeza, que había dejado pasar varias oportunidades de hacer ver a la niña que tenía un corazón capaz de comprenderla y una inteligencia que ella no podría despreciar. Las últimas palabras de Leonor le dejaron aterrado y decían bien claro que a sus ojos ni el corazón ni la inteligencia podían tener valor ninguno si no iban a acompañados por la riqueza o un distinguido nacimiento.

Esta reflexión desconsoladora le hizo retirarse desesperado, pidiendo al cielo, como le piden todos los amantes infelices, el poder sobrenatural, no de olvidar, sino de infundir en el pecho de la mujer amada una de esas pasiones que las arrastran a someterse a la voluntad del hombre.

De este modo, Leonor y Martín hacían votos con idéntico objeto: ella, confiando en su hermosura; él, sin esperanza, pidiendo al cielo lo que le parecía imposible.

No bien Leonor se había levantado, despidióse doña Francisca con Matilde y su marido.

Mientras Leonor arreglaba el pañuelo a su prima, pudo sólo decirle estas palabras:

—¡Te ama! Mañana iré a verte y hablaremos.

Matilde estrechó sus manos con un agradecimiento indecible. Nunca había regresado a su casa más alegre y ligera.

Don Dámaso, al hallarse solo con su mujer, le manifestó las ideas conservadoras a que sus amigos le habían convertido al fin de la discusión política.

—Después de todo —le dijo, no les falta razón a estos ministeriales; ¿qué ha hecho jamás de bueno el partido liberal? Y no se equivocan al aconsejarme, porque en todas partes del mundo los hombres ricos están al lado de los gobiernos; como en Inglaterra, por ejemplo, todos los lores son ricos.

Hecha esta reflexión, se fue a acostar pensando en que con estas ideas era como más pronto ocuparía el asiento de senador en el Congreso de la República.

18

Dijimos que Rafael San Luis ocupaba con una tía suya la casa de la calle de la Ceniza. Esta tía, a quien la falta de dinero y de hermosura habían dejado soltera, concentró poco a poco todos sus afectos en Rafael cuando lo vio huérfano y abandonado de la suerte. Uniendo una pequeña suma que poseía con ocho mil pesos que su sobrino había recibido de su testamentaría de su padre, después de cubiertos los créditos al tiempo de su muerte, doña Clara San Luis consagró sus desvelos a Rafael, a quien llevó a vivir a su lado. Sin más ocupaciones que la asistencia a la misa y a las novenas de su devoción, la señora siguió sobre el rostro de Rafael la historia de sus pesares, con la perspicacia de una persona que se encuentra ya libre de personales preocupaciones en la vida. Sin solicitar jamás las confidencias del joven, supo seguirle paso a paso en su desaliento, atreviéndose cuando más a aventurar algún consejo cristiano sobre la necesidad de la resignación y de la virtud.

En los mismos días en que tenían lugar las escenas que llevamos referidas, doña Clara se hallaba profundamente ocupada en buscar a Rafael alguna ocupación que le alejase de Santiago, en donde veía que descuidaba sus estudios para entregarse a los pasatiempos de ocio y de disipación en que San Luis había buscado el olvido de sus pesares.

En la mañana del 21, cuando Rafael dormía aún, después de referir su historia a Martín, doña Clara salió de la casa envuelta en su mantón y se dirigió a la de su hermano don Pedro San Luis, que vivía en una de las principales calles de Santiago.

Don Pedro, como San Luis había dicho a Rivas, era rico. Poseía no lejos de Santiago dos haciendas que los quebrantos de su salud le habían obligado a poner en arriendo. Su familia se componía de su mujer, y un hijo llamado Demetrio, que a la sazón contaba quince anos.

Al dirigirse doña Clara a casa de su hermano, le había ocurrido una idea con la que esperaba realizar su propósito de mejorar la suerte de su sobrino.

Don Pedro tenía un verdadero afecto por los suyos y se hallaba siempre dispuesto a servirles.

Recibió a su hermana con cariño y la llevó a su cuarto de escritorio cuando doña Clara le dijo que venía para hablar de asuntos importantes.

—¿Cómo está Rafael? —le preguntó cuando vio a su hermana bien acomodada sobre una poltrona.

—Bueno, y vengo a hablarte de él; ya sabes que es mi regalón.

—Demasiado tal vez observó don Pedro—, y es una lástima, porque es un muchacho capaz.

—¿No es verdad? Pero, hijo, su tristeza es cada vez mayor y poco a poco va descuidando sus estudios.

—Malo, tú debías aconsejarle.

—Traigo otro proyecto, que depende de ti.

—¿De mí? A ver, cuál es.

—A fuerza de pensar —dijo doña Clara—, he visto que lo que más convendría a este muchacho sería el alejarse de Santiago y consagrarse al campo, donde la esperanza de mejorar de fortuna y la vida activa del trabajo le harán olvidar esa melancolía que le consume.

—Tienes razón; ¿quieres que le busque un arriendo?

—Mejor que eso. Tú deseas, según varias veces me has dicho, ocupar también a tu hijo en trabajos del campo, ¿no es verdad?

—Es preciso, pues, hija; este niño no tiene salud para estudiar y es necesario que vaya conociendo los fundos que han de ser suyos.

—Pues entonces, ¿por qué no lo pones a trabajar en una de tus haciendas en compañía de Rafael?

—Bien pensado —exclamó don Pedro, a quien la idea de dejar solo a su hijo en el campo preocupaba desde largo tiempo. —¿Sabes si Rafael quiere salir de aquí?

—Nada le he preguntado; pero eso lo veremos después. ¿Cuándo concluye el arriendo del "El Roble"?

—En mayo del año entrante, y ayer he tenido aquí a don Simón Arenal, que viene a nombre de su compadre don Fidel para que le prometa prolongar el arriendo por otros nueve años.

—¿Y...?

—Nada contesté, porque necesitaba pensar sobre si convendría enviar allí a mi Demetrio.

—Entonces —dijo con alegría la señora—, vas a responder que no puedes.

—Será lo mejor, si Rafael quiere abandonar su carrera de abogado, para la cual estudia.

—Yo lo aconsejaré; es preciso que acepte, porque creo que por los estudios ya no hay esperanza.

Doña Clara volvió a su casa llena de alegría y participó sus nuevos proyectos a su sobrino. Rafael pidió algunos días para reflexionar.

Al día siguiente, después de la clase, salió del colegio con Martín. Este se hallaba aún bajo las impresiones de su entrevista con Leonor.

Pensó revelar a San Luis su conversación con la niña, pero un instinto de delicadeza le hizo desistir de esta idea, porque no se hallaba facultado por Leonor para revelarla.

San Luis le dijo, para romper el silencio en que Rivas permanecía, haciendo esta reflexión:

—Me proponen un proyecto, Martín, sobre el cual deseo me des tu opinión.

—¿Que proyecto?

—El de un arriendo en el campo.

—¿Y promete alguna ganancia?

—Bastante.

—¿Tienes tú afición a los estudios?

—Muy poca ya.

—Entonces, acepta.

—Voy a explicarte los antecedentes, Pues son ellos los que me hacen vacilar. ¿Sabes quién es el arrendatario actual de la hacienda, y que desea continuar en el arriendo? Don Fidel, el padre de Matilde.

—¡Ah!, eso cambia un tanto la cuestión; a ver, explícate más.

—Don Fidel no ha sido siempre el hombre ministerial hasta la más porfiada intolerancia que tú conoces dijo Rafael—. Antes de hacerse apóstata en política, como tantos de los antiguos pipiolos, a cuyo partido pertenecía don Fidel, hacía la guerra al principio conservador, que por desgracia durará aún muchos años en Chile. Sus principios le habían ligado estrechamente con los de la misma comunión política en general; pero muy particularmente con mi padre y mi tío, que habiéndose consagrado al campo e invertido sus ganancias en bienes raíces, no ha perdido, como mi padre, en el comercio, el fruto de largos trabajos en dos o tres especulaciones erradas. Cuando mi tío Pedro compró casa en Santiago para venir a curarse, llovieron los empeños para el arriendo de su hacienda de "El Roble". Naturalmente, la preferencia debía obtenerla el amigo y correligionario político, don Fidel, que solicitó el arriendo. Para don Fidel el negocio era más ventajoso también que para los demás, porque posee al lado de "El Roble" un pequeño fundo de cien cuadras, perfectamente regado y con buenas alfalfas, que es el pasto de que carece la hacienda de mi tío, que en cambio, es muy buena para siembras y para crianza. Al tiempo de reducir el negocio a escritura, se presentó una dificultad, y fue ésta la falta de un fiador. Don Dámaso no se había establecido aún en Santiago, y los demás amigos de don Fidel no se hallaban en situación de prestarle ese servicio. Mi tío exigió el fiador porque "El Roble" había sido comprado casi todo con la dote de su mujer, y no quería ni aun por amistad, dejar de revestir el arriendo de las garantías necesarias. En estas circunstancias, don Fidel recibió la oferta de don Simón Arenal como la de un ángel salvador. Don Simón le conocía poco; pero llevaba un fin al ofrecerle su fianza con tanta generosidad, y ese fin era el de satisfacer una ambición política.

"Don Fidel, con efecto, ejerció y ejerce aún gran influencia entre los electores del departamento en que se encuentra su fundo, y don Simón quiso conquistar esa influencia para hacerse elegir diputado. Acaso, me preguntarás, qué interés puede tener un hombre rico como don Simón en ser diputado. Ese interés se explica sabiendo que don Simón es de familia oscura, enriquecido recientemente, y que necesita ocupar puestos honrosos para relacionarse con la sociedad a que aspiran llegar los caballeros improvisados, que es un tipo bastante común entre nosotros y al que él pertenece. Desde entonces, don Fidel y don Simón estrecharon íntimamente su amistad; se hicieron compadres, se relacionó don Simón con las mejores familias de Santiago, y don Fidel pasó, mediante aquella y otras fianzas, de liberal a conservador, porque don Simón se había plegado desde el principio a este partido, con la experiencia que le daban sus años para saber que en política no medra entre nosotros el que no busca su apoyo al lado de la autoridad. Mi tío vio poco a poco, que perdía un amigo en su arrendatario, pero el contrato estaba firmado y no había lugar a ningún reclamo. Ahora, estando para expirar el término del arriendo, don Fidel quiere continuar a toda costa, porque han llegado días muy florecientes para la agricultura con el nuevo mercado de California, y envía a su compadre don Simón para obtener un nuevo arriendo de mi tío. Este me propone "El Roble" con un hijo suyo, a quien, naturalmente, facilitará capitales para la especulación. He aquí, pues, el negocio".

—Creo que debes aceptarlo —dijo Martín.

—He pedido algunos días para responder —repuso San Luis—, y vas a ver mi debilidad: este plazo lo he solicitado, porque no puedo abandonar completamente la esperanza de que Matilde me ame.

—¿Y qué ganas con esto, cuando siempre eres pobre? —preguntó Rivas, que vencía con dificultad las tentaciones que le daban de informar a su amigo de sus sospechas vehementes sobre este punto.

—Es cierto, soy pobre todavía contestó San Luis—; pero si ella me amase, podría tal vez obtener su mano cediendo el arriendo a su padre, lo que para él es una cuestión importantísima. Recomendándome de este modo a sus ojos, él y yo olvidaríamos lo pasado. Matilde sería el lazo de unión entre las dos familias, y yo, con el apoyo de mi tío, emprendería cualquier otro trabajo en compañía con su hijo.

Martín pensó que tal vez su última conversación con Leonor decidiría sobre la suerte de su amigo, pues no podía suponer que las repetidas preguntas que sobre él le había hecho la niña hubiesen sido por mera curiosidad.

—Tienes razón —dijo a San Luis—; pero en lugar de pedir un plazo indeterminado, creo que debes exponer tu plan a tu tío y hablarle con entera franqueza. Así, este asunto se arreglará mejor que esperando indeterminadamente.

Al dar este consejo, se proponía Martín en su interior participar a la hija de don Dámaso lo que acontecía si ella le llamaba de nuevo para hablarle de Rafael.

19

Leonor, para cumplir la promesa que hizo a su prima, se presentó en casa de ésta a las doce del día siguiente.

Matilde la recibió con un abrazo. Una noche de esperanza había dado a su rostro la frescura de la alegría y a sus ojos la viveza que le transmite el corazón cuando late por una expectativa de amor.

—Estamos solas —dijo, haciendo sentarse a Leonor—; mi mamá ha salido. ¡Ya me figuraba que no vendrías!

—Como viste, anoche llamé a Martín para preguntarle nuevas noticias sobre Rafael.

—Y muchas debe haberte dado, porque la conversación fue larga —observó Matilde, risueña.

—Todas las que recibí —dijo Leonor— se resumen en lo que anoche te dije: Rafael te ama.

—¿Cómo lo sabe Martín?

—Él se lo ha dicho, a lo que parece.

—Sí; pero no basta que él lo diga —exclamó Matilde, entristeciéndose —¿Qué puedo hacer yo?

—Tú le amas también.

—Es verdad; pero seguiremos separados.

—Tuya será entonces la culpa.

—¡Mía! ¿,Y qué quieres que haga?

—El caso me parece muy claro. ¿Fue Rafael quien te abandonó?

—No; pero...

—Fuiste tú, ésta es la verdad.

—Bien sabes que no podía desobedecer a mi papá.

—Mas esta disculpa no vale para él —replicó Leonor—. San Luis, arrojado de tu casa, sin recibir noticias de tu parte, tuvo sobrado motivo para creerse olvidado.

—Yo le juré mil veces que jamás le olvidaría.

—Pero ibas a casarte con otro; ¿no era esto desmentir tus juramentos?

—Él debe saber que lo hacía contra mi voluntad.

—Mira, Matilde —dijo Leonor en tono serio—, yo creo que estos juramentos de amor son demasiado sagrados, sobre todo si son hechos a un hombre que tus padres recibían y festejaban. Si él empobreció después, tus juramentos no desaparecían por eso y debiste cumplirlos.

—Ya sabes —contestó Matilde con los ojos llenos de lágrimas— que no tuve fuerza contra la voluntad de mi padre.

—Lo sé —repuso Leonor— y no te hago esta reflexión sino para manifestarte que si realmente amas a San Luis, debes reparar tu falta, puesto que ya sabes que él no te ha olvidado.

—Sí, ¿pero cómo hachero?

—Escríbele —contestó con voz resuelta Leonor.

—¡Ah, no me atrevo! —exclamó Matilde.

—En tal caso, renuncia a su amor, puesto que no quieres dar el primer paso hacia la reconciliación.

Matilde se cubrió el rostro con las manos, prorrumpiendo en llanto.

—Pero, hijita —le dijo Leonor con acento más suave que el que había empleado hasta entonces, y acariciando con cariño a su prima—, te afliges sin razón. Es preciso que alguna vez tengas valor en la vida.

—¡Ah, tú hablas así porque no estás en mi lugar!

—Eso no —repuso con viveza Leonor—: yo tendré energía para cumplir mis juramentos si alguna vez los hago.

—Pero ya que a mí me falta valor, tú podías ayudarme.

—¿Cómo?

—Encargando a Martín de decirle lo que no me atrevo a escribir.

—Es verdad —dijo Leonor, reflexionando . Por las preguntas que yo le he hecho acerca de Rafael y por las confidencias de éste, Martín ya lo sabe todo: pero supongamos que por medio de él hagamos saber á San Luis que le amas todavía, ¿ bastará esto? ¿No es necesario que le des algunas explicaciones para sincerar tu conducta pasada?

—Tienes razón —contestó Matilde con desaliento.

—Es preciso añadió Leonor— que midas bien, antes de dar un paso decisivo, la distancia que le separa de Rafael. Debes pensar que una vez transmitida la noticia por medio de Rivas, San Luis querrá verte, oír de tu boca la justificación de tu conducta, y no podrás negarte a ello a menos de romper con él nuevamente y para siempre, porque tendrá razón para creerse el juguete de una burla.

—Yo le amo y tendré valor para todo si tu me ayudas —exclamó Matilde, secando el llanto que humedecía sus mejillas y estrechando con cariño las manos de Leonor.

—¡Al fin te decides! —dijo ésta—. Con tus vacilaciones me estabas haciendo dudar de la sinceridad de tu amor.

—¡Ah!, créeme, Leonor, le amo sobre todo; he llorado tanto durante este tiempo, que a veces para volverle a ver, a oír de sus labios los juramentos que antes me hacía, me creo con fuerzas de vencer todos mis temores.

—Veamos, pues, lo que se puede hacer —replicó Leonor.

—Me confío a ti, no me abandones —dijo Matilde, besándola con ternura.

—Yo creo que debes verle, ya que no te atreves a escribirle, y para esto Martín, como dijiste, puede servirnos.

—¿Cuál es tu plan?

—Avisarle que en la Alameda puede verse contigo.

—¿Cuándo? —preguntó Matilde, sin poder ocultar la ansiedad que aquella sola idea le causaba.

—Mañana; irás conmigo y Agustín nos acompañará.

—¡Dios mío! —murmuró Matilde, a quien la emoción hacía temblar cual si estuviese ya en presencia de Rafael—, ¡si mi papá llegase a saberlo!

—Yo me hago responsable de todo —contestó Leonor, que parecía animarse a medida que su prima se dejaba vencer por el miedo.

Matilde la abrazó, dándole las gracias entre sollozos que no podía reprimir.

—Nada me deberás, Matilde —repuso Leonor, correspondiéndole sus caricias—, porque, además de mi amor a ti, tengo otro interés al servirte.

—¡Otro interés! —exclamó Matilde, alzando la frente que apoyaba en el seno de su prima.

—Sí, otro interés —repuso ésta—: quiero reparar una falta de mi padre, que fue en gran parte, como tú me has dicho varias veces, la causa de que despidiesen a Rafael de tu casa.

En esta explicación de su interés por Matilde, callaba Leonor una razón tan poderosa para ella como la que acababa de aducir. Si bien era verdad que deseaba reparar el mal causado por su padre, no influía poco en su determinación el deseo de distraerse, para combatir el desconsuelo que su última conversación con Martín había dejado en su alma. Sentía tanto más esta necesidad cuanto que ella misma había provocado aquella conversación, que le dejaba un amargo desengaño al ver escapársele el triunfo que de antemano saboreaba su orgullo. Este era el primer golpe que recibía su amor propio y debía naturalmente, preocuparla y entristecerla. Sin renunciar a vengarse de aquella humillación de su vanidad, experimentó un ardiente deseo de ocuparse de algo, deseo propio de organizaciones vehementes como la suya, para quienes la reflexión y la calma son un martirio. Esa misma vehemencia la impedía considerar las consecuencias que el plan concertado podía tener para la reputación de su prima y para la de ella misma.

—Sabes que en la Alameda nos puede ver cualquier persona conocida y contarlo a mi papá —observó Matilde, tras una breve pausa.

—Es preciso, Matilde —exclamó Leonor, a quien indignaba toda señal de debilidad—, que hagas una resolución formal de adoptar alguno de los partidos que se presentan y que para mí están claramente trazados: renunciar al amor de Rafael, o ponerte con valor en situación que tu padre no pueda obligarte a que aceptes el marido que a él le plazca imponerte. Lo que acabo de aconsejarte fue suponiendo que estabas completamente decidida por Rafael: si no es así, no des paso ninguno; pero olvídale.

—Tal vez esperando se presente la ocasión de...

—Dime, ¿no has esperado más de un año?

—Es cierto.

—Y en todo este tiempo, ¿ha dado San Luis el menor paso para acercarse a ti?

—No, ninguno —contestó Matilde con un hondo suspiro—: por eso creí que me despreciaba.

—Y, sin embargo, te ama; pero parece que su resentimiento, o tal vez el temor, le impide buscarte. Lo que hay de cierto es que nada avanzarás esperando. Él seguirá creyendo que le engañaste y las apariencias justificando su opinión.

—Bien lo conozco; pero temo tanto que mi papá llegue a saber...

—Pues yo, en tu caso, preferiría que lo supiese. Si tu amor es sincero y nunca, como dices, amarás a otro que Rafael, tarde o temprano lo que tanto temes sucederá.

—Yo me había resuelto a sufrir en silencio.

—Pero quisiste saber si San Luis te había olvidado.

—Sí.

—Y me dijiste que darías tu vida por recobrar su amor.

—Es cierto ¡Ah, quisiera tener tu valor!

—Si no lo tienes, renuncia a tu amor, aún es tiempo. Me pediste consejos y apoyo. Yo te he dicho lo que haría en tu situación. Mas, si no posees suficiente energía para vencer tus temores por el hombre que amas, tienes razón: no debes dar ningún paso compromitente, porque la sociedad te despreciara y tú seguirías siendo desgraciada.

—¡Ah!, pero yo no renunciaré al amor de Rafael —exclamó Matilde—; tú tienes razón, he sufrido mucho ya para tener derecho de buscar mi felicidad.

—En ese caso, si tienes valor, sigue adelante. Entre sufrir en silencio y tal vez despreciada, a sufrir después de justificarte, yo prefiero lo último.

—Y yo también —dijo Matilde con resolución.

—Es decir, que hablaré con Martín.

—¿Qué le dirás?

—Que tú amas a Rafael: esto ya debe Rivas haberlo sospechado.

—¿Y qué más?

—Que mañana te pasearás conmigo por la Alameda, cerca de la pila, entre la una y las dos de la tarde. Que él puede encontrarse allí por casualidad y acercarse a nosotras si tú le saludas.

—Bueno —contestó Matilde, reprimiendo el temblor que estremecía todo su cuerpo.

—Para esto es preciso que me vaya pronto —dijo Leonor—, porque debo hablar con Martín antes que salga del escritorio de mi padre pues en la noche puede no presentarse la ocasión de hablarle.

Cuando se despedían las dos niñas, el coche de don Dámaso esperaba ya en la puerta por orden que Leonor había dejado en su casa.

Diéronse un tierno abrazo y despidiéndose hasta la noche, y Leonor subió al carruaje, que partió con velocidad.

20

Mientras Leonor y el recuerdo de Rafael vencían los temores en el corazón de Matilde, don Fidel Elías regresaba a su casa bajo el peso de la noticia que acababa de transmitirle don Simón Arenal sobre el arriendo de la hacienda de "El Roble".

Entró pensativo en el cuarto en que su mujer se entregaba la mayor parte del día a la lectura de sus novelistas y poetas favoritos. En aquel instante leía "El Sueño de Adán" en "El Diablo Mundo", de Espronceda, y oyó la voz de su marido cuando el héroe pide a Salada un caballo como lo pedía Ricardo III para reconquistar su reino. La presencia de don Fidel la sacó de su éxtasis poético para arrastrarla a la prosa de la vida.

—Me dice mi compadre Arenal —principió diciendo don Fidel— que el arriendo de "El Roble" no está nada seguro.

Doña Francisca le miró sin comprender lo que oía. Además estaba desde mucho tiempo acostumbrada a oír y no a dar su opinión en los asuntos que su marido dirigía, por lo cual ella sólo la daba en presencia de otros para manifestar su superioridad intelectual.

—Me acaba de decir don Simón —prosiguió él, creyendo que doña Francisca no le había oído— que don Pedro San Luis ha dicho que tiene que reflexionar antes de comprometerse a prolongar el arriendo de la hacienda.

—Esperemos, pues —contestó ella, deseosa de continuar su lectura.

—Bueno es decirlo —replicó don Fidel—, pero entretanto a mí me interesa mucho el saber una contestación definitiva, porque, si pierdo la hacienda, me puedo arruinar.

—Entonces, busquemos algunos empeños para don Pedro.

—Ya había pensado en ello, pero lo peor es esta maldita política, que me ha privado de su amistad cuando más la necesito.

—Ah, entonces te convences de que yo tenga razón —dijo, animándose, doña Francisca, al ver una oportunidad de desquitarse de las humillaciones a que su marido la condenaba en sociedad.

—Yo sé muy bien lo que hago y no soy niño para que me anden dando consejos —repuso con voz agria don Fidel—. Pero dejemos la hacienda para hablar de otra cosa. ¿Te parece que Agustín se decidirá por Matilde?

—No sé; quién sabe...

—Para contestar eso no se necesita mucha penetración —dijo impaciente don Fidel—. Yo te pregunto, porque un hombre ocupado como yo no tiene tiempo de andarse fijando en esas cosas que son buenas para las mujeres.

—Nada he visto que me haga pensar de otro modo —respondió doña Francisca, tomando con impaciencia el libro que acababa de dejar sobre una mesa.

—Porque siempre estás pensando en libros y en sonseras; mientras que yo sólo me ocupo del bienestar de la familia.

—Pero, ¿cómo quieres que me ocupe de mi parte, cuando crees que nadie puede hacer las cosas como tú?

—Y ésa es la verdad; el hombre ha nacido para dirigir los negocios; pero como yo no tengo tiempo para todo, es preciso que tú trabajes por ese lado. Agustín es un buen partido que no debemos dejar escaparse y yo hablaré con Dámaso sobre este negocio, puesto que yo debo hacerlo todo en esta casa.

Doña Francisca abrió el libro y aparentó estar leyendo. Don Fidel tomó su sombrero y salió persuadido de que sólo él era capaz de dirigir de frente varios negocios a un tiempo, porque él calificaba entre los negocios, como la generalidad de los padres, el establecimiento de una hija.

Doña Francisca le vio salir sin extrañarse, porque se hallaba acostumbrada a terminar de este modo sus conversaciones con su marido.

Volvió después a "El Sueño de Adán" deplorando la falta de poesía del hombre con quien se hallaba unida por los lazos indisolubles, y esta idea la hizo suspender la lectura para tornar su memoria a Jorge Sand, con quien se comparaba por su aversión a la coyuntura matrimonial.

El coche de don Dámaso, entretanto, llevó a Leonor con gran velocidad a su casa a pesar del malísimo empedrado de nuestras calles, que sólo ahora ha llamado la atención de la autoridad local.

Leonor atravesó con paso ligero el patio de su casa y llegó a la puerta del cuarto-escritorio de su padre.

En el tránsito de la casa de don Fidel a la suya había pensado ya el modo de desempeñar su comisión acerca de Martín. Su carácter le aconsejó una entera franqueza en este asunto. Así fue que, después de asegurarse de que Rivas estaba solo, entró en la pieza y se aproximó al escritorio en que aquél trabajaba.

Al verla, Martín se puso de pie. Su corazón latió con violencia y el color desapareció instantáneamente de sus mejillas.

—Siéntese usted —le dijo Leonor con cierto tono de superioridad.

—Permítame, señorita, permanecer de pie —contestó el joven, viendo que Leonor apoyaba una mano sobre la mesa y se quedaba inmóvil.

—Vengo con el mismo objeto de que antes le he hablado —repuso Leonor, acentuando estas palabras, cual si quisiera evitar a Rivas cualquier otra explicación de aquel paso.

—Estoy a sus órdenes, señorita —respondió Martín, con el acento de orgullosa modestia que había llamado antes la atención de la niña.

—Se trata de su amigo San Luis, de cuyas confidencias me habló usted anoche. El nombró a usted, por supuesto, la persona que ama.

—Es la señorita Matilde Elías, prima de usted.

—Rafael, según me dijo usted, la ama todavía.

—Es verdad.

—¿Cree usted que se alegrara de saber que Matilde le ha correspondido siempre?

—Creo que esta noticia le volvería la felicidad, señorita.

—Pues bien, usted puede decírselo: una nueva como ésta se recibe de un amigo con doble alegría, según me parece.

—Tendré un placer infinito en dársela —dijo Martín.

La sinceridad con que el joven pronunció aquellas palabras hizo conocer a Leonor que Rivas poseía un corazón capaz de abrigar una amistad verdadera. Esta observación templó un tanto el encono con que creía deber mirarle desde la noche anterior.

Parece que de vuelta a su casa Leonor había cambiado un tanto acerca del plan combinado con su prima, porque hizo ademán de retirarse.

—Una palabra, señorita —dijo Martín—; Rafael se ha creído engañado; ¿creerá ahora lo que voy a decirle'?

—No sé, y me parece que si le interesa, él puede buscar los medios de averiguar la verdad.

Leonor salió tras estas palabras, y Rivas dejó caer su frente entre las manos, que apoyó sobre la mesa que tenía delante.

"Está visto —se dijo con amargo desconsuelo—: me considera un poco más que a un criado; pero mucho menos que los jóvenes que la visitan."

La amargura de aquella reflexión nacía del imperioso acento con que Leonor acababa de hablarle y de la profunda tranquilidad que ella manifestaba en presencia de su turbación.

Continuó Rivas preocupado con estas ideas, hasta que dio fin a su trabajo de aquel día y se retiró a su cuarto. De allí salió pocos momentos después en dirección a la casa de San Luis.

—Nunca podrás —dijo a Rafael, que le recibió con cariño —darme en tu vida una noticia como la que te traigo.

—¡Una noticia! —exclamó Rafael con un presentimiento vago de la realidad—; habla, ¿qué hay?.

—Matilde te ama.

Rafael miró a su amigo con tristeza.

—Mira, Martín —le dijo—, no te chancees con lo que para mí hay de más serio en la vida. Me sometes en este momento a una horrible tortura, porque, sin creerte lo que con tan poca ceremonia me dices, me figuro, no obstante, que hay algo de cierto en ello.

—Es muy verdadero —replicó Rivas; respeto demasiado tu dolor para engañarte; óyeme.

Refirió entonces a San Luis sus distintas conversaciones con Leonor, y terminó por la que acababa de tener lugar.

Rafael le estrechó entre sus brazos con una alegría imposible de descubrirse.

—Me traes más que la felicidad —le dijo—: me traes la vida.

Principió a pasearse por la pieza, hablando de sus recuerdos y de sus esperanzas con una verbosidad increíble. Al cabo de un cuarto de hora, Martín conocía con sus pormenores todas las escenas de aquel amor puro y ardiente que había llenado la vida de su amigo, y envidiaba su felicidad.

—Me olvidaba de ti, mi buen Martín —le dijo Rafael, sentándose a su lado—; ¿y tus amores?

—No tienen historia —contestó Rivas—; su pasado, su presente y su porvenir no encierran más que desconsuelo. Es una locura de la que debo curarme, como me has aconsejado varias veces. Ya lo ves: ella me considera bueno para darte a conocer tu felicidad.

—Vamos, ten buen ánimo; Leonor tal vez te amará algún día. El interés que demuestra por su prima prueba que tiene un corazón noble y podrá comprenderte. Esto me reconcilia con ella y hasta con su padre, a quien perdono el mal que me ha hecho.

—No te vayas —le dijo San Luis—. Acompáñame a comer: comeremos con mi tía. Ella se alegrará tanto como yo de lo que sucede. Además, tengo necesidad de hablar aún contigo; las últimas palabras que dijo Leonor me hacen pensar ahora, porque es preciso que yo vea a Matilde, que hable con ella. ¿Me dices que Leonor te contestó?...

—Que a ti te interesaba averiguar la verdad.

—¡Ya lo ves! Debo buscar un medio para ver a Matilde. A ver, tú eres ingenioso: ¿qué harías en mi lugar?

—Le escribiría: esto me parece muy natural.

—Las cartas me fastidian; yo quiero oír su voz, quiero decirle que la amo más que nunca. Vamos, piensa en algo mejor que eso. Las cartas de amor, o son frías o son ridículas por afectación. Además, una carta suya bastaría por una vez: pero es preciso que yo la vea.

—En una carta puedes pedirle una entrevista.

—Pero, ¿en dónde ?

—Ella tal vez resuelva ese problema.

—Bueno, le escribiré.

Llamaron a comer. Rafael contó a su tía, antes de entrar al comedor, la noticia que Martín le había traído y comunicó su alegría a la señora. En la mesa, San Luis despidió al criado y le dijo a su tía:

—Es preciso que usted hable con mi tío Pedro y le refiera lo que sucede. ¡Ah, yo tuve una inspiración feliz cuando le pedí algunos días para reflexionar sobre el negocio que me propuso!

—¿Y qué le diré sobre esto'? —preguntó doña Clara.

—Le dirá que este es un medio excelente de obtener el consentimiento de don Fidel: yo le cedo el arriendo de "El Roble" si mi tío me quiere hacer este servicio, y con esto nos reconciliamos. Si él lo exige para darme la mano de Matilde, estudiaré hasta recibirme de abogado, o si lo prefiere, trabajaré en el campo con el apoyo de mi tío. Usted, por supuesto, sabrá convencerle: mi tío nos quiere y es generoso. Yo no dudo de que él me haga este servicio.

Después de comer, Martín se despidió de la señora y de Rafael y llegó a casa de don Dámaso cuando la familia de éste salía del comedor. Al subir la escala que conducía a su habitación, oyó el sonido del piano que Leonor tocaba orgullosamente a su padre a esta hora.

Leonor esperaba ver a Martín en la mesa para continuar con él el plan de desdeñosa indiferencia por medio del cual quería vengarse de las palabras con que pensaba que Rivas había humillado su amor propio. Con la ausencia del joven, se figuró que habría ido a casa de San Luis y le pareció indudable que asistiría en la noche a la tertulia. Esta idea la ponía alegre, porque esperaba hacer arrepentirse a Rivas en la noche de sus palabras de la anterior.



21

En aquel mismo instante entraba Agustín Encina al cuarto de Rivas. El elegante había estrechado su amistad con Martín desde la noche en que le vio en casa de doña Bernarda.

Un principio de egoísmo, que dirige la mayor parte de las acciones humanas, imperaba en el ánimo de Agustín al buscar la amistad de Rivas, a quien miraba con el desprecio del elegante santiaguino por el que viste mala ropa.

"Martín podrá acompañarme a casa de los Molina y servirme mucho", se decía Agustín.

Esta idea le indujo a vencer su orgullo de poderoso hasta tratar a Rivas con cierta familiaridad.

La expresión de servirme mucho, que Agustín había empleado al acercarse a Martín, necesita explicarse desde el punto de vista social en que Encina la usaba al formular su reflexión.

Un joven visita una casa. El amor, esta estrella que guía los pasos de la juventud, le ha dirigido allí. La falta de animación que se nota en nuestras tertulias anuda la voz en la garganta del que tiene que confiar a los ojos la frase amorosa que el temor de ser oída por los profanos le impide pronunciar.

Pero el amor lleva el sello de la humanidad que le rinde su culto: tiene que desarrollarse y progresa. Las miradas que bastan para alimentar lo que Stendhal llama "admiración simple" no alcanzan a satisfacer las exigencias del corazón, que llega pronto a lo que el mismo autor distingue con el nombre de "admiración tierna". Es preciso entonces oír la voz de la mujer querida y confiarle también las dulces cuitas del alma enamorada. Mas la conversación es general o fría en la tertulia, y no es fácil dirigir en privado la palabra a una de las niñas.

Entonces busca un amigo.

Este puede entretener a mamá con una charla más o menos insípida, o a las hermanas, que siempre tienen el oído más listo que la madre.

Y el enamorado puede entonces desarrollar a mansalva su elocuencia de frases cortadas y de suspensivos.

En este sentido pensó Agustín que Rivas podría servirle mucho en casa de doña Bernarda, en la que la vigilancia de la madre era tanto mayor, a pesar de su afición al juego, cuanto era también mayor el peligro de la situación, siendo el galán de su hija un mozo de familia acaudalada.

Agustín entró en el cuarto de Rivas entonando el estribillo de una canción francesa.

—¿Usted no ha vuelto a rendir visita a las Molina? —dijo a Martín ofreciéndole un hermoso cigarro puro.

—No, no he vuelto —contestó Martín

—¿Qué no piensa usted retornar a la casa?

—Nada había pensado sobre esto.

—Son excelentes muchachas.

—Así me han parecido.

—Yo pienso ir esta noche a verlas. ¿Quiere usted acompañarme?

—Con mucho gusto.

—¿Qué le ha parecido Adelaida?

—Bastante bien, pero no tanto como a usted —dijo Martín, sonriéndose.

—¿Le han dicho a usted que estoy enamorado de ella? —preguntó Agustín.

—Lo he conocido a primera vista.

—Pues, hombre, es verdad; no hay ninguna niña de nuestros salones que me guste tanto como Adelaida.

—Malo —dijo Rivas.

—¿Por qué?

—Porque ese amor puede convertirse en pasión y hacerle cometer alguna locura.

—¿Qué llama usted locura? En París todos tienen esta clase de amores

—Llamo locura, por ejemplo, que usted llegase a querer casarse con ella.

—¡Bah, querido; usted no conoce el mundo! Todas estas chicas saben que un joven como yo no se casa con ellas.

Martín hizo todas las reflexiones morales que le vinieron a la imaginación para combatir los principios parisienses del elegante, quien se contentó con decirle que no conocía el mundo.

—Lo que hay de cierto es que yo la amo —dijo Agustín, para terminar la amonestación de Rivas—, y que solo o acompañado por usted seguiré visitándola. Sentiré, sí, que usted no me acompañe.

—Si usted quiere le acompañaré —respondió Martín.

Rivas dio esta respuesta recordando la pintura que San Luis había hecho del carácter de Adelaida y de sus aspiraciones a casarse con algún hombre rico.

—Eso es, hombre —contestó Agustín, contento de la respuesta—; es preciso ser complaciente con los amigos. Además, es necesario divertirse en algo, porque esta vida de Santiago es tan insípida. Conque ¿es convenido? Me voy a vestir y lo encuentro a usted listo dentro de media hora.

—Bueno, estaré pronto —contestó Martín, pensando también que él tenía necesidad de distraer de algún modo su tristeza.

Martín hizo la siguiente reflexión después de la salida del hijo de don Dámaso:

"Cada vez siento aumentar mi pasión a medida que la esperanza de ser amado se aleja. ¿No es mejor, como Rafael y Agustín, apagar en un amor fácil la sed del alma, que devora la tranquilidad del espíritu?"

Esta idea se revolvía en su imaginación mientras él se preparaba para la visita que debía hacer con Agustín. La tendencia del amor a curar sus pesares con el principio de los semejantes despertaba en él su orgullo, humillado ante la altanera majestad de Leonor.

La vuelta de Agustín le sacó de su meditación. Venía vestido con una elegancia irreprochable.

En el camino tomó luego la palabra para hablar de sus amores, hasta que llegaron a casa de doña Bernarda.

En ese momento, Leonor se había sentado al piano y tocaba con entusiasmo. Hallábase contenta de haber manifestado a Rivas que podía encontrarse con él sin conmoverse y deseaba su llegada para aterrarle con su desdén. No podía olvidar las palabras del joven al confesarle su propósito de no amar. ¿No era éste un reto insolente arrojado a su hermosura y que nadie hasta entonces se había atrevido a hacerle?

Cansada de tocar se retiró del piano, y fue a sentarse pensativa en un sofá.

Cada ruido de pasos que se oía en el patio hacía latir con violencia su corazón; así es que recibía con un frío saludo a las personas que llagaban. La ausencia de su prima vino a aumentar la duración de aquella larga noche, en la que esperaba explicarle sus razones por no haber descubierto a Rivas todo el plan acordado en el día.

Perdida la esperanza de ver llegar a Martín, su irritación se aumentó con aquel ligero incidente que la privaba del placer de una victoria. Parecíale que Rivas cometa una falta imperdonable no presentándose a recibir la insultante indiferencia con que se preparaba hacerle conocer el desprecio que la había inspirado su propósito de no amar.

Leonor creía de buena fe en aquel instante que ese propósito era usurpado contra los fueros de su belleza que todos debían admirar.

Don Dámaso, por su parte, sin preocuparse de la impaciencia de su hija ni del sueño en que doña Engracia había caído, con Diamela en las faldas, se sostuvo durante toda la noche en abierta oposición al ministerio, contra don Fidel y don Simón, que le atacaron vigorosamente.

Al llegar don Fidel a su casa, en donde Matilde, pretextando un fuerte dolor de cabeza, había quedado con doña Francisca, encontró sola a su mujer y entregada a la lectura de Jorge Sand.

Don Fidel, después de argumentar en contra de la oposición delante de su compadre y fiador, se preguntaba, al volver a su casa, si pasándose a la oposición podría obtener la prórroga del arriendo de "El Roble".

En presencia de doña Francisca siguió en voz alta sus reflexiones, que, girando en torno de las probabilidades que el caso presentaba, tomaron la forma que indican las siguientes palabras:

—La cosa sería acertar el golpe, porque si ahora me paso a la oposición, pierdo la fianza de mi compadre, que, como ya se encuentra figurando entre la gente decente, se echará para atrás conmigo. ¡Maldita política!

Doña Francisca, que bajo la impresión de su lectura se hallaba en disposición de reducirlo todo a teorías, exclamo para formular una:

—Mira, hijo: la política, como dice no sé qué autor, es un círculo inflamado que...

—Qué círculo, mujer, ni qué autor —replicó impaciente don Fidel—; si don Pedro me firmase un nuevo arriendo de "El Roble" Yo me reiría de todo el mundo.

Doña Francisca se contentó con levantar los ojos, como poniendo al cielo por testigo del prosaico corazón a que había unido el suyo.

22

Rivas y Agustín entraron en casa de doña Bernarda en circunstancias que la señora preparaba la mesa de juego y llamaba a dos amigos de Amador que con éste y el oficial de policía rodeaban a las niñas.

—Vaya, hijitos decía doña Bernarda—, no estén hablando sonseras y vengan a echar un manito.

Los dos amigos de Amador acudieron al llamado de la dueña de la casa, que recibió a los que llegaban en ese momento con el naipe en la mano.

Doña Bernarda quiso adelantarse a recibirles.

—No se incomode usted, señora, por nosotros —le dijo Agustín—, continúe siempre.

—No, hijito; no es incomodidad —contestóle doña Bernarda.

—Quiero decir a usted que no se moleste —replicó el joven Encina con graciosa sonrisa.

—¡Ah!, si no le había entendido al francesito de agua dulce exclamó con alegre carcajada doña Bernarda—. ¿Quieren ustedes echar un manito?

—Más tarde, señora —contestó Agustín—; vamos a saludar a estas señoritas.

Las niñas que se hallaban en la pieza vecina, fueron llamadas por su madre.

—Traigan la vela para acá —les dijo, y estaremos todos juntos.

Adelaida y Edelmira obedecieron aquella orden, y el oficial de policía les siguió con la palmatoria.

—Así me gustan los militares subordinados —fueron las palabras con que doña Bernarda alabó la galantería de Ricardo Castaños, que colocó la palmatoria sobre una mesa y se sentó al lado de Edelmira.

Agustín vio que en aquella pieza era difícil sostener una conversación animada con Adelaida sin ser oído, y empezó a hacer alabanzas del canto de Amador.

—¡Oh, yo soy loco por el canto! —dijo el joven Molina, que tomó inmediatamente la guitarra.

—¿Qué tonada le gusta más? —preguntó éste.

—La que usted ame más; todas me placen —contestó Agustín.

Amador afino la guitarra, mientras que Agustín entablaba su conversación, y entonó luego algunos versos, acompañándose con la música monótona de nuestras antiguas tonadas:

Yo no pienso matar
Por quien por mí no se muere;
Querer a quien me quisiere
y al que no me quiera, ¡andar!

Agustín, aprovechándose del ruido, decía con apasionado acento a Adelaida.

—Yo necesito una prueba de su amor.

—¡Y usted qué prueba me da? —preguntó ella.

—¿Yo? La que usted demande

—Si usted me quisiese, como dice —replicó la niña—, se contentaría con mi palabra y no me pediría más pruebas.

—Es que nunca puedo hablar con usted con libertad —repuso Agustín— y por eso insisto en lo que pedía la otra noche.

—¿La otra noche? ¿Qué cosa? No me acuerdo.

—Una cita.

—¡Ay, por Dios! Eso es mucho pedir.

—¿Por qué? —preguntó Agustín, con la más rendida entonación de voz.

—Si le doy una cita, ¿quién puede perder en ella? Soy yo, ¿no es verdad?

—No me cree usted bastante caballero?

—Al contrario; demasiado.

—¿Y por qué demasiado?

—Porque nunca se casaría conmigo —diga la verdad.

Adelaida al decir estas palabras, fijó en el joven una mirada penetrante. Era la primera vez que entraba en discusión tan franca con Agustín.

Este, confundido con semejante pregunta, vaciló un momento, pero, recurriendo a la elástica moral, cuyas teorías había desarrollado a Rivas en la tarde, respondió:

—Si, ¿por qué lo duda?

Adelaida leyó en la vacilación la falsía de la respuesta, mas no dio señales de disgusto. Fingiendo, por el contrario, haber creído en ella, volvió a preguntar:

—¿No me engaña usted?; ¿me lo jura?

Agustín, lanzado en el campo de la mentira, no titubeó para responder al instante:

—Sí, se lo juro.

Y la ligereza con que lo dijo sirvió a Adelaida para confirmar la opinión que en la anterior respuesta le acababa de dar la incertidumbre del joven.

—¡Ah, si usted no mintiera! —exclamó con un acento de pasión que Agustín creyó sincero.

—Juro a usted que no miento —respondió el joven—; concédame usted la cita y hablaremos.

En este momento concluía la tonada de Amador, y Adelaida dijo con voz breve:

—Mañana a las doce de la noche; la puerta de calle estará abierta.

Agustín dio casi un salto sobre su silla; la alegría iluminó su rostro haciendo centellear sus ojos.

—Me rinde usted el más feliz de los mortales —exclamó apagando el sonido de su voz, que se confundió con las últimas vibraciones del canto.

—Retírese usted, porque mi madre nos mira —le dijo entre dientes Adelaida.

El elegante se dirigió a la mesa de juego, prodigando al mismo tiempo sus cumplidos a Amador por la tonada que no había escuchado.

—A ver, francesito —le dijo doña Bernarda, que tallaba al monte—, haga una parada a la sota.

Martín, entretanto, había permanecido solo en su asiento. Por una propiedad común a los verdaderos enamorados hallábase aislado en medio de las personas que le rodeaban y al compás de las notas de la tonada de Amador, él cantaba su amor sin esperanzas, en versos incoherentes, que sólo resonaban en su imaginación.

Cuando terminó el canto, sus ojos y los de Edelmira se encontraron.

La idea de buscar su consuelo en otro amor hirió de nuevo su mente En la mirada de Edelmira había una tristeza que cuadraba con la que a él le afligía.

En ese instante, Amador llamó al oficial para que le diese su voto sobre una mistela hecha en la casa, y Ricardo Castaños no pudo negarse a tan honorífica consulta. Rivas aprovechó aquella circunstancia para sentarse al lado de Edelmira.

—No esperaba verlo tan pronto por aquí —le dijo la niña.

—¿Por qué? —preguntó Martín.

—Porque la otra noche creo que no se divirtió usted mucho.

—Pero hablé algunos momentos con usted y ellos bastaron para darme deseos de volver.

Rivas dijo estas palabras para probar cómo serían recibidas, dominado por su idea de buscar un consuelo en un nuevo amor.

Edelmira le miró con aire de sorpresa y de sentimiento.

—¿Es usted como todos? —le preguntó.

—¿Por qué me hace usted esa pregunta?

—Porque me figuré que usted era distinto de los demás.

Rivas ignoraba la significación que dan generalmente las mujeres a frases como la última de Edelmira.

No pensó en que la admiración con que ella recibió su cumplimiento y lo que acababa de decirle podían perfectamente interpretarse como de feliz agüero para los nuevos amores a que aspiraba.

—¿Cómo me ha considerado usted entonces? —le preguntó.

—Sincero en sus palabras —contestó Edelmira—, e incapaz de jugar con cosas serias.

Aquella apelación sencilla a su honradez tuvo para el alma delicada y noble de Martín toda la fuerza de un amargo reproche. Vio al instante que iba a tomar un camino indigno de un hombre honrado, y la historia de Rafael trajo elocuentes a su memoria los remordimientos que su amigo le pintara en conversaciones posteriores a su primera confidencia.

—No crea —dijo— que haya mentido cuando le dije que el recuerdo de la conversación que tuve con usted me daba deseos de volver, es la verdad. El modo como usted me pintó el pesar que le causaba su posición en el mundo me inspiró una viva simpatía, porque encontré cierta analogía con mi propia situación.

—Me gusta más que usted me hable de este modo —repuso Edelmira— que como usted había principiado.

—Lo que acabo de decirle es sincero —replicó Martín.

—Sí, lo creo, y me gustaría mucho si usted, algún día, tiene bastante confianza en mí para hablarme con la franqueza que yo lo hice la otra noche.

—Ya he principiado, puesto que le digo que encuentro analogía entre mi situación y la de usted.

Continuaron de este modo su conversación durante largo rato. Edelmira había encontrado en Martín el tipo del héroe que las mujeres aficionadas a la lectura de novelas se forjan en la juventud, y cedía a un temor muy natural cuando no quería oír de su boca los galanteos que oía diariamente de Ricardo Castaños y de los demás jóvenes que frecuentaban su casa. Hallaba una grata satisfacción en penetrar en el alma de Rivas por medio de la expansión de la amistad, recurso de que instintivamente hacen uso las almas sentimentales que tienen horror innato a las formas estudiadas del lenguaje amoroso.

Martín, que había ya condenado en su conciencia la idea de inspirar un amor al que no podía corresponder, halló por su parte mucha dulzura en la amistad romántica que le ofrecía Edelmira. En poco rato su simpatía por aquella niña ocupó un lugar considerable en su corazón.

Hallaba en ella una sensibilidad exquisita unida a un profundo desprecio a las gentes que se creían con derecho a su amor, cuando eran incapaces de comprender la delicadeza de sus sentimientos. En su desconsuelo había cierto perfume de poesía, que rara vez deja de encontrar un eco amigo en el corazón de un joven moralmente bien organizado; así fue que Martín, cautivado por la sensibilidad que descubría en Edelmira, llegó a un punto de su conversación en que dijo estas palabras:

—Le confesaré la verdad: amo y sin esperanza.

Esta franca confesión, con la que Rivas se ponía en la imposibilidad de dejarse tentar de nuevo por la idea de buscar un consuelo en el amor de Edelmira, oprimió dolorosamente el corazón de la niña. Parecióle que le arrancaban una esperanza, que su conversación con Martín íbase revistiendo de formas precisas. Al mismo tiempo, esas palabras despertaron en su pecho lo que una media confidencia no deja nunca de despertar en una mujer: la curiosidad.

—¿Será una señorita rica y bonita? —preguntó.

—¡Es bellísima! —dijo Martín, con un entusiasmo que no procuro en disimular.

Esta contestación produjo una pausa, que fue interrumpida por Amador y el oficial, que entraron declarando que la mistela era de primera calidad.

Martín se levantó de la silla.

—Espero que usted no dejará de venir a verme —le dijo Edelmira.

—Teniendo ya una amiga como usted —contestó Rivas—, no necesitaré buscar compañero.

Todos rodearon en ese momento la mesa de juego y Amador tomó el naipe que dejaba doña Bernarda, contenta con haber ganado cien pesos.

El que perdía la mayor parte era Agustín Encina, que, entusiasmado con el buen éxito de sus amores, desafiaba a todos los circunstantes al juego, después de haber perdido, para manifestar delante de Adelaida su desprendimiento del dinero.

Amador hizo traer una botella de la nueva mistela para fomentar la animación de Agustín y las libaciones corrieron parejas con las apuestas.

Sin duda el hijo de doña Bernarda conocía alguno de los métodos con que cierta clase de jugadores se apoderan del dinero de los demás, con más cortesía pero no más honradez que los salteadores de camino, porque parecía haber avasallado a la fortuna ganando cada vez cantidades que al cabo de un cuarto de hora había agotado el dinero de Agustín.

—Juego sobre mi palabra —exclamó éste, apurando una copita de mistela, cuando se encontró sin plata.

—Como usted guste —contestó Amador—, pero yo abandonaría el partido en su lugar.

—¿Por qué? —preguntó el joven Encina.

—Porque está de mala suerte.

—Yo la compondré —contestó con orgullo el elegante, que miraba con desprecio a tan pobres adversarios.

Amador y otro de los que rodeaban la mesa cambiaron una mirada significativa.

—¿Cuánto apuestas? —preguntó el hijo de doña Bernarda, sacando las cartas.

—Seis onzas al siete de oros —dijo Agustín.

Al cabo de una hora había perdido mil pesos, que en media hora más se doblaron. Martín intervino entonces, y puso término al juego.

—Traiga usted papel y le firmaré un documento —dijo Agustín a Amador.

El documento fue otorgado por dos mil pesos. Agustín lo habría firmado por cuatro, porque en aquel instante recibía de Adelaida una mirada de amorosa admiración.

Al salir de casa de doña Bernarda, el joven Encina, entusiasmado con su conquista y con los vapores de la mistela, contaba, en su jerga peculiar, a Martín, la manera irresistible que había empleado para seducir el corazón de Adelaida.

Después de la salida de las visitas, quedaron en la pieza, al lado de la mesa de juego, doña Bernarda, Adelaida y Amador.

Edelmira se retiró después de oír de boca de su madre algunas amonestaciones sobre la necesidad en que está toda muchacha de buscarse un buen marido.

Cuando Amador se vio solo con su madre y su hermana mayor cerró la puerta por la cual acababa de pasar Edelmira.

—¿Qué hubo? —preguntó después de esto, dirigiéndose a Adelaida.

—Para mañana en la noche —contestó ella.

—¡Ah!, ¡ah! —exclamó doña Bernarda—, ¿el francés de agua dulce pidió una cita?

—No es la primera vez —dijo Adelaida.

—Estos ricos —repuso Amador— quieren andar engañando muchachas; éste la pagará caro.

—Entonces, mañana traes a tu amigo —añadió doña Bernarda.

—Le juro, pues —respondió Amador.

—¿Y si no quiere? —preguntó la madre.

—No le dé cuidado, mamita —contestó Amador, tomando una vela para retirarse.

Luego añadió acercándose a ella.

—No se le olvide no más lo que le dijimos.

—¿Que soy tonta para que se me vaya a olvidar? —contestó ella—; verís si yo sé hacer las cosas.

En el momento en que Amador se retiraba, se oyó un ligero ruido tras la puerta que éste había cerrado al principiar aquella conversación.

—Será la tonta de Edelmira que estará oyendo —exclamó doña Bernarda.

—¿Qué importa que nos oiga? —dijo Amador—; mañana ha de saber lo que pase.

La madre pareció satisfecha con la respuesta, y dio las buena noches a sus hijos.

23

Rafael San Luis había pasado con tanta prontitud del profundo abatimiento en que vivía a la felicidad, que después de despedirse de Martín le parecía un sueño la inesperada noticia que acababa de traerle su amigo. Su primer cuidado fue el de enviar a su tía para enterar a don Pedro de sus nuevos proyectos sobre la hacienda de "El Roble", con cuyo arriendo esperaba vencer las dificultades que le separaban de Matilde, ganándose la voluntad de don Fidel Elías.

Cuando se vio en su cuarto, rodeado de sus muebles, testigos de su constante dolor cubrió de besos el retrato que guardaba de su querida y volvió la memoria hacia los pasados tiempos de su dicha, no sin una triste impresión al recordar las acciones de su vida desde que la suerte le había separado de Matilde. El remordimiento de haber sacrificado el honor de Adelaida Molina al consuelo de sus penas habló entonces más alto en su conciencia que en los días anteriores. La felicidad le volvió hacia la virtud así como la desesperación le hiciera quebrantar sus leyes. Sintió con vergüenza que no iría puro como antes, a jurar amor a los pies de la que inmaculados le guardaba su corazón y su fe. Aquella fue la primera idea que vino a enturbiar la onda cristalina de su alegría y también la que le sacó de la contemplación en que se hallaba sumergido, para hacerle sentir la necesidad de mayores emociones que le distrajesen de su enojoso recuerdo.

Ver a Matilde y oír de su boca las tiernas protestas de su amor santamente conservado, fue lo que al momento ocupó su imaginación. Recordó con esto que la última frase de Leonor, que Rivas le había transmitido, le abría el camino para buscar los medios de llegar hasta Matilde. Sentóse a su mesa y principió a escribir con un ardor febril. Al cabo de una hora había roto dos cartas y escribía la siguiente, que fue la única que satisfizo su impaciencia:

Un amigo me acaba de decir que usted me ama todavía. No puedo pintarle la felicidad que esta noticia me trae de repente; sería preciso que usted me oyese, porque una carta no bastaría para contener la historia de los pesares que la nueva esperanza desvanece. Si es verdad que usted me conserva ese amor, que ha sido hasta hoy mi única dicha y mi único pensamiento querido, déjeme oírlo de su voz. Esta súplica se la haría de rodilla si usted pudiese verme, porque si usted la desoye, creeré que me han engañado, y volver a mi largo y desconsuelo sería horrible para mí.

San Luis se contentó con esta carta porque era la única que se hallaba en armonía con la agitación de su espíritu. Las largas frases de amor que había confiado a las dos primeras le parecieron muy frías para pintar el estado de su alma bajo la violenta emoción que le agitaba. Después de cerrarla, se dirigió a casa de don Fidel. Al llegar al umbral de aquella puerta que había atravesado por última vez con el corazón despedazado, temblaba como en la proximidad de un inmenso peligro.

Para entregar su carta no había imaginado otro medio que el inventado tal vez desde el origen de la escritura. La hora favorecía sus intenciones, porque la noche había llegado ya y el mal alumbrado de las calles le permitía acercarse a la casa sin temor de ser conocido. En el cuarto del zaguán preguntó por una criada antigua de doña Francisca, que había conocido durante sus visitas. Cuatro reales bastaron para que el criado que ocupaba la pieza del zaguán se prestase a llamar a la persona por quien Rafael preguntaba, y diez minutos después la carta se hallaba en manos de Matilde.

Llegada la hora en que don Fidel asistía con doña Francisca y su hija a casa de su cuñado, Matilde fingió un dolor de cabeza para quedarse, temiendo que en la tertulia de don Dámaso alguien pudiese leer en su semblante la turbación en que se hallaba después de leer la carta de San Luis.

A las ocho de la mañana del siguiente día, Leonor salía de una iglesia envuelta en su mantón y acompañada por un sirviente.

De la iglesia se dirigió a casa de su prima, que la recibió en la misma pieza en que habían estado el día anterior.

—¿Estás realmente enferma, como anoche me dijeron? —preguntó a Matilde, en cuyo rostro se veía la palidez que deja ordinariamente una noche de insomnio.

—Mira esta carta —fue la contestación de Matilde, que puso en manos de su prima la que Rafael le había dirigido.

—¿Y tu mamá? —preguntó Leonor, sentándose y sin mirar la carta.

—Está durmiendo.

Leonor echó hacia atrás el mantón que cubría su frente y empezó a leer. Después de terminar, alzó los ojos sobre su prima. Esta permanecía de pie, frente a ella, y en la actitud de un culpable delante del Juez.

—No habrás comprendido —le dijo Leonor— cómo San Luis te pide una entrevista después de nuestra conversación de ayer.

Matilde, en su turbación, no se había fijado en aquella circunstancia, y sólo entonces recordó que en su convenio con Leonor habían resuelto citar a Rafael para ese día.

—Es cierto —contestó.

—Al irme de aquí —repuso Leonor— cambié de plan. Me pareció más natural decir sólo la mitad de él y dejar que San Luis pidiese la cita. Esta carta manifiesta que no me engañé. ¿Has contestado?

—No, esperaba verte para hacerlo.

—¿Has cambiado de resolución desde anoche?

—Tampoco —dijo Matilde—. Es verdad que tengo miedo, pero me venceré. Ahora que Rafael me ha escrito, es imposible cambiar de determinación, porque si me negase creería que no le amo.

—Tienes razón. De modo que le contestarás ahora.

—¿Qué le diré?

—Lisa y llanamente lo que ayer convinimos. Es temprano y tu contestación llegará a tiempo. No olvides que es para las dos a más tardar. Yo estaré aquí con Agustín a la una.

Después de la salida de su prima, Matilde contestó en los términos que acababa de recomendarle, y envió su carta por el mismo conducto que había recibido la de Rafael.

Leonor llegó pronto a su casa y se dirigió a las piezas que ocupaba su hermano, a una de cuyas puertas dio tres ligeros golpes.

La voz de Agustín preguntó del interior:

—¿Quién es?

—¿No estás en pie? —preguntó Leonor.

—Entra, hermanita —dijo a la niña—. ¿Qué es esto tan de mañana? ¿Vienes de la iglesia?

Leonor dio una respuesta afirmativa a la última pregunta y se sentó en una poltrona de tafilete verde que le presentó el elegante.

—Y tú, ¿cómo estás tan temprano de pie? —preguntó la niña quitándose el mantón.

Agustín había pasado mala noche con la felicidad, que a veces desvela tanto como el pesar.

—No sé —dijo—, desperté temprano.

—Anoche te recogiste tarde.

—Sí, me entretuve por ahí —contestó Agustín, que veía con placer una ocasión de recordar su visita de la noche anterior.

—¿Dónde estuviste? —preguntó Leonor, con aire de distracción.

—En casa de unas niñas.

—¿Había muchos jóvenes?

—Algunos; yo estuve con Martín.

—¡Con Martín! —dijo Leonor, admirada—. ¿En casa de qué niñas?

—¡Ah!, hermanita, eres muy curiosa; se cuenta el milagro sin nombrar el santo.

—No sabía que a nuestro alojado le gustase visitar —dijo Leonor jugando con el libro de misa que tenía entre las manos.

—Como a todo hijo de vecino.

—¿Son bonitas las niñas?

—¡Oh, encantadoras!

El entusiasmo de esta respuesta produjo en Leonor una extraña sensación.

—¿Las conozco yo? —preguntó con curiosidad.

—No sé... puede ser.

Agustín dio esta contestación porque, si bien se hallaba con deseos de contar que era amado, no quería, por otra parte, hacer sospechar a su hermana la baja esfera social en que había ido a buscar sus conquistas amorosas.

—De esas niñas —dijo Leonor—, alguna debe gustarte.

—La más bonita —contestó Agustín con orgullo

—¿Y ella te quiere?

—No faltan pruebas para creerlo.

Leonor había hecho las preguntas anteriores para no llamar la atención de su hermano sobre ésta otra.

—Martín... ¿hace la corte a alguna de ellas?

—No sé precisamente; pero le he visto conversar mucho con una hermana de la mía.

Agustín dio a este posesivo toda la fatuidad que le inspiraba el acuerdo de la cita que había obtenido de Adelaida

—¿Y es bonita también? —preguntó Leonor.

—Bonita, ¡cómo no!, aunque no tanto como la otra; pero es interesante.

La niña se quedó pensativa durante algunos momentos. Sentíase humillada por aquella revelación.

Era claro que Rivas había mentido al contarle, con pretendida modestia, su propósito de no amar; y que probablemente hablaba de amor con otra cuando ella le esperaba para confundirle con su desdén. Mientras hizo estas reflexiones, se le ocurrió la idea de que su silencio podía despertar las sospechas de su hermano sobre la causa que lo motivaba y determinó llamar su atención sobre el asunto que la llevaba allí.

—¡Ah! —exclamó al instante de pensar en esto—, se me olvidaba que tengo que pedirte un servicio.

—¿Un servicio, hermanita? —dijo Agustín—, habla, soy todo a ti.

—Quiero que me acompañes hoy a la Alameda, entre la una y las dos de la tarde.

—¿Para qué? Hoy no es domingo.

—Después te diré; prométeme primero que me acompañarás.

—Te lo prometo, no tengo dificultad ninguna.

—Dime, Agustín, ¿tú estás verdaderamente enamorado de esa niña de que acabas de hablarme?

—¡Oh!, la amo de todo corazón.

—De modo que si no pudieses verla, lo sentirías mucho.

—Muchísimo; pero no creo que suceda.

—Eso no importa; supón que te separasen de ella.

—¡Caramba, no sería tan fácil!

—Ya lo sé; pero dalo por hecho.

—¡Ah!, ¿es una suposición? Bueno.

—Estando así, sin verla, ¿no agradecerías mucho a la persona que te proporcionase con ella una entrevista?

—¡Cómo no! ¡Se lo agradecería en el alma!

—Pues, es lo mismo que tú vas a hacer acompañándome a la Alameda.

—¡Ah, picarona!, tienes tus amorcillos, ¿eh?

—No, hijo, no soy yo —dijo, con tristeza, Leonor.

—Entonces, ¿quién es?

—Matilde.

—¡La primita! ¿Y éste es el cuántos? Porque cuando yo estaba en Europa, supe que tenía amores con Rafael San Luis, tú me escribiste que se iba a casar con otro y ahora quiere que la lleven a la Alameda para ver, sin duda, a un tercero. ¡Fichtre! ¡Excuse usted de lo poco!

—No es para ver un tercero; Matilde no ha amado nunca más que a Rafael San Luis.

—Y entonces, ¿cómo iba a casarse con Adriano?

—En gran parte por culpa de mi papá.

—¡De mi papá. hermanita! No comprendo.

—Porque tú no has sabido que mi papá fue el que aconsejó al tío Fidel para que despidiese a San Luis de su casa.

—¿Y por qué?

—Dicen que porque estaba pobre Rafael.

—No deja de ser una razón.

—Aunque lo fuese, mi padre no debió intervenir para causar la desgracia de un joven bueno.

—Es verdad.

—Y yo creo que nosotros cumplimos con un deber reparando su falta en lo que podamos.

—Así me parece, es justo.

—Matilde ama siempre a San Luis, y nunca amará a otro.

—Hace bien; yo estoy por la constancia.

Leonor explicó en seguida lo restante de su plan, dejando a su hermano muy convencido de la necesidad de apoyar a Matilde en sus amores.

Despidiéronse después de esta conversación, prometiendo Agustín no faltar a la hora convenida.

El elegante se hallaba en un día de indulgencia, con la alegría que le causaba la expectativa de la cita; así fue que no tuvo un momento de escrúpulo para favorecer los amores de Matilde.

24

Un poco antes de la una del día, salió Leonor de su pieza al cuarto de la antesala. La completa elegancia de su traje hacía resplandecer su admirable belleza. Un vestido de popelina claro ajustaba su talle delicado, que se divisaba a través de un amplio encaje de Chantilly que guarnecía una manteleta bordada, de terciopelo negro. Los numerosos pliegues de la pollera se perdían longitudinalmente hacia el suelo, realzando la majestad de su porte, y un cuello de finos encajes de valencienness ajustado por un prendedor de ópalos, confundía su blanco bordo con el delicado cutis de su bien delineada garganta.

Leonor se sentó a esperar a su hermano, entreteniéndose en jugar con un quitasol que tenía entre las manos. Al cabo de cortos instantes se separó de su asiento y se puso delante del espejo de la chimenea, pasando una mano sobre sus lustrosos badeaux, con un cuidado que acreditaba el culto que profesaba a su persona.

Muy distante se hallaba Leonor de figurarse que en ese momento dos ojos dirigían sobre ella una mirada ardiente a través de la vidriera de la puerta que comunicaba la antesala con el escritorio de su padre. Aquellos ojos eran los de Martín, que, habiendo oído cerrar la puerta por la cual Leonor acababa de pasar, se había puesto en observación, como muchas veces lo hacía para ver a la niña, que a esa hora estudiaba diariamente el piano.

Tanta belleza y elegancia hacían latir el corazón del enamorado mozo con desesperada violencia. Con la avidez de todo amante, quiso Rivas contemplar de más cerca a su ídolo e imaginó al momento un pretexto para acercarse. Sentía una extraña fascinación que le arrastraba en su amor a despreciar la altivez con que era tratado: era el efecto de la misteriosa fuerza que impulsa a todo infeliz a ponderar sus pesares, a todo criminal a seguir en la oscura senda a que un primer delito le arroja. Martín deseaba complacerse en su propia desgracia, sentir la opresión de su pecho ante la mirada altanera de Leonor, comparar cerca de ella la miseria de su destino con la opulenta riqueza y hermosura de la niña. Estas sensaciones le hicieron abrir la puerta con un ardor febril, sin explicarse lo que hacía y cegado ya por la desesperación sobre su suerte que la vista de Leonor le infundía. La niña volvió precipitadamente la cabeza hacia el punto en que se abría la puerta y vio aparecer a Martín, pálido y turbado ante ella.

Al momento vinieron a la memoria de Leonor sus propósitos de la víspera, y recibió el saludo del joven con fría mirada y orgulloso ademán.

Ante aquel saludo, conoció Rivas lo aventurado y temerario de lo que hacia.

—Señorita —dijo con voz tímida—, me he tomado la libertad de presentarme para decir a usted que ayer cumplí el encargo que usted se sirvió hacerme.

—Yo esperaba haber recibido anoche esa respuesta —contestó Leonor, sentándose.

Martín tomó el tirador de la puerta en señal de retirarse.

—Mi hermano me hizo esta mañana ciertas confidencias —dijo Leonor, sin dar tiempo a Rivas de hacer lo que intentaba—, que me han explicado por qué no sucedió lo que yo esperaba.

La palidez de Martín desapareció bajo un vivo encarnado al oír aquellas palabras, porque se figuró que Agustín hubiese hablado de la casa de doña Bernarda.

—No creí, señorita —contestó—, que usted aguardase con tanta impaciencia la respuesta

—De modo que usted ha vuelto la felicidad a su amigo —dijo Leonor, sin aceptar por ninguna señal exterior la disculpa del joven.

—Gracias a usted, señorita —repuso Martín, inclinándose.

—Este será un mal ejemplo para usted —replicó con una imperceptible sonrisa de malicia.

—No veo por qué, señorita.

—Porque la felicidad de su amigo puede influir contra los heroicos propósitos que usted me manifestó la otra noche.

—Rafael ocupa una posición muy distinta de la mía —dijo Rivas, con un acento tan naturalmente melancólico qué Leonor fijó en él una profunda mirada.

—¿Porque está seguro de ser amado ? — preguntó.

—Precisamente.

—¿Y usted?

—Yo... no pretendo serlo —contestó Martín, con verdadera modestia.

—Es usted muy desconfiado. —replicó Leonor, con la sonrisa que un momento antes se había dibujado en sus labios.

—Creo que mi desconfianza podrá servirme de escudo contra mayor desgracia que la de no ser nunca amado.

—¿Mayor desgracia? ¿Cuál, por ejemplo?

—La de amar sin esperanza.

Martín pronunció estas palabras con voz tan íntimamente conmovida, que Leonor, a pesar de su imperio sobre sí misma, se puso encarnada y bajó la vista al encontrarse con la ardiente mirada del joven.

Su invencible orgullo la hizo al momento avergonzarse de su involuntaria emoción.

En el instante de bajar la vista oyó la voz de su amor propio escarnecido por su debilidad. De modo que, apenas sus dilatados párpados habían cubierto las pupilas, alzáronse de nuevo dejando ver la arrogante mirada del orgullo ofendido.

—No debe usted arredrarse ante esa desgracia —dijo—; pocos son los hombres que no encuentran alguna vez siquiera quien los ame. Por lo que me dijo Agustín, usted está en camino de encontrarse pronto a cubierto de lo que tanto parece temer.

Levantóse, al decir esto, de su asiento, con la majestad de una reina, y arrojó al joven, mirándole con aire de burla, que en nada disminuía su dignidad, estas palabras:

—Una de las niñas que ustedes visitaron anoche, dice Agustín que manifiesta afición por usted; ya ve que puede tener más confianza en su estrella.

Y salió de la pieza llamando a una criada y dejando a Rivas sin movimiento en el punto donde había permanecido de pie durante toda a conversación.

Muy luego oyó la voz de Leonor que decía:

—Di a Agustír, que le estoy esperando hace más de una hora.

Estas palabras le sacaron de su estupefacción. Abrió la puerta y entró al escritorio de don Dámaso con las lágrimas próximas a escapárseles de los ojos.

Las últimas palabras de Leonor y lo que había dicho después a la criada le hacían creer que le miraba como un objeto de pasatiempo y de burla. Esta creencia arrojó en su alma una tristeza que nubló los resplandores que todo joven divisa en el porvenir.

"Vamos —se dijo con rabia, apoyando ambas manos en la frente—, es preciso trabajar".

Y tomó la pluma con ardor desesperado, evocando el recuerdo de su pobre familia para calmar la desesperación que le oprimía el pecho y le daba deseos de llorar como un niño.

Leonor volvió a sentarse pensativa en el sofá que había ocupado mientras hablaba con Martín. Maquinalmente se detuvieron sus ojos en la puerta que el joven acababa de cerrar, y parecíale verle aún, de pie, próximo a esa puerta, pálido y turbado, dirigirle con ardiente mirada y conmovido acento aquella frase que en pocas palabras pintaba el melancólico desconsuelo de su alma: "Amor sin esperanza". Y bajó de nuevo, por un movimiento maquinal también, su vista; pero al levantarla otra vez no brillaban ya en sus ojos los rayos de su orgullo receloso y tenaz, sino la vaga expresión que pinta la alborada de una nueva emoción en el alma.

Leonor pensó entonces, mas sin formular con precisión tal pensamiento, que en aquellas palabras de un verdadero sentimentalismo, en la elocuente mirada de los ojos negros de Martín, en la íntima emoción que acusaba su voz, había mil veces más atractivos que en los estudiados cumplimientos de los elegantes jóvenes que cada noche le repetían sus hostigosos cumplidos. Aquella ligera entrevista dejaba en su ánimo una profunda y desconocida emoción, una tristeza indefinible que borraba de su memoria la imagen del pobre provinciano, tímido y mal vestido, para ceder su lugar al joven modesto y sentimental, que en pocas palabras dejaba entrever un corazón de grandes sensaciones.

La llegada de Agustín vino a cortar aquellas reflexiones, sin forma fija, en que vagaba complacida la mente de Leonor.

El elegante había apurado la combinación de la corbata con el chaleco y pantalones a la más perfecta armonía de los colores; el cutis lustroso de su cara atestiguaba el paso de la navaja sobre una barba naciente y su pelo despedía el perfume de la más rica pomada de jazmín de Portugal, que fabrica la Sociedad Higiénica de París.

—¿Te he hecho esperar, mi toda bella? —preguntó a Leonor, ostentando con arte la gracia de su pantalón cortado por Dussotoy en la capital de la elegancia.

—Algo —contestó Leonor, levantándose.

Salieron de la casa y llegaron poco después a la de don Fidel, donde les esperaba Matilde.

Esta había dado también un cuidado prolijo a su traje, que bien podía rivalizar en gracia con el de su prima. La resolución un poco violenta de que se había armado añadía cierta gracia a su belleza, modesta hasta la timidez, y sus ojos estaban animados por una viveza que aumentaba su brillo y su hermosura.

Pusiéronse en camino, aparentando una alegría que sólo Agustín tenía en realidad, porque Leonor y, sobre todo, Matilde no podían ocultar la turbación que de ellas se apoderaba al aproximarse a la Alameda. Al llegar al paseo de que nos enorgullecemos todos como buenos santiaguinos, Leonor había recobrado su serenidad y alentaba a Matilde, a quien el temor había hecho perder enteramente la viveza y animación que al salir de su casa se miraban en su semblante.

La Alameda estaba desierta como lo está en días que no son festivos. El alegre sol de primavera jugaba en las descarnadas ramas de los álamos y extendían sus dorados rayos sobre el piso del paseo.

Las dos niñas avanzaron con Agustín hasta el punto en que se encuentra la pila. La soledad del lugar infundió confianza en Matilde, y la conversación, que al llegar había languidecido, recobró su animación cuando estuvieron sentados no lejos del maitén que algún intendente amigo de los árboles nacionales hizo colocar en el óvalo de la pila como una muestra de su predilección.

Poco rato después que se hallaban en aquel lugar. Agustín dijo al oído de Leonor:

—Allí viene Rafael.

Matilde le había divisado desde lejos y hacía poderosos esfuerzos para ocultar y reprimir el temblor de su cuerpo.

San Luis se acercó al escaño y saludó con gracia a Leonor y a su prima primero, dando la mano a Agustín, que le acogió con risueño semblante. Igual cortesía había mostrado al saludar a cada una de las niñas, sin que hubiese podido distinguirse que una de ella ocupaba su corazón únicamente desde hacía muchos años.

Rafael tuvo también bastante oportunidad para entablar luego una conversación, en la que todos tomaron parte, destruyendo de este modo el natural embarazo que debía suceder al saludo. Con esa conversación, Matilde se serenó del todo y pudo dirigir, sin temblar, sus miradas a Rafael, con la ternura de un amor verdadero, que desdeña el artificio y deja retratarse en el rostro las gratas emociones que se apoderan del alma.

Leonor dio poco después la señal de la vuelta, levantándose y apoderándose del brazo de su hermano. Rafael ofreció el suyo a Matilde, y las dos parejas se pusieron en marcha con lento paso.

San Luis entabló pronto la conversación con que había soñado tantas veces en sus días de tristeza; pintó con calor sus pesares; hizo estremecerse de gozo el corazón de su amada con la expresión apasionada de un amor que había llenado su existencia, y reprimió con una alegría que le costaba reprimir las sencillas y tiernas palabras con que Matilde le contó los dolores del sacrificio que había hecho a la voluntad paterna. Hubo en esa mutua confidencia de dos corazones unidos por una pasión sincera y separados por la ambición, esa expansión sin arte que desborda del pecho inundado por una felicidad completa, palabras que contaban con una vida sin límites, miradas que brillaban con celestial ventura.

—En fin —dijo Rafael—, todos mis pesares los borra este momento; ya veo que los más locos sueños de la imaginación pueden realizarse. ¡Usted me ama!

Esta frase fue pronunciada cuando Matilde refería los temores que había vencido para dar la cita.

—Ahora —añadió la niña, que en aquel momento de suprema dicha sentía en su alma un valor decidid— mi resolución es irrevocable. He sufrido mucho para no tener en adelante la fuerza de resistir.

Rafael contó entonces su nuevo plan y las probabilidades con que contaba para vencer la obstinación de don Fidel. Este plan abría a los amantes el campo rosado de la esperanza, desarrollando a sus ojos los mirajes infinitos que siempre se presentan a los enamorados felices. Los alegres proyectos cernieron sobre ellos sus alas doradas y les pareció que el cielo era más azul y más puro el aire en que resonaban sus palabras.

En andar tres cuadras habían empleado cerca de media hora, durante la cual Agustín contaba a Leonor sus amores transformando, en su narración, a Adelaida en la hija de una de las principales familias de Santiago, y sin llegar a la relación de la cita que fue sustituida por mil pruebas de una violenta pasión, inventadas por la imaginación del elegante.

Al terminar la cuarta cuadra, Leonor se detuvo y fue preciso separarse: Matilde y Rafael creían no haber hablado todavía. El joven despidió como había saludado: llevaba la esperanza de una nueva entrevista si Leonor consentía en acompañar de nuevo a Matilde, mientras se ponía en ejecución el plan que debía dar por resultado el consentimiento de don Fidel Elías.

25

Nuestra narración debe en este punto retroceder hasta el día siguiente de la fiesta celebrada en casa de doña Bernarda para explicar las palabras que mediaron entre ésta, Adelaida y Amador, después de la visita en que Agustín Encina había obtenido la cita.

El secreto que Rafael había revelado a Martín sobre sus amores con Adelaida Molina era también conocido por Edelmira y Amador, a quienes esta niña lo había confinado para ocultar a su madre el fruto de su extravío.

Amador había servido de auxiliar a su hermana en este designio facilitándole los medios de ausentarse de casa de doña Bernarda durante un mes, al cabo del cual Adelaida regresó de un paseo a Renca, en donde dejaba a su hijo con una hermana de doña Bernarda.

Edelmira, por su parte, se había limitado a llorar por la falta de su hermana. Inútil nos parece referir circunstancialmente los medios de que se valió Amador para evitar las sospechas sobre tan delicado asunto. El resultado fue que Adelaida regresó al hogar de la familia sin que la más ligera mancha empañase a los ojos del mundo el lustre de su reputación.

Pero Amador era hombre que gustaba de sacar partido de los accidentes de la vida para compensar los rigores de la suerte contra su siempre necesitado bolsillo. Por eso se valió del ascendiente que aquel secreto le daba sobre su hermana, para obligarla a ser menos desdeñosa con el amartelado hijo de don Dámaso Encina.

Adelaida meditaba sólo alguna venganza contra el que la abandonaba, cuando Agustín entró a la casa, atraído por sus lindos ojos. El elegante llegaba, como se ve, en mal momento y debió, naturalmente, sufrir por algunos días los desdenes que su mala estrella le depara.

Sin embargo, Agustín no se desalentó con los primeros reveses, y atribuyó a su constancia la sonrisa afable que sus requiebros hicieron dibujarse en los labios de Adelaida, cuando Amador había ordenado aquella amabilidad con la mira de sacar algún partido de aquel amor de un hijo de familia.

La ambición hizo entrever a Amador hasta la posibilidad de enlazar su estirpe plebeya y pobre con la dorada del nuevo amante de Adelaida.

Esta se dejó dominar y consintió en representar el papel que en aquella comedia le asignaba su ambicioso hermano, sin esperar más ventaja de su obediencia que la posibilidad de mejorar de fortuna, y poder así, con mas probabilidad, encontrar algún medio de vengarse de Rafael San Luis.

Al día siguiente de la fiesta celebrada por doña Bernarda en honor de su cumpleaños, Amador entró al cuarto de Adelaida en circunstancias que doña Bernarda y Edelmira habían salido a las tiendas.

—¿Cómo te fue anoche con Agustín? —preguntó Amador, sentándose—. ¿Siempre enamorado?

—Siempre —contestó Adelaida, sin levantar la vista de una costura en que se hallaba ocupada.

—¿Y tú qué le dices?

La niña miró a su hermano con la resolución que naturalmente se pintaba siempre en su semblante.

—Yo —dijo— nada casi le contesto, porque hasta ahora no me has explicado lo que quieres hacer.

—¿Lo que quiero hacer? ¿No te he dicho que le hagas creer que le quieres?

—¿Y para qué?

—Primero, porque estoy pobre —dijo Amador, encendiendo un cigarro y lanzando al aire el fósforo con que acababa de encenderlo.

—No sé cómo estás pobre cuando casi todas las noches le ganas plata —replicó Adelaida, volviendo a su costura.

—Harto saco con ganarle: me firma documentos.

—¿Y por qué no le cobras?

—¿Sabes lo que sucede? Varias ocasiones ha pasado lo mismo; uno le gana al hijo de un rico y, cuando no le quieren pagar, se va donde el padre que se pone furioso y lo amenaza a uno con mandarlo a la cárcel.

—¿Y la plata que te pagó Agustín?

—Eso, es muy poco; una o dos onzas; se me van entre los dedos.

Adelaida se quedó en silencio.

Amador dejó pasar un corto rato, y dijo:

—Lo que yo quiero es que tú y yo saquemos alguna buena ventaja. Dime, ¿no te gustaría casarte con Agustín?

—Ya sabes que yo lo primero que quiero es que Rafael me las pague.

Esta vulgar contestación resonó de un modo extraño entre los labios de Adelaida, en cuyos ojos brillaron al mismo tiempo los sombríos reflejos de un odio concentrado y tenaz.

—Yo te ayudaré si tú me ayudas —le dijo Amador—. Mira, no seas lesa: si haces lo que te digo, te casas con Agustín y eres rica. ¿Qué más quieres?

—Tú hablas de casamiento como si fuera tan fácil —replicó Adelaida que no se atrevía a contradecir a su hermano, que era dueño de su secreto.

—Cierto que es difícil —contestó éste—; pero yo sé cómo hacerlo.

—¿Cómo?

—Le vas dando esperanzas a Agustín. ¿No me has dicho que siempre te está pidiendo cita?

—Cierto.

—Bueno; cuando yo te avise, le das la cita. Entonces llego yo con un amigo que tengo por ahí y lo obligo a casarse.

—Sí, ¿pero quién nos casa?

—Mi amigo; no te dé cuidado.

—Tu amigo no es más que sacristán.

—¿Y eso qué importa?; escúchame primero. Como hemos de tener que decírselo a mi madre y ella no consentiría si supiese que mi amigo no es más que sacristán, le decimos que es cura o que trae licencia para casar.

—¿Y después?

—Yo digo a mi madre que después que ella vea que están casados le diga a Agustín que no te dejarán juntarte con él hasta que no se lo avise a su familia y den parte que se han casado. Así, estoy seguro de que mi madre no se opone. Agustín se lo tiene que contar a su padre y éste como no hay remedio, se conforma y da parte a los amigos. Yo le aconsejaré a Agustín que diga en su casa que se van a casar en el campo o en cualquiera parte. Una vez que haya dado parte descubro yo la cosa a Agustín que por no pasar por la vergüenza de contarlo y que en Santiago se rían de él, se casa entonces de veras.

—Pero entonces me aborrecerá, viendo lo que yo hago con él.

—¿Y para qué le vas a decir que sabes nada? Mira, apenas él entre a la cita nos presentamos mi madre y yo, tú te haces la inocente y lloras o gritas si ríe da la gana; entretanto yo obligo a Agustín y se casan. Agustín creerá que tú no sabías nada.

Adelaida opuso a este plan algunas objeciones demasiado débiles ante la voluntad de su hermano, que en caso de formal resistencia la amenazaba con perderla. Este plan, además, no dejó de lisonjear un tanto su orgullo que la hizo divisarse como la mujer de un joven rico y de la primera clase de la sociedad, con la que podría rozarse entonces de igual a igual, triunfando de la envidia de sus amigas. Otra causa obraba, además, en el ánimo de Adelaida para someterse con muy pequeña resistencia a la voluntad de Amador; esta causa tomaba su origen del estado de su alma. Abatida por la conciencia de su desgracia, fácilmente se adhería al nuevo plan que le ofrecía la probabilidad de cambiar su destino por la felicidad de una existencia regalada con los goces materiales del lujo, que ocupan tan vasto lugar en el alma humana.

Después de esta conversación, Adelaida templó sus rigores con Agustín hasta el punto de hacerle creer que correspondía a su amor y darle la cita para la cual el elegante se preparaba después del paseo a la Alameda con Leonor y su prima.

Amador, en los días que habían mediado entre su conversación con Adelaida y el designado para la cita, tuvo cuidado de hacer entrar en sus miras a doña Bernarda, a quien la idea de ver a su familia enlazada con la opulenta de los Encina le hizo concebir gran orgullo por haber dado a luz un hombre como Amador, capaz de concebir un plan como el que éste le revelaba. Mecida por dulces esperanzas, prometió su cooperación, creyendo, según Amador se lo decía, que el amigo complaciente de su hijo era un sacerdote con licencia para bendecir la unión de Adelaida y Agustín.

—Si no hacemos esto, madre —había dicho Amador al exponerle su plan—, el día menos pensado alguno de estos ricos nos seduce a la niña y quedamos frescos.

—Tienes mucha razón contestó doña Bernarda, con los ojos húmedos de la viva emoción que le causaba la idea de los regalos con que la rica familia de su yerno, por fuerza, colmaría necesariamente a su hija, si no por amor, a lo menos por vanidad.

—No crea tampoco —añadió Amador— que todo está en casarlos, porque es preciso que la familia de Agustín reconozca el matrimonio.

—De juro, pues —repuso la madre.

—Entonces, haga lo que le digo: cuando usted dé parte a su familia, le dice al mocito, entonces le entrego a su mujer.

—¿Y si no quiere?

—Lo amenazo yo, pues, y le digo que le sale peor.

Con estas explicaciones, se comprenderá ahora el sentido de la conversación que, después de la salida de Agustín y de Rivas, tuvo lugar entre doña Bernarda y sus dos hijos mayores, la noche anterior a la fijada para la cita.

26

Agustín regresó con su hermana del paseo en que habían acompañado a Matilde, consultando a cada momento su reloj, cuyos punteros, se le figuraba, retardaban aquel día su marcha, que él medía con su impaciencia de ver llegar la noche.

Había convenido con Adelaida que, para alejar toda sospecha, no se presentaría a la visita ordinaria en casa de doña Bernarda y que un postigo de una pequeña ventana con reja de palo, que daba a la calle, indicaría, estando abierto, que su querida le esperaba.

Aquel día Martín no se presentó a la hora de comer, había recibido una esquela de San Luis que lo llamaba para referirle sus emociones del paseo y hablarle de la felicidad que desbordaba de su corazón.

Agustín sostuvo la conversación en la mesa con gran prodigalidad de galicismos y frases afrancesadas, algunas de las cuales, según decía doña Engracia, la regalona Diamela comprendía, porque así lo indicaba el movimiento de sus orejas.

Don Dámaso, preocupado con sus indecisiones políticas, mezclaba algunas palabras a la conversación de su hijo, palabras que por su poca analogía con el asunto de aquélla habrían hecho pensar que estaba dormido o era sordo, y Leonor evocaba, sin pensarlo, ni quererlo, la sentimental imagen de Martín, apoyado a la puerta y dirigiéndole aquella mirada que a un mismo tiempo había hecho experimentar a su corazón una sensación de calor y de frío inexplicable.

Después de comer, Agustín se retiró a su cuarto y fumó varios cigarros, para adormecer su impaciencia, siguiendo en las caprichosas formas que dibuja el humo al subir al techo el giro caprichoso también de sus esperanzas y devaneos.

A las nueve de la noche entró al salón de su familia despidiendo un olor de agua de Colonia de lavanda y de varios bouquets favoritos de otras tantas princesas y duquesas europeas, que pronto llenó los ámbitos del salón, revelando la prolija escrupulosidad con que el elegante se había perfumado para el mejor éxito de su amorosa correría.

Para engañar su impaciencia, se sentó al lado de Matilde, que pocos momentos antes había llegado con sus padres. El corazón de la hija de don Fidel había comunicado a su rostro la alegría con que palpitaba. En las mejillas de Matilde lucía ese color diáfano y brillante con que las emociones de un amor feliz iluminan el rostro de la mujer, que parece adquirir una nueva vida en su atmósfera vital del sentimiento. En tal disposición encontró Agustín a su prima y le fue fácil entablar con ella una conversación animada que pronto recabó sobre San Luis.

Don Fidel y doña Francisca, que desde distintos puntos observaban a su hija, notaron la animación con que Matilde hablaba, y supusieron al instante, presumiendo de gran experiencia, que entre aquellos dos jóvenes que con tanta viveza conversaban debían estarse iniciando los preliminares de una pasión.

Tal idea sugirió distintas reflexiones a los observadores padres de Matilde.

"¡Ah!. ¡ah! yo no me equivoco nunca; bien había pensando yo que se habían de querer", pensaba don Fidel.

Doña Francisca decía, mirando a su hija:

—Después de todo, no deja de ser una felicidad la de poseer un alma vulgar, extraña a los estáticos arrobamientos de las almas privilegiadas, que atraviesan el erial de la existencia sin encontrar otra capaz de comprender la delicadeza con que aspiran a realizar...

Y ambos se imaginaban que la alegría que animaba el rostro de Matilde no podía provenir sino de la galantería con que su primo debía estarla cortejando.

Martín entró en ese momento al salón. Traía en su pecho el peso de las confidencias de su amigo, que, naturalmente, le ponían en la precisión de envidiar una felicidad que le parecía imposible alcanzar para sí. La aspiración de ser amado, sueño constante de la juventud, cobraba en su alma proporciones inmensas y con incansable tenacidad le esclavizaba.

Leonor, que temía no verle presentarse aquella noche, lejos de confesarse la satisfacción que acababa de sentir al verle aparecer, encontró en su orgullo razones para considerar la visita del joven como una osadía, después de la escena de la mañana. El altivo corazón de aquella niña mimada por la naturaleza y por sus padres no quería persuadirse de que en la lucha que había emprendido para jugar con sus propios sentimientos y burlar el decantado poder del amor, iba por grados perdiendo su altanera seguridad y dando cabida a ciertas emociones extrañas, cuyo dulce imperio le parecía una humillación de su dignidad.

Martín, después de saludar, se había sentado solo, no lejos del piano, y dirigía a hurtadillas sus ojos hacia el punto en que Leonor hablaba con Emilio Mendoza.

Desde su asiento no podía notar el cambio que se había hecho en el rostro de Leonor, que agitada por los sentimientos que acabamos de describir, aparentó oír con gran interés las palabras de Mendoza, que apenas escuchaba momentos antes.

Al cabo de algunos minutos, Leonor pareció cansada de la afectada atención con que oía las palabras galantes del joven y cayó nuevamente en su distracción. Aprovechándose entonces de un instante en que Emilio Mendoza contestaba a una pregunta de doña Francisca, Leonor se dirigió al piano, en cuyo banquillo se sentó, dejando correr distraídamente sus dedos sobre las teclas.

Martín, en aquel momento, recordaba como una felicidad perdida la conversación que algunos días antes había tenido con Leonor en aquel mismo lugar. El corazón que ama sin esperanzas se ve obligado a poetizar las más insignificantes escenas pasadas, a falta de poder esperar en el presente ni en el porvenir. Por esto, Rivas evocaba el recuerdo de aquella conversación, olvidándose voluntariamente del pesar que entonces le había dado.

—Martín, en ese libro que tiene a su lado está la pieza que busco; tenga la bondad de pasármelo.

Estas palabras, dichas por Leonor en tono muy natural, sacaron al joven de su meditación. Al tiempo de pasar el libro, su espíritu buscaba la intención de aquella orden con la inclinación de todo enamorado a imaginar un sentido oculto a todas las palabras que oye de la persona a quien ama. La frialdad con que Leonor le dio las gracias, poniéndose a hojear el libro, le persuadió de que al pedírselo ella no había tenido otra intención que la de buscar una pieza. Martín, novicio en el amor, pensaba siempre lo contrario de lo que en su caso habría pensado alguno de los fatuos que pululan en los salones, figurándose que, para conquistar un corazón, no tienen más que, como el sultán usa de su pañuelo, arrojar una mirada a la víctima que pretenden avasallar.

Martín iba a retirarse, cuando dijo Leonor sin dirigirse a él:

—Las hojas de este libro no se sujetan.

Y al mismo tiempo sostenía el libro con la mano izquierda, tocando algunas notas con la derecha.

—Si usted me permite —le dijo, acercándose, Martín —, yo puedo sujetar el libro.

Leonor, sin contestar, dejó a la mano del joven ocupar el lugar en que tenía la suya y empezó a tocar la introducción de un vals que le era familiar.

—¿Podrá usted volver la hoja solo? —le preguntó, al cabo de algunos instantes.

—No, señorita —contestó Rivas, que temblaba de emoción—; esperaré que usted me indique el momento oportuno.

La conversación estaba ya principiada, y era preciso seguirla. A lo menos así pensó Leonor, mientras que Rivas había olvidado todos sus pesares, entregándose a contemplar a la niña, que fijaba su vista alternativamente en el libro y en el piano.

—Hoy habrá visto usted a su amigo —dijo Leonor, cuando tuvo que mirar a Rivas para indicarle que era preciso volver la hoja.

—Sí, señorita contestó Martín—; lo he encontrado el hombre más feliz del mundo.

—De modo que usted le habrá compadecido —repuso Leonor, mirando fijamente al joven.

—¡Yo!, ¿y por qué, señorita? —exclamó éste, admirado.

—Para ser consecuente con su teoría de huir del amor como de una desgracia.

—Mi teoría se refiere al amor sin esperanza.

—Ah, se me había olvidado. ¿Y ese amor puede existir?

Martín tuvo al momento la idea de citarse como un ejemplo de lo que Leonor aparentaba dudar; de pintarle con la elocuencia de una profunda melancolía los dolores que destrozan al alma que ama sin esperanza; de revelarle su adoración respetuosa y delirante con palabras que pintaran los tesoros de pasión que guardaba en su pecho para la que ignoraba poseer su absoluto dominio. Pero al momento, también, anudó la voz en su garganta y heló el valor de que se sentía animado el recuerdo del glacial desdén con que Leonor había recibido sus palabras y su involuntaria mirada en la conversación de la mañana. Vióse de antemano escarnecido por su amor, se figuró con espanto la altanera y sarcástica mirada con que la niña recibiría sus palabras, y su alma se replegó palpitante a la reserva que su condición le imponía.

Estas reflexiones pasaron por su espíritu con tal rapidez, que sólo medió un instante muy breve entre la pregunta de Leonor y la respuesta que él dio.

—Se me figura que sí, señorita —contestó, tratando de dominar su emoción.

—¡Ah!, es decir, que usted no está seguro.

—Seguro no, señorita.

—En su amigo, sin embargo, tiene usted un ejemplo de que no debe considerarse como una desgracia.

—Rafael había sido amado antes, de modo que podía esperar volverlo a ser.

—Eso no: si él hubiese pensado como usted, habría tratado de olvidar, y es digno ahora de su felicidad porque ha tenido constancia.

—¿De qué serviría ser constante a un hombre que no se atreviese a confesar nunca su amor? —dijo Rivas, alentado por el raciocinio y la conclusión de Leonor.

—No sé —contestó ella—; por mí parte no comprendo en un hombre esa timidez.

—Señorita, se trata de su felicidad y tal vez de su vida —replicó con emoción Martín.

—¿No exponen los hombres muchas veces su vida por causas menos dignas?

—Es verdad; pero entonces combaten contra un enemigo, y en el caso de que hablamos tal vez pueden dar a su amor más precio que a su vida. Rafael, por ejemplo, del que hemos hablado, no creo que tiemble en presencia de un adversario, y, no obstante, jamás se habría atrevido a dirigirse a su prima de usted sin las felices circunstancias que los han reunido. Un amor verdadero, señorita, puede poner tímido como un niño al hombre más enérgico, y si ese amor es sin esperanza, le infundirá mayor timidez aún.

—Dicen que todo se aprende con la práctica —dijo Leonor, con una ligera sonrisa—, y presumo que el modo de vencer esa timidez esté sujeto a la misma regla.

Martín no contestó, porque temía adivinar el objeto de aquella observación.

—¿No lo cree usted? —le preguntó Leonor.

—Difícil me parece —contestó él.

—Sin embargo, nada se pierde ensayándolo y creo que usted está en camino de hacerlo.

—¡Yo!, jamás lo he pensado.

Leonor no se dignó replicar.

—Usted se olvida de volver la hoja —le dijo, después que había tocado todo el vals de memoria.

—Esperaba la señal —contestó Martín, turbado ante la fría mirada con que Leonor dijo aquellas palabras.

La niña, entretanto, había vuelto a principiar el vals.

—¿Y qué plan tiene ahora su amigo? —preguntó.

—En primer lugar —contestó Rivas—, no piensa más que en volver a la señorita Matilde.

—El domingo pensamos salir a caballo al Campo de Marte; allí puede verla.

—Esta noticia me la agradecerá en el alma —dijo Rivas—, si usted me permite dársela.

Leonor cesó de tocar y abandonó el piano. Martín, que por falta de esperanza miraba todo por el lado del pesimismo, pensó que aquella conversación había sido sostenida por Leonor para llegar a decirle las ultimas palabras, así como en una carta se pone muchas veces en la postdata el objeto que la ha dictado.

Agustín lo sacó de su meditación, viniendo a conversar con él hasta las once de la noche, hora a que ambos se retiraron.

Poco después se retiró también don Fidel Elías con su mujer y Matilde.

—¿Has visto —dijo en el camino a doña Francisca— lo que Agustín y Matilde han conversado? Que es lo que yo decía: ya se quieren, estoy seguro de ello, y mañana voy a hablar con Dámaso para que arreglemos el matrimonio.

—¿No sería mejor esperar hasta saber de cierto si se aman? —observó doña Francisca.

—¡Esperar! ¿Se te figura que un partido como Agustín se encuentra tan fácilmente? Si esperamos no faltará quien lo comprometa. ¡Quién sabe en dónde visita! No, señor, en estas cosas es preciso ser vivo. Mañana hablaré con Dámaso.

En ese mismo momento Agustín daba una nueva mano a su elegante traje y vaciaba en su ropa mezcladas gotas de las más afamadas esencias de olor para asistir a la cita.

27

Media hora antes de la convenida se encontraba Agustín en las inmediaciones de la casa de doña Bernarda.

Las visitas se habían retirado, y la criada cerró la puerta de calle, que rechinó al girar sobre sus goznes. No lejos de Agustín, que ocultó su rostro bajo el cuello de un ancho paletó, pasaron dos de los visitantes de doña Bernarda con Ricardo Castaños, el oficial de policía.

El corazón del hijo de don Dámaso palpitó de alegría al ver abrirse el postigo que daba la señal de que era esperado. Considerábase en ese instante como el héroe feliz de alguna novela, y de antemano se regocijaba su orgullo al pensar que una mujer bonita le amaba lo bastante para sacrificarle su honra. Esta reflexión le realizaba considerablemente a sus propios ojos llenándole de amor y reconocimiento hacia la divina criatura que le entregaba su corazón, fascinada por los irresistibles atractivos de su persona.

En la dulce expectativa de su dicha le sorprendieron las campanas de algunos relojes de iglesias que daban las doce. Era la hora convenida, y Agustín, a pesar de la satisfacción de su orgullo, sintió miedo al empujar suavemente la puerta, que se abrió con el mismo ruido con que se había cerrado. Al oír este ruido, el elegante tuvo tentaciones de arrancar y retrocedió algunos pasos; pero, viendo que nada se movía en el interior de la casa, se adelantó con más seguridad y entró en el patio.

El patio estaba oscuro, lo que le permitió distinguir mejor un rayo de amortiguada luz que se divisaba a través de la puerta de la antesala, que no estaba cerrada herméticamente. Adelaida no le había dicho que le esperaría con luz, y aquella circunstancia no dejó de desconcertar su valor.

Después de unos momentos de perplejidad, que empleó en observar a través de la puerta, el silencio que reinaba en toda la casa le decidió a entrar, lo que hizo con grandes precauciones, a fin de evitar el ruido de esta nueva puerta que tenía que traspasar. Un instinto de precaución le aconsejó dejarla entreabierta para tener expedito el camino de la huida en caso necesario.

La pieza en que Agustín acababa de penetrar estaba sola y alumbrada por una luz que ardía tras de una pantalla verde, en una palmatoria de cobre dorado.

Agustín sintió aumentarse el miedo con que había entrado al encontrarse solo. y le pasó por la mente la idea de una traición. Como entre sus prendas morales no figuraba el valor, tenía necesidad de apelar a la fuerza de su pasión y a su poco enérgica voluntad para no dar cabida a los consejos del miedo que le impedían a volverse de prisa por el camino que acababa de andar.

La entrada de Adelaida, en circunstancias que su voluntad iba ya a negarle su apoyo, le volvió repentinamente a la calma y a la idea de su felicidad.

—Ya temía que usted no llegase —dijo a la niña, tratando de tomarle una mano, que ella retiró.

—Estaba esperando en mi cuarto —contestó Adelaida— que todo estuviese en silencio.

—¡Qué imprudencia la de dejar la luz! —exclamó con tierno acento el enamorado, dirigiéndose hacia la mesa para apagarla.

—No la apague usted —le contestó Adelaida, fingiendo una deliciosa turbación, que llenó de orgullo al joven al ver el temor amoroso que inspiraba.

—¿No tiene usted confianza en mí? —dijo, renovando su ademán de apoderarse de una mano de Adelaida.

—Sí, pero con luz estamos mejor —contestó ésta, retirando su mano.

—¿Por qué no me deja usted su mano? —preguntó el joven.

—¿Para qué?

—Para hablar a usted de mi amor y sentir entre las mías esa divina mano que...

Un gran ruido cortó la declaración del galán, que vio con espanto abrirse una puerta y aparecer en ella a doña Bernarda y Amador con luces que cada cual traía.

El primer impulso de Agustín fue el de huir por la puerta que había dejado entreabierta, mientras que Adelaida se había arrojado sobre una silla, ocultando su rostro entre las manos.

Amador corrió más ligero que Agustín y se interpuso entre éste y la puerta, amenazándole con un puñal.

El rostro del elegante se puso pálido como el de un cadáver, y la vista del puñal le hizo dar, aterrorizado, un salto hacia atrás

—¡No ve, madre! —exclamó Amador—, ¿qué le decía yo? Estos son los caballeros que vienen a las casas de las gentes pobres pero honradas, para burlarse de ellas. Pero yo no consiento en eso.

Mientras esto decía, Amador daba vuelta a la llave y, sacándola de la chapa, la ponía en su bolsillo y se adelantaba al medio de la pieza con aire amenazador.

—¿Qué ha venido usted a hacer aquí? —exclamó, con voz atronadora, dirigiéndose a Agustín.

—Yo... creía que no se habían acostado y... como pasaba por aquí...

—¡Mentira! —le gritó Amador, interrumpiéndole.

—¡Ah, francesito —exclamó doña Bernarda—, con que así te metes en las casas a seducir a las niñas!

—Mi señora, yo no he venido con malas intenciones —contestó Agustín.

—Esta picarona tiene la culpa —dijo Amador, aparentando hallarse en el último grado de exasperación—, porque si ella no hubiese consentido, el otro no podría entrar. Esta me la ha de pagar primero.

Tras estas palabras, se arrojó sobre Adelaida con furibundo ademán, y dirigió sobre ella una puñalada con tanta maestría, que cualquiera hubiese jurado que sólo la agilidad con que Adelaida se levantó de su silla la había librado de una muerte segura.

Dona Bernarda se echó en los brazos de su hijo, dando gritos de espanto e invocando su clemencia en nombre de gran número de santos. Amador parecía no escucharla y preocuparse sólo del maternal abrazo, que al parecer le privaba de todo movimiento.

—Pues si usted no quiere que ésta pague su maldad —exclamó—, déjenme solo con este mocito, que quiere deshonrarnos porque es rico.

Su ademán se dirigía entonces a Agustín, que temblaba en un rincón, en donde detrás de unas sillas se guarecía.

Al oír estas palabras y al ver cómo Amador arrastraba a su madre para desasirse de sus brazos, Agustín creyó llegado su último instante y elevó fervientes súplicas al Eterno para que le librase de tan temprana e inesperada muerte.

Un supremo esfuerzo de Amador echó a rodar por la alfombra el cuerpo de su madre, y de un salto llegó al punto en que Agustín se encomendaba al Todopoderoso, parapetándose lo mejor que podía detrás de las sillas.

Al ver que Amador levantaba el tremendo puñal, Agustín se arrojó de rodillas, implorando perdón.

—¿Y qué ofrece, pues, para que lo perdonen? —le preguntó el hijo de doña Bernarda, con aire y acento amenazadores.

—Todo lo que ustedes exijan —contestó el aterrado amante—: mi padre es rico y les daré...

—Plata, ¿no es así? —exclamó Amador, haciendo chispear de fingida cólera sus ojos—. ¿Te figuras que te voy a vender mi honor por plata? ¡así son estos ricos! Si no tienes mejor cosa que ofrecer, te despacho aunque después me afusilen.

—Haré lo que ustedes quieran —dijo con lastimosa voz Agustín penetrado de espanto a la vista del desorden que se pintaba en el semblante de Amador.

—Lo que yo quiero es que te cases o de no te mato —contestó Amador, con tono de resolución.

—Bueno, me caso mañana mismo —dijo Agustín, que miraba aquella condición como el único medio de salvar la vida.

—¡Mañana! ¿Te quieres reír de nosotros? ¿Para que te mandases cambiar quién sabe dónde? No; ha de ser ahora mismo.

—Pero ahora no puedo, ¿qué diría mi papá?

—Tu papá dirá lo que se le antoje: ¿para qué tiene hijos que quieren deshonrar a la gente honrada? Vamos: ¿te casas o no?

—Pero ahora es imposible —exclamó, desesperado, el elegante.

—¡Imposible! ¿No ves, tonta —dijo Amador, dirigiéndose a su hermana—, no ves para lo que éste te quiere?, para reírse de ti. ¡Ah yo conozco a los de tu calaña! —exclamó, mirando a Agustín—. Por última vez: ¿te casas o no?

—Le juro a usted que mañana...

Amador no le dejó concluir la frase, porque, quitando las sillas que de Agustín le separaban, quiso apoderarse del joven.

Mientras quitaba las sillas, había dado tiempo a doña Bernarda de acercarse, y ésta sujetó su brazo, colgándose de él, cuando Amador alzaba el puñal en el aire.

Agustín, que no vio el movimiento d doña Bernarda, se arrojó al suelo prometiendo que consentía en casarse.

—¡Ah, ah!, ¿consientes, no? —le dijo Amador—. Haces bien, porque sin mi madre te habría traspasado el corazón. Vamos a ver, ¿dirás al padre que yo traiga que quieres casarte?

—Sí, lo diré.

—Yo veo que lo hace de miedo —exclamó Adelaida—, y no quiero casarme así.

—No, no es de miedo —contestó, avergonzado, el elegante—: yo ofrecía hacerlo mañana, pero su hermano no me cree.

—Ahora mismo —dijo Amador—: yo lo mando.

Dirigióse a todas las puertas del cuarto y las cerró, guardándose las llaves.

Luego sacó del bolsillo la que pertenecía a la puerta que comunicaba con el patio, que abrió.

—Ustedes me esperarán aquí —dijo—, yo voy a buscar al cura que vive aquí cerca. Si usted se arranca —añadió, dirigiéndose a Agustín— me voy mañana a su casa y le cuento al papá todas sus gracias, además de ajustar con usted la cuenta después.

—No tenga usted cuidado —contestó Agustín, que aún se sentía humillado con la observación de Adelaida.

Amador salió, cerrando con llave la puerta que caía al patio.

Oyese el ruido de sus pasos sobre el empedrado y luego el de la puerta de calle que se abría y se cerraba.

Inmediatamente después, Agustín pareció salir del espanto que la bien fingida cólera de Amador le había causado y se dirigió a doña Bernarda:

—Señora —le dijo—, yo prometo que me casaré mañana si usted me deja salir: ahora es imposible que lo haga, porque papá no me perdonaría que me casase sin avisarle.

—¡Las cosas del francesito! —exclamó doña Bernarda, haciendo un movimiento de hombros—. ¿Que no ve que Amador es capaz de matarme si lo dejo arrancarse? ¡Tan mansito que es ya lo vio usted endenantes que por nada no le ajusta una puñalada a la niña!

—Pero, señora, por Dios, yo le juro que vuelvo mañana a casarme.

—Si yo pudiera, lo dejaría salir —exclamó Adelaida, mirándole con desprecio—, y si no me obligasen no me casaría, porque veo que usted me estaba engañando.

Agustín se tiró con desesperación su perfumado cabello. Todo parecía rebelarse en su contra.

—Se engaña usted —exclamó, con voz de súplica—, porque la amo de veras; pero no creo que usted considere honroso para usted lo que me obligan a hacer. Yo me casaría sin necesidad de que me amenazasen.

—Consígalo si puede con Amador —le dijo doña Bernarda—. ¿Qué quiere que hagamos nosotras?

Entre súplicas y respuestas transcurrió como un cuarto de hora.

Agustín se sentó desesperado y ocultó el rostro entre las manos, apoyando los codos sobre las rodillas. A veces, le parecía una horrible pesadilla lo que acontecía y divisaba la vergüenza a que se vería condenado diariamente delante de su familia y de las aristocráticas familias que frecuentaba.

Un ruido de pasos resonó en el patio y entró luego Amador.

—Aquí está el padre —dijo a Agustín con sombrío tono de amenaza—. ¡Cuidado con decir que no, ni chistar una sola palabra que haga ver lo que hay de cierto, porque a la primera que diga, lo tiendo de una puñalada!

Dichas estas palabras, volvió a la puerta que caía al patio.

Dentre, mi padre —dijo, aquí están todos.

Un sacerdote entró a la pieza, con aire grave. Un pañuelo de algodón doblado como corbata y atado por las puntas sobre la cabeza, que además estaba cubierta por el capuchón del hábito, le ocultaba parte del rostro y parecía puesto para librar del aire a una abultada hinchazón que se alzaba sobre el carrillo izquierdo.

Un par de anchas antiparras verdes ocultaban sus ojos y cambiaba el aspecto verdadero de su fisonomía con ayuda del pañuelo amarrado sobre la cara.

—Vaya, párense, pues —dijo Amador.

Doña Bernarda, Adelaida y Agustín se pusieron de pie.

El padre hizo que Adelaida y Agustín se tomasen de las manos. Doña Bernarda y Amador se colocaron a los lados. Después, acercando la vela que tomó en una mano al libro que había abierto y tomado con la otra, comenzó con voz gutural y monótona del caso, la lectura de la fórmula matrimonial.

Terminadas las bendiciones, Agustín se dejó caer sobre una silla más pálido que un cadáver.

El padre se retiró acompañado de Amador, después de firmar una partida del acto que acababa de verificarse.

Amador regresó luego a la pieza en que permanecían silenciosa la madre y los recién casados.

—Vaya, don Agustín —dijo, con cierta sorna—, ya está usted libre.

—Jamás me atreveré a confesar un casamiento celebrado de este modo —contestó Agustín, con voz sombría.

—Por poco se aflige el francesito —dijo doña Bernarda—. ¿Que no quiere a la Adelaida, pues?

—Por lo mismo que la amo habría querido casarme con ella con el consentimiento de mi familia —replicó Agustín, que, viéndose casado, quería, por lo menos, destruir en el ánimo de Adelaida la mala impresión que su resistencia hubiese podido dejarle.

—¡Vaya! Lo mismo tiene adelante que por las espaldas —exclamó Amador—: en lugar de pedir antes de casarse el consentimiento al papá, se lo pide después.

—No es lo mismo contestó el novio, y pasará mucho tiempo antes que pueda decir a papá que estoy casado.

Estas palabras oprimieron la voz de Agustín con la idea que le desesperaba, de hallarse emparentado con aquélla que algunas horas antes consideraba sólo digna de servir a sus caprichos.

—Pues, hijito —le dijo doña Bernarda—, no piense que le entrego la mujer hasta que avise a su familia que está casado. Allí en la casa de su papá es donde usted la recibirá.

Esta nueva declaración no hizo tanto efecto en el ánimo de Agustín, porque lo tenía ya embargado con la realidad abrumadora de su triste aventura.

—Y si él no da parte, madre —dijo Amador—, yo tengo boca; pues, ¿qué estás pensando?, y no me morderé la lengua para contar que mi hermana está casada.

La amenaza de Amador pareció impresionar más fuertemente al contristado joven que la de doña Bernarda.

—Es preciso que a lo menos me den tiempo para preparar el ánimo de papá —exclamó exasperado—. ¡Cómo quieren que lo haga de repente!

—Se le darán algunos días, —contestó Amador.

—Y en estos días, ¿usted promete callarse?

—Lo prometo.

—Vaya, pues ya es tarde —dijo doña Bernarda—, y será bueno que se vaya para su casita.

Agustín se dirigió entonces a Adelaida, que fingía perfectamente un pesar desgarrador.

—Veo —le dijo— que usted sufre tanto como yo de la violencia que han cometido sus parientes.

Adelaida bajó los ojos, suspirando.

—Yo habría querido darle mi mano de otro modo —continuó el elegante.

—Y yo siento mucho que...

Aquí los sollozos cortaron la voz de Adelaida, dejando con esta reticencia más agradable impresión en el espíritu del joven que si hubiese dicho algo, porque pensó que Adelaida era, como él, víctima de la trama.

—No te aflijas, tonta —dijo doña Bernarda a su hija.

—Esa aflicción —repuso Agustín— me prueba que ella no participa de lo que ustedes han hecho.

Para sellar la tardía entereza con que pronunció aquellas palabras, Agustín salió encasquetándose hasta las cejas el sombrero.

—No se le olvide lo convenido —le dijo Amador, asomándose a la puerta de la antesala cuando Agustín llegaba a la de la calle.

Dio un fuerte golpe a esta puerta, como toda persona débil que descarga su cólera contra los objetos inanimados, y se dirigió a su casa con el pecho despedazado por la vergüenza y por la rabia.

Amador, entretanto, había cerrado la puerta y echándose a reír:

—¡Vaya con el susto que le metí! —exclamó—. ¡Hasta se le olvidaron todas las palabras francesas con que anda siempre!

Después de algunos comentarios sobre la conducta que debían observar en adelante, separáronse los dos hijos de la madre, dirigiéndose cada cual a su aposento.

Adelaida encontró a su hermana en pie:

—¿Cómo has consentido en pasar por esa farsa? —le dijo Edelmira, que, al parecer, había observado sin ser vista la escena del supuesto matrimonio.

—Me admira tu pregunta —respondió Adelaida—, ¿no ves que Agustín se habría burlado de mí si hubiese podido? Todos esos jóvenes ricos se figuran que las de nuestra clase han nacido para sus placeres. ¡Ah, si yo hubiese sabido esto antes, tendría mejor corazón; pero ahora los aborrezco a todos igualmente!

Edelmira renunció a combatir los sentimientos que la desgracia había hecho nacer en el corazón de su hermana.

—Este —añadió Adelaida— habría jugado con mi corazón como el otro si yo lo hubiese querido; no está de más darle una buena lección.

Como Edelmira no contestó tampoco a estas palabras, Adelaida se calló siguiendo en su imaginación las reflexiones que, como la que precede, manifestaban la preocupación constante de su espíritu. Adelaida, así como tantas otras víctimas de la seducción que en su primer amor reciben un temible desengaño, había perdido los delicados sentimientos que germinan en el corazón de la mujer, entre los dolores del desencanto y el violento deseo de venganza que el abandono de Rafael había despertado en su pecho. Su alma, que en la dicha habría encontrado espacio para explayar los nobles instintos, arrojada en su primera y más pura expansión a la desgracia, parecía sólo capaz de odio y de sombrías pasiones. Ignorando su historia, todos atribuían a orgullo la indiferencia con que Adelaida consideraba las cosas de la vida. Esta historia de un corazón destrozado al nacer a la vida del sentimiento es bastante común en todas las sociedades y en la nuestra, particularmente en la esfera a que Adelaida pertenecía, para que no encuentre un lugar preparado en este estudio social.

Adelaida había hecho de su rencor el pensamiento de todos sus instantes, de modo que en su criterio no existía ya diferencia entre las personas que se presentasen para saciarlo, con tal que perteneciesen a la aristocracia de nuestra sociedad. Por esto no había tenido un solo momento de compasión por las aflicciones de Agustín, el que, después de entrar en su cuarto, se arrojó sobre la cama dando rienda suelta a su desesperación.

28

Los días que mediaron entre las escenas referidas en el capítulo anterior y el domingo en que Leonor había anunciado a Rivas que saldría con su prima al Campo de Marte, fueron para Agustín fecundos en tormentos y sobresaltos. Tenía ese vigilante receloso sinsabor que tortura el alma del que ha cometido una falta y se figura que los triviales incidentes de la vida vienen de antemano preparados por el destino para descubrirle a los ojos del mundo. Una pregunta de Leonor sobre los amores que él le había confiado antes, alguna observación de su padre sobre sus frecuentes ausencias de la casa, le arrojaban en la más desesperante turbación y hacíanle ver en los labios de todos las fatales palabras que revelaban su secreto. Hijo de una sociedad que tolera de buen grado la seducción en las clases inferiores, ejercida por sus compatricios, pero no un acto de honradez que concluyese por el matrimonio para paliar una falta, Agustín Encina no sólo temía la cólera del padre, los llantos y reproches amargos de la madre, el orgulloso desprecio de la hermana, que le amenazaban, si descubría su casamiento, sino que en medio de esas espadas de Damocles suspendidas sobre su garganta divisaba el fantasma zumbón e implacable que domina en nuestras sociedades civilizadas, ese juez adusto y terrible que llamamos el qué dirán. El infeliz elegante, que tan caro expiaba su conato de libertinaje en el campo de fácil acceso que forma la gente de medio pelo, perdía el color, el sueño y el apetito ante la idea de ver divulgada su fatal aventura en los dorados salones de las buenas familias, y escuchaba, por presentimiento, los malignos comentarios que al ruido de las tazas del té, alrededor del brasero, al compás de algún aria de Verdi o de Bellini, harían de su situación los más caritativos de sus amigos. Al peso de estas ideas había perdido su genial alegría y su decidida afición al afrancesamiento del lenguaje. La conciencia de su situación le hacía mirar con indiferencia las más elegantes prendas de su vestuario: el mundo no tenía ya ventura para él. ¡Una corbata negra le bastaba por un día entero para envolver su cuello! ¡Había visto cambiarse la corona florida de Don Juan y de Lovelace fue pensaba colocar en sus sienes para que la turba la envidiase, en la coyunda abrumadora de un matrimonio clandestino y contraído en baja esfera! Sólo su falta de coraje le libertaba del suicidio, única salida que divisaba en tan angustiado y vergonzoso trance. Si contar que una seducción era una gloria, referir la verdad era un baldón que le arrojaba para siempre en la vergüenza. He ahí su situación, que Agustín no podía disimularse, y que a fuerza de pensar en ella cobraba por instantes las más aterradoras proporciones.

Durante estos días de continuo sin sabor, Agustín asistía todas las noches a casa de doña Bernarda y representaba, por consejo de Amador, el papel de galán que los demás amigos de la casa le conocían, para alejar así toda sombra de sospecha acerca de su matrimonio. En todas estas visitas se acompañaba con Martín, a quien engañaba también, refiriéndole supuestas conversaciones con Adelaida, a fin de hacerle creer que siempre se hallaba en los preliminares del amor.

Martín le seguía gustoso, porque encontraba en sus conversaciones con Edelmira un consuelo a los pesares que le agobiaban. La confianza que se habían prometido aumentaba de día en día. Valiéndose de ella, y sin hablar de su amor a la hija de don Dámaso, Rivas descubría a Edelmira la delicadeza de su corazón y el fuego juvenil de sus pasiones exaltadas por un amor sin esperanza. Edelmira oía con placer esas dulces divagaciones sobre la vida del corazón que para los jóvenes, que viven principalmente de esa vida, tiene tan poderosos atractivos. Cada conversación le revelaba nuevos tesoros en el alma de Rivas, a quien veía ya rodeado de la aureola con que la imaginación de las niñas sentimentales engalana la frente de los cumplidos héroes de novela. Y hemos dicho ya que Edelmira, a pesar de su oscura condición leía con avidez los folletines de los periódicos que un amigo de la familia le prestaba.

Ricardo Castaños veía con gran disgusto las conversaciones de Edelmira y Martín, a quien consideraba como su rival. En vano había querido desprestigiarle, refiriendo con colores desfavorables para Rivas la aventura de la plaza y la prisión del joven. Los recursos mezquinos de su intriga habían producido en el corazón de Edelmira un efecto enteramente contrario al que él se prometía. La guerra que un amante odiado declara contra su preferido rival en el corazón de una mujer sirve la más de las veces para aumentar su prestigio, por esa tendencia hacia la contrariedad natural a la índole femenil. Por esto, mientras mayor empeño desplegaba el oficial para dañar a Martín en el ánimo de Edelmira, con mayor fuerza se desarrollaban en ésta los sentimientos opuestos en favor de aquel joven melancólico, de delicado lenguaje, que daba al amor la vaporosa forma que encanta el espíritu de la mujer.

Entre Edelmira y Martín, sin embargo, no había mediado ninguna de esas frases galantes con que los enamorados buscan el camino del corazón de sus queridas. Martín tenía con Edelmira un verdadero afecto de amistad, cuya solidez aumentaba a medida que descubría la superioridad de la niña sobre las de su clase, mientras que Edelmira le miraba ya con esa simpatía que en la mujer toma las proporciones del amor, sobre todo cuando no es solicitado.

Mucho agradaba a Agustín la asiduidad de las visitas de Rivas a casa de doña Bernarda. Temiendo exasperar a la familia con su ausencia, no se atrevía a faltar una sola noche y creía que acompañado por un amigo era menos notable a sus propios ojos y a los de Adelaida la ridícula y falsa posición en que se hallaba colocado.

Entretanto, Amador había principiado ya a recoger los frutos de su intriga, cobrando a su supuesto cuñado algunas deudas de juego que éste, por asegurar su silencio, se había apresurado a pagarle, diciendo a su padre, al tiempo de pedirle el dinero, que era para pagar algunas cuentas de sastre.

Amador rebosaba de alegría al ver la facilidad con que Agustín había satisfecho su exigencia, y se había apresurado a derrochar el dinero con esa facilidad que tienen los que lo adquieren sin trabajo. Además de sus gastos presentes, le había sido también preciso cubrir el importe de otros atrasados, para suspender por algún tiempo las continuas persecuciones a que sus deudas le condenaban. Con decidido amor al ocio, sin profesión ninguna lucrativa y sin más recursos que el juego, Amador se hallaba siempre bajo el peso de un pasivo muy considerable con atención a sus eventuales entradas. El dinero de Agustín le trajo, pues, cierta holganza a que aspiraba al emprender el plan con que le había engañado. Con un reloj que debía a su habilidad en hacer trampas, y una gruesa cadena que acababa de comprar, Amador había adquirido gran importancia a sus propios ojos y aparentaba aires de caballero en el café, que le hacían notar de toda la concurrencia.

El sábado que procedió el día fijado para el paseo a la Pampilla, en casa de don Dámaso Encina, tuvo lugar entre doña Bernarda y Amador una conversación que debía atacar de nuevo la tranquilidad de Agustín.

Era por la mañana, y Amador trataba de recuperar el sueño que los espirituosos vapores que llenaban su cerebro después de una noche de orgía ahuyentaban de sus párpados, produciendo en todo su cuerpo la agitación de la fiebre.

Doña Bernarda entró al cuarto de su hijo después de haber esperado largo rato a que se levantase.

—Vamos, flojeando —le dijo—; ¿hasta cuándo duermes...?

—Ah, es usted, mamita —contestó Amador, dándose vuelta en su cama.

Estiró los brazos para desperezarse, dio un largo y ruidoso bostezo y, tomando un cigarro de papel, lo encendió en un mechero que prendió de un solo golpe.

—Me he llevado pensando en una cosa —dijo doña Bernarda, sentándose a la cabecera de su hijo.

—¿En qué cosa? —preguntó éste.

—Ya van porción de días que Adelaida está casada —repuso doña Bernarda—, y Agustín no le ha hecho ni siquiera un regalito.

—Es cierto, pues, que no le ha dado nada.

—De qué nos sirve que sea rico entonces; uno pobre le habría dado ya alguna cosa.

—Yo arreglaré esto —dijo Amador, con tono magistral—, no le dé cuidado, madre. ¡Si el chico quiere hacerse desentendido, se equivoca! No pasa de hoy que no se lo diga.

—Al todo también, pues —observó la madre—, no sólo no confiesa el casamiento a su familia, sino que se quiere hacer el inocente con los regalos.

—Déjelo no más, yo lo arreglaré —dijo Amador.

Doña Bernarda entró entonces en la descripción de los vestidos que convendrían a su hija, sin olvidar los que a ella le gustaría tener, indicando las tiendas en que podrían encontrarse. Lo prolijo de los detalles hacia ver que la buena señora había meditado detenidamente su asunto, del cual impuso con escrupulosidad a Amador. En su enumeración entraron, además de los vestidos de color, una buena basquiña negra y un mantón de espumilla para ella, que no podía, por el calor sufrir el de merino. Ayudada con los conocimientos aritméticos que Amador había adquirido en la escuela del maestro Vera, cuyo recuerdo hace temblar aún a algunos desdichados que experimentaron el rigor de su férula, doña Bernarda sacó la cuenta del número de varas de género de hilo que entraban en una docena de camisas para Adelaida, con más el importe de los vuelos bordados que debían adornarlas, el de dos docenas de medias, varios pares de botines franceses y diversos artículos de primera necesidad para la que, según ella, estaba destinada a figurar en breve en la más escogida sociedad de Santiago.

—Pero, madre —le dijo Amador—, ¿cómo quiere que Agustín o yo vayamos a comprar todo eso? ¿No será mejor que él dé la plata y usted haga las compras?

—¡Ve, qué gracia! Por supuesto —respondió doña Bernarda.

—Le diré que con quinientos pesos se puede comprar lo más necesario.

—O seiscientos; mejor es de más que de menos —dijo la madre.

En la noche se presentó Agustín acompañado de Rivas.

Amador le llamó luego a un punto de la pieza, distante del que ocupaban las demás personas que allí había.

—¿Y... cuándo avisa, pues, a su familia? —dijo al elegante, que palideció bajo la mirada de su dominador.

—Es preciso hacerlo con tiento —contestó—, porque si no elijo bien la ocasión, papá puede enojarse y desheredarme.

—Eso está bueno —replicó Amador—; ¿pero usted se ha olvidado que tiene mujer? ¿En dónde ha visto novio que no haga ni un solo regalo?

—He estado pensando en ello. Usted sabe que no puedo pedir plata a papá todos los días.

—¡Qué! Un rico como usted no puede hallarse en apuros por la friolera de mil pesos; el lunes voy a buscarlos a su casa.

—¡Pero el lunes es muy pronto! —exclamó, aterrorizado, Agustín—; el otro día no más pedí mil pesos, ahora es imposible; ¿qué dirá papá?

—Papá dirá lo que le dé la gana; lo cierto del caso es que yo iré el lunes a buscar los mil pesos.

—Espéreme siquiera unos quince días.

—¡Quince días! ¡Qué poco! ¡Dejante que me tiene usted avergonzado con la mamita y las niñas, porque les tenía dicho que a todas les regalaría algo!

—Esa es mi intención; pero necesito tiempo para pedir a papá la plata sin que entre en sospechas.

—Y si entra, ¿qué tiene, pues? ¿Que se está figurando que siempre nos hemos de estar callados? Yo no digo que usted no le haga a papá el ánimo sobre lo del casamiento; pero lo de la plata es otra cosa. El viejo es bien rico y no importa que le duela.

—Pero, ¿cómo pedirle tan pronto?

—No sé cómo, ya le digo, el lunes sin falta me tiene por allá.

Retiróse Amador, dejando perplejo y abismado al infeliz que tenía en su poder. La rabia que la exigencia de dinero despertaba en Agustín se calmaba, o, más bien, reprimía su ímpetu por el temor de ver revelado el secreto de su casamiento, que él se lisonjeaba de poder aplazar hasta un tiempo más oportuno, figurándose, como todo el que con un carácter débil se encuentra en alguna apurada alternativa, que el tiempo le reservaba algún modo de salir del difícil trance en que se veía colocado.

Bajo el peso de semejante situación, se retiró Agustín a las once de la noche, sin que las palabras de Adelaida ni los cariños que doña Bernarda le prodigaba hubiesen podido calmar la inquietud que oprimía su corazón. En el camino anduvo silencioso al lado de Martín, a quien el extraño silencio de su nuevo amigo no alcanzaba a preocupar, porque, como todo enamorado que no se halla con su confidente prefería caminar en silencio, para dar rienda suelta a sus pensamientos sobre Leonor.

29

Amaneció el domingo en que Leonor había anunciado que saldría con su prima al Campo de Marte.

Algunos pormenores que daremos acerca de estos paseos en general están más bien dedicados a los que lean esta historia y no hayan tenido ocasión de ver a esta gloriosa capital de Chile cuando se preparaba para celebrar los recuerdos del mes de septiembre de 1810.

Estos preparativos son la causa de los paseos al Campo de Marte, en que nuestra sociedad va a lucir sus galas de su lujo, allí primero y después a la Alameda. Para celebrar el simulacro de guerra que anualmente tiene lugar en el Campo de Marte el día 19 de septiembre, los batallones cívicos se dirigen a ese campo en los domingos de los meses anteriores, desde junio, a ejercitarse en el manejo de las armas y evoluciones militares con que deben figurar la derrota de los dominadores españoles.

En esos domingos, nuestra sociedad, que siempre necesita algún pretexto para divertirse, se da cita en el Campo de Marte con motivo de la salida de las tropas.

Antes que las familias acomodadas de Santiago hubiesen reputado como indispensable el uso de los elegantes coches que ostentan en el día, las señoras iban a este paseo en calesa y a veces en carreta, vehículo que usan ahora solamente las clases inferiores de la sociedad santiaguina.

Los elegantes, en lugar de sillas inglesas y caballos inglesados en que pasean su garbo al presente por las calles laterales del paseo, gustaban entonces de sacar en exhibición las enormes montañas de pellones las antiguas botas de campo y las espuelas de pasmosa dimensión, que han llegado a ser de uso exclusivo de los verdaderos huasos.

Pero entonces como ahora, la salida de las tropas a la Pampilla era el pretexto de tales paseos, porque la índole del santiaguino ha sido siempre la misma. y entre las señoras, sobre todo, no se admite el paseo por sus fines higiénicos, sino como una ocasión de mostrarse cada cual los progresos de la moda y el poder del bolsillo del padre o del marido para costear los magníficos vestidos que las adornan en estas ocasiones.

En Santiago, ciudad eminentemente elegante, sería un crimen de lesa moda el presentarse al paseo dos domingos seguidos con el mismo traje.

De aquí la razón por qué en Santiago sólo los hombres se pasean cotidianamente y por qué las señoras sienten, cuando más cada domingo, la necesidad de tomar el aire libre de un paseo público.

Los que desean ir al llano y no tienen carruaje en qué hacerlo, se pasean en la calle del medio de la Alameda, con la seriedad propia del carácter nacional, y esperan la llegada de los batallones, observándose los vestidos si son mujeres, o buscando las miradas de éstas los varones.

Antes que el tambor haya anunciado la venida de los milicianos, los coches se estacionan en filas al borde de la Alameda, y los elegantes de a caballo lucen su propio donaire y el trote de sus cabalgaduras, dando vueltas a lo largo de la calle y haciendo caracolear los bridones en provecho de la distracción y solaz de los que a pie les miran.

La crítica, esta inseparable compañera de toda buena sociedad, da cuenta de los primorosos trajes y de los esfuerzos con que los dandies quieren conquistarse la admiración de los espectadores.

En cada corrillo de hombres nunca falta alguno de buena tijera, que sobre los vestidos de los que pasan corte algún otro con sus correspondientes ribetes de ridículo.

Las señoras, por su parte, aplican su espíritu de análisis al traje de las que pasan, recordando, con admirable memoria, la fecha de cada vestido.

—El de la Fulana, ese vestido verde de una pollera, es el que tenía de vuelos el año pasado, que se puso en el Dieciocho.

—Miren a la Mengana con la manteleta que compró ahora tres años: ella cree que nadie se la conoce porque le ha puesto el encaje del vestido de su mamá.

—El vestido que lleva la Perengana es el que tenía su hermana antes de casarse, y era primero de su mamá, que lo compró junto con el de mi tía.

Con estas observaciones, que prueban la privilegiada memoria femenil, se mezclan las admiraciones sobre tal o cual adefesio de las amigas.

Las tropas desfilan, por fin, en columna por la calle central de la Alameda, en medio de la concurrencia que deja libre el paso, y los oficiales que marchan delante de sus unidades reparten saludos a derecha e izquierda con la espada, absorbiéndose a veces en esta ocupación hasta hacerse pisar los talones por la tropa que marcha tras ellos.

En 1860, época de esta historia, había el mismo entusiasmo que ahora por esta festividad, precursora de la del Dieciocho, bien que entonces el lado norte de la Alameda no se llenase completamente como en el día de brillantes carruajes, desde los cuales muchas familias asisten al paseo sin moverse de muelles cojines.

Leonor había anunciado a su padre que deseaba ir a la Pampilla a caballo con su prima, y aquel deseo había sido una orden para don Dámasco, que a las doce del domingo tenía ya preparados los caballos.

Había uno para Leonor y otro para Matilde, de hermosas formas y arrogante trote.

Otro de paso para don Dámaso, a quien su hija había exigido la acompañase.

Dos más, destinados a Agustín y a Rivas, a quien su nuevo amigo había convidado para ser de la comitiva.

El día era de los más hermosos de nuestra primavera.

A las tres de la tarde había gran gentío en el Campo de Marte, presenciando las evoluciones y ejercicio de fuego de los milicianos. Los coches, conduciendo hermosas mujeres corrían sobre el verde pasto del campo, flanqueado por elegantes caballeros que trotaban al lado de las puertas, buscando las miradas y las sonrisas. Alegres grupos de niñas y jóvenes galopaban en direcciones distintas, gozando del aire del sol y del amor. Entre estos grupos llamaban la atención el que componían Leonor, su prima y los caballeros que las acompañaban. El trote desigual de las cabalgaduras hacía que las niñas marchasen a veces solas, a veces rodeadas por los hombres que se disputaban su lado. A este grupo habían venido a agregarse Emilio Mendoza y Clemente Valencia, que picaban sus caballos para escoltar a Leonor. Siempre retirado de ella y contemplando con arrobamiento, seguía Martín la marcha, sin fijarse en las bellezas del paisaje que desde aquel llano se divisan. Leonor se le presentaba en aquellos momentos desde un nuevo punto de vista, que añadía desconocidos encantos a su persona. El aire daba a sus mejillas un diáfano encarnado; el ruido bélico de las bandas de música hacía brillar sus ojos de animación, y su talle, aprisionado en una chaqueta de paño negro, de la cual se desprendía la larga pollera de montar, revelaba toda la gracia de sus formas. El placer más vivo se retrataba francamente en su rostro. No era en aquel instante la niña orgullosa de los salones, la altiva belleza en cuya presencia perdía Rivas toda la energía de su pecho; era una niña que se abandonaba sin afectación a la alegría de un paseo, en el que latía de contento su corazón por la novedad de la situación, por la belleza del día y del paisaje, por las oleadas de aire que azotaban su rostro, impregnadas con los agrestes olores del campo, húmedo aun con el rocío de la noche.

La comitiva se había detenido un momento cerca de un batallón que cargaba sus armas. Al ruido de la primera descarga, los caballos se principiaron a mover, dando saltos algunos de ellos, que se repitieron a la segunda descarga. Entre los más asustados se encontraba el caballo de don Dámaso, que al ruido de los tiros había perdido su pacífico aspecto para transformarse en el más alborotado bridón.

—Y me habían dicho que era tan manso —decía don Dámaso, palideciendo al sentirlo encabritarse con furia, cuando, después de la segunda descarga, principió el fuego graneado.

Al ruido continuo de este fuego, todos los caballos principiaron a perder la paciencia y algunos a seguir el ejemplo del de don Dámaso, que en un espanto había echado al suelo una canasta de naranjas y limas que un vendedor presentaba a los jóvenes. Con este incidente hubo un cambio en la posición de cada jinete, y ora fuese efecto de la casualidad, ora de un movimiento intencional, Leonor se encontró de repente al lado de Rivas; y Matilde, que trataba de contener los movimientos de su caballo, oyó a su lado la voz de San Luis que la saludaba.

—Aquí estamos mal —dijo Leonor a Martín—. ¿,Le gusta a usted galopar?

—Sí, señorita —contestó Rivas.

—Sígame entonces —repuso Leonor, volviendo su caballo hacia el sur.

Hizo señas al mismo tiempo a Matilde, que emprendió el galope, mientras que don Dámaso arreglaba con el naranjero el precio de las naranjas que por causa de él habían ido a para a manos de los muchachos que siempre escoltan a los batallones en sus salidas al llano.

—Síguelas tú, ya las alcanzo —dijo don Dámaso a Agustín, al ver partir, a los que con él estaban, a galope tendido.

Leonor azotaba a su caballo, que iba pasando del galope a la carrera, animado también por el movimiento del de Martín.

Este corría al lado de Leonor sintiendo ensancharse su corazón por primera vez al influjo de una esperanza. El convite de la niña para que la siguiese, la naturalidad de sus palabras, la franca alegría con que ella se entregaba al placer de la carrera, le parecieron otros tantos felices presagios de ventura. Bajo la influencia de semejante idea, mientras corría, contemplaba con entusiasmo indecible a Leonor, que, animada por la velocidad creciente del caballo, con el rostro azotado por el viento, vivos de contento infantil los grandes ojos le parecía una niña modesta y sencilla que debía tener un corazón delicado y exento del orgullo con que hasta entonces le había parecido.

La carrera se terminó muy cerca del lugar que ocupa la cárcel penitenciara. Leonor se detuvo y contempló durante algunos momentos a los demás de la comitiva, que habiendo sólo galopado, venían aún muy distantes del punto en que ella se encontraba con Rivas.

—Nos han dejado solos —dijo, mirando a Martín, que en ese momento se creía feliz por primera vez desde que amaba.

Durante la carrera y alentado por las ideas que describimos, Martín hahia resuelto salir de su timidez y jugar su felicidad en un golpe de audacia. Al oír las palabras de Leonor, sintió palpitar con violencia su corazón, porque veía en ellas una ocasión de realizar su nuevo propósito. Armóse entonces de resolución y con voz turbada:

—¿Lo siente usted? —le preguntó.

Para seguir paso a paso el estudio del altanero corazón de la niña nos vemos obligados a interrumpir con frecuentes advertencias las conversaciones entre ella y Martín. Entre dos corazones que se buscan, y sobre todo cuando se encuentran colocados a tanta distancia como los que aquí presentamos, cada conversación va marcando sus pasos graduales que deben conducirlos a estrecharse o a separarse para siempre. La poca locuacidad es un rango peculiar de semejantes situaciones. En las presentes circunstancias muy pocas palabras habían bastado para poner a esos dos corazones frente a frente. Leonor estaba muy lejos de pensar que iba a recibir aquella pregunta por contestación, y esa pregunta sola fue bastante para despertar su orgullo. Había mandado convidar a Martín para librarse del galanteo infalible de sus dos enamorados elegantes, que, sobre todo en los últimos días, la fastidiaban. En Rivas veía Leonor el objeto de la lucha que se había propuesto para sacar triunfante su corazón, y contaba con la timidez del joven, acaso con su frialdad real o calculada, mas no con la osadía que revelaba la pregunta. Para contestarla acudió Leonor a esa indiferencia glacial, con que había castigado ya a Martín en otra ocasión, fingiendo no haber oído, dijo solamente:

—¿Cómo dice usted?

La sangre del joven pareció agolparse toda a sus mejillas, que cambiaron su juvenil sonrosado con el rojo subido de la vergüenza. Pero Rivas, como todo hombre naturalmente enérgico, sintió rebelase su corazón con aquella contrariedad, y a pesar de que latía con violencia y de que su lengua parecía negarse a formular ninguna sílaba, hizo un esfuerzo para contestar:

—Pregunté, señorita, si usted sentía verse a solas conmigo —dijo—, para explicar a usted que la he seguido por orden suya y temiendo que pudiera sucederle algún accidente.

—¡Ah! —exclamó Leonor, no ya indiferente, sino con tono picado—. Usted ha venido para socorrerme en caso necesario.

—Para servirla, señorita —replicó, con dignidad, el joven.

Leonor oyó con placer el acento de aquellas palabras, que revelaban cierta altanería en el que las había pronunciado.

Usted se impone demasiadas obligaciones para pagar nuestra hospitalidad —le dijo—. ¿No basta que usted sirva a mi padre en todos sus negocios?

—Señorita —repuso Martín—, yo me coloco en la posición que usted parece señalarme, porque aún estoy lejos de tener una alta idea de mi importancia social.

—¿Se compara usted con alguien que le parezca muy superior?

—Con esos caballeros que vienen hacia nosotros, por ejemplo.

—¿Con Agustín?

—No, señorita, con los otros, con los señores Mendoza y Valencia.

—¿Y por qué con ellos precisamente? —preguntó Leonor con una ligera turbación que disimuló con maestría.

—Porque ellos, por su posición, pueden aspirar a lo que yo no me atrevería.

Cuando Rivas dijo estas palabras, la cabalgata, que venía a galope corto hacia el lugar en que se encontraba con Leonor, estaba ya muy próxima.

—No veo la diferencia que usted indica —contestó Leonor con voz que parecía afectuosa y confidencial—; a mis ojos un hombre no vale ni por su posición social ni mucho menos por su dinero. Ya ve usted —añadió, con una ligera sonrisa que bañó en la más suprema felicidad el alma de Rivas— que casi siempre pensamos de diverso modo.

Dio con su huasca un ligero golpe al anca de su caballo y se adelantó a juntarse con los que llegaban.

Martín la vio alejarse diciéndose:

"¡Extraña criatura! ¿Tiene corazón o sólo cabeza? ¿Se ríe de mí o, realmente, quiere elevarme a mis propios ojos?"

El grupo que formaba la comitiva había llegado hasta el punto en que Martín se encontraba cuando hacía estas reflexiones. Ellas, como se ve, eran muy distintas de las que sus anteriores conversaciones con Leonor le habían sugerido. Ya la esperanza doraba con sus reflejos el horizonte de sus ideas, abriendo nuevo campo a las sensaciones de su pecho y a los devaneos de su espíritu. Esa esperanza sola era para Martín una felicidad.

Mientras Leonor y Rivas tenían la conversación que precede, los demás de la comitiva caminaban hacia ellos, como dijimos, a galope corto, que fue poco a poco cambiándose en trote. Rafael se había colocado al lado de Matilde y repetido con ella una conversación sobre el mismo tema que la primera, el mismo también en que se engolfan todos los enamorados. En su rostro resplandecía la felicidad; y sus ojos, al mismo tiempo que sus labios, se juraban ese amor al que siempre los amantes dan por duración la eternidad. San Luis, que deseaba aprovecha el momento para informar a su amante de los progresos favorables de su intento de unirse a ella, salió del idilio amoroso para hablar de las realidades.

—Mi tío —dijo se encuentra perfectamente dispuesto a servirme y protegerme: mis esperanzas aumentan. Si su padre vuelve a empeñarse por el arriendo de la hacienda, es lo más probable que seamos felices. ¿Podré contar con que usted tenga la entereza de confesar a su padre que me ama todavía?

—Sí, la tendré —contestó Matilde—; si no soy de usted, no seré de nadie.

—Esas palabras —repuso Rafael— las recibiría de rodillas; con el sufrimiento, mi amor por usted ha aumentado, puede decirse, porque se ha arraigado para siempre en mi pecho.

Insensiblemente volvieron al eterno divagar sobre la misma idea que forma el paraíso de los enamorados que se comprenden. Así llegaron al lugar en que se hallaba Martín. Algunas palabras habló San Luis, después de esto, con Leonor y Rivas y, viendo acercarse a don Dámaso, se retiró al galope.

Don Dámaso había arreglado su asunto con el naranjero y emprendió la marcha para reunirse a los suyos. A su edad, y cuando no se monta con frecuencia a caballo, el cuerpo se resiente pronto del movimiento algo áspero de la cabalgadura, aun cuando sea de paso, como la que él montaba. Al llegar al grupo en que estaban sus hijos, don Dámaso esperaba descansar del largo trote que había dado; pero Leonor emprendió luego la marcha y los demás la siguieron, con gran descontento de don Dámaso, a quien el sol y el cansando comenzaban a dar el más triste aspecto.

Caminando alrededor de los carruajes y de la gente de a caballo que rodeaba los batallones, la comitiva encontró el coche en que doña Engracia se paseaba, acompañada por doña Francisca, y con Diamela en las faldas. Don Dámaso aseguró a su mujer que no estaba cansado y comió alegremente, con los demás, limas, naranjas y dulces que en tales ocasiones se pasan de los coches a los de a caballo. Pero, por su mal, Leonor parecía infatigable, y fue preciso seguirla en nuevas excursiones hasta la hora de regresar a la Alameda. Allí volvieron a detenerse junto al coche de doña Engracia. En diez minutos de reposo, don Dámaso se figuraba haberse repuesto de la fatiga: mas al emprender de nuevo la marcha, su cuerpo, que se había enfriado, sintió todo el peso del cansancio, y el paso del caballo, a pesar de su suavidad, le arrancó ahogados gemidos, que el buen caballero confundió con la promesa formal de no volver a semejantes andanzas. Sus juramentos se repitieron varias veces, porque fueron muchos los paseos que dio su hija a lo largo de la Alameda, deteniéndose sólo durante pequeños momentos, que don Dámaso aprovechaba para volver a su lugar el nudo de su corbata, que parecía querer dar la vuelta completa de su pescuezo con el movimiento de la marcha, y para volver su sombrero a su natural posición, trayéndolo del cuello de la levita, en que iba a reposar, dejando la frente al aire, sobre los puntos de su cabeza en que acostumbraba asentarlo.

Al bajar del caballo en el patio de la casa, don Dámaso hizo algunos gestos que manifestaban su lamentable estado, y rogó a Leonor que en ese año no le volviese a convidar para salir a tales paseos.

30

Inmensos esfuerzos de paciencia y las más reiteradas súplicas tuvo que emplear Agustín Encina para obtener de Amador algunos días de plazo de su exigencia de dinero. Sin otra mira que la de ganar tiempo, había solicitado aquel aplazamiento, porque sabía que un nuevo pedido de plata a su padre despertaría las sospechas de éste y haría probablemente descubrir su casamiento.

La idea dominante de Agustín era ocultar este casamiento alentado por la vaga esperanza de todo el que, puesto en una difícil posición espera del tiempo, más bien que de su energía, el allanamiento de las dificultades que le rodean.

Su amor a Adelaida, basado sobre las elásticas ideas de moralidad que la mayor parte de los jóvenes profesan, se había modificado singularmente desde que se creía unido a ella por lazos indisolubles. Encontrando una esposa donde él había buscado una querida, sus sentimientos, de una pasión que él juzgaba sincera, se entibiaron ante la inminencia del peligro con que su enlace le amenazaba a toda hora. Temiendo siempre la burla y el deshonor, según las leyes del código que rige a las sociedades aristocráticas, Agustín sólo pensaba en conjurar en el más largo tiempo posible este peligro, en vez de ocuparse de Adelaida.

Así transcurrieron los días hasta el 10 de septiembre. Doña Bernarda, en ese día, manifestó a su hijo que el Dieciocho estaba muy próximo y que nada había comprado aún para solemnizar tan gran festividad.

En todas las clases sociales de Chile es una ley que nadie quiere infringir la de comprar nuevos trajes para los días de la patria.

Doña Bernarda observaba esa ley con todo el rigor de su voluntad y pensaba que en aquella ocasión podrían, ella y sus hijas, acudir a las tiendas mejor que nunca, con el auxilio del dinero que Agustín debía entregar a Amador.

Esta consideración dio lugar a un acuerdo entre la madre y el hijo para exigir el pago de la cantidad estipulada sin otorgar un solo día más de plazo que los ya concedidos.

En la noche del día en que se verificó tan terminante acuerdo, Agustín vino como de costumbre con Rivas a casa de doña Bernarda.

Amador notificó a su supuesto cuñado la orden conminatoria, y anunció que se presentaría sin falta al día siguiente para recibir la suma. Los ruegos de Agustín se estrellaron contra la voluntad de Amador, que fulminó la terrible amenaza de divulgar la noticia del matrimonio.

Edelmira conversaba entretanto con Martín, en los momentos que podía sustraerse de la porfiada vigilancia de Ricardo Castaños. En esas conversaciones hallaba aquella niña nuevos encantos cada día, y abandonaba su corazón a los dulces sentimientos que Martín le inspiraba, sin atreverse a manifestar al joven un amor que él no había contribuido a formar de ningún modo. Edelmira, como ya lo hemos dicho en otras ocasiones, era dada a la lectura de novelas y por naturaleza romántica, esta cualidad le daba la fuerza de cultivar en su pecho un amor solitario, al que poco a poco iba entregando su alma, sin más esperanza que la de amar siempre con esa melancolía voluptuosa que las pasiones de este género despiertan comúnmente en el corazón de la mujer, la que posee una organización más pasiva que la del hombre en estos casos, porque sus sentimientos son más puros también.

De vuelta a la casa, Agustín no quiso entrar al salón y se retiró a su cuarto. En el camino había luchado victoriosamente contra su debilidad, que le aconsejaba confiarse enteramente a Martín y ponerse bajo el amparo de sus consejos. Pero el amor propio había triunfado y Agustín guardó su secreto y su pesar para él solo, esperando con temor la llegada del siguiente día.

Martín se retiró también a su cuarto, sin presentarse en el salón, como en las noches anteriores lo había hecho. Después del paseo a caballo, la esperanza que en su pecho habían hecho nacer las palabras de Leonor permanecía en el mismo estado. La niña había destruido con estudiada indiferencia los deseos que alentaban a Rivas de declararle su amor, mas no le desesperaba tampoco, porque a veces tenía palabras con las cuales la pregunta que en la Pampilla le había hecho Martín volvía, como entonces, suscitando las mismas dudas en su espíritu.

Durante aquellos días, don Fidel, por su parte, había hecho serias reflexiones acerca de la determinación que anteriormente anunciara a su mujer. No obstante que aparentaba no seguir en todo más que los consejos de su propia inteligencia, la observación hecha por doña Francisca sobre lo prematuro de su proyecto tuvo bastante fuerza a sus ojos para obligarle a esperar. Pero don Fidel era hombre de poca paciencia, así fue que transcurridos los días que mediaron entre la última de sus conversaciones con su mujer, que hemos referido y el 10 de septiembre, a que han llegado los acontecimientos de nuestra narración, don Fidel determinó llevar a efecto su propósito de hablar a don Dámaso sobre su deseo de ver unidos in facie ecclesia a Matilde con Agustín. Este enlace, según sus cálculos, era un buen negocio, puesto que su sobrino heredaría por lo menos cien mil pesos. Así calculaba don Fidel con la precisión del hombre para quien las ilusiones del mundo van tomando el color metálico que fascina la vista a medida que se avanza en la existencia.

A pesar de esto, don Fidel no descuidaba el negocio del arriendo de "El Roble". Su ambición le aconsejaba mascar a dos carrillos, como vulgarmente se dice, y le parecía que era una empresa digna de su ingenio la de casar a Matilde con Agustín y obtener al mismo tiempo un nuevo arriendo por nueve años de la hacienda en que se cifraban sus más positivas esperanzas de futura riqueza. Con tal mira había suplicado de nuevo a su amigo don Simón Arena el hacer otra tentativa cerca del tío de Rafael para conseguir el arriendo deseado.

Don Fidel no creyó necesario esperar la respuesta de su amigo, y el día 11 se apresuró a dirigirse a casa de don Dámaso antes de las doce del día, hora en que su cuñado salía a dar una vuelta por las calles y a conversar algunas horas en los almacenes de los amigos, ocupación de la que muy pocos capitalistas de Santiago se dispensan.

Mientras camina don Fidel, nosotros veremos a Amador Molina que llega a casa de don Dámaso, como en la noche anterior lo había anunciado a Agustín. El hijo de doña Bernarda era aquella vez puntual como todo el que cobra dinero, y llevaba el sello del siútico más marcado en toda su persona que en cualquiera de las demás ocasiones en que ha figurado en estas escenas.

Sombrero bien cepillado, aunque viejo, inclinado a lo lacho sobre la oreja derecha.

Corbata de vivos y variados colores, con grandes puntas figurando alas de mariposa.

Camisa de pechera bordada por las hermanas, bajo la cual se divisaba la almohadilla forrada en raso carmesí, que por entonces usaban algunos, con pretensiones de elegantes, para ostentar un cuerpo esbelto y levantado pecho.

Chaleco bien abierto, de colores en pleito con los de la corbata, abotonado por dos botones solamente y dejando ver a derecha e izquierda los tirantes de seda, bordados al telar por alguna querida para festejarle en un día de su santo.

Frac de color dudoso, y dejando ver por uno de los bolsillos la punta del pañuelo blanco.

Pantalones comprados a lance y un poco cortos, color perla, algo deteriorados.

Y, por fin, botas de becerro, con su ligero remiendo sobre el dedo pequeño del pie derecho, y lustradas con prolijo cuidado.

Añádase a esto un grueso bastón, que Amador daba vueltas entre los dedos, haciendo molinete, y un cigarrillo de papel, arqueado por la presión del dedo pulgar de la derecha bajo el índice y el dedo grande; en el dedo siguiente, una sortija con este mote en esmalte negro: "Viva mi amor", y se tendrá el perfecto retrato de Amador, que, al entrar en casa de don Dámaso, acarició sus bigotes y perilla, como para darse un aire de matamoros, propio para infundir serios temores en el ánimo de su víctima.

Agustín le esperaba entregado a una mortificadora inquietud. En sus ojos hundidos, en la palidez de su rostro, se veían, a más de los temores del momento, las angustias de una noche de insomnio y de sobresalió.

Hacía poco que la familia de don Dámaso había concluido de almorzar cuando Amador se encontró en el patio de la casa.

Oíase en el interior el sonido del piano en que Leonor ejecutaba algunos ejercicios. Don Dámaso y Martín se encontraban en el escritorio despachando algunas cartas de negocios, y Agustín, tras los vidrios de una puerta, observaba con ojo inquieto a las personas que atravesaban el patio.

Al ver a Amador, abrió con precipitación la puerta y le hizo entrar.

Amador se sentó sin que le ofrecieran asiento y puso su sombrero sobre la alfombra.

—¡Caramba! —dijo, pasando en revista el amueblado y adornos de la pieza—, ¡esto está de lo que hay!

Agustín cerró bien las puertas, mientras que Amador sacaba su mechero y encendía el cigarro que se había apagado...

—¿Y... ya están prontos los regalito? —preguntó al joven, que se paró a su frente pálido y turbado.

—Todavía no —dijo Agustín—; estoy seguro que papá se va a enojar con este pedido de plata.

—Qué le haremos, pues; tendrá dos trabajos: el de enojarse y el de soltar las pesetas.

—Y si no quiere, lo perdemos todo —replicó Agustín, suplicante—. ¿por qué no espera algunos días?

—Si yo tuviera casa como ésta y muebles y criados y buena bucólica, de seguro que esperaba; pero, hijito, la familia está pobre y su mujer no puede andar vestida como una cualquiera. Si el viejo se enoja, es porque no sabe que usted se ha casado; yo le daré a tragar la píldora si quiere hacerse el cicatero; déjelo no más.

Agustín se volvió desesperado hacia la puerta que daba al patio y vio a don Fidel Elías que entraba al escritorio de su padre. Aquella visita le pareció un favor del cielo.

—Mire usted —dijo a Amador—; allí va mi tío Fidel entrando al cuarto de mi padre. ¿Cómo quiere que vaya ahora a pedirle dinero?

—Aguardaremos a que el tío Fidel se vaya —respondió Amador—. ¿No tiene usted por hei un puro y alguna copita de licor? Así conversaremos como buenos hermanos.

Agustín le dio un cigarro habano y le presentó una licorera con copas y botellas. Amador prendió el cigarro en su mechero, se sirvió una copa de coñac, que tragó como una gota de agua; llenó de nuevo la copa y miró con satisfacción a su víctima.

—No está malo —dijo—; ¡vaya lo que vale ser rico! ¡Y uno que tiene que echarse al estómago un anisado ordinario!

Los dejaremos seguir su conversación mientras que damos cuenta de la que don Fidel y don Dámaso acaban de entablar.

Don Fidel llevó a su cuñado a un rincón de la pieza, mientras Rivas escribía sobre una mesa en otro.

—Te vengo a hablar de un asunto que me preocupa desde hace días —le dijo en voz baja—, y que nos interesa a los dos.

—¿Cómo así? —preguntó don Dámaso, tomando, para hablar, el mismo aire de misterio con que se le había dirigido don Fidel.

—Como tú no eres muy observador, no te habrás fijado en una cosa.

—¿En qué cosa?

—Tu chiquillo y mi chiquilla se quieren —dijo don Fidel al oído de su cuñado.

—¿De veras? —preguntó, con admiración, don Dámaso—, no me había fijado.

—Pero yo me fijo en todo y a mí no se me va ninguna: estoy seguro de que están enamorados.

—Así será.

—Bueno, pues, te vengo a ver para eso: es preciso que nos arreglemos; Agustín me parece un buen muchacho y no será un mal marido.

—¡Pero, hombre, todavía está muy joven para casarse!

—¿Y yo, de qué edad te parece que me casé? Tenía veintidós años no más. Es la mejor edad. Los que no se casan pronto es por tunantear. Si quieres que tu hijo se pierda, déjalo soltero y verás como te cuesta un ojo de la cara. ¡Ah, yo conozco estas cosas!; ¿no ves que a mí no se me va ninguna?

—Puede ser, puede ser —repuso don Dámaso, siguiendo su propensión a inclinarse al parecer de aquel con quien hablaba—; pero es preciso ver lo que dice la Engracia primero. ¿ No ves que yo solo no es regular que disponga de un hijo?

—¡Ah!, es decir que andas buscando disculpas —dijo don Fidel, olvidando, con la impaciencia, el hablar en voz baja.

—No, hombre, por Dios —replicó don Dámaso—; yo no busco disculpas; pero, ¿no te parece muy natural que consulte antes a mi mujer? Porque, al fin y al cabo, ella es la madre de Agustín.

—Pero lo que yo deseo saber es tu determinación: ¿apruebas o no lo que te he venido a proponer?

—Por mi parte, cómo no, con mucho gusto.

—¿Y te empeñarás con tu mujer para que consienta?

—También.

—Acuérdate de lo que te digo: si dejas a tu hijo soltero, el día menos pensado se bota a tunante y te come un ojo de la cara: yo sé lo que son estas cosas, pues a mí no se me van así no más.

Con la seguridad de nuevas promesas de don Dámaso, se retiró don Fidel, satisfecho del modo cómo había conducido aquel negocio y dejando a su cuñado pensativo.

—En eso de los gastos no le falta razón —murmuró recordando los frecuentes desembolsos de dinero que había hecho últimamente por Agustín.

Metió las manos en los bolsillos y principió a pasearse pensativo a lo largo de la pieza.

Amador, entretanto, empezaba a impacientarse de esperar y se levantó a espiar la salida de don Fidel.

—Vamos, ya se va el tío —dijo, viéndole salir.

Agustín miró a don Fidel, que atravesaba el patio con el semblante alegre por las felicitaciones que se iba dando a sí mismo. Con él se iba también la esperanza de librarse, por un día a lo menos, de pedir el dinero a su padre. Intentó de nuevo conseguir un plazo, pero Amador se mostró inflexible.

—Vaya, pues —dijo éste—, tendré yo mismo que ir a hablar con el papá: esto va pareciendo juego de niños.

—Bueno, espéreme esta noche en su casa y le llevaré la plata o la contestación de papá —exclamó Agustín, armándose de una resolución desesperada.

—No, no, aquí estoy bien —contestó Amador, sentándose y encendiendo otro cigarro—; vaya no más, hable con el papá y tráigame la contestación.

Agustín alzó los ojos al cielo implorando su ayuda, y se dirigió al cuarto de don Dámaso como una víctima al suplicio.

31

Don Dámaso continuaba su paseo y sus reflexiones.

El vaticinio de su cuñado le parecía un oportuno aviso para fijarse en adelante con más cuidado en la conducta de su hijo.

Martín concluyó sus quehaceres y se retiró del escritorio, dejando a su huésped entregado a sus reflexiones.

Cuando Agustín entró en el cuarto, don Dámaso le miró siguiendo la ilación de sus ideas.

—Agustín, ¿en dónde visitas ahora? —le preguntó.

Agustín, que había preparado ya la frase con que debía entablar su petición de dinero, se turbó al oír la pregunta de su padre. Temeroso de ver divulgado su secreto, parecíale que semejante pregunta era un indicio evidente de que don Dámaso tenía ya alguna sospecha de su casamiento.

—¿Yo? contestó balbuciente—, visito en algunas, como usted sabe y...

—Sería tiempo que pensases ya en trabajar en algo —le dijo don Dámaso, interrumpiéndole.

—Oh, yo estoy muy dispuesto a trabajar. ¡Ojalá ahora mismo se presentase la ocasión!

—Bueno, me gusta oírte hablar así —le dijo el padre, revistiéndose de un aire doctoral—: los jóvenes no deben estar ociosos, porque no hacen más que perder tiempo y dinero.

Esta reflexión caía muy mal para las circunstancias de Agustín. No obstante, la idea de ver aparecer a Amador y de que todo se descubriese le dio ánimos para persistir en la resolución con que había entrado.

—Así es, papá dijo—; usted tiene razón y por eso yo deseo trabajar.

—Está bien, hijo. Yo te buscaré una ocupación.

—Gracias: cuando esté trabajando no pensaré en hacer gastos como ahora, que, sin saber cómo, me encuentro con una deuda de mil pesos.

Agustín pronunció su frase con la mayor serenidad que le fue posible y observó con ansiedad el efecto que producía en su padre.

Don Dámaso, que había vuelto a su paseo, se detuvo y fijó los ojos en su hijo. Las palabras que don Fidel acababa de decirle tomaron entonces en su imaginación un alcance profético.

—¡Mil pesos! —exclamó—; ¡pero hace muy pocos días que te di otro tanto!

—Es cierto, papá; pero, yo no sé cómo..., se me había olvidado..., y además, con los amigos y el sastre...

—Fidel tiene razón —dijo agitado don Dámaso—, estos muchachos no piensan más que en gastar.

Luego, volviéndose hacia Agustín:

—¡Pero, hombre, mil pesos! Es decir, ¡dos mil pesos en menos de dos meses! Caramba, amigo: usted está gastando como que no le cuesta nada.

—En adelante será otra cosa y usted verá cuando yo esté trabajando —repuso en tono meloso el elegante.

—¡Eh!, ¡qué has de trabajar! Ahora los mocitos no piensan más que en botar la plata que sus padres han ganado a fuerza de trabajo. Sí, señor, Fidel tiene razón, todos son unos tunantes.

—Yo le prometo a usted que trabajaré, y cuando pague los mil pesos que debo, no gasto un centavo más.

—A mí no me bastan esas promesas, amiguito. ¿Sabe usted lo que hay? Es preciso entrar en una vida arreglada.

—Oh, yo estoy tan dispuesto que...

—Sí, sí, ésas son buenas palabras, así dicen todos. No, amigo, la que yo llamo vida arreglada es la del matrimonio. ¿Me entiende usted?

Agustín bajó los ojos espantado del giro que tomaba la entrevista. Era imposible ya retroceder, y lo que más importaba en ese momento era ganar tiempo. Esta fue la única reflexión que surgía del espíritu del angustiado mozo.

—Es preciso, pues, que pienses en casarte —continuó don Dámaso con tono más tranquilo, pues al ver que Agustín había bajado la vista, creyó que era en señal de sumisión y obediencia.

Don Dámaso, que sólo era enérgico por momentos, sentía un verdadero placer en cuanto veía respetada su autoridad. La actitud con que su hijo quiso ocultar el terror que en su corazón despertaron sus palabras le dispuso muy favorablemente hacia él. Como Agustín seguía con la vista clavada en la alfombra, don Dámaso continuó con mayor afecto.

—A ver, Agustín, conversemos como amigos. A mí me gusta que me respeten, es cierto; pero deseo también que mis hijos tengan confianza conmigo.

—¿Qué te parece tu primita?

—¿Mi primita?

—Sí, Matilde, es buena moza.

—Oh, sí, muy buena moza.

—Y tiene buen genio, ¿no es cierto?

—Excelente, papá, muy buen genio.

—¿ No te gustaría para mujer?

—¡Mucho, papá! —contestó Agustín. que quería salir del paso manifestándose sumiso y complaciente.

—Pues, hijo —exclamó con alegría don Dámaso—, acaba de estar tu tío y me dice que para él sería una felicidad la de verte casado con su hija.

—Si a usted le parece bien, yo...

—Me parece bien, hijo, muy bien; es preciso entrar en juicio desde temprano para tener una vejez feliz.

—Sin duda, papá; pero iba a decirle que Matilde no me quiere.

—Bah, ríete de eso, hijo —replicó don Dámaso, golpeando de nuevo el hombro a Agustín—; lo mismo creía yo antes de casarme. Hay niñas tímidas que aun cuando quieran a un joven no se atreven a dárselo a conocer: así es tu primita; pero háblale un poco y verás. Yo estoy seguro que ella te está queriendo. Mira, no estoy seguro, pero creo que tu tío me lo dijo aquí.

Don Dámaso agregaba esta duda, que no lo era en su espíritu, para persuadir a su hijo que tan dócil se le manifestaba.

—No, papá, no puede ser. Matilde ama a otro.

—Cuentos, hijo: todas las niñas tienen amorcillos hasta que se presenta uno y les habla de casamiento.

—En fin, papá —replicó Agustín, no queriendo en aquellas circunstancias contrariar a su padre—, creo que la cosa no es tan urgente que...

—Urgente y muy urgente —dijo el padre con tono distinto del afectuoso con que había hablado hasta entonces.

—Yo necesito saber si ella me ama y si...

—Todo eso está muy bueno. Yo también necesito que no andes por ahí botando mi dinero. Es preciso que mires esto como muy serio.

—Sin duda, papá, y así que usted me haya dado para pagar lo que debo...

—¿Cuánto es?

—Mil pesos.

—¿Nada más?

—Nada más.

—No vengamos después con que nos hemos olvidado de algo

—Es todo lo que necesito.

—Está bien, hijo; mañana me traes las cuentas de lo que tengas que pagar, y tu contestación sobre la prima, y todo se pagará; vaya pues: esta convenido.

Agustín miró estupefacto a su padre, que no le dio tiempo de replicar, porque salió inmediatamente del cuarto.

"Las cuentas y la contestación sobre Matilde —replicó abismado el elegante—; ahora sí que estoy mucho peor de lo que vine. ¿Cómo salir de este apuro?"

Dirigióse pensativo y desesperado a su cuarto, en donde Amador le esperaba.

—No ve, pues —dijo contestando a la interrogadora mirada con que Amador le recibía, con su apuro lo ha echado todo a perder.

—¿Cómo?, ¿cómo es eso?, ¿qué es lo que hay? —preguntó Amador, mirando con inquietud el descompuesto semblante de su víctima.

—Que usted lo ha echado todo a perder —repitió Agustín, dejándose caer con profundo abatimiento sobre una silla.

—Pero, diga, pues, ¿cómo ha sido?, ¿qué hubo?

—Papá se incomodó.

—¿Se incomodó?, ¡vean qué lástima! ¿y después?

—Dice que para pagar quiere ver las cuentas.

—¿Qué cuentas?

—Las cuentas de lo que le dije que debía.

—¿Y qué hay con eso, pues? Le lleva las cuentas.

—Pero, ¿cómo se las llevo si no existen?

—Vaya, amigo, por poco se echa a muerto usted; yo le haré las cuentas que quiera.

Agustín miró con espanto al que con tanta frialdad le hablaba de presentar documentos que no existían. El semblante de Amador respiraba una serenidad perfecta, y había en sus ojos una tranquilidad que le asustó. Por un presentimiento repentino se vio Agustín lanzado con aquel hombre en la vía vergonzosa de la falsificación y del engaño a que con tanta naturalidad le convidaba Amador. Este solo presentimiento le hizo ruborizarse y temblar.

Con él se despertaron también en su pecho los instintos de delicadeza que el miedo había hasta entonces sofocado, y ellos le infundieron la energía que le faltaba para preferir una franca confesión de lo ocurrido antes que mancharse con el contacto impuro del que le ofrecía los medios de engañar a su padre.

—Mañana —dijo—, sin necesidad de documentos, haré que papá me dé esa cantidad.

—Bueno, pues, yo no espero más que hasta ...mañana —respondió Amador, tomando su sombrero; si el papá se enoja y no quiere dar la plata, yo le largo el agua y se lo cuento todo. Hasta mañana, pues.

Saludó con aire de amenaza y salió del cuarto.

Agustín se tomó la cabeza con las manos y permaneció inmóvil por algunos instantes.

Luego levantó los ojos, en los que brillaba un rayo de resolución, y dejando el asiento en que se encontraba, salió del cuarto y subió la escala que conducía a las habitaciones de Rivas.

Martín, sentado delante de una mesa, estudiaba, o más bien leía en un libro sin comprender. La sorpresa se pintó en su rostro al ver entrar con precipitación a Agustín, cuyas descompuestas y pálidas facciones indicaban la agitación a que su espíritu se hallaba entregado.

Rivas se levantó saludando con cariño a Agustín, que empezó a pasearse pensativo por la pieza. Terminado el primer paseo, se detuvo y miró en silencio a Martín.

— Amigo —le dijo—, soy muy desgraciado.

—¡Usted! —exclamo Rivas con asombro.

—Sí, yo; si hubiese seguido sus consejos no estaría como estoy; perdido para siempre.

Martín le presentó una silla.

—Veo que usted esta muy agitado, Agustín —dijo—. Siéntese aquí. Si usted me viene a buscar para confirmar sus pesares, cuente con que, además de agradecerle esa confianza, haré lo posible por darle algún consuelo.

—Muchas gracias —contestó Agustín, sentándose—. Es cierto que vengo a confiárselo todo. ¡Ah!, desde hace algunos días, amigo, he sufrido mucho, y como no he tenido a nadie con quien hablar, me siento con el corazón oprimido. Ahora me acordé que usted me dio un buen consejo, que por desgracia no seguí, y he venido a desahogar mi pecho con usted, porque creo que es buen amigo.

Había en estas palabras un profundo sentimiento que conmovió el corazón de Martín. El elegante, que había devorado solo sus penas, se expresaba con tal abandono que Rivas sintió por él un interés sincero y afectuoso.

—Si usted me permite —le dijo—, seré su amigo. Pero, ¿qué le sucede? Tal vez alguna cosa a la que da usted más importancia de la que tiene en realidad.

—No, no; le doy la importancia que merece. ¿Sabe lo que hay? ¡Estoy casado!.

—¡Casado! —repitió Martín en el mismo tono en que Agustín lo había dicho.

—Sí, casado. ¿Y se figura usted con quién?

—No puedo figurármelo.

—Con Adelaida Molina.

—¡Con Adelaida! Pero, desde cuándo? Cierto que esto me parece muy extraño.

—Oígame usted y sabrá lo que ha sucedido: todo por no haber seguido sus consejos.

Agustín refirió a Rivas el suceso del matrimonio con sus más pequeñas circunstancias, y luego las continuas exigencias de dinero, hasta las escenas por que había pasado aquel día con Amador y con don Dámaso.

—A pesar de la osadía con que usted dice que Amador le amenaza en revelar a su padre este secreto —observó Martín reflexionando—, yo encuentro todo esto muy sospechoso. ¿Sabe usted si el que les puso las bendiciones era cura?

—No sé; un padre que no he visto en mi vida.

—¿Presento alguna licencia el cura para poder casarlos?

—No sé, es un padre que no he visto en mi vida.

—¿Presentó alguna licencia el cura para poder casarlos?

—No sé; yo estaba entonces tan turbado que no sabía lo que me pasaba.

—Debemos ante todo hacer una cosa.

—¿Cuál?

—Informarnos en todas las parroquias y hacer registrar los libros de matrimonios desde el día en que usted se casó.

—¿Y para qué?

—Para ver si la partida existe, porque no me faltan sospechas de que usted sea juguete de alguna intriga, por lo que usted refiere.

—¡Es cierto, usted tal vez tenga razón! —exclamó Agustín, como iluminado por un rayo súbito de esperanza.

—Si la partida no está asentada en ninguna parroquia, es claro que el matrimonio es nulo, porque ha sido hecho sin el permiso competente.

—Si usted descubriese esto —le dijo Agustín con entusiasmo—, sería mi salvador, le debería la vida.

—¿Amador ha dicho que volverá mañana?

—Sí, a la misma hora que hoy.

Martín designó entonces las parroquias que él recorrería, señalando otras a Agustín con el mismo objeto.

—Para esto no debe usted pararse en gastos —le dijo—; es preciso desplegar la mayor actividad; es necesario que nosotros tengamos la certidumbre sobre esto antes que Amador se presente aquí, y que hayamos prevenido a su padre de usted.

—¿A mi padre?, ¿y para qué?

—Para evitar que Amador u otro cualquiera venga a sorprenderle.

—¿Y si el casamiento no es nulo?

—Es preciso tener valor y franqueza. ¿No tendrá don Dámaso razón para ofenderse con usted si otra persona en vez de usted le trae la noticia?

—Es cierto.

—Además, si por desgracia el matrimonio fuese válido, previniendo a su padre con tiempo, podrá tal vez arreglar las cosas de algún modo que a nosotros no se nos ocurre.

—Cierto —repitió Agustín, admirando la previsión con que Rivas raciocinaba.

—Vamos, pues —dijo éste—, es preciso ponernos en marcha.

—Bajo a mi cuarto y allí tomaré el dinero que tengo; son doscientos pesos, y partiremos, ¿no le parece?

—Lo más pronto será lo mejor —dijo Rivas, tomando su sombrero y bajando con Agustín.

Pocos momentos después salieron, cada cual en dirección a los puntos donde se dirigían sus pesquisas.

32

Don Fidel Elías regresó a su casa felicitándose, como dijimos, de su actividad y maestría para conducir los negocios.

Entre nosotros es bastante conocido el tipo de hombre que dirige a este fin todos los pasos de su vida. Para tales vivientes, todo lo que no es negocio es superfluo. Artes, historia, literatura, todo para ellos constituye un verdadero pasatiempo de ociosos. La ciencia puede ser buena a sus ojos si reporta dinero; es decir, mirada como negocio. La política les merece atención por igual causa y adoptan la sociabilidad por cuanto las relaciones sirven para los negocios. Hay en esas cabezas un soberbio desdén por el que mira más allá de los intereses materiales, y encuentran en la lista de precios corrientes la más interesante columna de un periódico.

Entre estos sectarios de la religión del negocio se hallaba, como ha visto el lector, don Fidel Elías por los años de 1850; es decir, diez años ha. Y en diez años la propaganda y el ejemplo han hecho numerosos sectarios.

Don Fidel, ya lo dijimos, miraba como un buen negocio el casar a Matilde con Agustín Encina. Mas no por eso dejaba de interesarse vivamente en el otro negocio que tenía entre manos: el arriendo de "El Roble".

Dijéronle en su casa que don Simón Arenal había estado a buscarle, y sin dejar el sombrero ni entrar en explicaciones con doña Francisca sobre su entrevista con don Dámaso, se dirigió, lleno de curiosidad, a casa de don Simón.

Doña Francisca le vio salir con el placer que muchas mujeres experimentan cada vez que se ven libres de sus maridos por algunas horas. Hay gran número de matrimonios en que el marido es una cruz que se lleva con paciencia, pero que se deja con alegría, y don Fidel era un marido—cruz en toda la extensión de la palabra.

Doña Francisca leía, a la sazón, "Valentina", de Jorge Sand, y don Fidel, hombre de negocios, con toda la frialdad de tal, hacía una triste figura comparado con el ardiente y apasionado Benedicto. Por esta causa doña Francisca vio con gusto salir a su cruz, y volvió con vehemencia a la lectura.

Don Fidel no se cuidaba de Jorge Sand más que de los pobres del hospicio, y así fue que salió sin ver los reflejos de romántico arrobamiento que brillaron en los ojos de su consorte; harto más le importaba el negocio de "El Roble" que estudiar las impresiones de su mujer.

Llegó a casa de don Simón con la respiración agitada y el ánimo inquieto por la duda.

Don Simón le ofreció asiento y un cigarro de hoja, asegurándole que era de los mejores que salían de la cigarrería de Reyes, situada en la plazuela de San Agustín.

Con un cigarro se entablan entre nosotros la mayor parte de las conversaciones entre hombres y puede decirse que el cigarro es uno de los agentes de sociabilidad más acreditados y activos.

Don Fidel Elías encendió el suyo y esperó, no sin emoción, que su amigo le dijese el objeto de la visita que había estado a hacerle.

—¿Le dijeron que estuve en su casa? —fue la pregunta de don Simón.

—Sí, compadre —contestó don Fidel—, y apenas lo supe me vine derecho para acá.

—Fui a decirle que he cumplido su encargo.

—Ah, ¿estuvo usted con don Pedro San Luis?

—Anoche.

—¿Y qué dice la hacienda?

—El hombre pone sus condiciones para hacer un nuevo arriendo.

—¿Qué condiciones?

—Una que es muy difícil se figure usted.

—¿Que es muy dura?

—Según como usted la considere.

—Vamos a ver, dígalo, compadre; hablando es como se hacen los negocios.

—Don Pedro me ha dicho que desea que su hijo principie a trabajar.

—Y, ¿qué hay con eso?

—Que para que su hijo trabaje lo piensa asociar con su sobrino.

—¿Con Rafael San Luis?

—Sí.

—Hasta ahora no veo lo que tengo que hacer con eso.

—Que piensa dar en arriendo "El Roble" a su hijo y a su sobrino, en caso que usted no consienta en lo que Rafael le ha pedido.

—¿Qué le ha pedido?

—Que solicite para él la mano de Matilde.

Don Fidel no se hallaba preparado para recibir un ataque semejante. No halló qué decir. Sus facciones se contrajeron como las de un hombre que se entrega a una profunda reflexión.

—De veras que esto no me lo podría figurar —dijo.

—Esa es su condición —repuso el compadre.

—¿Y si yo accediese a ella? —preguntó con ligera pausa.

—En ese caso arrendaría a usted "El Roble" y pondría a trabajar a su hijo y a su sobrino en otra hacienda.

—Y a usted, ¿qué le parece, compadre?

—¿A mí?, no sé; esto ya se hace un asunto de familia.

—Así es —dijo, volviendo a sus cavilaciones, don Fidel.

Ante todo, se dijo que el asunto merecía pensarse detenidamente porque la propuesta de don Pedro no parecía desechable a primera vista. Hemos dicho que don Fidel tenía comprometida la mayor parte de su fortuna en la hacienda de "El Roble", y esta consideración obraba poderosamente en su ánimo para mirar como preferible el casamiento de Matilde con Rafael que con Agustín. Según todas las posibilidades, éste tendría fortuna, pero sólo a la muerte de su padre, y don Fidel calculó que don Dámaso, en perfecta salud como se hallaba viviría largos años aún. Además, el apoyo que su cuñado podía prestarle era problemático y nunca tan ventajoso para sus negocios como un nuevo arriendo de "El Roble" por nueve años.

—Usted sabe que Rafael estuvo ahora tiempo para casarse con Matilde —dijo al cabo de estas consideraciones.

—Así supe —respondió don Simón.

—La cosa se deshizo por mi cuñado —prosiguió don Fidel—. Rafael no tenía nada entonces; pero es un buen joven.

Don Simón aprobó con la cabeza.

—Si su tío le presta su apoyo, no es un mal partido —continuó don Fidel.

—Así parece.

—Lo mejor, compadre, será no tomar sobre esto una resolución precipitada; tiempo tenemos, pues, para pensarlo.

Varió entonces de conversación y permaneció media hora más con el compadre, dirigiéndose después a su casa.

Llegó en momentos en que doña Francisca leía el pasaje en que Benedicto se encuentra en la alcoba de Valentina. La llegada de don Fidel interrumpió su lectura cuando su corazón nadaba en pleno romanticismo.

Don Fidel le refirió sus dos visitas de aquel día: su medio compromiso con don Dámaso y la inesperada condición que se le imponía para el arriendo de "El Roble".

De aquella relación descartó doña Francisca la prosa referente a los negocios con que don Fidel la había sazonado y formuló en su imaginación la parte poética que se desprendía de la constancia de Rafael San Luis. En el estado en que se encontraba por la lectura de "Valentina", bastaba esta circunstancia para decidirla por la propuesta de don Pedro.

—¡Ah! exclamó—. Mira lo que es un verdadero amor.

—Y, trabajando en el campo —dijo don Fidel—, el mocito ése puede ser un partido.

—¡Eso sí que prueba un corazón bien organizado! —continuó ella con entusiasmo.

—Porque la otra hacienda de don Pedro es un buen fundo —observó don Fidel, dispuesto a sufrir por primera vez las románticas divagaciones de su mujer, porque veía que ella era de su opinión en aquel negocio.

—¡Oh!, estoy segura de que hará feliz a Matilde.

—Con tres mil vacas, puede sacar todos los años una buena engorda.

—Creo que no hay que vacilar, hijo; es una felicidad para nosotros.

—Así me parece; es una hacienda en la que, por término medio, se cosechan de cinco a seis mil fanegas de trigo.

—Rafael, además, es un joven ilustrado.

—Sin contar con la lana y carbón, que dejan una buena entrada.

—Tú lo reduces todo a —dinero exclamó impaciente doña Francisca, horrorizada de la prolijidad con que su marido raciocinaba sobre intereses cuando se trataba de la felicidad de Matilde.

—Hija, lo demás es pura pamplina —contestó don Fidel, impacientándose también del entusiasmo romántico de su consorte—; cuando uno no tiene mucha plata y tiene familia, debe, ante todo, fijarse en lo positivo. Yo digo esto porque conozco al mundo mejor que nadie, y a mí no se me va ninguna. ¿De qué nos serviría que Rafael fuese enamorado como un Abelardo, si no tuviese con qué mantener a su familia?

—La plata no basta para la felicidad —dijo doña Francisca, alzando los ojos al cielo con vaporosa expresión.

—Que me den plata y me río de lo demás —replicó don Fidel—. Anda que vayan a mandar a la plaza con amor y buen corazón y con llevarse leyendo libros.

—Bueno, pues, hablemos de otra cosa; sobre esto tengo mis convicciones asentadas.

—Lo que yo tengo asentado es tu porfía —exclamó don Fidel, viendo que su mujer, en vez de convertirse a su doctrina, evitaba la discusión.

Doña Francisca miró su libro para resignarse con algún pensamiento poético.

—Es decir, que aceptamos lo que don Pedro propone —dijo don Fidel, apenas después de una pausa, que empleó en calmar su mal humor.

—Haz lo que te parezca —contestó doña Francisca.

—Así lo entiendo, a mí no me puede dar nadie lecciones, porque sé muy bien lo que hago; el arriendo de "El Roble" por otros nueve años nos conviene más que lo que tu hermano podría favorecernos.

—Pero tendrás que hablar con Dámaso, diciéndole lo que hay.

—Le diré que la constancia de Matilde me ha vencido y..., en fin, no se me dejará de ocurrir algo.

Salió de la pieza y doña Francisca fue a buscar a su hija para anunciarle la feliz noticia.

Mientras que don Fidel se ocupaba de este modo de sus negocios don Dámaso había informado a su mujer y a su hija del objeto con que su cuñado le había visto. Para don Dámaso la opinión de Leonor era de tanto peso como la de doña Engracia, que, como madre, principió por oponerse al casamiento de su hijo.

—¿Y tú, hijita, qué dices de esto? —preguntó el caballero a Leonor.

—Yo, papá contestó ella—, creo que ustedes no deben precipitarse.

—¿No ves?, lo mismo digo yo —exclamó doña Engracia acariciando a Diamela, acción que ella empleaba para expresar cualquier emoción que la agitara.

—¡Pero si dejamos soltero a este muchacho se va a hacer un derrochador de dinero insufrible! ¡Es lo único que ha aprendido en Europa! —dijo don Dámaso, que, como capitalista y antiguo comerciante, miraba las cosas desde el punto de vista material.

—Trataremos de corregirle —contestó doña Engracia, acariciando la cabeza de Diamela.

—Eso es insignificante; somos bastante ricos —repuso Leonor, dirigiendo a su padre su altanera mirada.

—En fin, él ha quedado de contestar mañana —replicó don Dámaso—; veremos pues.

Don Dámaso salió a dar su paseo diario por el comercio, y la madre y la hija quedaron solas.

—Es preciso que hables con Agustín, hijita —dijo doña Engracia, que contaba más con el influjo de Leonor sobre toda la familia que con el suyo.

—Pierda cuidado, mamá —respondió la niña—, ese casamiento no se hará.

Doña Engracia abrazó a Diamela para manifestar su alegría y la perrita correspondió a sus caricias moviendo la cola en todas direcciones.

A la hora de comer, la familia se encontraba reunida en la antesala. Martín, que llegaba en ese momento, fue llamado cuando iba a subir a su cuarto.

Agustín llegó pocos instantes después, en circunstancias que la familia se sentaba a la mesa. Sus ojos buscaron alguna esperanza en los de Rivas, pero éste se encontraba en presencia de Leonor, y, por consiguiente, muy poco dispuesto a ocuparse de otra cosa.

Doña Engracia trató de romper la monotonía que emanaba de la preocupación general apelando a las gracias de Diamela. Pero Diamela se hizo en vano la muerta, mientras que su ama suponía que pasaban sobre ella carruajes y caballos punzándola con golpes incitativos del caso. Esta gracia, que se enseñaba a todos los perros chilenos en las casas, llamó muy poco la atención de Agustín, cuyo corazón fluctuaba entre los temores y la esperanza; y mucho menos la de Martín, que se hallaba, por el pensamiento, prosternado ante su ídolo, con esa reverencia del alma que sólo infunde el primer amor.

Al salir del comedor, Agustín se acercó a Rivas, que siempre se quedaba atrás para dejar pasar a la familia.

—Vamos a mi cuarto —le dijo, con un tono de actor que da una cita para revelar al protagonista el secreto de su nacimiento.

Agustín había perdido su pretenciosa naturalidad y sus desaliñadas frases con los últimos sufrimientos. Su espíritu estaba cubierto con los tintes sombríos del drama romántico y por esto empleaba aquel tono para llamar a Martín.

Este le siguió al cuarto indicado y se sentó en la silla que Agustín le ofreció.

—¿Cómo le ha ido? —fue su primera pregunta, después de cerrar la puerta con llave.

—Muy bien contestó Rivas—; en las parroquias que he recorrido y en la curia no existe ninguna partida de matrimonio. ¿Y usted ha encontrado algo?

—Nada tampoco —contestó Agustín, con alegría.

—Mañana temprano tendré los certificados —dijo Martín.

—Y yo también.

—¿No ve usted? El matrimonio es nulo; lo que ahora importa es que el secreto no salga de la familia.

Agustín no pudo contenerse y dio a Rivas un fuerte abrazo, diciéndole:

—Usted es mi salvador, Martín.

Apenas había pronunciado estas palabras, se oyeron algunos golpes a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó Agustín.

La voz de Leonor contestó a esta pregunta del otro lado de la puerta.

—¿Le abrimos? —preguntó a Martín el elegante.

Rivas hizo con la cabeza un signo afirmativo. Su corazón había latido con violencia al oír la voz de la niña.

Agustín abrió la puerta, y Leonor entró.

—Parece que están ustedes tratando de secretos muy importantes cuando están tan encerrados —dijo al ver a Martín, que se puso de pie y caminó hacia la puerta como para retirarse.

—¿Por qué se va usted? —le preguntó.

—Tal vez tiene usted algo que hablar con Agustín —contestó el joven.

—Es cierto, tengo algo que hablar con el, pero usted no está de más.

Leonor se sentó en un sofá. Agustín, a su lado, y Martín, en una silla algo distante.

—Mi papá —dijo Leonor— nos lo ha contado todo antes de comer.

—¡Cómo todo! —exclamó Agustín.

—La visita del tío y sus intenciones.

—¿Sobre qué? —preguntó Agustín.

—¿No te ha hablado mi papá de casamiento?

—Sí.

—¿Con Matilde?

—Sí.

—A eso vino mi tío Fidel.

—Ah, ah, eso lo sabía —dijo Agustín.

—¿Qué piensas contestar?

—Que no puedo.

—Mi papá espera lo contrario.

—Por lo que yo le contesté hoy, ya lo creo; pero es que no podía hablar claro —dijo Agustín mirando a Rivas.

—¿Y ahora?

—Es decir, mañana será otra cosa.

—¿Por qué?

—Hermanita, en todo esto hay un secreto que no puedo confiarte.

—¿Un secreto?

—Lo único que puedo decirte es que me he encontrado en un gran peligro y estaba perdido si no me hubiese auxiliado Martín.

Leonor miró a aquel joven, a quien su padre elogiaba siempre y que aparecía ahora como el salvador de su hermano.

"Yo sabré ese secreto", se dijo, al ver la ardiente y sumisa mirada con que Martín recibió la suya.

Siguió por algunos instantes la conversación, alentando a su hermano en la negativa con que debía contestar a su padre. Luego cambió insensiblemente de asunto y habló de música, de sus estudios en el piano y de las piezas más en boga, consultando a veces la opinión de Agustín y la de Rivas, y concluyó por estas palabras:

—Esta noche les tocaré un vals nuevo que tal vez ustedes no conocen.

Con esto quedó Martín citado para la noche, porque Leonor le había mirado sólo a él al decir estas palabras.

Con esta persuasión asistió en la noche a la tertulia de don Dámaso, en la que faltaban don Fidel y su familia, que habían juzgado prudente no presentarse aquella noche.

Pocos minutos después de la llegada de Martín, se dirigió Leonor al piano y llamó al joven con la vista. Martín se acercó temblando. La disimulada cita que había recibido y la mirada con que la niña le llamaba a su lado bastaban para llenarle de turbación.

—Este es el vals —le dijo Leonor, extendiendo sobre el atril una pieza de música.

Principió a tocarla, y Martín se quedó de pie, para volver la hoja.

—A lo que veo —le dijo Leonor, tocando los primeros compases—, usted ha venido a ser la providencia de la familia.

—¿Yo, señorita? —preguntó él con turbación—; ¿por qué?

—Mi padre dice que para sus negocios usted es su brazo derecho.

—Es que exagera los pequeños servicios que he podido hacerle.

—Además, sin usted, tal vez Matilde sería siempre desgraciada.

—En eso he tenido un papel muy insignificante para que usted me atribuya méritos de que carezco.

—Es verdad que usted fue al principio muy reservado.

—No era un secreto mío, sino de mi amigo.

—A quien supuso usted muy pronto que yo amaba.

—Suposición involuntaria, señorita; de la que pronto me desengañé.

—Hay más todavía: Agustín dice ahora que usted es su salvador.

—Otra exageración, señorita; he hecho muy poco por él en razón de lo que debo a su familia.

—No creo que sea tan poco, por lo que dice Agustín.

—Nunca haré lo suficiente considerando mi agradecimiento hacia su padre.

—Agustín me ha dejado inquieta, diciéndome que todo el peligro en que se ha encontrado no ha desaparecido todavía.

—Yo tengo mejor esperanza que él, señorita.

—¿Es un asunto tan grave que no pueda confiarse? —preguntó Leonor, empezando a impacientarse con las evasivas respuestas de Martín.

—Señorita, es un secreto que no me pertenece.

—Creía —replicó ella revistiéndose de su altanería— que he dado a usted bastantes pruebas de confianza para que pudiese corresponderla

—Lo haría con toda mi alma si pudiese.

—¡Es decir, que sobre usted nadie tiene influencia ninguna! —exclamó Leonor, con tono sarcástico.

—Usted la ejerce imperiosísima sobre mí, señorita —contestó Rivas acompañando estas osadas palabras con una ardiente mirada.

Leonor no se dignó mirarle; sin embargo, sintió perfectamente el fuego de aquella mirada. Siguió durante algunos momentos tocando el vals sin hablar una sola palabra y dejó el piano cuando terminó.

En lo restante de la noche no tuvo para Rivas una sola mirada y conversó largo rato con Emilio Mendoza, que, al retirarse, se creía el preferido.

Leonor al acostarse, se confesaba vencida por la obstinación con que Rivas había callado su secreto; pero en esa reflexión, hecha a solas y sin doblez alguno, hallaba un motivo de admiración por aquel carácter leal y caballeroso que prefería arrastrar su desdén a traicionar la amistad. Ella tenía bastante elevación de espíritu para comprender la delicadeza de la reserva de Martín, y en su pecho prevalecía el aprecio a tal reserva sobre el deseo de esclavizar al joven, deseo que antes imperaba en su voluntad y le pedía su orgullo.

33

A las nueve de la mañana siguiente, Agustín y Martín se hallaban reunidos, después de haber salido una hora antes en busca de los certificados que el día anterior habían pedido en las parroquias más inmediatas a la casa de doña Bernarda.

Con aquellos certificados, Agustín había vuelto a la alegría natural de su carácter, y prodigaba a Rivas mil protestas de amistad y reconocimiento eternos.

Soy a usted por la vida entera —le decía, leyendo aquellos certificados—; con estos papeles voy fudroayar a Amador. ¡Veremos ahora quién de los dos hace el fiero!

—Yo insisto —dijo Martín— en que es preciso imponer a su padre de lo que sucede.

—¿Usted cree? No veo la necesidad absoluta.

—Por lo que usted me cuenta —repuso Martín—, Amador es capaz de ir a verse con don Dámaso, al oír la negativa de usted sobre el dinero.

—Es cierto.

—Y en ese caso será muy difícil explicar el asunto cuando don Dámaso esté bajo la impresión que le producirá una noticia como la que Amador le daría.

—Tiene usted razón; pero es el caso de que yo no me atrevo a ir a hablar con mi padre.

—Iré yo, le instruiré de todo lo ocurrido.

Agustín manifestó a Rivas su agradecimiento por aquel nuevo servicio, empleando su lenguaje peculiar de frases francesas españolizadas.

Martín se dirigió al escritorio de don Dámaso, pues sabía que a esa hora esperaba el almuerzo escribiendo. Entabló la conversación sin rodeos y refirió la desgraciada aventura de Agustín, atenuando en cuanto le fue posible su conducta. Don Dámaso le oyó con la inquietud de un padre que ve comprometida la honra de su hijo y la propia. El honor de las Molina le importaba un bledo, y se pasmaba de la insolencia de esas gente que, por conservar su reputación, querían casar al hijo de un caballero. Al fin contó Rivas su entrevista con Agustín el día anterior, los pasos que habían dado y las sospechas que le asistían sobre la nulidad del matrimonio. Esto último permitió a don Dámaso respirar con libertad.

—Con estos certificados de los curas —dijo recorriendo los papeles que Rivas le presentaba— dijo que no queda duda sobre el asunto.

—El hermano de la niña —dijo Martín— debe presentarse hoy nuevamente en busca del dinero.

—¿Cómo le parece a usted que le recibamos?

—Yo creo que será mejor dar un golpe decisivo antes de que él se presente— contestó Rivas.

—¿Cómo ?

—Presentándose usted, hoy mismo, en la casa, y declarando a la madre que el matrimonio es nulo. Por el conocimiento que tengo de Amador, se me figura que hay algún misterio en esto: es hombre capaz de todo.

Don Dámaso, acostumbrado a seguir en sus negocios las inspiraciones de Martín, halló acertado aquel consejo.

—¿A qué hora le parece a usted que debo ir?

—Antes de que venga Amador, después del almuerzo; Amador debe venir a las doce.

Convinieron entonces en el giro que don Dámaso debía dar a la entrevista.

—¿No me acompaña usted? —dijo don Dámaso a Martín.

—Señor —contestó el joven—, yo debo a esa pobre familia algunas atenciones y me dispensará usted de acompañarle. Fuera de Amador, las demás personas que la componen son buenas gente: Adelaida es una niña desgraciada.

—Si esto se arregla como lo espero —dijo don Dámaso—, será un nuevo servicio que le deberemos a usted.

—Le suplicaré que usted no toque este asunto con Agustín, que ha sufrido bastante en estos días y se encuentra bien arrepentido.

—Bueno, lo haré así por usted.

Un criado anunció que el almuerzo estaba en la mesa. Don Dámaso se dirigió al comedor hablando sobre otros negocios con Martín.

Durante el almuerzo buscó en vano éste los ojos de Leonor. La niña se había impuesto tanta más reserva y frialdad para con Rivas, cuanto mayor era el interés que sentía por él. Las reflexiones de la noche precedente habían sido fecundas en deducciones ventajosas para Martín pero Leonor, al cabo de ellas, se había hecho por primera vez una pregunta franca: "¿Estaré enamorada?"

Esta pregunta había surgido como un relámpago cuando, tras largas reflexiones, el sueño había principiado a cerrar sus lindos párpados guarnecidos de hermosas pestañas. Leonor abrió tamaños ojos al oírla con el corazón. El sueño huía espantado y en balde le buscó ella enterrando su perfumada cabeza en la almohada de plumas en que la apoyaba. Mil ideas incoherentes se dibujaron entonces en su espíritu. Semejantes a la salida del sol, cuyos rayos bañan de vívida luz algunos puntos, dejando la sombra relegada en otros, esa idea de amor, luminosa, radiante, acompañada de su cortejo de reflexiones súbitas iluminó parte de su alma, si así puede decirse, con hermosos resplandores, y dejó la oscuridad y confusión en otras. Amar le parecía un sueño encantado y venturoso; pero su orgullo debía también elevar su voz en aquel supremo instante. Amar a un joven pobre y desconocido, a un joven que hasta entonces no había llamado la atención de ninguna mujer, le parecía una desgracia; mas tal vez porque sus mejillas se encendieron ante el pensamiento de lo que diría la sociedad al unir en sus comentarios caseros, el nombre de Martín Rivas al suyo. La imaginación de aquella niña fue durante aquel insomnio un espejo, donde vinieron a reflejarse todas las suposiciones de un corazón en lucha con un poderoso sentimiento. La altiva desdeñadora de tantos elegantes se vio enamorada de un joven modesto que vivía alojado en su casa y gozaba, por única fortuna, de una pensión de veinte pesos, mientras que sus amigas, a quienes había considerado siempre como consideraría una reina hermosa a las damas de su corte, se casarían con jóvenes de riqueza y de nombre, a los que darían orgullosas el brazo en el paseo.

"No pensemos más en esta locura", fue lo que Leonor se dijo, dándose vuelta en el lecho, para no oír sobre su almohada los violentos latidos de su corazón.

Y volvió a buscar el sueño, pero a buscarlo en vano.

A la mañana siguiente, tomó Leonor la fatiga del insomnio por la victoria de su voluntad. La claridad del día, que disipa las proporciones fantásticas que durante la noche cobran generalmente las ideas, introdujo en su espíritu un entorpecimiento que ella creyó ser su habitual y fría indiferencia. Pero al ver entrar a Martín con su padre, el espíritu se despejó de nuevo, y de nuevo volvió también la lucha entre la voluntad orgullosa y el corazón, con el entero vigor de la ilusión y de la juventud.

Pero Martín ignoraba todo esto y no vio en la indiferencia de Leonor más que la tiranía de su mala estrella y el constante presagio de indeterminable desventura.

Así, pues, el almuerzo fue silencioso. Doña Engracia sólo hablaba de cuando en cuando con la regalona Diamela, y Agustín dirigió la vista sobre su padre para leer en su semblante la impresión que le había producido la revelación de su secreto. Don Dámaso estaba tan preocupado con la entrevista aconsejada por Rivas, que fue, a los ojos de su hijo, impenetrable, y se retiró al fin del almuerzo, sin que Agustín hubiese podido adivinar si estaba o no perdonado.

Llamó don Dámaso a Martín y salieron juntos con dirección a casa de doña Bernarda.

—Aquella es la casa —dijo Rivas, señalándola.

Don Dámaso se separó de Martín y entró en la casa que éste le había señalado.

Doña Bernarda se encontraba cosiendo con sus hijas en la antesala.

—¿La señora doña Bernarda Cordero? —preguntó don Dámaso.

—Yo, señor —contestó doña Bernarda.

Don Dámaso entró en la pieza. Por su aspecto conoció doña Bernarda que era un caballero y se levantó ofreciéndole una silla.

—Señora —dijo don Dámaso—, ¿cuál de estas dos señoritas es la que se llama Adelaida?

—Esta, señor —respondió la madre, señalando a la mayor de sus hijas.

Adelaida tuvo un vago presentimiento de que aquel caballero venía allí por algún asunto concerniente a su matrimonio con Agustín. La pregunta que acababa de oír daba sobrado fundamento para tal sospecha.

—Desearía hablar con usted a solas algunas palabras —dijo don Dámaso a la madre, después de haber mirado atentamente a Adelaida y a Edelmira.

Doña Bernarda mandó salir a sus hijas.

—He venido aquí, señora —prosiguió don Dámaso—, porque deseo arreglar con usted un asunto desagradable.

—¿De qué cosa, señor? —preguntó doña Bernarda.

—Aquí se ha cometido un abuso que puede ser para usted y para su familia de graves consecuencias —respondió don Dámaso, con tono solemne.

—¿Y quién es usted? —preguntó ella, con admiración, por lo que oía.

—Soy el padre de Agustín Encina, señora.

—¡Ah! —exclamó, palideciendo, doña Bernarda.

—Yo quiero suponer que usted haya obrado de buena fe al creer que casaba a Agustín con su hija.

—¡Conque se lo han contado ya! Qué quiere, pues, señor. Su hijo andaba en malas y hubo que casarlos.

—Pero lo que usted tal vez no sabe es que ese casamiento es nulo.

—¡Cómo, nulo!

—Es decir, Agustín y su hija no están casados.

—¡Qué está hablando!; casados y muy casados.

—Pues yo tengo la prueba de lo contrario.

—No hay pruebas que se tengan, aguárdese un poquito.

Al decir estas palabras doña Bernarda se acercó a la puerta del patio.

—Amador, Amador —dijo, llamando.

Amador se encontraba en este momento vistiéndose para ir a casa de Agustín. Acudió al llamado de su madre, y palideció al ver a don Dámaso, a quien conocía de vista.

—Mira, hijo —exclamó la madre—, mira lo que me viene a decir este caballero.

—¿Qué cosa? —preguntó Amador con voz apagada.

—Dice que no es cierto que su hijo está casado con Adelaida.

Amador trató de sonreírse con desprecio, pero la sonrisa se heló en sus labios. Se hallaba tan distante de figurarse que iba a oír semejante aserción, que se sintió ante ella desconcertado y vacilante. Pero imaginó que no había salvación posible sino en la más obstinada negativa y volvió a esforzarse para sonreír.

—No sabrá, pues, este caballero lo que ha sucedido —respondió con aire burlón.

—Sé muy bien que se ha cometido una violencia —exclamó don Dámaso—, y tengo documentos para probar que el matrimonio a que se arrastró a mi hijo es completamente nulo.

—A ver, pues, ¿cuáles son las pruebas? —preguntó Amador.

—Aquí están —dijo don Dámaso, mostrando los papeles que Martín le había entregado—, y me serviré de ellas en caso necesario.

Amador veía que el asunto iba tomando un sesgo peligroso, pero no se atrevía a proponer una transacción en presencia de su madre.

—Bueno, si usted tiene pruebas, nosotros también —contestó—; veremos quién gana.

Don Dámaso reflexionó que era mejor conducir amigablemente el negocio, y prosiguió:

—Las pruebas que yo tengo son incontestables: el casamiento es nulo a todas luces; pero como éste es un asunto que puede perjudicar mi reputación y a la de mi familia, he venido a entenderme con esta señora para que nos arreglemos sin hacer ruido ni dar escándalo.

—Qué escándalo, pues, si están —casados dijo doña Bernarda, consultando el semblante de su hijo.

Amador evitó la mirada, porque se sentía colocado en muy mal terreno.

—Convengo —dijo don Dámaso— en que mi hijo hizo mal en venir a una cita, pero esa cita era un lazo que se le tendía.

—Sí, pues, ¿no quería que lo dejasen no más? —exclamó doña Bernarda—. ¿Y porque es rico se figura de que los pobres no tienen honor? Al todo también, ¡por qué no lo dejamos que fuese el amante de la niña! ¡Ave María, Señor!

Cálmese usted, señora —le dijo don Dámaso—, es preciso que usted mire este asunto tal como es.

—Como es lo miro, ¿y diei? Están casados y no hay más que decir.

—Yo puedo llevar este asunto a los tribunales y probaré allí la nulidad del casamiento, pero, en ese caso, no me contentaré con eso, porque pediré un castigo para los que han tendido un lazo aun joven inexperto.

—¡Sí, qué inexperto, y se vino a meter a la casa a las doce de la noche —exclamó doña Bernarda—. Qué haces tú, pues —añadió, mirando a su hijo—, ya se te pegó la lengua.

—Vea, señor, mi madre tiene razón —dijo Amador—. Usted no puede probar que el casamiento es nulo, porque nosotros tenemos pruebas de lo contrario.

—¿Cuáles son esas pruebas?

—Yo sabré, y cuando llegue el caso...

—¿Existe la partida de casamiento anotada en alguna parroquia?

Amador se quedó callado, y doña Bernarda le preguntó:

—¿No me dijiste que se la habían entregado al cura?

—Deje no más, madre —contestó él, no hallando cómo salir del paso—; cuando llegue el caso, sobrarán pruebas

—¿No ve, caballero? Hay pruebas y están casados, y no hay más que conformarse —exclamó doña Bernarda.

—Lo que mi madre dice es verdad —repuso Amador—, si usted no quiere que esto se sepa, lo podemos callar hasta que a usted le parezca.

No lo callaré por mi parte y me presentaré hoy mismo entablando acción criminal contra ustedes.

—Entable cuanto le dé la gana; hey veremos —contestó doña Bernarda, consultando otra vez la mirada de su hijo.

—Por supuesto —dijo Amador, para contentar a su madre.

Don Dámaso se levantó con impaciencia.

—Hacen ustedes mal en obstinarse —replicó—, porque lo perderán todo. Yo me encuentro dispuesto a dar lo que sea justo en calidad de indemnización por la calaverada de mi hijo, si ustedes consienten en callarse sobre este asunto; pero si me obligan a esclarecerlo ante los tribunales, seré inflexible y el castigo recaerá sobre los culpables.

—Como le parezca —dijo doña Bernarda—; nada me quitará que los he visto casarse. ¿No es cierto, Amador?

—Cierto, madre, así fue.

—Ustedes reflexionarán en esto —dijo don Dámaso, y si mañana no he tenido una contestación favorable, me presentaré al juez.

Salió sin saludar y atravesó el patio, entregado a una mortal inquietud. La confianza con que doña Bernarda aseveraba el hecho y el testimonio de Amador, cuyas vacilaciones no podía apreciar don Dámaso, le arrojaban en una desesperante perplejidad. A pesar de los certificados que tenía en su poder, parecíale que doña Bernarda y Amador se hallaban en posesión de alguna prueba irrecusable, que podía hacerle perder tan importante causa. Bajo el peso de tales temores, llegó a su casa con el rostro encendido y vacilante el ánimo en medio de tan terrible duda.

34

No era don Dámaso Encina capaz de tomar determinación alguna en asunto de trascendencia por consejos de su propio dictamen; de manera que, al llegar a su casa, llamó a su mujer y a Leonor para consultarles sobre la marcha que convendría adoptar en trance tan difícil y delicado.

Al oír la relación del caso, doña Engracia estuvo en peligro de accidentarse. Su orgullo aristocrático le arrancó una exclamación que pintaba la rabia y la sorpresa que en oleadas de fuego envió la sangre a sus mejillas.

—¡Casado con una china! —dijo con voz ahogada, apretando convulsivamente a Diamela entre sus brazos.

Y la perrita soltó un alarido de dolor con semejante inesperada presión, que hizo coro con la voz de su ama y dio a sus palabras una importancia notable.

Don Dámaso se tomó la cabeza con las dos manos, exclamando:

—Pero, hija, el matrimonio es nulo, ¿no ves que tenemos pruebas?

—¡Qué dirán, por Dios, qué dirán! —volvió a exclamar doña Engracia, apretando con más fuerza a Diamela, que esta vez dio un gruñido de impaciencia, aumentando la desesperación de don Dámaso.

Este se volvió hacia Leonor, que permanecía impasible en medio de la confusión de sus padres.

—Dile, hija —repuso—, que el matrimonio es nulo y que hay como probarlo.

—Eso no basta, eso no basta —respondió doña Engracia—, ¡toda la sociedad va a saber lo que ha sucedido y no se hablará de otra cosa!

—Papá —dijo Leonor—, ¿no dice usted que Martín fue el que imaginó el buscar las pruebas que usted tiene?

—Sí, hijita, Martín.

—Creo que lo más acertado, entonces, sería llamarle; él tal vez nos indicará lo que debe hacerse.

—Tienes razón —contestó don Dámaso, como si le hubiesen dado un medio infalible de salir de aquel aprieto.

Hizo llamar a Martín, que se presentó al cabo de cortos instantes.

Don Dámaso le refirió su visita a doña Bernarda y la obstinación que había encontrado en ésta y en su hijo.

—Y ahora ¿qué haremos? —fueron las palabras con que terminó su relación.

—Yo estoy persuadido de que todo es una farsa —contestó Rivas—, pues, según lo que usted refiere, si ellos tuviesen las pruebas de que hablan, las habrían manifestado, y sobre todo Amador, a quien conozco, no habría estado tan humilde.

—Lo que se necesita es asegurarse de todo eso, tener una prueba irrecusable de la nulidad del matrimonio y comprar el silencio de esas gente —dijo Leonor a Martín, con tono tan perentorio y resuelto, como si ella y el joven tuviesen solos el cargo de ventilar aquel asunto de familia.

—Usted hiere la dificultad, señorita —respondió Martín—, aquí se trata de comprar. Me asiste la sospecha de que Amador es el que tiene el hilo de esta trampa y creo que con dinero se podrá llegar al fin que usted indica.

—Mi papá —repuso Leonor— está pronto, según entiendo, a gastar lo necesario.

—¡Cómo no, cuanto sea preciso! —exclamó don Dámaso.

—Con mil pesos será bastante —dijo Martín.

—¿Se encargará usted de todo? —preguntóle don Dámaso.

—A lo menos me comprometo a hacer lo humanamente posible por arreglarlo —contestó Rivas, con tono resuelto.

—Excelente —exclamó don Dámaso, ¿quiere usted llevar una libranza a la vista contra mi cajero?

—No será malo, porque eso valdrá más que una promesa mía —dijo Martín.

Don Dámaso pasó al escritorio para firmar el documento.

Doña Engracia luchaba, entretanto, con la sofocación en que la habia puesto la noticia, y con Diamela, que, cansada de sus faldas hacía esfuerzos para saltar sobre el estrado.

Leonor se acercó a Martín, que permanecía de pie, algo distante del sofá en que doña Engracia y su hija se encontraban.

—¿De modo que sin que usted lo quisiese —le dijo he sabido el secreto que usted me ocultaba?

—Espero que usted me hará justicia —contestó Rivas—. ¿Podía divulgar un secreto que no me pertenecía?

—Y lo comprendo —replicó la niña con altanería—, puesto que usted estaba más interesado en ocultarlo que divulgarlo, como dice usted.

—¡Interesado! ¿En qué?

—Se trataba de personas que usted visita con Agustín.

—Es verdad que le he acompañado allí varias veces.

—Según dice papá, hay dos niñas, bonitas ambas —dijo con malicia Leonor— y entiendo que Agustín hace la corte a una sola.

Martín no encontró cómo justificarse de aquella imputación tan directa; en presencia de Leonor, lo hemos dicho ya, el joven perdía su natural serenidad. Turbado con la acusación que encerraban las palabras que acababa de oír, halló una respuesta más significativa que la que se habría atrevido a dar con entera sangre fría.

—Desde hoy me retiro de la casa —contestó; creo que no puedo ofrecer mejor justificación.

Se impone usted un sacrificio enorme —le dijo Leonor, con sonrisa burlona.

En este momento volvió don Dámaso con el vale que había ofrecido, y Leonor se retiró al lado de su madre.

Martín oyó las recomendaciones del padre de Agustín sin prestarle gran atención y salió más preocupado de las palabras de Leonor que del paso que se acababa de comprometer a dar. Aquellas palabras y la sonrisa con que fueron dichas le volvían a la idea de que era el juguete de los caprichos de Leonor. Persuadíase de que ésta abrigaba un corazón fantástico y cruel.

"Es demasiado orgullosa para permitir que la ame un hombre sin posición social, como yo", se decía, con profunda amargura.

En alas de esta triste reflexión, se lanzaba Martín al campo inmenso en que los amantes desdeñados aspiran el acre perfume de las pálidas flores de la melancolía. Todo sufrimiento tiene un costado poético para las almas jóvenes. Martín se engolfaba en la poesía de su desconsuelo, prometiéndose servir a la familia de Leonor en razón directa de los desdenes que de ella recibía. Halagaban a su corazón, huérfano de esperanzas, aquellas ideas de sacrificio con que los enamorados infelices sustentan la actividad del corazón, como para sacar partido de su desventura.

"Sufrir por ella —se decía—, ¿no es preferible a una indiferencia fatigosa?"

Así, poco a poco, iba recorriendo su alma las distintas fases de un amor verdadero, y se encontraba entonces en situación de aferra se a sus pesares como a un bien relativo en vez de desear la calma de la indiferencia, este Leteo cuyas mágicas aguas imploran solamente los corazones gastados.

Pensando en Leonor se dirigió a cumplir el compromiso contraído con la familia de Agustín.

"Si salgo bien —pensaba—, ella tendrá que agradecérmelo, puesto que la tranquilidad de los suyos no puede serle también indiferente."

En casa de doña Bernarda habíase establecido conciliábulo después de la salida de don Dámaso. Doña Bernarda, Adelaida y Amador hablaban en el cuarto de éste sobre la visita que acababan de recibir.

—Yo me alegro de que lo sepan todos esos ricos —decía la madre, sin advertir la preocupación pintada en el rostro de sus dos hijos.

Después de disertar sobre el asunto y edificar castillos en el aire, poniendo por cimiento la validez del matrimonio, se retiró doña Bernarda con estas palabras, dirigidas a su hija, que bajaba la frente para ocultar los temores que la asaltaban:

—No se te dé nada, Adelaida, el rico ése tiene que tragarse la píldora, aunque haga más gestos que un ahorcado; serás su hija por más que le duela, y te ha de llevar a la casa no más.

Cuando Adelaida y Amador quedaron solos, fijaron el uno en el otro una profunda mirada.

—Alguien ha metido la mano en esto —dijo Amador—, porque Agustín no es capaz de dudar de que está bien casado. ¡No será mucho que esa tonta de Edelmira!...

—Entretanto —observó Adelaida—, si descubren la verdad nos hunden. ¿Como probamos nada si ellos se presentan a la justicia?

—Así no más es —contestó Amador, rascándose la cabeza—, se nos ha dado vuelta la tortilla.

—Tú me has metido en esto —replicó Adelaida, presa ya del miedo que le inspiraba el resultado, y es necesario que trates de acomodarlo todo.

—¡Eh, si yo te metí, fue para tu bien! —exclamó Amador—, y la cosa no está tan mala, porque el viejo está muy interesado en que no se sepa lo sucedido. Yo estoy seguro de que si yo fuese a confesarle la verdad me daría las gracias.

—No hay más que hacer entonces —contestó Adelaida, presurosa de verse libre a tan poca costa de las consecuencias de aquel asunto.

—No seáis tonta —le dijo Amador, en tono de amigable confidencia—. El viejo ofreció plata si nos callábamos.

—Yo no quiero plata —replicó Adelaida, con orgullo—; yo quiero salir del pantano en que me has metido.

—Bueno, pues, yo te sacaré —respondió Amador.

Adelaida se retiró, después de exigir a su hermano formal promesa de hacer lo que ella pedía.

Amador calculaba que, aceptando la proposición que don Dámaso había formulado, todavía le quedaba algún provecho que sacar del desenlace desgraciado de su empresa.

"A mi madre —se dijo— la contento con un regalito, para que no se enoje cuando le cuente que la estaba engañando, y me queda todo lo demás que me den."

Animado con esta reflexión, resolvió escribir a Agustín para pedirle una entrevista. Se hallaba ya sentado y tomaba la pluma cuando Martín golpeó a la puerta de su cuarto.

Como Amador ignoraba el objeto de aquella visita, tomó un aire de seriedad para saludar a Martín.

—Vengo de parte de don Dámaso Encina —dijo éste, sin aceptar la silla que le ofreció Amador.

—Aquí estuvo esta mañana —contestó Amador, esperando que Rivas le dijese la comisión que llevaba.

—Me ha encargado que me vea con usted solo.

—Aquí me tiene, pues.

—Al hacerme este encargo, me dijo que no había podido entenderse con doña Bernarda.

—Así no más fue; usted conoce a mi madre, no aguanta pulgas en la espalda.

—Me dijo don Dámaso que, por lo poco que usted había hablado, le parecía más tratable que la señora.

—Eso es lo que tiene mi madre; luego se le va la mostaza a las narices.

—Mi objeto, pues, es el de arreglarme con usted sobre este desagradable asunto de Agustín.

—¡Qué más arreglado de lo que está!

—Don Dámaso me ha dicho que haga presente a usted las consecuencias de este asunto si llega a ponerse en manos de la justicia; ustedes no tienen ningún medio de probar la validez del casamiento, y don Dámaso, por su parte, puede probar que aquí se ha cometido una violencia, para la cual pedirá un castigo. Si por el contrario, usted confiesa la nulidad de este matrimonio y ofrece alguna prueba de seguridad que ponga a la familia de Agustín al abrigo de todo cuidado en este punto, don Dámaso ofrece alguna indemnización para transar amigablemente, porque reconoce la falta de su hijo, bien que no podía cometerla sin participación de Adelaida.

Amador se quedó pensativo durante algunos momentos.

—Si usted tuviese una hermana —añadió Amador—, y alguno anduviese..., pues..., enamorándola, como usted sabe, ¿no es cierto que usted trataría de escarmentarlo?

—Sin duda.

—Bueno, pues, eso fue lo que hice con Agustín.

—Bien hecho; pero usted llevó la cosa demasiado adelante.

—Así no se meterá otra vez en esas andanzas.

—Usted puede hacer terminar este asunto ahora mismo —dijo Martín, sacando el vale de don Dámaso—; vea usted el papel.

—¿Qué es esto? —preguntó Amador, mirando el papel.

—Usted pidió ayer mil pesos a Agustín; pues bien, su padre se los ofrece a cambio de una carta.

—¿De una carta? ¿Y qué quiere que le diga?

—Lo que usted acaba de decirme: que quiso castigar a Agustín y fingió un casamiento.

Amador creyó que se había resistido ya lo suficiente para fijarse en la palabra "fingió", que Rivas dijo para sondear el terreno. El documento de mil pesos estaba allí tentándole, por otra parte, y él calculó que obstinándose no podría conseguir nada mejor que lo que se le ofrecía, y quedaba, con su obstinación, expuesto a las consecuencias de un pleito.

—Vaya, pues —dijo, sonriéndose—, dícteme usted la carta.

Dictóle, entonces, Martín una carta en la que Amador exponía las razones que había tenido para castigar a Agustín. Terminada esta explicación:

—¿De quién se valió usted para esto? —preguntó Rivas.

—De un amigo.

Continuó dictando Martín, valiéndose de la relación que Agustín le había hecho del suceso y completándola con las explicaciones de Amador, que dio también el nombre y calidad del que le había servido para la representación de su farsa.

—¿Usted me promete que no le seguirá ningún juicio? —preguntó Amador, al dar el nombre del sacristán.

—Bajo mi palabra, ya ve usted que esta carta es sólo un documento para la tranquilidad de don Dámaso, y que de ningún modo puede perjudicar a usted ni a nadie. Cualquiera que la lea, verá que ha sido un asunto en que se ha dado una buena lección a un joven que no iba por el buen camino.

Firmó Amador la carta y recibió el vale devorándolo con la vista.

"Después de todo —pensó, doblándolo—, no está tan malo, y no me ha costado mucho ganarlo."

Rivas volvió a casa de don Dámaso lleno de alegría, porque esperaba que con el éxito de su comisión no podría menos que encomendarse favorablemente a los ojos de Leonor.

35

Guardó Amador, como guardaría una reliquia un devoto, el documento que le hacía dueño de mil pesos, y se dirigió al cuarto de Adelaida.

—Todo está arreglado —le dijo, refiriéndole la entrevista que acababa de tener con Martín en todos sus pormenores, excepto lo referente al vale que tenía en el bolsillo.

Mil pesos eran para el hijo de doña Bernarda una suma enorme. La facilidad con que la ganaba, lejos de satisfacer su ambición, la despertó más poderosa, sugiriéndole la siguiente reflexión que hizo en voz alta:

—Si no nos hubiesen vendido, otro gallo nos cantaría. Se me pone que Edelmira es la que se lo ha contado todo a Martín.

Adelaida no respondió. Hallábase contenta con el pacífico desenlace de una intriga de cuya participación se había pronto arrepentido, y le importaban poco las suposiciones de Amador, que miraba el asunto por su aspecto pecuniario.

—Nadie puede haber sido sino esa tonta de la Edelmira —prosiguió Amador—; pero me las pagará.

—Tú te encargarás de contarle a mi madre lo que ha sucedido —le dijo Adelaida.

—Es preciso dejar que pasen algunos días; se lo diremos después del Dieciocho. Ahora la cosa está muy fresca y se enojaría mucho.

De este modo convinieron, Amador y Adelaida, en no turbar la alegría que esperaban gozar en los días de la patria. Conocedores del violento carácter de la madre, suponían, con razón, que la noticia verdadera de lo acaecido irritaría su enojo y les privaría tal vez de las diversiones que Amador esperaba procurarse con el dinero que iba a recibir.

—Si yo se lo cuento ahora —dijo Amador—, se enojará conmigo, pero con ustedes no sólo se enojará, sino que las encierra en el Dieciocho y no las deja salir a ninguna parte.

Sólo pueden apreciar la importancia de este argumento los que sepan el apego de todas nuestras clases sociales por las fiestas cívicas que solemnizan el aniversario de nuestra independencia. No ver el Dieciocho (ésta es la expresión más genuina en esta materia) es un suplicio para cualquier persona joven en Chile, y sobre todo en Santiago, donde el aparato y pompa que se da a esta solemnidad atraen la presencia de muchos habitantes de otros pueblos vecinos.

Pero, de los personajes de la presente historia, el que menos se preocupaba de la proximidad del gran día, y sí mucho de adelantar su negocio sobre la hacienda de "El Roble", era don Fidel Elías. Resuelto a aceptar las propuestas que por medio de don Simón Arenal había recibido, y no contento con la mediación de tercero, don Fidel hizo una visita a don Pedro San Luis y entró en tan franca explicación con él sobre el negocio, que al cabo de poco rato daba la promesa de que su hija se casaría con Rafael el mismo día en que se firmase el nuevo arriendo de "El Roble".

—Usted encontrará muy natural también —le dijo don Pedro— que mi sobrino vuelva a visitar la casa de usted.

—¡Cómo no! Ya sabe usted que sólo por consejos extraños me privé del placer de recibir a su sobrino. Cuando quiera presentarse mi casa, será perfectamente recibido —contestó don Fidel.

—Muy luego —repuso don Pedro— iré yo a pagar esta visita y me acompañará Rafael.

A esa hora, en casa de don Dámaso, Agustín esperaba con impaciencia la vuelta de Rivas.

Leonor entró en el cuarto de su hermano y se suscitó la conversación sobre el asunto de casamiento que preocupaba a toda la familia. Agustín que ya había recobrado una parte de su locuacidad, refirió a su hermana loa pormenores del suceso.

—Y la otra hermana, ¿qué tal es? —preguntó Leonor.

—Muy buena moza —contestó Agustín.

—¿No me dijiste que una de ella gustaba a Martín?

—Sí, pues, ésa: Edelmira —dijo Agustín, que en su agradecimiento por los favores que Rivas le estaba prestando, no vaciló en dar por cierto lo que en su espíritu era sólo una sospecha.

Leonor se quedó pensativa.

—Ahí está Martín — exclamó el elegante, divisando a Rivas que atravesaba el patio en dirección al escritorio de don Dámaso.

Llamóle Agustín y Rivas entro en la pieza.

Leonor y Agustín le preguntaron al mismo tiempo:

—¿Cómo el fue?

—Perfectamente —contestó Martín—; traigo una carta que calmará todas las inquietudes.

Al decir esto, presento a Leonor la carta de Amador Molina.

—¿La puedo leer yo? —preguntó la niña— ¿no es reservada para mí? Digo esto —añadió mirando a su hermano—, porque este caballero es tan reservado conmigo.

—¡A ver, lee la carta hermanita —exclamo Agustín—; yo quemo de impaciencia!

—Parece que te va volviendo el francés —le dijo, riendose, Leonor.

—Es que la noticia de Martín me da trasportes inoídos de alegría —dijo el elegante abrazándola.

Leonor dio lectura a la carta, mientras que a cada párrafo Agustín exclamaba:

—¡Oh, perfecto, perfecto!

—Me haz dicho que este mozo es ordinario —dijo que la niña después de leer la firma—; replicó Agustín—, no sé cómo eso es hecho, porque Amador puede llamarse un siutique pur sang.

—Entonces le han dictado la carta —repuso Leonor, riéndose de la frase de Agustín; y mirando a Rivas con malicia, añadió—: ¿Habrá sido tal vez la señorita —Edelmira?

—¡Oh, ah! exclamó Agustín, cuya alegría había aumentado con la lectura de la carta—: o es mademoiselle Edelmira, o alguien que se le acerque, ¿no es esto, Martín?

—Amador escribió en presencia mía —contestó Martín, poniéndose encarnado.

Eso no hace nada —dijo Agustín—, lo principal es que yo redevengo garçon.

—Bien se te conoce el lenguaje —le dijo Leonor.

La carta fue llevada por Leonor a don Dámaso, que hablaba con doña Engracia, mientras que Diamela hacía cabriolas en la alfombra. Al oír su lectura, el rostro de don Dámaso se iluminó de alegría; cada frase produjo en su semblante el mismo efecto del sol cuando, por la mañana, extiende poco a poco sus rayos en la dormida pradera.

Doña Engracia, para expresar su emoción, se había apoderado de Diamela, a quien estrechaba con fuerza a cada movimiento aprobativo de la cabeza de su marido.

—Papá —observó Leonor—, yo creo que la carta ha sido dictada por Martín. ¿No la encuentra usted bien escrita?

—Tiene razón. Vea usted: bien dice la Francisca, que es aficionada a leer: el estilo es el hombre, según no sé quién, un acabado en on... En fin, poco importa; gracias a Martín todo está arreglado: si este mozo es para todo. Mira, Leonor, tú debes hacerle aceptar algún regalo; a mí nunca me quiere admitir nada.

—Ahí, veremos —contestó la niña—; no me parece fácil.

Agustín fue llamado entonces de orden de don Dámaso, y recibió una severa reprimenda por su calaverada.

—Qué quiere usted, papá —dijo el joven, algo confundido—; es preciso que juventud se pase.

—Bien está, pero que se pase de otro modo —replicó don Dámaso, con gravedad de una barba de comedia—. Lo mejor —añadió en voz baja, acercándose a doña Engracia— será que pensemos seriamente en casarlo: la propuesta de Fidel llega muy a tiempo.

La señora dio un fuerte apretón a Diamela, para expresar el sentimiento de toda madre al ver pasar a un hijo al bando de Himeneo.

En la noche buscó Martín en balde una de aquellas conversaciones al son del piano, que a un tiempo formaban su delicia y su martirio; pero Leonor tocó sin llamarle, y Emilio Mendoza sirvió para volver la hoja de la pieza.

En un momento en que Agustín se había sentado junto a Rivas, aquel llamó a su hermana, que se retiraba del piano.

—Ven a ayudarme a alegrar a Martín —le dijo—: está de una tristeza navrante.

—Sin duda —respondió Leonor—, principia a sentir el peso de la promesa que hizo, tal vez irreflexivamente.

—¿Qué promesa, señorita? —preguntó Rivas.

—La de retirarse de la casa de las señoritas Molina —dijo Leonor con altivez y acentuando con la voz la palabra que ponemos en cursiva.

—La promesa me la hice a mí mismo, y podría, sin faltar a nadie quebrantarla —replicó Martín, picado.

—No lo creo; ¡tiene usted propósitos tan sostenidos! —dijo la niña.

—¿Qué propósitos son ésos? —exclamó Agustín—; veamos que yo sepa: todo lo de este amigo me interesa ahora.

—El de no amar a nadie, por ejemplo —contestó Leonor.

—¿Verdad, querido? —preguntó el elegante.

—Y, sin embargo, parece que con la señorita Molina iba flaqueando su voluntad —repuso Leonor con acento burlón, antes que Rivas pudiese contestar a la pregunta de Agustín.

Y con estas palabras la niña volvió la espalda y fue a sentarse al lado de su madre.

—Esta Leonor es petillante de malicia —dijo Agustín al ver retirarse a su hermana.

"¡Es cruel!", se dijo para sí Martín, con profundo abatimiento, y se retiró del salón.

Esa misma noche tuvo lugar la visita de Rafael a casa de Matilde en compañía de don Pedro.

Los amantes recobraron, en sabrosa conversación, los días que habían estado sin verse. Don Fidel hizo al sobrino de don Pedro una acogida tanto más cordial cuanto mayor era el beneficio que esperaba del negocio de "El Roble", y doña Francisca tuvo con Rafael algunos momentos de conversación en los que pudo dar rienda suelta a su romanticismo alimentado por la lectura de Jorge Sand.

—La mujer de la moderna civilización —le dijo, bajo la influencia de las teorías del autor favorito— no es menos esclava que en tiempo del paganismo. Siendo una flor que sólo se vivifica al contacto de los rayos del amor —añadió con entusiasmo—, el hombre ha abusado de su fuerza para coartar hasta la libertad de su corazón. Usted comprenderá por qué con su constancia ha dado pruebas de poseer un alma superior a las metalizadas con que diariamente nos rozamos.

Y San Luis, que bogaba a velas desplegadas en el mar de las ilusiones del amor, tomó a lo serio aquella frase y continuó la conversación en el mismo tono romántico de su interlocutora.

—No está de más —decía en otro punto del salón el tío de San Luis a don Fidel— que esperemos siquiera un mes antes de verificar este enlace; mientras tanto, yo me ocuparé de la suerte de Rafael, que debe trabajar con mi hijo.

Así quedó arreglado: que el matrimonio tendría lugar a mediados del entrante mes de octubre, mientras que los jóvenes olvidaban el mundo jurándose un amor indefinido.

Después de la salida de las visitas, cayó doña Francisca en plena realidad al oír los proyectos de su marido sobre nuevos trabajos que pensaba emprender en "El Roble", contando con el nuevo arriendo. Pasar de las teorías sobre la emancipación de la mujer al cómputo de las fanegas de trigo que daría tal o cual potrero, era un contraste demasiado notable para su poética imaginación que, como ordinariamente acontece a las de su sexo, abrazaba con vehemencia intolerable las ideas de su autor favorito. Contentase, entonces, con recomendar entre dos bostezos a don Fidel la visita que debía hacer a su hermano, y se retiró con su hija.

Al día siguiente llegó don Fidel en casa de don Dámaso, en circunstancias que éste y su familia salían de almorzar.

—Tío, encantado de verle —dijo Agustín, saludando a don Fidel.

Este llamó aparte a don Dámaso, y, después de algunos rodeos, le participó el objeto de su visita, que desbarataba los planes de su cuñado, el que persistía en su idea de establecer a Agustín.

36

Llegaron los días de la patria, con sus blanqueados en las casas, sus banderas en las puertas de calle y sus salvas de ordenanza en la fortaleza de Hidalgo. Latió el corazón de los cívicos con la idea de endosar el traje marcial, para lucirlo ante las bellas; latió también el de éstas con la perspectiva de los vestidos, de los paseos y de las diversiones; pensaron en sus brindis patrioteros los patriotas del día, para el banquete de la tarde; resonó la Canción Nacional en todas las calles de la ciudad, y Santiago sacudió el letargo habitual que lo domina, para revestirse de la periódica alegría con que celebra el aniversario de la independencia.

Pero los días 17 y 18 del glorioso mes no son más que el preludio del ardiente entusiasmo con que los santiaguinos parece quisieran recuperar el tiempo perdido para las diversiones durante el resto del año. Los cañonazos al rayar el alba; la Canción Nacional cantada a esa hora por las niñas de algún colegio, con asistencia de curiosos provincianos que llegan a la capital con propósito de no perder nada del 18; la formación en la plaza y la misa de gracia en la Catedral, el paseo a la Alameda, la asistencia a los fuegos y al teatro, no son más que los precursores de la gran diversión del día 19: el paseo a la Pampilla.

No es Santiago en ese día la digna hija de los serios varones que la fundaron. Pierde entonces la afectada gravedad española que durante todo el año la caracteriza. Es una loca ciudad, que con alegres paseos se entrega al placer de populares fiestas. En el 19 de septiembre, Santiago ríe y monta a caballo; estrena vestidos de gala y canta los recuerdos de la independencia; rueda en coche con ostentación ataviada, y pulsa la guitarra en medio de copiosas libaciones. Las viejas costumbres y la moderna usanza se codean por todas partes, se miran como hermanas, se toleran sus debilidades respectivas y aúnan sus voces para entonar himnos a la patria y a la libertad.

Una descripción minuciosa de las fiestas de septiembre sería una digresión demasiado extensa y que para los santiaguinos carecería del atractivo de la novedad. Los habitantes de las provincias las conocen también, por la relación de los viajeros y por las que en sus pueblos se celebran a imitación de la capital. Omitiremos, pues, esa descripción para contraernos a los incidentes de la historia que vamos refiriendo.

A las oraciones del día 18, los voladores de luces anunciaban el principio de los fuegos artificiales. Cada uno de estos cohetes que estallaban a grande altura era saludado por la multitud apiñada en la plaza, con mil exclamaciones, entre las que los ¡Oh! y los ¡Ah! del soberano pueblo formaban un coro de ingenua admiración. En un grupo, compuesto de la familia de doña Bernarda y de sus amigos, se discutía el mérito de cada cohete y se prodigaban saludos a las personas conocidas que pasaban.

Amador daba el brazo a doña Bernarda; Adelaida descansaba en el de un amigo de la casa, y Edelmira, a pesar suyo, había aceptado el de Ricardo Castaños, que se aprovechaba de la ocasión para hablar a la niña de su amor, inalterable.

A la sazón entraba otro grupo a la plaza, compuesto de las familias de don Dámaso y de don Fidel. Leonor había tenido el capricho de ir a los fuegos y había sido preciso acompañarla. Doña Engracia con su marido cerraban la marcha de la comitiva, llevando a la izquierda a una criada que cargaba en sus brazos a Diamela. Adelante caminaban Matilde y Rafael, en amorosa plática, Leonor y Agustín, hablando de cosas indiferentes, y Rivas daba el brazo a doña Francisca, que trataba de entablar con él alguna romántica conversación.

Pero Agustín no se contentaba con que le oyesen los que llevaba a su lado, y hacía en voz alta la descripción de los fuegos de París.

La comitiva se detuvo en un punto inmediato al que ocupaba la familia de doña Bernarda.

—¡Oh, en París un fuego de artificio es cosa admirable! —exclamó Agustín, en el momento en que cuatro arbolitos lanzaban al aire sus cohetes inflamados.

—¡Oh! ¡Ah! —exclamó al mismo tiempo la multitud, en señal de aprobativa admiración.

—¡Ay, la vieja; esconde a Diamela! —gritó doña Engracia, al ver salir en dirección a ellos, del arbolito más próximo, uno de los cohetes que llevan ese nombre.

La turba aplaudió la confusión que la vieja introdujo en un grupo de espectadores, a través del cual pasó con la velocidad del rayo.

—¡Cómo aplaudirían si viesen el bouquet en París! —dijo Agustín—. ¡Eso sí que es magnífico!

—Oh, retirémonos de aquí —exclam&oacu