Doctor Angelicus

de

Leopoldo Alas «Clarín»


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Indice


Capítulo I


¿Pánfilo había sido niño alguna vez? ¿Era posible que aquellos ojos hundidos, yo no sé si hundidos o profundos, llenos de bondad, pero tristes y apagados, hubieran reverberado algún día los sueños alegres de la infancia?

Aquella boca de labios pálidos y delgados, que jamás sonreía para el placer, sino para la resignación y la amargura, ¿habría tenido risas francas, sonoras, estrepitosas?

En aquella frente rugosa y abatida, desierta de cabellos, ¿habrían flotado alguna vez rizos blondos o negros sobre una frente de matices sonrosados?

Y el cuerpo mustio y encorvado, de pesados movimientos, sin gracia y achacoso, ¿fue esbelto, ligero, flexible y sano en tiempo alguno?

Eufemia, considerando estos problemas, concluía por pensar que su noble esposo, su sabio marido, su eruditísima cara mitad había nacido con cincuenta años y cincuenta achaques, y que así sabía él lo que era jugar al trompo y escribir billetes de amor, como ella entender las mil sabidurías que su media naranja le decía con voz cariñosa y apasionada.

Pero, de todas maneras, Eufemia quería a su marido entrañablemente. Verdad es que, en ocasiones, se olvidaba de su amor, y tenía que preguntarse: «¿A quién quiero yo? ¡Ah, sí, a mi marido!», le contestaba la conciencia después de un lapso de tiempo más o menos largo.

Esto era porque Eufemia padecía distracciones. Pero, en virtud de un silogismo, en forma de entimena, para abreviar, Eufemia se convencía cuantas veces era necesario, y era muy a menudo, de que Pánfilo era el hombre más amado de la tierra, y de que ella, Eufemia, era la mujer a quien el tal Pánfilo tenía sorbido el poco seso que Dios, en sus inescrutables designios, le había concedido.

Para sesos, Pánfilo. Era el hombre más sesudo de España, y sobre esto sí que no admitía discusión Eufemia.

No sabía ella todavía que así como los terrenos carboníferos se anuncian en la superficie por determinados, vegetales, por ejemplo, el helecho, los sesos son un subsuelo que suele señalarse en la superficie con otro vegetal, que produce madera de tinteros, como dijo el autor de la gatomaquia. No sabía nada de esto Eufemia, ni se le pasaba por las mientes que pudiera llegar a parecerle su marido demasiado sesudo.

Preciso es confesarlo. Eufemia daba por hecho que su esposo sabía todo lo que se puede saber, porque eso pronto se aprende; pero, ¿y qué? Ser el primer sabio del mundo no es más que esto: ser el primer sabio del mundo. Delante de gente, Eufemia se daba tono con su marido; veía que todos tenían en mucho la sabiduría de Pánfilo, y usaba y abusaba de aquella ventaja que Dios le había concedido, dándole por eterno compañero a un hombre que ya no tenía nada que aprender.

Pero en su fuero interno, que también lo tenía Eufemia, veía que su admiración incondicional no era más que flatus vocis (no es que ella lo pensara en latín, sino que lo que ella pensaba venía a ser esto); porque desde la más tierna infancia la buena mujer había profesado cariño a infinitas cosas; pero jamás había encontrado un mérito muy grande en tener la habilidad de estar enterado de todo.

Capítulo II


Una tarde de mayo, el doctor don Pánfilo Saviaseca estaba más triste que un saco de tristezas arrimado a una pared.

¡Ea! Se había cansado de estudiar aquella tarde. ¡Estaba tan hermoso el sol, y la tierra, y todo!

Leía a Kant; estaba en aquello de si la percepción del yo es o no conocimiento analítico a priori.

Esto era en el Retiro, en lo más retirado del Retiro, si vale hablar así. Pánfilo estaba sentado en un banco de musgo.

Con que..., ¿en qué quedamos?... ¿Es o no es conocimiento analítico el que tenemos del yo? Así meditaba en el instante en que una galguita, muy mona, vino a posar las extremidades torácicas sobre La crítica de la razón pura.

Era la realidad, la ciencia del porvenir en figura de perro, que se le echaba encima al buen sabio y le llamaba al sentimiento positivo de las cosas.

La galga no estaba sola. Se oyó una voz argentina que gritaba:

—¡Merlina, aquí! Merlina, ¡eh!, Merli... Usted dispense, caballero, estos perros... no saben lo que hacen. Pero, Merlina, ¿qué es esto?..., etcétera, etc., etc.

Y, en fin, que Eufemia, su tía, que tenía muchas ganas de casarla, y hacía bien, y don Pánfilo, hablaron y pensaron juntos.

Resultó que eran vecinos, y como la niña no tenía novio, ni de dónde le viniera, y como don Pánfilo se había convencido de que el yo no puede vivir sin el tú para que llegue a ser aquél, y que más vale ser nosotros que yo solo, hubo boda, no sin que derramase algunas lágrimas la tía, que lo había tramado todo.

Eufemia era una rubia hermosa.

Pero no tenía nada de particular, a no ser su primo, que no tenía nada de general, porque era alférez de Ingenieros, agregado, por supuesto.

Don Pánfilo, una vez dispuesto a ser un fiel y enamoradísimo esposo, se devanaba los sesos, aquellos grandísimos sesos que tenía, para encontrarle algo de particular a Eufemia; pero no dio en la cuenta de que el primo era lo único que tenía Eufemia digno de llamar la atención.

Jamás había pensado en su prima Héctor González, que éste era el alférez; pero desde el momento en que la vio casada, se sintió tan mal ferido de punta de amor, que aprovechó la ocasión para renegar de las tiránicas leyes que no consienten a los primos enamorar a sus primas magüer estén casadas.

Pero, ¿por qué se había casado Eufemia? No, no era Héctor hombre que retrocediese ante los obstáculos de esta índole; había leído demasiados libros malos para que semejante contratiempo le acobardase a él, agregado de un Cuerpo facultativo.

Formó planes, que envidiaría cualquier novelista adúltero de Francia, y se dispuso a comenzar la novela de su vida, que hasta entonces había corrido monótona entre guardias, formaciones y pronunciamientos.

Capítulo III


En el ínterin, como dice un orador que yo, conozco; en el ínterin, Pánfilo no pensaba más que en encontrarle el quid divinum a su mujer, sin que se ocurriera dar con el quid de la dificultad.

Y así como Don Quijote averiguó al cabo que éste, y no otro, era el nombre significativo que convenía a la altura y calidad de sus proezas, Pánfilo entendió que Eufemia se distinguía por un delicadísimo gusto, que la inclinaba a lo más espiritual y sublime, a la quinta esencia de los afectos sin nombre, cuyos misteriosos matices jamás traducirán las bellas artes, ni la más profunda armonía, ni la lírica mejor inspirada. Oigamos, o mejor, leamos a don Pánfilo:

«Pasan por el alma a veces extraños y sublimes sueños, adivinaciones de verdades del cielo, amorosas ansias, que no son, sin embargo, como la pasión ciega, sino como luz que estuviera enamorada del calor; pues todo esto es lo que siente y comprende Eufemia, mi mujercita, con maravillosa intuición. Sabe prescindir de la apariencia de las cosas, remontarse a la región ideal, que, con ser ideal, es lo más real de todo. ¿Por qué me quiere a mí, sino por eso? Porque lee en mis ojos, tristes y apagados, el fuego que por dentro me devora. Un día me preguntó: 'Si yo no te hubiera querido, ¿qué habrías hecho tú?' '¿Qué? —respondí—. Primero, llorar mucho, querer morirme y mirar de hito en hito a las estrellas; mirándolas, pensaría muchas cosas; me acordaría de mi infancia, de mi madre, de mi Dios, a quien adoré de niño, a quien olvidé de joven y a quien busco de viejo; y pensando estas cosas, no me olvidaría de ti, no, eso es imposible; sino que, mezclándote con todas ellas, poniéndote sobre todas, viendo bien claro, como lo vería, que las distancias de este mundo, así en el espacio como en el tiempo, como en las formas, como en los sentimientos, son aparentes, y que todo acaba por juntarse, entenderse y quererse, viendo esto, me consolaría, y, resignado, me pondría a estudiar mucho, mucho, para amar mucho y esperar mucho, y tener la seguridad de acercarme a ti al fin y al cabo, no sé dónde, ni sé cuándo, pero algún día, en algún lugar, donde Dios quisiera.'

»Cuando Eufemia me oyó hablar así no replicó; pero cerró los ojos, y se quedó sintiendo y pensando todas esas cosas inefables que pasan por su alma en algunos momentos de extática contemplación. Cuando despertó de su embeleso, que bien habría durado una hora, me dirigió una dulce sonrisa y me dio un abrazo; pero nada dijo. ¿Qué había de decir? Me había comprendido, había penetrado la sublimidad de mi amor; eso bastaba.

»Aquella tarde vino a buscarla su primo González para ir a la Casa de Campo; ella no quería ir, pero al fin consintió a una insinuación mía, y se despidió de mí, como si fuera al otro mundo. Y era que en aquel día inolvidable estaban tan unidas nuestras almas, que toda separación era dolorosísima.

»El alma de mi Eufemia es éter puro. ¡Cómo la quiero! Ella me inspira este buen ánimo que necesito para seguir, sin desmayar, en la formidable obra emprendida; quiero acabar para siempre con toda clase de pesimismo; quiero poner en su punto y en lo cierto la dignidad de la vida, la perfección de lo creado y la evidencia con que se presenta a mis ojos la finalidad de todo lo que existe, finalidad real a pesar del constante progreso y de la variedad infinita. Voy ahora a esperar a Eufemia, que debe de volver con su primo de los toros. Llevarla a los toros ha sido demasiada exigencia; pero como la otra vez yo la reprendí porque no era más amable con González, en esta ocasión se anticipó la pobrecita a los que consideraba mis deseos. ¡Como no vuelva desmayada!»

Lo que va entre comillas es extracto de un diario inédito.

Capítulo IV


Ello es que el primo se había declarado a la prima. Había hablado él también de amores que en el cielo empiezan y siguen en la tierra; del más allá y del algo desconocido, trinando principalmente contra el derecho civil vigente y los matrimonios desiguales.

Que Eufemia quería a Pánfilo, no debía ponerse en tela de juicio, y no se puso. No lo hubiera consentido Eufemia, para lo cual era axiomático: primero, que su esposo era un sabio, y segundo, que ella le quería como a las niñas de sus ojos.

En vista de que el dogma era inalterable, Héctor procuró barrenar la moral, obrando como un sabio mucho mayor que su primo.

La mujer siempre es un poco protestante: piensa que fides sine operibus vale algo, y que, a fuerza de creer mucho, se puede compensar el defecto de pecar no poco.

—Tu marido es un sabio, convenido; pero ¿y eso qué? —esto dijo el primo, que fue como leer en el ya citado fuero interno de Eufemia—. Supongamos que tú te enamoras de otro hombre que sólo sepa lo que Dios le dé a entender, ¿bastará la sabiduría de tu marido para evitar lo inevitable?

Eufemia no tenía qué contestar.

De hipótesis en hipótesis, llegaron los primos


Al puente que separa
a Eva inocente de Eva pecadora.

Capítulo V


Dejábamos al doctor Pánfilo entre San Marcos y la puente.

Era una tarde de mayo. Pánfilo escribía la última cuartilla de su obra, que iba a ser inmortal, y que se titulaba: Eufemia. Investigaciones acerca de la dignidad y finalidad racional de la vida humana. Endemonología aplicada, basada en una arquitectónica racional de la biología psíquica, especialmente la prasológica.

Un rayo de sol, que entraba por la ventana, caía sobre el papel que iba emborronando el doctor. Escribía esto: «...Tal ha sido el propósito del autor; demostrar con argumentos tomados de la realidad viva que el predominio de la felicidad se observa ya hoy en nuestras sociedades civilizadas, sin necesidad de recurrir a la hipótesis probable, pero no necesaria, de ulterior sanción de otros mundos mejores. Debe, sí, el filósofo recurrir a la experiencia, pero no fijando sólo su examen en la propia individual; pues nada significa el apasionado testimonio del que lamenta desgracias peculiares; hay otra experiencia, que una sabia y bien ordenada estadística moral y civil puede suministrarnos, y en ella podrá ver cada cual, y mejor el filósofo, que sea lo que quiera de la propia fortuna...»

Al llegar a «fortuna» sintió el filósofo que le sacudían el papel.

Era Merlina, la galguita de mi cuento, que se había subido a la mesa y se paseaba arrogante sobre Las investigaciones acerca de la dignidad, etcétera, etc.

Pánfilo suspendió su trabajo. Un recuerdo dulcísimo, el más querido de su vida, le trajo lágrimas a los ojos.

A Merlina debía el doctor su felicidad propia, individual, sin necesidad de endemonologías ni de arquitectónicas biológicas, sólo por una casualidad, por una indiscreción de la perra, según frase de Eufemia.

Embelesado por este recuerdo, se detuvo el doctor largo rato, pasando la mano izquierda por el lomo de Merlina.

La galguita se dejaba querer. Pero de pronto dio un brinco, saltó de la mesa a la ventana y apoyó las patas delanteras sobre un tiesto. Las orejas se le pusieron tiesas, y aulló Merlina con señales de impaciencia. Parecía que deseaba arrojarse por la ventana.

Se levantó de su poltrona el doctor para ver lo que causaba tal impresión en su galguita.

En el jardín, dentro de la glorieta, Héctor González y Eufemia Rivero y González representaban en aquel momento la escena culminante de Francesca da Rimini.

Pánfilo oyó el chasquido de... El lector puede imaginarse qué clase de chasquidos se usan en tales casos.

El autor de las Investigaciones retrocedió instintivamente, se desplomó sobre el sillón y ocultó la cabeza entre las manos.

Cuando volvió al sentido y abrió los ojos, vio delante, en un papel blanco, unas palabras, que se le antojaban escritas con una tinta de color de rosa.

Leyó: «...podrá ver cada cual, y mejor el filósofo, que sea lo que quiera de la propia fortuna...»

Pánfilo cogió con gran parsimonia la pluma, y concluyó el párrafo: «...la Humanidad, en conjunto, prospera, y es feliz en esta tierra con la conciencia del progreso y del fin bueno que aguarda al cabo a todas las criaturas. Para el que sepa elevarse a esta contemplación del bien general, como el más importante aun para el propio interés, bien puede decirse que el cielo comienza en la tierra».

Pánfilo había terminado su obra, la obra de su vida entera, la que le había gastado el cerebro y los ojos.

Por cierto que sintió en ellos algo extraño: miraba a todas partes, y aquel matiz halagüeño que veía en la tinta dominaba en todos los objetos.

¡Pobre doctor! Se había declarado la enfermedad cuyos síntomas no había conocido: el daltonismo.

Desde aquel día, Pánfilo todo lo vio de color de rosa.

Nota. —Pánfilo, en griego, viene a ser el que todo lo ama.

Lo cual, en castellano, significa: Quien más pone, pierde más.

En cuanto a Eufemia, siguió viviendo convencida: primero, de que su esposo era un sabio; segundo, de que amarle era su obligación.

El dogma era el mismo siempre: sólo se había relajado la disciplina.

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