Cuervo

de

Leopoldo Alas «Clarín»


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Indice


Capítulo I


Laguna es una ciudad alegre, blanca toda y metida en un cuadro de verdura. Rodéanla anchos prados pantanosos; por Oriente le besa las antiguas murallas un río que describe delante del pueblo una ese, como quien hace una pirueta, y que después, en seguida, se para en un remanso, yo creo que para pintar en un reflejo la ciudad hermosa, de quien está enamorado. Bordan el horizonte bosques seculares de encinas y castaños por un lado, y por otro, crestas de altísimas montañas, muy lejanas y cubiertas de nieve. El paisaje que se contempla desde la torre de la colegiata no tiene más defecto que el de parecer amanerado y casi, casi, de abanico. El pueblo, por dentro, es también risueño, y como está tan blanco, parece limpio.

De las veinte mil almas que, sin distinguir de clases, atribuye la estadística oficial a Laguna, bien se puede decir que diecinueve mil son alegres, como unas sonajas. No se ha visto en España pueblo más bullanguero ni donde se muera más gente.

Capítulo II


Durante mucho tiempo, tiempo inmemorial, los lagunenses o paludenses, como se empeña en llamarlos el médico higienista y pedante don Torcuato Resma, han venido negando, pero negando en absoluto, que su querida ciudad fuese insalubre. Según la mayoría de la población, la gente se moría porque no había más remedio que morirse, y porque no todos habían de quedar para antecristos; pero lo mismo sucedía en todas partes, sólo que «ojos que no ven, corazón que no siente»; y como allí casi todos eran parientes más o menos lejanos, y mejor o peor avenidos..., por eso, es decir, por eso se hablaba tanto de los difuntos y se sabía quiénes eran, y parecían muchos.

—¡Claro! —gritaba cualquier vecino—, aquí la entrega uno, y todos le conocemos, todos lo sentimos, y por eso se abultan tanto las cosas; en Madrid mueren cuarenta..., y al hoyo; nadie lo sabe más que La Correspondencia, que cobra el anuncio.

Después de la revolución fue cuando empezó el pueblo a preocuparse y a creer a ratos en la mortalidad desproporcionada. Según unos, bastaba para explicar el fenómeno la dichosa revolución.

—Sí, hay que reconocerlo: desde la Gloriosa se muere mucha gente; pero eso se explica por la revolución.

Según otros, había que especificar más. Cierto, era por culpa de la revolución, pero, ¿por qué? Porque con ella había venido la libertad de enseñanza, y con la libertad de enseñanza el prurito de dar carrera a todos los muchachos del pueblo y hacerlos médicos de prisa y corriendo y a granel. ¿Qué resultaba? Que en dos años volvían los chicos de la Universidad hechos unos pedantones y empeñados en buscar clientela debajo de las piedras. Y enfermo que cogían en sus manos, muerto seguro. Pero esto no era lo peor, sino la aprensión que metían a los vecinos y las voces que hacían correr y lo que decían en los periódicos de la localidad.

Sobre todo el doctor Torcuato Resma (que años después tuvo que escapar del pueblo porque se descubrió, tal se dijo, que su título de licenciado era falso); Torcuato Resma, en opinión de muchos, había traído al pueblo todas las plagas de Egipto con su dichosa higiene y sus estadísticas demográficas y observaciones en el cementerio y en el hospital, y en la malatería y en las viviendas pobres, y hasta en la ropa de los vecinos honrados. «¡Qué peste de don Torcuato! ¡Mala bomba lo parta!»

Publicaba artículos en que siempre se prometía continuar, y que nunca concluían por lo que ya explicaré, en el eco imparcial de la opinión lagunense, El Despertador Eléctrico, diario muy amigo de los intereses locales y de los adelantos modernos, y de vivir en paz con todos los humanos, en forma de suscriptores. Los artículos de don Torcuato comenzaban y no concluían: primero, porque el mismo Resma no sabía dónde quería ir a parar, y todo lo tomaba desde el principio de la creación y un poco antes; segundo, Porque el director de El Despertador Eléctrico se le echaba encima con los mejores modos del mundo, diciéndole que se le quejaban los suscriptores y hasta se le despedían.

—Bueno, comenzaré otra serie —decía Resma—, porque la ya empezada no admite tergiversaciones (así decía, tergiversaciones) ni componendas, y si sigo los caprichos de los lectores de usted, me expongo a contradecirme.

Y don Torcuato comenzaba otra serie, que tenía que suspender también porque el alcalde, o el capellán del cementerio, o el administrador del hospicio, o el arquitecto municipal, o el cabo de serenos, se daban por aludidos.

—Yo quiero salvar a Laguna de una muerte segura; se están ustedes dejando diezmar...

—Lo que usted quiere es matarme el periódico.

—Yo no aludo a nadie, yo estoy muy por encima de las personalidades...

—No, señor; usted tendrá buena intención, pero resulta que sin querer hiere muchas susceptibilidades...

—¡Pero entonces aquí no se puede hablar de nadie, no se puede defender la higiene, criticar los abusos y perseguir la ignorancia!...

—No, señor; no se puede... en perjuicio de tercero.

—Lo primero es la vida, la salud, la diosa salud.

—No, señor; lo primero es el alcalde, y lo segundo el primer teniente de alcalde. Usted sabrá higiene pública, pero yo sé higiene privada.

—Pero su periódico de usted es de intereses materiales...

—Sí, señor, y morales. Y mi único interés moral es que viva el periódico, porque si usted me lo mata, ya no puedo defender nada, incluso el estómago.

El último artículo que publicó Resma en El Despertador Eléctrico comenzaba diciendo:

«Esperemos que esta vez nadie se dé por aludido. Vamos a hablar de la terrible enfermedad que azota en toda la comarca al nunca bastante alabado y bien mantenido ganado de cerda...»

Pues por este artículo, que no iba más que con los cerdos, fue precisamente por el que tuvo que abandonar Resma la colaboración de El Despertador Eléctrico. No fueron los cerdos los que se quejaron, sino el encargado de demostrar que ya no había cerdos enfermos en la comarca. Este mismo personaje, que se tenía por gran estadista, excelente zoólogo y agrónomo eminente, fue el que años atrás había sido comisionado para estudiar en una provincia vecina el boliche. Parece ser que el boliche es un hierbato, importado de América, que se propaga con una rapidez asoladora y que deja la tierra en que arraiga estéril por completo. Pues nuestro hombre, el de los cerdos, fue a la provincia limítrofe con unas dietas que no se merecía; gastó allí alegremente su dinero, llamémosle así, y no vio el boliche ni se acordó de él siquiera hasta que, poco antes de dar la vuelta para Laguna, un amigo suyo, a quien había encargado que estudiara «aquello del boliche, o San Boliche», se le presentó con una Memoria acerca de la planta y una caja bien cerrada, donde había ejemplares de ella.

El hombre de los cerdos guardó la caja en un bolsillo de su cazadora, metió en la maleta la Memoria, y se volvió a Laguna. Y allí se estuvo meses y meses sin acordarse del boliche para nada y sin que nadie le preguntase por él, porque entonces todavía no estaba Resma en el pueblo, sino en Madrid, estudiando o falsificando su título. Al fin, en un periódico de oposición al Ayuntamiento se publicó una terrible gacetilla, que se titulaba: «¿Y el boliche?» El de los cerdos se dio una palmada en la frente y buscó la Memoria del amigo, que no pareció. No estaba en la maleta ni en parte alguna, a no ser los dos primeros folios, que se encontraron envolviendo los restos grasientos de una empanada fría. ¡El boliche! ¿El boliche de la caja? Ese pareció también... en la huerta de la casa. La caja se había perdido; pero el boliche, no se sabe cómo, había ido a dar a la huerta, y allí hacía de las suyas; pasó pronto a la heredad del vecino, y de una en otra saltó a las afueras, se extendió por los campos, y toda la comarca supo a los pocos meses lo que era el boliche y en qué consistían sus estragos. Este hombre de los cerdos sanos y del boliche fue el que hizo a don Torcuato dejar El Despertador Eléctrico, porque amenazó con incendiar la imprenta y la redacción y matar al director y a cuantos se le pusieran por delante.

Afortunadamente, por aquellos días aparecióJuan Claridades, periódico jocoserio que venía al estadio de la Prensa a desenmascarar a Lucrecia Borgia, o sea a la descarada inmoralidad, que lo invade todo, etc., etc. ¿Qué más quería don Torcuato? Allí continuó su campaña higiénica... en letras de molde. Pero tenía un formidable enemigo. ¿Quién? Don Ángel Cuervo; es decir, nuestro héroe.

Capítulo III


Don Ángel Cuervo no tenía familia, ni le hacía falta, como decía él, porque en todas las casas de Laguna veía la propia; entraba y salía con la mayor confianza, así en el palacio del magnate como en la cabaña más humilde.

—Yo soy —decía— el paño de lágrimas de toda la población (y solía limpiarse las narices, al hablar así, con un inmenso pañuelo de hierbas; tal vez hubiera en esto una asociación de ideas o, por lo menos, de pañuelos).

Era alto y fornido, no se sabe de qué edad, probablemente de cincuenta años, aunque no se puede jurar que pasaran de cuarenta o que no fuesen cincuenta y cinco. Era su rostro grande, largo, pero no desproporcionadamente, porque también de pómulo a pómulo había su distancia. En toda aquella extensión de carne, pálida a trechos y a trechos tirando a cárdena, no había más vegetación de monte bajo; es decir, barbas que todo lo invadían, pero afeitadas siempre, y siempre tarde y mal afeitadas. Parecía aquello un milagro: o las barbas le crecían a razón de milímetro por hora, o no se podía explicar cómo don Ángel, jamás barbudo, jamás tenía la cara limpia. ¿Se afeitaba... con tijeras? No se sabe. En fin, no importa; basta figurársele siempre con una barba de tres o cuatro días.

Tenía cuello de toro, y alrededor del cuello un corbatín negro con broches por detrás, que le tapaba la tirilla de la camisa, no muy limpia tampoco ordinariamente. Con esto y vestir siempre de negro y usar sombrero de copa de forma anticuada y algo grasiento, largo levitón, cuyos faldones, muy sueltos y movedizos, tenían aires de manteo, parecía un cura de la montaña, sano, pobre, fuerte y contento. Disfrutaba un destino muy humilde en el palacio episcopal; pero lo despreciaba, y pocos días asistía a la hora debida, porque su vocación le llamaba a otra parte: a los entierros.

Aludiendo a Cuervo en un artículo, le había llamado Resma «el parásito de la muerte, el bufón de la funeraria».

Aparte del mal gusto de estas frases rebuscadas, semejantes epítetos tenían cierta aplicación exacta a nuestro Cuervo, si se distinguía de tiempos. Era verdad que Cuervo había comenzado por ser un cortesano de la desgracia, es decir, por vivir como podía de la muerte. Era pobre, muy pobre; no tenía hambre, y tuvo que ingeniarse para encontrar su cubierto alguna vez en el llamado banquete de la vida. Y para esto acudía al banquete de la muerte; acudía a las casas donde se moría alguien, y comía allí con motivo de «no tener ánimo para otra cosa». Después, las relaciones de amistad, que se estrechaban más y más en tan solemnes momentos, le sirvieron para ganar aquel pedazo de pan que le daban en el palacio, y también para tener alguna influencia en todas las clases sociales, y explotarla modestamente. Pero esto no le hizo rico, ni poderoso, ni lo que empezó siendo en parte necesidad e industria lícita, y en parte afición ingénita, dejó de convertirse muy pronto en pasión viva, en vocación irresistible. Así es que cuando don Torcuato Resma se atrevió a llamarle en Juan Claridades«parásito de la muerte, bufón de la funeraria», ya era nuestro hombre muy otra cosa. «Esta afición mía a los difuntos, a los duelos y a las misas deRequiem no la puede comprender el espíritu mezquino de ese bachiller pedantón, que pretende sanar a los cristianos con artículos de fondo, siendo él digno de que le asista un veterinario.» Esto decía Cuervo a los numerosos amigos que le venían con cuentos y con artículos del otro.

Capítulo IV


En Laguna se formaron dos partidos: el de Cuervo y el de don Torcuato. El del doctor tenía su órgano en la Prensa, Juan Claridades; el de Cuervo, no; ni lo quería, ni lo necesitaba. «¡Puf! ¡Papeluchos!», decía don Ángel, que despreciaba la Prensa local con todo su corazón. Cuervo no escribía, hablaba; pero como él era bienquisto (frase favorita suya) de toda la población, y estaba en todas partes, sus palabras tenían mucha mayor publicidad que los artículos del otro. Hablaba y recitaba letrillas, único género literario que él creía digno de ocupar su ingenio. De noche, en la cama, o tal vez mientras velaba a un moribundo, o cuando después seguía su cadáver camino del cementerio, se entretenía en componer aquellas «cuchufletas», según las llamaba siempre; las aprendía de memoria, daba en seguida la noticia del hallazgo a un amigo íntimo, diciéndole al oído: «Cayó una», y el amigo, delante de otros pocos íntimos, le decía: «Vamos, don Ángel, venga eso...: ya sabemos que cayó otra»; y después de hacerse rogar, sonriendo y rascándose la cabeza someramente, comenzaba con voz muy baja y, mirando a las puertas y ventanas, como si temiese que por allí pudiese entrar el otro:

«¿Quién...?», etc., etc.

Casi todas las letrillas de Cuervo comenzaban así: preguntando quién era esto o lo otro, o quien hacía tal o cual cosa; y resultaba, allá en el estribillo, que eran don Torcuato. Podía Cuervo prescindir delquién; pero de los interrogantes, difícilmente; y de los estribillos de pie quebrado, de ninguna manera. Tenía el ingenio satírico muy en su punto, y la conciencia de él; pero no creía posible que la sátira pudiese tener otra forma que la letrilla; ni la letrilla podía en rigor prescindir del pie quebrado. En cuanto a los ripios, no le arredraban, y con un candor que los legitimaba hasta cierto punto, empleábalos sin miedo, y aun en dar con los más rebuscados fundaba el quid del arte, por lo que toca a la expresión. Así, por ejemplo, si para insultar al otro le llamaba por el apellido, ya se sabía que había de decir:¿Quién con cara de Cuaresma...?, etc. Y después venía infaliblemente en un verso de dos sílabas, con punto y aparte, como decía don Ángel; venía, digo, Resma. Y si le preguntaban: «Pero, don Ángel, ¿qué pito toca ahí la Cuaresma?», se encogía de hombros y solía decir: «Sic vos nin vobis.» Latín que, según él, no pasaba de ahí, y significaba:Esto no es para vosotros. Porque es de notar, siquiera sea de paso, que aunque Cuervo había estudiado en el Seminario hasta el segundo año de Filosofía, y no había sido mal estudiante, desde el punto y hora en que se decidió a ahorcar los hábitos, se propuso olvidar la traducción y el orden (frase suya), y lo consiguió a poco tiempo. A pesar de esto, su excelente memoria conservaba casi todo el Nebrija sin entender palabra, muchos versos y cerca de medio misal romano. La misa de difuntos y casi todos los cantos relativos al entierro y demás ceremonias fúnebres, es claro que los sabía con las notas correspondientes del sonsonete religioso, y tampoco paraba mientes en la traducción que pudieran tener.

Capítulo V



Antes que Resma anduviese por el mundo, o por lo menos antes que fuese médico, «si lo era, que eso ya se averiguaría», estaba cansado Cuervo de saber que en Laguna se moría mucha gente.

¿Y qué? ¡Vaya una novedad! Él, que iba de aldea en aldea por todas las de la comarca, y comía en casa de todos los curas del contorno, estaba cansado de oír que no había en toda la diócesis parroquias como aquellas parroquias del Ayuntamiento de Laguna, así las del casco de la ciudad como las de fuera, en materia de pitanzas. ¿Por qué? Pues, claro, por eso; porque había muchos entierros y muchas misas de funeral. ¿Qué clérigo de cuantos concursaban no envidiaba a los acólitos, sacristanes, coadjutores, ecónomos y párrocos de Laguna? Pero esto era bueno para sabido por los de la clase, y para callado. La alegría de los lagunenses era proverbial en toda la provincia, ¿por qué turbarles el ánimo con tristes enseñanzas? Ni ellos querían ver el mal, ni mostrárselo era más que una crueldad inútil, porque no tenía remedio. No; no lo tenía, en opinión de Cuervo y los suyos. «La higiene..., la estadística, las tablas de la mortalidad..., Quetelet..., el término medio..., conversación. Los antiguos no sabían de términos medios, ni de Quetelet, ni de estadísticas, ni de higiene, y vivían más que los modernos.»

A don Ángel le ponía furioso la cuenta que Resma echaba para demostrar que «hoy vivimos más que nuestros antepasados».

—¡Es un majadero! —gritaba Cuervo—. Figúrense ustedes que dice que vivimos hoy más..., por término medio. ¿Qué es eso de vivir por término medio? Yo, sí, pienso vivir mucho, tanto como el más pintado de nuestros ilustres ascendientes; pero no pienso vivir por término medio, sino todo entero, como salí del vientre de mi madre. Mediante una cuenta de dividir, o de quebrados, o no sé qué engañifa, ese señor Resma saca la cuenta de lo que nos toca a cada quisque estar en este mundo; y, según esa cuenta, resulta que yo estoy de sobra hace muchos años. Y a eso llaman higiene, o geografía, o democracia, y dicen que lo dijo San Quetelé o San Tararira. ¿Y lo del agua? De todo le echa la culpa al río, y dice que por el río puede venir la peste, y que se filtran por las capas de la tierra no sé qué diablos de animalejos que nos envenenan; y cita ejemplos de cosas que pasaron allá en tierras de franchutes; tal como el haber echado entre el estiércol de un corral no sé qué sustancias que solitas, pian, pianito, vinieron por debajo de tierra para envenenar el río y después hacer que reventaran los vecinos de no sé qué ciudad ribereña... ¿Habrá embustero? —y, entusiasmándose, añadía Cuervo—: Por algo se dijo aquello de


¿Quién con cara de Cuaresma,
renegando del bautismo,
puso el agua en ostracismo?
Resma.
¿Quién hace pagar el pato
a Perico el fontanero,
diciendo que hay un regalo
que envenena al pueblo entero?
Don Torcuato,
¡Don Torcuato el embustero!

Capítulo VI


Don Ángel no perdonaba medio de desacreditar al otro. Para ello mentía si era preciso. De él salió la sospecha de que el título de Resma pudiera ser falso. Aquel rumor, que él fue alimentando, se convirtió en una intriga de partido más adelante; y combinadas las fuerzas de los cuervistas o antihigienistas con las del bando político contrario al en que militaba don Torcuato, se fue condensando la nube que, al fin, estalló sobre la cabeza del pobre médico, que tuvo que escapar del pueblo, acusado, no se sabe si con razón, de falsario.

Respiró todo Laguna, respiró el alcalde, respiró el director del hospital, respiró Perico el fontanero, respiraron también el capellán del cementerio, los matarifes, las pescaderas, el señor del boliche, y respiró Cuervo, que si era cruel con su enemigo, tenía la disculpa de que él también defendía su reino.

Sí, su reino, que no era de este mundo ni del otro, sino un término medio (dicho sea con su permiso). Su reino estaba con un pie en la sepultura.

Y, sin embargo, nada menos fúnebre y ajeno al imperio pavoroso de las larvas que la vida y obras, ingenio y ánimo, gustos y tendencias de don Ángel.

Así como pudo decirse, con razón de Leopardi que en su poesía desesperada, a pesar de que la inspira la musa de la muerte, no hay nada que repugne a los sentidos, porque allí no se ve el aparato tétrico y repulsivo del osario, ni se huele la podredumbre, ni se ve la tarea asquerosa de los gusanos, ni se oyen los chasquidos de los esqueletos, del propio modo en la persona de Cuervo y en su ambiente se notaba una especie de pulcritud moral, en que la limpieza consistía en la ausencia de todo signo de muerte, de toda idea o sensación de descomposición, podredumbre o aniquilamiento.

Justamente las grandes y arraigadas simpatías que don Ángel se había ganado en todo Laguna y sus parroquias rurales nacían de esta atmósfera de vida, robustez, apetito y sosiego que rodeaba a nuestro hombre. Había quien aseguraba que con verle se les abrían las ganas de comer a las personas afligidas por un duelo. Si algún lector supone que esto es inverosímil, recordando que don Ángel vestía de negro y enseñaba apenas un centímetro de cuello de camisa, y esto poco no muy blanco, a ese lector le diré con buenos modos que, por culpa de su indiscreta advertencia, tengo que declarar lo siguiente: que la limpieza material no había sido una de las virtudes cívicas por las cuales había ganado la ciudad años atrás el título de heroica y muy leal: los lagunenses, que cuando eran alcaldes o barrenderos no barrían bien las calles, y que fuesen lo que fuesen las ensuciaban sin escrúpulo, no tenían clara conciencia de que Mahoma había obrado como un sabio, imponiendo a sus creyentes el deber de lavarse tantas veces. Ciudadano había que se estimaba limpio de una vez para siempre, después de recibir el agua bautismal. Pero dejo este incidente enojoso e importuno.

Sí, lo repito; Cuervo, sea lo que quiera de su limpieza material, era la alegría de los duelos. Me explicaré. Pero antes, y por no faltar al orden, considerémosle en sus relaciones con los moribundos y su familia.

Capítulo VII


No visitaba a los enfermos mientras ofrecían esperanzas de vida. No era su vocación. Él entraba en la casa cuando el portal olía a cera y en las escaleras había dos filas de gotas amarillentas, lágrimas de los cirios. Entraba cuando salía el Señor. Llegaba siempre como sofocado.

«¡No sabía nada, no sabía que la cosa apuraba tanto!...» Hablaba más alto que los demás; pisaba con menos precaución y respeto; no temía hacer ruido; traía de la calle un aire de frescura y de esperanza. Ante los extraños, merced a signos discretísimos, casi imperceptibles, pero muy significativos, daba a entender que se hacía el tonto para animar a la familia.

A ésta le hablaba de la vida, de la salud del moribundo, como cosa que volvería probablemente. «Los médicos se equivocan muy a menudo.»

Y en tanto, iba y venía y tomaba sus determinaciones, preparándolo todo, metiéndose en todo, con la maestría de la experiencia y de la vocación del arte. Entraba en la alcoba del moribundo sin miedo, ni aspavientos, ni escrúpulos de monja, como él decía. Si el paciente no daba pie ni mano, mejor; pero si no había perdido el conocimiento, había que atenderle y mimarle. Las manos de Cuervo, blandas y grandes, movían el cuerpo de plomo con habilidad de enfermera, sin lastimarle y con la eficacia precisa. Nadie como él para engañar al moribundo con las esperanzas de la vida, si eran oportunas, dado el carácter del enfermo. Era también muy discreto cortesano del delirio, como hubiera dicho Resma; los disparates de la imaginación que se despedía de la vida como una orgía de ensueños, los comprendía Cuervo a medias palabras; por una seña, por un gesto; casi los adivinaba; y con la misma serenidad con que daba vueltas al pesado tronco, se atemperaba al absurdo y veía las visiones de que el enfermo hablaba, siguiéndole el humor a la fiebre con santa cachaza, con una fiabilidad caritativa que las Hermanitas de los Pobres admiraban, como obra maestra del arte delicado que cultivaban ellas también.

Ni el ojo avizor de la más refinada malicia podría notar en aquel trato de don Ángel con los moribundos un asomo de impaciencia contenida. Había, sin embargo, esa impaciencia; pero, ¡qué recóndita, o mejor, que bien disimulada!

Sí, don Ángel teníaprisa; no era aquélla su verdadera especialidad; sabía tratar bien a los desahuciados, porque este trato era como una ciencia auxiliar que servía de introducción a las artes de su vocación verdadera.

«Si yo manejo tan bien a los moribundos, decía él en el seno de la confianza, es por la gran experiencia que he adquirido zarandeando cadáveres al ponerles la mortaja y demás. El secreto está en moverlos como si fueran cuerpo muerto, en cuanto a lo de no contar con su ayuda, y en cuanto a lo de moverlos con cierto respetillo que inspira la muerte.»

Por fortuna, si así puede decirse, los que estaban muriendo no podían adivinar en el contacto de don Ángel lo que él pensaba al tocarlos.

Era muy partidario de darle al enfermo lo que pidiera, sobre todo comida fuerte, si lo pedía el cuerpo. Parecía querer alimentar al que agonizaba para un largo viaje. Había en este afán suyo tal vez reminiscencias de las religiones antiquísimas que rodeaban los cadáveres de provisiones, allá para la vida subterránea. Pero lo que había de seguro en esto, como en todo lo que se refería a don Ángel, era la ausencia completa de toda idea fúnebre de todo sentimiento tétrico enfrente de la muerte del prójimo.

Capítulo VIII


Las tristes escenas y lances que precedían a la defunción eran menos interesantes para Cuervo que los lances y escenas que venían después. No obstante, algo había a veces, anterior a la consumación de la desgracia, que le parecía de perlas: era lo que él llamaba la noche del aguardiente. Con el ojo certero que todos le reconocían anunciaba siempre cuál sería la última noche, y aquélla la pasaba él en vela en casa del paciente. Dos condiciones exigía: que se acostasen los de la familia, y aguardiente y pitillos a discreción. Si alguna persona muy allegada al enfermo se empeñaba en velar también, don Ángel, o se marchaba o dividía a la gente en dos secciones, y él se iba con los que se quedaban, por si ocurría algo, a una habitación lejana, que cerraba por dentro.

Lo mejor era que aquella noche no velasen ni esposo, ni padre, ni hijos, ni demás parientes cercanos. Entonces sí que gozaba de veras don Ángel, sin malicia alguna y sin algazara, que sería monstruosa profanación; gozaba sin darse cuenta de ello, saboreando el placer recóndito, que era el alma, la más profunda medula de toda esta pasión invencible de nuestro hombre; un placer de que no podía acusarse, porque lo sentía sin reconocer su naturaleza, y consistía en saborear la vida, la salud, el aguardiente, el tabaco, la buena conversación.

Jamás había comunicado a nadie la idea de esta sensación, de una voluptuosidad intensa, perezosa, profundamente animal, arraigada en la carne con garras de egoísmo; jamás tampoco los demás le habían hablado a él de sensación parecida. Y, sin embargo, Cuervo conocía por mil señales que todos sentían cosa semejante a lo que pasaba por él. Ello era allá, a las altas horas de la noche; el moribundo, algo lejos; por medio, puertas y pasillos; la habitación donde se velaba, más caliente, gracias al fuego de la estufa o del brasero y a la transpiración de los cuerpos; el humo de los cigarros se cortaba en la atmósfera; se hablaba en voz baja; pero algunos por ejemplo, Cuervo, roncaban al hablar, dejaban escapar gruñidos y silbidos, válvulas por donde se iba el aire, la fuerza de la salud rebosando en los fornidos hombrachones. La conversación se animaba a impulsos del aguardiente, por inspiraciones del humo. Si asomos de hipocresía cortés o piadosa había al principio, íbanse al diablo luego; y todos, seguros de hacer una buena obra velando, dejaban, al cabo, asomar la fresca sonrisa del egoísmo satisfecho de la salud fortificante. Pronto se dejaban a un lado las alusiones al enfermo; se convertía todo lo que a él se refiriese en lugar común ya insoportable; llegaba a ser así como de mal gusto hablar de él, ni para compadecerle ni para envidiarle si acababa pronto de padecer, etc., etc.; se hablaba de otra cosa, de cosas de fuera, de lejos: de la vida, del sol, de la luz, de la nieve, de la caza.

Tal vez se había comenzado por cuentos de miedo, por chascos de fantasmas; pero pronto se pasaba a los sustos reales, a los que daban ladrones de carne y hueso; del ladrón se iba al héroe o al vencedor; la fuerza, el peligro frente a la fuerza, está triunfando, y la reposada narración y descripción plasmante de los buenos bocados tras los momentos de apuro, recuerdos suculentos, que hacían deglutir imaginarios manjares, abrían el apetito, poniendo en movimiento otra vez el queso, el pan, el aguardiente. Solía entrar alguna mujer, una criada, una amiga de los amos, una monja de buen color, con ojos frescos. Cosa rara: sin pensarlo ellos, sin quererlo nadie, por el contraste, por la hora, por el frío soñoliento del alba, por lo que fuese, como en los viajes, como en las campañas, aquella mujer era el símbolo de todo el sexo; sus ojos equivalían a una desnudez, pinchaban; si recataban, peor, pinchaban más. Los contactos eran eléctricos, y cuanto más calladas, disimuladas y rápidas estas sensaciones extrañas, inverosímiles, más íntimo el placer, en que la reflexión no sabía o no quería pararse.

Pero el placer no necesitaba de nadie para tener conciencia de sí misma, a su modo, y así era más feliz. Esto que sentía así, pero sin pensarlo y menos describirlo, don Ángel Cuervo, creía él que era ley natural en igualdad de circunstancias. Sólo exceptuaba al enfermo y a los que tenían sangre de su sangre, o por amor, raro en el mundo, le amaban de veras, por su sangre también. En los tales notaba Cuervo signos de impresiones un poco extrañas, pero de otra índole, egoístas también, de otro modo. A los nerviosos los veía huir del dolor, sin conocer la huida, como recluta que recibe el bautismo de fuego y, sin pensarlo, dobla la cabeza al silbar de las balas... Oía a veces carcajadas inoportunas, que no tomaba a mal porque nada malo revelaban, sino juegos extravagantes de nuestro misterioso organismo... Pero en éstas y otras honduras no le agradaba entrar; él era de los de fuera, y así como prefería el trato de un cadáver ya en el féretro, al trato del moribundo, también escogía, a poder, la compañía de los amigos y parientes lejanos. Los del dolor físico, los que se separaban a la fuerza del muerto, eran pedazos de las entrañas arrancados recientemente del difunto; padres, hijos, esposos, llevaban todavía en el cuerpo señales de la fractura, parecían cachos del otro, daban tristeza; no, no era ésta todavía ocasión de estar a su lado, tranquilo.

Más adelante..., lo más pronto, al volver del entierro; entonces ya les encontraba otro aspecto; ya empezaban a vivir por sí mismos. Antes no; eran pedazos animados del difunto. Después, a la vuelta, la viuda ya se había recogido el pelo, se había echado un pañuelo sobre los hombros; el hijo se había puesto una levita. Y la levita y el chal, por esta parte, y las paletadas de cal y tierra, por la parte del muerto, los iba separando, separando...

Capítulo IX


Creo haber dicho ya que la frase bienquisto era muy del agrado de don Ángel, y no sólo amaba la frase, sino lo que significaba; le encantaba el aprecio general, y no porque de esto venía a vivir, pues sus rentas consistían principalmente en lo que se guisaba en las cocinas amigas, sino por el aprecio mismo, por entrar y salir como Pedro por su casa en todos los hogares. No, no era un parásito en el sentido de que explotase sus relaciones con reflexión y cálculo; no pensaba en eso: era un idealista, un artista a su modo; comía donde le cogía la hora de comer, pero sin fijarse, como la cosa más natural del mundo, cual si el tener un sitio suyo en todos los comedores de la ciudad fuese una ley social que no podía menos de cumplirse.

Dejemos cuanto antes este aspecto mezquino prosaico, ruin, de la vocación de Cuervo, aspecto a que él no daba importancia; despreciemos a los mal pensados, como él los despreciaba. Cuervo, además de tener asegurado el pan de cada día, se sentía hombre de influencia; muchos personajes de provincias y algunos de la corte que tenían en Laguna residencia de verano estimaban a Cuervo en lo mucho que valía y a una recomendación suya atendían muchas veces antes que a la de un elector con docenas de votos. Pero él no solía sacar partido de esta ventaja; a lo que estaba, estaba; se contentaba con ser admitido y agasajado en la más escogida sociedad, lo mismo que en la casa más humilde.

Gracias a este trato continuo con los altos y los bajos había adquirido cierta soltura y equitativa independencia de maneras sociales que le hacían semejarse en este punto a esos grandes señores de verdad que saben ser aristocráticamente democráticos, y sin dejar de apreciar los matices de la clase y de la educación, estimar como la primera y la más respetable la condición humana, y, dentro de ésta, los grados de la debilidad y la desgracia.

Además, no era un adulador. Era un corruptor, pero sin echarlo de ver él, ni los que experimentaban su disolvente influencia. Ayudaba a olvidar; era un colaborador del tiempo. Como el tiempo por sí no es nada, como es sólo la forma de los sucesos, un hilo, Cuervo era para el olvido de eficacia más inmediata, pues presentaba de una vez, como un acumulador, la fuerza olvidadiza que los años van destilando gota a gota. Don Ángel vertía a cántaros el agua del Leteo.

Al volver de un entierro a la casa mortuoria, por la puerta que a él se le abría parecía entrar el aire fresco de la vida, la alegría de la Naturaleza inconsciente, el cándido egoísmo de las fuerzas fatales. Era el primero que hacía sonreír a la viuda, al huérfano. Los padres solían ser refractarios..., pero, al fin, sucumbían: sonreían también. Llenaba la sala oscura y las fantasías de cosas del mundo; discretamente, con medida, pero sin miedo ni hipocresías de rodeos, se convertía en un periódico noticiero del día de la fecha, y tenía el instinto seguro de los acontecimientos más a propósito para recordar la vida, la actividad, la salud, la fuerza, el movimiento, todo lo contrario de la muerte.

También aludía a la ceremonia reciente, al entierro, a los funerales, pero sin citar al protagonista; hablaba del coro, de lo lucido que había estado. Y sin insistir, se refería de pasada a las buenas relaciones de la familia. Sembrada esta primera semilla, vertido este primer chorro de agua del olvido, Cuervo dejaba a las visitas prodigar sus consuelos vulgares, y se metía por la casa adentro. Iba a la cocina; si allí había desorden, rastros de la enfermedad, descuidos consiguientes a los días de apuro, él procuraba que desapareciesen tales huellas; la cocina era para los vivos; ¡todo en su sitio! Había que alimentar bien a la señorita o al señorito para que no sucumbiera al dolor. Y comenzaba a sonar la maquinaria de aquella fábrica de conserva humana; gruñía el vapor, saltaba la chispa, chisporroteaba la lumbre, chillaba el aceite, y era el conjunto animado de tal orquesta un ergo vivamuns que sustituía al ergo bibamus, que no sería allí oportuno, aunque viniese a decir lo mismo.

De la cocina, don Ángel pasaba al comedor; preparaba, o retocaba, al menos, la mesa, y hasta no tenía inconveniente en aclarar un vaso o pasarle el rodillo a un plato, porque él quería el servicio como los caños del agua, como la plata; y si bien no tenía nada de particular que los criados, con la pena... de los amos, olvidasen el fregoteo, allí estaba él para suplir faltas. Y seguía su inspección por la casa adelante, vertiendo vida por todas partes, borrando vestigios del otro, del difunto, como desinfectando el aire con el ácido fénico de su espíritu incorruptible, al que no podía atacar la acción corrosiva de la idea de la muerte.

Por fin, llegaba a la jaula vacía, a la alcoba del enemigo, porque en adelante ya lo era el difunto. Comenzaba la guerra sorda, irreflexiva. ¡Abrir ventanas! Venga aire, fuera colchones; todo patas arriba; aquí no ha pasado nada. Como no hubiera orden expresa en contrario, y a veces aunque la hubiera, Cuervo transformaba el escenario de repente como el mejor tramoyista, y a los pocos momentos nadie reconocía la habitación en que había resonado un estertor horas antes.

No se podría decir si al que de allí había salido le estaban bautizando en la iglesia o enterrando en el cementerio. Pero faltaba lo principal: la escena, o serie de escenas, a solas con el que quedaba, con la viuda, con el hijo...

Capítulo X


La viuda joven y de buen ver era el caso que Cuervo prefería para ir presentando la guerra al muerto. Sin pesimismo de ningún género, sin filosofía misantrópica, don Ángel veía en los ojos llenos de lágrimas una hipocresía inocente. Entraba, desde luego, en el terreno de las confidencias y daba por sabido que el dolor tiene sus límites, y que, no siendo hacedero moralmente acompañar al difunto, pues el suicidio está prohibido, no había más remedio que seguir viviendo; y ya de vivir, ¡qué caramba!, debía ser de la mejor manera posible. «Tome usted este espejo.» «Hay que arreglar ese peinado.» «¡Qué tristeza! ¡Quedar tan joven en el mundo sin compañero que ayude a llevar la carga de la vida!» «Pero el tiempo es largo.» Y todo lo que hacía Cuervo era una especie de seducción que ayudaba, con rodeos y disimulos, eufemismos y elipsis, a seguir las tendencias del egoísmo que busca el placer, que huye del dolor por instinto, y que en la vecindad de la muerte siente con nueva fuerza, picante, irresistible, el ansia de querer vivir a toda costa y siempre. Vivir para gozar. Cuervo se daba arte para irritar en la viuda el sentido íntimo de la salud, del bienestar que busca expansión; las esperanzas lejanas, que se ofrecían por diabólica influencia a la imaginación de la enlutada, Cuervo las adivinaba y las traía a la actividad para darles fuerza plasmante, despojándolas de todo aspecto de remordimiento. No lograba tales resultados con discursos, con disertaciones, sino con frases hechas, tomadas de la que suele llamarse sabiduría popular; y, sobre todo, con hechos, con asociaciones de imágenes y de citas que llevaban, como por una pendiente irremediable, al amor de la vida y al olvido de la muerte.

Su convicción instintiva, fuerte, aunque sin reflexionarlo, la iba comunicando Cuervo, sin darse cuenta de ello, a la mujer hermosa, robusta, que quedaba en el mundo sola y libre. En adelante, Cuervo, a pesar de su aspecto poco pulcro, casi fúnebre, representaba la vida, el placer futuro, la efectividad de la dicha saboreada poco a poco, con deleite. Se establecía un pacto tácito; don Ángel venía a ser la Celestina de estas relaciones ilícitas entre la viuda y la infidelidad futura; el amor repuesto, la voluptuosidad aplazada.

Los hijos que heredaban algo eran, otro caso que agradaba también a Cuervo. Pero aquí se luchaba menos; se iba con más franqueza a la seriedad del negocio, a la importancia de la vida llena de faenas, de actividad interesada; y sin escrúpulos y paráfrasis, se iba dejando en la sombra lo que estaba destinado al olvido. Para Cuervo debía considerarse que el alma del difunto, por una rara manera de avatar, pasaba a la herencia; hablar del testamento, ¿no era hablar del muerto? El espíritu, al vaporarse, se incorporaba a los bienes de la sucesión, como su perfume. Pensaba Cuervo: si la ley se hubiera andado con sentimentalismos, no tendríamos una tan rica y variada legislación relativa a las sucesiones testadas y abintestato. El derecho, la justicia, se quedan con los vivos; para ellos hablan. La vida es todo, por eso se atiende a ella en los Códigos; la muerte no es nada, no es más que una aprensión de los vivos. Estar muerto no es estar, es no estar... vivo. Y esta filosofía espontánea llevaba a don Ángel a los testamentos y a los codicilos como a un teatro. Legados, particiones, curatelas..., mejoras legítimas..., todo esto era un emporio de vida, de animación, de interés, de pasiones que brotaban, por enjambres, de la muerte.

No sólo de los humores de cuerpo que cubría la tierra brotaban flores y frutos; también habíafrutos civiles, que brotaban del simple fallecimiento... Primero el entierro, las pitanzas, los derechos de la parroquia, los funerales, la música...; después, los derechos de la Hacienda por transmisión de dominio, la liquidación, las hijuelas, el notario, probablemente la curia, los peritos... ¡Todo un mundo bullicioso, interesado, ardiente en la lucha, surgiendo de aquel hecho puramente negativo: la muerte!

La muerte no era nada; pero la vida, al atribuirle una forma, la poetizaba, y esta poesía de la estética de la muerte, que él no llamaba así, por supuesto, era lo que mejor comprendía y sentía Cuervo, el cual, si al manejar con esmero los cuerpos moribundos, y al asistir a la visita de duelo y consolar a los que quedaban, trabajaba por los demás y cumplía con las hipocresías sociales, lo que es al seguir al cadáver al cementerio, al presenciar los funerales, vivía para sí, satisfacía, ya tranquila la conciencia, los propios apetitos, su pasión inconsciente del contraste de la muerte ajena y de la salud propia. En tales deliquios tenía su confidente: Antón el Bobo.

Capítulo XI


Antón el Bobo y Cuervo se habían conocido en un entierro, al borde de una sepultura. El duelo, aunque se despedía en el cementerio, según rezaban las esquelas, se había quedado atrás, muy atrás, por no atreverse con el lodo de la carretera; y como en Laguna no iban coches a los entierros, sólo los valientes, los verdaderos aficionados, habían osado llegar a la lejana necrópolis, como llamaba el diputado, eléctrico al camposanto.

Los curas, que se despedían siempre del difunto en la casilla del resguardo, habían vuelto la espalda al que dejaban entregado a la Justicia ultratelúrica; y el carro fúnebre, con la gente de servicio y un criado del difunto, había emprendido, cuesta arriba, el fin de la jornada.

Antón el Bobo se detuvo para doblar los pantalones, que no quería manchar de barro, y al levantar, sonriendo, la cabeza, vio que un señor que parecía clérigo vestido de paisano le imitaba y sonreía también.

Y los dos, sin hablarse todavía, con los pantalones remangados, siguieron al muerto. Poco después, cuando el capellán del cementerio rezaba las últimas oraciones al que había bajado al hoyo, atado con sogas de esparto, Cuervo y Antón volvieron a reunirse, sonriendo otra vez los dos al decir amén a los latines del clérigo. Y al mismo tiempo, Cuervo y Antón se inclinaron hacia la tierra para coger terrones amarillentos y pegajosos, que besaron y solemnemente dejaron caer sobre la tapa del féretro.

—Retumba, ¿eh? —dijo Antón el Bobo, acercándose familiarmente a Cuervo, riéndose francamente y tocando en el hombro a nuestro protagonista.

—Sí, retumba —contestó Cuervo, que acogió con simpatía la familiaridad y la observación de aquel desconocido.

El Bobo repitió la experiencia: arrojó otro pedazo de tierra húmeda y pegajosa sobre la caja, y volvió a decir:

—¡Retumba!

Salieron juntos del cementerio, y cuesta abajo, camino de Laguna, se hicieron amigos.

Les parecía imposible no haberse encontrado antes. Recordaban entierros famosos a que los dos habían asistido. Y nunca se habían visto. Tenían los mismos conocimientos en la sociedad de curas y sacristanes, enterradores y demás personal de la administración de la muerte.

El tonto discurría perfectamente en materia de servicios fúnebres. Cuervo apoyaba con sinceridad todas sus afirmaciones. «Sin duda, hablaba de memoria; repetía lo que había oído.» Ello era que en la absoluta indiferencia con que Antón miraba el doloroso aparato de la muerte y en el placer con que saboreaba los elementos pintorescos y dramáticos de los entierros, Cuervo veía un espejo de sus aficiones, ideas y sentimientos.

Era Antón un mozo de treinta años, pálido, afeitado, como Cuervo; de ojos apagados, y llevaba el hongo negro, flexible, metido hasta las orejas; sobre los hombros encorvados había siempre colgada una esclavina azul muy larga con broches de metal blanco. Supo don Ángel que su amigo vivía de sus rentas, que le administraba un tío curador, y que todo el tiempo hábil lo invertía en contemplar ceremonias religiosas, prefiriendo siempre las de carácter fúnebre.

Desde aquel día, casi todos se dieron cita para el entierro de mañana. Antón, más desocupado, era el que solía avisar dónde había difunto. La delicia de ambos era un buen funeral en la aldea.

—Don Ángel —decía Antón, acercándose a su compañero con misterio—, mañana, uno de primera en Regatos; ¿voy a buscarle?

—Bien, ¿a qué hora?

—A las cinco; hay legua y media...

—Corriente; llevaré liga.

Y poco después del alba, al día siguiente, salían al campo, por trochas y senderos, pisando la hierba mojada, alegres como los pájaros que cantaban en los árboles, y como las flores que, al tropezar con ellas, sacudían las faldas de la levita de Cuervo y la eterna esclavina de Antón. Como tenían tiempo de sobra, no iban derechos a Regatos, sino dando los rodeos que determinaban los azares de la caza con liga, una de las aficiones secundarias de don Ángel. Por hacer algo, iban preparando varas; las dejaban sobre los setos, entre las ramas de los árboles, y se retiraban a esperar el resultado de sus asechanzas; si los pájaros tardaban en caer..., mejor para ellos. Cuervo y Antón seguían adelante. Lo primero era lo primero. Los dos mostraban impaciencia, y abandonaban las varas a la suerte. El caso era llegar al entierro.

Siempre eran bien recibidos; casi siempre esperados.

Cuervo veía en la sencillez de las costumbres aldeanas una franqueza y sinceridad muy conformes con su manera de entender las cosas relativas a la muerte. Por de pronto, el aspecto de la casa mortuoria era muy semejante al que la misma podía ofrecer el día de fiesta de la parroquia, si el amo era factor, o esperaba convidados de categoría.

En la cocina, en quintana, en el huerto, señales alegres del próximo festín; mucho hervor de pucheros, la gran olla en medio del hogar, como dirigiendo el concierto de bajos profundos de los respetables cacharros, cuyas tapas palpitaban a la lumbre; la cocinera de encargo, la especialista, Pepa la Tuerta, del color de un tizón arrogante, malhumorada, sin contestar a los saludos, activa y enérgica, dirigiendo a los improvisados marmitones y a la maritornes de por vida; postrimeros ayes de algún volátil, víctima propiciatoria, que habría de estar guisado a la hora de la cena; espectáculo suculento, aunque trágico, de patos y gallinas sumidos en crueles calderos, asomando picos y patas, como en son de protesta, entre las llamas, o bien dignos, solemnes, en su silencio de muerte, atravesados por instrumentos que recuerdan la tiranía romana y la Inquisición; supinos sobre aparatos de hierro que son símbolos del martirio, capones y perdices más tostados que otra cosa, que parecen testigos de una fe que los hombres somos incapaces de explicarnos; allá fuera restos de la res descuartizada; las pieles de los conejos, el testuz del carnero, las escamas de los pescados, las plumas de las aves, las conchas de los mariscos, los desperdicios, de las legumbres; y por todas partes, buen olor, un ruido de cucharas y vajillas que es una esperanza del estómago; cristal que se lava, plata que se friega, platos que se limpian..., ¡y todo por el muerto! Por el muerto, en quien no piensa nadie sino como en una abstracción, como se piensa en el santo el día de la fiesta.

Verdad es que allá dentro lloran. Son las mujeres.

—¡Ay mío Pachu del alma!... ¿Por qué me dexaste, Pachín del corazón?...

«Bueno, bueno; no hay que hacer caso», piensa Cuervo. Así es la aldea; mucho estrépito. También gritan cuando están en la llosa arrendando, y corren el cabritu, con una alegría que, en el fondo, no tienen. Esto es como el ijujúde las romerías; ni aquello es tanto placer como parece ni estos lamentos, que atruenan el espacio, son tanto dolor como quieren indicar. Restos de costumbres paganas; ya no se usan las plañideras, y hacen sus veces las mujeres de la familia. No hay que hacer caso.

—¡A la sala, Antón, a la sala! Allí están los señores curas.

¡Cómo respeta y admira Antón al clero parroquial! Casi tanto como a los señores del Cabildo.

Cuervo es acogido por los párrocos y coadjutores, capellanes sueltos y sacristanes como un compañero; Antón, como un sainete muy oportuno.

Blancas sobrepellices, manzanas en las mejillas, dentaduras formidables, risas homéricas, salud, espontaneidad, un hermoso egoísmo sin disfraz, comunicativo, simpático a los demás egoísmos.

—¡Vaya! ¡Vaya! El señor Cuervo. ¡Tome una copiquina! —grita Sabades (cada cura se llama como su parroquia).

Y allí va el jerez al gaznate.

Se pregunta mucho por la salud de todos y por la prosperidad y trances de la fortuna.

—No se siente junto a la puerta, que viene sudando.

«¡Valiente pedantón y majadero y framasón sería —piensa Cuervo— el que censurase a estos benditos varones porque ríen, y beben, y están contentos cuando van a cantarle el gori gori a un difunto! ¿Y qué? ¿Cuándo pueden ellos verse en otra?... La mayor parte del año viven aislados en su parroquia, sin ver una persona decente durante semanas, llenos de trabajos, asistiendo a los moribundos de noche, haya nieve, hielo, ladrones y fieras, o no; a leguas y leguas de distancia... ¿Por que no han de alegrarse, cómo no han de alegrarse cuando se muere un Pachu, de éstos, que deja mandado un entierro de verdad, como una boda? Van a comer bien, como no suelen; van a tener conversación de amigos y compañeros, que casi siempre les falta; van a echar un tresillejo, que constituye sus delicias; van a cobrar una buena pitanza, que les viene de perlas, ¿y han de estar tristes? ¡Porque se ha muerto uno! ¿Pues no se han de morir todos? Usted, señor framasón, que censura, ¿no lee todos los días en los periódicos noticias de grandes desgracias, de horrendas catástrofes? ¿Y cómo se queda usted? ¡Tan fresco! Ayer, que el río Colorado, en China, se llevó de calle más de cien pueblos con millares de millares de chinitos. ¿Y qué? Usted,framasón, al teatro. Hoy estalló el gas de una mina y ahogó a quinientos trabajadores que dejan quinientos mil huérfanos, ¿y qué? Usted, a paseo. Y porque esos millones de muertos estén lejos, no se vean, ¿dejarán de ser prójimos?... ¿Sabe usted, señor ateo, por qué estos señores curas no sienten ya el olor a difunto? Porque su sagrado ministerio les obliga a vivir siempre pegados a la muerte; demasiado saben ellos que morir no es un arco de iglesia, y, además, no hay dolor que resista al uso, no hay pena que no se desgaste, como se gasta el placer. ¡Hipócritas! ¡Fariseos! Nosotros, los que manoseamos la muerte, los que enterramos vuestros difuntos, hacemos algo útil, sin sentirlo; y vosotros, que sentís tanto, no hacéis nada de provecho. Los muertos quedarían insepultos, y habría pestes sin fin, y se acabaría el mundo si todos fuésemos sensitivos como vosotros. Vade retro! Venga otra copa, señor arcipreste.»

Y al cementerio. Delante, la cruz y los ciriales; detrás, la caja, y luego, en dos filas, el coro de la muerte, el coro trágico, que calla a ratos, mientras habla el misterio de ultratumba allí dentro, en la caja, sin que lo oigan los delcoro; como en el palacio de Agamenón, mientras Orestes asesina a Egisto, no se oye nada... Y vuelve el coro a cantar, a cantar los terrores de la muerte; terrores de que no habla la letra, a que nadie atiende, pero de que hablan las voces cavernosas, el canto llano, el aparato fúnebre.

Y dicen los amigos de Cuervo:

Benedictus Dominus Deus Israel, quia visitavit et fecit redemptionem plebis suae.

Et erexit cornu salutis nobis in domo David, pueri sui.

Sicut locutus est per os Sanctorum...

Y en tanto, los pájaros en los setos de la calleja y en los árboles de la huerta, trinan, gorjean, silban y pían; las nubes corren silenciosas, solemnes, por el azul del cielo; la brisa cuchichea y retoza con las mismísimas ropas talares del acompañamiento de la muerte; y Antón y Cuervo, en el colmo de un deliquio, oyen como extáticos, como en sueños, el runrún del Benedictus, los sonidos dulces y misteriosos de la Naturaleza, que, como ellos, ve pasar la muerte, sin comprenderla, sin profanarla, sin insultarla, sin temerla, como albergándola en su seno, y haciéndola desaparecer cual una hoja seca en un torrente, entre las olas de vida que derrama el sol, que esparce el viento y de que se empapa la tierra.

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